No sé de dónde sacó William la librea y los caballos y la ropa elegante que me mandó a ponerme esa noche. Tampoco es que me preocupé mucho por averiguarlo. En cuanto me embutí en aquella ropa fina, más fina de lo que jamás me había atrevido siquiera a soñar que tocaría, me di cuenta que importaba muy poco. Nunca me había vestido con faldones ni botas que me cubrieran cómodamente hasta la rodilla. Todo parecía haber sido hecho a mi medida.
-Vamos, Gerard – me apuró William, abriendo la puerta de la librea para mí – El conde nos espera.
Subí con el corazón palpitándome fuertemente en el pecho. Cada uno de los saltos del carruaje era un sobresalto para mí, mientras mi nuevo protector me daba todas las instrucciones que consideró necesario que supiera:
-Yo hablaré. Fingiremos que estamos allí para negociar la libertad de Madame y algunas de las chicas. Tú te mantendrás en silencio y no mirarás al Conde, ni siquiera vas a sentarte. Paséate por la sala, observa las cosas. Verás que tiene un gran cuadro de su padre, tu abuelo, cerca de la chimenea. Cuando escuches que la negociación está llegando a su término, párate a la izquierda del cuadro, para que tu rostro se vea a la luz del fuego y…
-¿Cómo se supone que va a ayudarme eso a ser Conde?
William sonrió enseñando sus largos colmillos.
-Créeme. Lo hará.
El carruaje se detuvo al fin frente a las grandes puertas del castillo. Un guardia se acercó hasta la ventanilla y nos pidió de mala manera que nos identificáramos.
-Soy el señor William Kriptasku – anunció él – El Conde me está esperando.
El guardia habló con otros durante un momento en susurros demasiado bajos para entender lo que decían, y pronto las puertas se abrieron ante nosotros. Un mozo de cuadras se hizo cargo de los caballos mientras un mayordomo de aspecto altivo apareció ante nosotros con un candelabro para guiarnos al interior del castillo.
-Por favor, síganme – pidió, con más tono despectivo que hospitalario.
En cuanto di dos pasos en el interior, me quedé pasmado mirando alrededor. De las paredes colgaban ricos tapices llenos de arabescos, y a nuestros pie se extendía una alfombra de la más rica púrpura que existía por entonces. Me hubiera quedado extasiado observando la estancia a la luz mortecina de nuestro guía, pero William apretó mi brazo y me susurró:
-Ya tendrás tiempo de observarlo todo. Cuando sea tuyo.
A continuación siguió moviéndose graciosa y ágilmente detrás del amargado mayordomo, mientras yo daba vueltas y vueltas sobre mí mismo tratando de captar todos los detalles posibles, embelesado sin poder evitarlo. Fue entonces cuando me enamoré del castillo que pronto sería mío. Mi castillo.
El mayordomo golpeó educadamente una puerta de caoba tan adornada como el resto de las cosas que había visto al pasar, anunció nuestros nombres y luego se retiró. El conde nos gruñó una bienvenida, y avanzamos hacia su estudio.
La habitación se encontraba cálida comparada con el exterior e incluso con el resto de la casa. Tal como William me había dicho, permanecí de pie, rezagado. No miré directamente a la sombra que se encorvaba tras aquel escritorio barroco, aunque moría de curiosidad por hacerlo… por ver al hombre al que le debía mi existencia…
William tomó asiento dignamente frente a él.
-Conde – hizo una inclinación con la cabeza, pero careció del respeto que debió tener según los códigos de la época – Vengo aquí para hablar en interés de una muy buena amiga mía. Madame Roxette du Abney, en este momento es prisionera vuestra…
-Madame du Aubney atenta gravemente contra la moral y las buenas costumbres del condado – lo interrumpió el conde ásperamente. – Su reclusión ha sido solicitada en múltiples ocasiones por los guías espirituales de la muchedumbre…
-Pero su pedido no ha sido atendido hasta hace poco, Conde – lo interrumpió William, de nuevo saltándose todas las reglas de cortesía en vigencia – ¿Me permite preguntarle si hay un motivo para ello…?
-¡No, no se lo permito! – exclamó el Conde, perdiendo la paciencia. – Solicita audiencia conmigo a última hora de la noche, molestándonos a mí y a mi servidumbre, me falta el respeto en mi propia casa, y además solicita la liberación de un criminal ¡Deme una sola razón para no llamar a mis guardias a que lo saquen ahora mismo!
William no pareció inmutarse ni un poco por el exabrupto del noble. Simplemente metió la mano en el interior de su chaqueta y sacó una enorme bolsa tintineante y llena a rebosar.
-Tengo exactamente trescientas razones justo aquí – anunció con un chasquido de lengua – Y puedo conseguir unas trescientas más si eso no le basta…
Yo estaba observando atentamente unas vitrinas en ese momento, por lo que no pude ver la expresión en el rostro del Conde. Pero si escuché como se sentaba y cómo su voz pasaba de arrogante a condescendiente.
-Bueno, bueno, amigo, ¿y por qué no empezó por ahí…?
