martes, 15 de marzo de 2011

Capítulo XXI

-Me he acostumbrado demasiado a su presencia – me quejé aquella noche.

El Wondering Devil, para variar, estaba lleno a reventar. Parecía que Kraig había hecho correr la voz de que había un neófito en el condado, y todos los vampiros de la zona se habían reunido para conocerlo. Frank se encontraba rodeado de un grupo de seis o siete vampiros que eran varias décadas mayores que él, pero no lucía cohibido en lo absoluto. Parecía a años luz de distancia de mí, en la barra, sentando junto a Elenor mientras ambos disfrutábamos sin prisa de nuestros Bloody Mary’s.

-¿Y cuál sería el problema con eso? – preguntó Elenor, sorbiendo de su copa.

-Sabes cuál es problema, Elenor. Te he visto crear compañeros y perderlos durante cuatrocientos años. Lo suficiente para saber como funciona – gruñí.

-No tenemos por qué revolver mi pasado, Gerard – respondió ella. Lucía molesta, pero yo sabía bien que no lo estaba – Que yo haya fracasado en encontrar un compañero constante, no significa que tú vayas a hacerlo…

-No eres solamente tú – señalé – Somos todos. Mira a Angelus ¿Cuánto duró su último novio? ¿Un año? Y Kraimen. No puede pasar medio lustro con la misma vampiresa…

-¿Sabes cuál es tu problema? Piensas demasiado en el tiempo…

-¿No se supone que eso es lo que hacemos los vampiros?

Elenor agitó su copa y sacudió su cabeza, que esa noche lucía trenzas de una azul vívido que relucía de forma desagradable bajo las luces de neón.

-Nosotros tenemos muchísimo futuro, Gerard – me recordó – Y algunos de nosotros, pasados que no queremos recordar. Todo lo que tenemos es el presente. Yo lo sé. Todos los sabemos. Frank lo sabe – agregó señalando a la multitud congregada a su alrededor, que ahora explotaba en carcajadas por alguna anécdota que el más joven acababa de terminar de contar – Tú lo sabes también. Pero simplemente no quieres aceptarlo.

Evité su mirada. Tenía razón, y yo sabía que la tenía, pero detestaba tener que admitirlo. Así que me terminé la copa y le hice señas a Angelus de que me trajera otra.

-¿Por qué no lo aceptas, Gerard? – me pinchó Elenor – ¿Por qué no dejas de contar las noches y te contentas con disfrutarlas?

-Quizá… porque no quiero creer que eso es todo lo que hay – contesté, vacilante – Porque quiero que cada noche cuente, ¿sabes?

-Eres un romántico empedernido – replicó ella, y con un movimiento grácil y casi imperceptible, sacó un pastillero de los bolsillos de su chaqueta.

-¿Qué es eso? – pregunté, alzando una ceja mientras ella extraía una pequeña pastilla azul y la tragaba con un trago de su copa.

-Demonio Azul. Pruébalo – me instó, agitando el pastillero casi vacío frente a mí – Es lo nuevo, todo el mundo habla de ello. Me extraña que no lo hayas escuchado nombrar.

-No estoy en eso, lo sabes – contesté con una mueca de desdén.

Los ojos de Elenor empezaron a dilatarse y en su rostro se pintó una sonrisa bobalicona.

-Ah, bueno… ¡más para mí! – exclamó y rió de forma alta y desagradable.

Fruncí el ceño. Las drogas se absorbían en nuestro organismo más rápido que en el de los seres humanos. Para ponernos en un viaje así, se necesitaban cantidades que hubieran causado una sobredosis en un mortal. Y aún así, la sensación duraba demasiado poco como para decir que de verdad la habíamos experimentado.

-¿Cómo es posible? – pregunté, viendo que Elenor empezaba a canturrear una melodía irreconocible mientras golpeaba la barra con los dedos como si fuera un piano.

-Demonio Azul – comentó Angelus, sirviéndome una nueva copa – Es una droga para vampiros diseñada por vampiros. Está hecha para ponernos así.

-Oh, maravilloso. Es decir, que esos malditos nosferatus que viven en sótanos trabajan para drogarnos y no para desarrollar algo que nos permita vivir bajo la luz del sol…

-¡Vaya que te has vuelto un viejo gruñón! – rió Elenor. A continuación, se apoyó contra mí y trató de besarme. La mantuve lejos con delicadeza.