-Esperaba el momento adecuado – siseó William – Ahora, volviendo a Madame… quiero su liberación y el de todas sus empleadas, y quiero la seguridad de que podrá volver a ejercer su muy lucrativo negocio sin interrupciones ni molestias de vuestra parte…
-Eso puede arreglarse – afirmó el Conde – pero me temo que quizá no puedo cumplir todas sus exigencias. Liberaré a todas sus empleadas, excepto a una…
-Una decisión muy peculiar – repuso William – Sería muy amable de vuestra parte satisfacer mi curiosidad y contarme las razones para ella…
-Se trata de una chiquilla, la más hermosa de entre las que esa putrefacta mujerzuela tiene a su cuidado – contestó el Conde – Es joven todavía, y tengo la esperanza que virgen. Me gustaría conservarla para mi hijo, todo joven necesita un amante, ¿sabe usted? La putilla es una verdadera perla en el desierto, con sus cabellos rubios y esos ojos de zafiro…
Me hirvió la sangre. Aquella no podía ser otra que mi Lily. Sentí el impulso de lanzarme contra él, de golpearlo por hablar de ella de esa manera, pero algo dentro de mí me retuvo. Hubiera jurado que fue la voz de William: “Todavía no. Espera. Sé paciente.”
-Comprendo, comprendo – asintió William obsecuentemente – Son razones muy válidas por lo que veo. Pero si voy a plegarme a vuestras condiciones, desearía al menos que me asegurara que esta niña será tratada bien…
-¡Bien! ¡Será tratada como la mejor! – el Conde emitió una carcajada despectiva que no hizo sino que lo odiara todavía más, y deseara quitarle todo lo que tenía con aún más ganas – Las queridas de la realeza son el rango más alto al que estas nobles trabajadoras pueden aspirar, ¿no cree?
-Sin duda, sin duda – William hizo tintinear de nuevo la bolsa de monedas – Bueno, pues si ese es el caso… me gustaría que Madame viniera conmigo esta noche, y trasladar mañana al resto de las prisioneras…
Di un paso para acercarme a la chimenea. El cuadro estaba ahí, tal como William me había anunciado. En él se veía un hombre de rostro rubicundo, enmarcado por largos mechones de pelo oscuro, con impresionantes ojos verdes que transmitían un cierto aire de solemnidad y realeza. Su rostro pálido sí me provocó cierto respeto reverencial que no había sentido ni por el Conde, ni por mi Jack, ni por William.
-Me parece bien. Le avisaré al carcelero que lo atienda…
Lentamente, me di vuelta mientras sentía el calor de la chimenea bañando el lado izquierdo de mi rostro.
-Una cosa más, Conde – murmuró William, levantándose pesadamente – Me gustaría tenerlo por escrito si no es mucho pedir. Soy un hombre algo desconfiado, ¿sabe?
Me detuve en medio de lo que estaba haciendo, aunque me ahogaba de calor en aquellas ropas y tan cerca del fuego, y miré de reojo lo que ocurría sobre el escritorio. William había tendido unos papeles sobre él y sostenía una pluma que ya estaba humedeciendo con tinta fresca.
El Conde tenía una expresión de desconcierto y desconfianza, y no me pareció para menos. Firmar y sellar aquello sería el equivalente a admitir que había hecho un negocio turbio con aquel inverosímil extranjero, y esa era la clase de cosas que, siendo noble, debería poder evitar. Como tener un hijo bastardo con una empleada del castillo.
Por un segundo, pensé que William estaba forzando nuestra suerte, pero luego, para mi sorpresa, el Conde tomó la pluma, estampó su firma y a continuación puso el sello de su anillo como para confirmarla aún más. Contemplé estupefacto mientras William hacia desaparecer los papeles de nuevo en el interior de su chaqueta.
-Muy bien. Creo que ahora sí estamos listos.
-De acuerdo, señor Kriptasku. Fue un verdadero placer hacer negocios con…
La frase quedó flotando en medio del aire, como si un verdugo invisible la hubiera cortado de raíz en pleno crecimiento. Los ojos del Conde se desorbitaron, mientras yo adoptaba el lugar más luminoso que me permitía el cuadro de luz de la chimenea y le devolvía la mirada tratando de mantener el rostro más inexpresivo que pude componer.
Dando pasos vacilantes, rodeó el escritorio, la boca abierta de par en par, la frente arrugándose en el colmo del pasmo y perlándose de sudor. Dio dos pasos hacia mí, vacilantes, y luego otro hacia atrás. Sólo entonces pude contemplar su rostro perfectamente. Tenía cierta simetría que recordaba lejanamente al cuadro a mis espaldas, pero ni de lejos se veía ni tan grave ni tan augusto, y no era solo porque su expresión estaba desfigurada en un paroxismo de horror.
-¿Qué pasa, Conde? – preguntó William, con voz de ponzoña aterciopelada – Cualquiera diría que habéis visto un fantasma…
Y así fue como nos encontramos, padre e hijo, pasado y futuro, noble y pescador, testante y heredero; por primera y por última vez. El Conde alcanzó ver toda mi ira y mi resentimiento en mis ojos, estoy seguro de ello, un momento antes de agarrarse el pecho con ambas manos y desplomarse muerto cuan largo era sobre la alfombra.
1 comentario:
Okay Dan... sé que ésto lo hiciste sólo para torturarme, verdad? Subir el trabajo de Jo, únicamente hasta aquí, a sabiendas de que el insomnio me mata... Te estoy odiando, pero sólo por ésta noche. Y me contagio, por los escritos de Jo, del amor que le profesas *-*
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