-Sabes que detesto cuando estás drogada…

-Sí – respondido ella entre risitas – Pero estoy muy drogada para darme cuenta…

Dejé que me echara los brazos al cuello y la mantuve contra mí, tambaleante.

-Oh, no me tientes, Gerard – contestó ella, apoyándose todavía más contra mí – Veamos si yo te pudo sacar esa melancolía que tu pequeño neófito no puede…

-Diablos, debe ser un lote especial o algo así – comentó Angelus – Nunca la había visto tan colgada…

-¿Hace cuánto que lo está usando? – quise saber. La historia de Elenor experimentando con diferentes drogas y alcoholes era tan antigua como ella misma, pero Angelus tenía razón: esto superaba todas las expectativas.

-Sólo unos meses. Es una cosa nueva, ¿sabes? No muchos se meten en ella…

Elenor casi se desliza hacia el suelo, y tuve que sostenerla con más fuerza.

-De acuerdo… creo que es hora que te lleve a casa…

-Mmm… eso no suena mal – masculló Elenor, divertida.

-¿Podrías avisarle a Frankie…?

-Oh, no te preocupes… lo dejas en buenas manos – contestó el camarero, mientras una sonrisa perversa se extendía por su rostro.

-Eso precisamente es lo que me da mala espina – gruñí, pero no tenía tiempo para nada más. No sabía cuánto podría aguantar Elenor en ese estado.

Arrastré a la vampiresa semiinconsciente hacia la puerta. Mientras subíamos los escalones hacia el mundo exterior, se revolvió en mis brazos y trató de apoyar los pies en el suelo.

-¡Puedo caminar! – se rebeló – ¡Estoy bien!

-Y yo soy Drácula – respondí, blanqueando los ojos – Vamos, Elly.

Elenor protestó un par de cosas más, pero luego se calmó y se dejó llevar. El efecto del Demonio Azul parecía ser más fuerte, pero igual de duradero que el de otras drogas. Sin embargo, mi amiga todavía estaba demasiado desorientada para dejarla sola. Podría causar un desastre en ese estado, y me refería a un desastre de proporciones aún peores que el de Frank en aquel bar de Jersey. Y yo no podía dejar que eso pasara, teníamos que cuidarnos unos a otros.

La calle estaba extrañamente vacía a esa hora de la noche. Por lo general había varios juerguistas ebrios deambulando, algunos vagabundos buscando refugio entre los cartones, o adolescente estúpidos que corrían picadas en la calle desierta. Pero esa noche no nos cruzamos con ninguna forma de vida. Me resultó extraño, pero también tranquilizador. Elenor no podría haberse resistido al olor de la sangre.

-Déjame – refunfuñó – Necesito sentarme.

La ayudé a apoyarse en el cordón de la vereda. Ella cerró los ojos un momento, estirando la cara hacia la noche, tratando de tomar algo del aire fresco inexistente. Cuando los abrió de vuelta, habían recuperado su coloración azul más familiar. Lanzó una maldición por lo bajo y buscó su pastillero.

-Creo que yo me quedaré con eso – mascullé mientras se lo quitaba de un solo movimiento.

-¡Oh, por favor! – protestó – ¡Es la única cosa que realmente funciona…!

-¿Por qué tu obsesión con el olvido? – pregunté. Elenor negó con la cabeza y me pidió un cigarrillo por señas. Saqué uno para ella y otro para mí. Permanecimos parados, fumando bajo las luces indiferentes de Manhattan.

-Por cierto – comentó después de un largo rato – ¿Qué pasó con los rumores?

-¿Qué rumores? – contesté. Pensaba en Frank, y en que esperaba que Angelus no lo estuviera avasallando con su encanto.

-Los rumores sobre William. No me digas que lo has olvidado.

No quise decir que sí. Que lo había olvidado, que había querido olvidarlo. Que me había dejado seducir por el encanto ingenuo de Frank, justamente para no pensar en ello.

-No puedes ignorarlo, Gerard – me recalcó Elenor – Sabes que cada vez que te cruzas con ese sujeto, todo termina siendo un baño de sangre…

-Lo sé – refunfuñé – Te diré qué: tú dejas ese maldito Demonio Azul o lo que sea; y yo me encargo de no cruzarme con William.

Elenor me echó un anillo de humo en la cara a propósito.

-Es un trato.

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