martes, 15 de marzo de 2011

Capítulo XIV

El cuarto que William eligió para mí era incluso más grande que la cabaña de Jack. Miré los tapices alrededor, los ricos muebles, los sables que colgaban de las paredes, fascinado y absorto. Supe en ese momento que jamás, jamás volvería a pasar la pobreza que había sufrido, las carencias que mi condición me había obligado. No sabía entonces que “jamás” se volvería una extensión de tiempo muy concreta para mí.

Hubo dos golpes discretos en la puerta, y a continuación, Lily se presentó en mi cuarto. La habían bañado y peinado, y llevaba puesto un vestido de satén que flotaba delicadamente sobre su cuerpo. Era una visión, un ángel. Crucé la estancia en dos zancadas para estrecharla entre mis brazos.

-Gerard – murmuró ella, ocultando su rostro en mi pecho. A continuación, se echó a llorar larga y ruidosamente.

-Ya, ya pasó, mi amor – la tranquilicé, pasando mis manos por su pelo dorado – Estamos juntos ahora… no nos van a separar…

-¿Es… es real…? – lloró, estrechándome más y más – Oh, Gerard… soñé cada minuto con que vendrías a buscarme… yo…

-Shh, shh… está bien, mi vida, todo está bien… yo soy el dueño del castillo ahora… nos quedaremos aquí… y viviremos como grandes señores y… nadie te volverá a hacer daño…

Lily se puso rígida entre mis brazos y se apartó un poco para mirarme con aquel rostro adorable lleno de lágrimas hasta el borde.

-¡No! – exclamó horrorizada – Gerard, no puedo… ¡no puedo quedarme en este castillo!

-¿Qué? ¿Por qué no? ¿Qué pasa…?

Ella se sentó en la cama y se echó a llorar con más fuerza todavía. La abracé con toda la fuerza que pude, pero de pronto me sentía impotente. Lily se me escapaba en sollozos y gemidos, y yo no era capaz de entender por qué. Me armé de la poca paciencia que tenía entonces y esperé. Cuando Lily consiguió desahogarse lo suficiente, me contó, aún entre lágrimas, algo que me rompió el corazón y me enfureció al mismo tiempo.

-Cuando… cuando nos trajeron al castillo, me llevaron a mí directo hacia Michael. Él… él me miró de esta forma, Gerard… oh, no puedo describirla… fue demasiado horrible – sacudió la cabeza violentamente, como tratando de quitarse todas aquellas cosas de encima. Cerré los ojos, tratando de no apretar sus hombros en mi ira.

-Te forzó – adiviné. Ella negó suavemente.

-No… dijo que… dijo que sabía que… sabía quién era mi amante y… y te encontraría y – suspiró profundamente, conteniendo más gemidos para tratar de hilvanar la historia – Y… y yo… yo lo dejé… tenía miedo por ti… lo siento… lo siento tanto…

-Está bien – me apreté los labios – Está bien. No hiciste nada malo, mi amor. Él… él va a pagar por lo que te hizo… te lo prometo.

-Gerard, no – puso sus manos en mi rostro, la desesperación desbordando el océano de sus ojos – No, no. Si tienes los medios, vámonos. Vámonos lejos… te lo ruego…

Oh, cómo desearía haberla escuchado. Cómo desearía haberle dicho que sí, haberla sacado de ese sitio, no haberla obligado a vivir en una situación imposible. Pero yo estaba ciego, ciego de furia y de deseo de venganza. El hombre que ella había amado hacía solo un par de noches no había desaparecido aún. Pero empezaba a ser consumido por las llamas del odio.

-Tranquila. Tranquila, mi vida. Él no te hará nada. Te lo prometo. Seremos felices. Y no nos faltará nada – le prometí. Pero estaba lejos de tener razón.

Así, los cuatro comenzamos nuestra conflictiva convivencia: Michael, William, mi Lily y yo. Cualquier persona con una pizca de sentido común, se habría dado cuenta que aquella eran circunstancias absurdas, pero yo estaba ebrio de todo el poder que acababa de recibir y sentía que tenía derecho a ejercerlo sobre quién me placiera en el momento que yo lo deseara.

Invertí una parte importante del dinero en conseguir institutrices y tutores para Lily, para que le enseñaran a actuar, a comportarse y a saber todas las cosas que una dama distinguida debería saber. También contraté modistas y vendedoras que le trajeran las ropas, los guantes y los sombreros más finos que pudieran conseguir: si iba a actuar como una dama, era necesario que se vistiera como una también.

Ella se sometió a todas estas cosas con dulce paciencia, con calma. No las disfrutaba especialmente, su vida sencilla no la había preparado para sentarse a la mesa con modales refinados, para cuidar de mil detalles en su aspecto o para escuchar las cosas que yo leía en los libros que me hacía traer de la ciudad. Pero lo hacía de todas maneras, lo hacía por mí. Lo hacía porque quería complacerme en todos los sentidos, en todas las cosas. Lo hacía porque quería ser buena para mí.

-Gerard – me susurró una noche, después de hacer el amor – ¿Me amas? – quiso saber.

-¿Por qué preguntas eso? – quise saber, acariciando su cabello y su espalda – Por supuesto que te amo…

-Mírate, has cambiado tanto – suspiró – Eres todo un caballero, un noble. Naciste para esto. Jamás podrías tener una esposa como yo…

-Lily, no digas eso – la acallé con un beso – Tú eres perfecta. Por supuesto que serás mi esposa. Muy pronto, te lo prometo.

Lily simplemente permaneció callada y se acurrucó más contra mí. La razón de su silencio pronto se hizo evidente. A medida que empezaron a pasar los meses, su figura diminuta crecía y se expandía de modo que las costureras tenían que acudir a artilugios cada vez más ingeniosos para ocultar lo que ya era evidente todos.

Incluso par a Michael.

Michael cargaba todas las responsabilidades de llevar el condado sin ninguna de las recompensas. Esas me quedaban solo para mí. De todos modos, no se hubiera atrevido a dar un paso sin consultarme a mí. Lo tenía envuelto en mi dedo, y a menudo lo obligaba a tomar decisiones con las que no estaba de acuerdo o lo forzaba a hacer viajes molestos o a desempeñar tareas que cualquier sirviente podría haber hecho. Quería que tuviera en cuenta que era un títere, una marioneta, y era yo el que jalaba sus hilos. Él se rebelaba de las mil y un pequeñas formas que podía. En su mente, yo era un campesino rústico y torpe que había tenido demasiada suerte. Pero aún así dependía de mí de manera absoluta. Y eso me satisfacía.

-Tengo que hablar contigo – me dijo una noche, mientras yo me servía un vaso del mejor whiskey que se guardaba en la bodega – Sobre Lily.

-Tienes prohibido mencionar su nombre – le espeté – O cruzarte con ella. Ni siquiera mirarla de frente…

-El hijo que espera – me cortó de manera insolente que sabía que pagaría después – Saca las cuentas, Gerard. Podría ser mío.

Tuve ganas de arrojarle el licor a la cara, o de apretar su cuello entre mis manos de la manera más brusca y dolorosa que se me hubiera ocurrido. Sí, había sacado las cuentas. Sí, estaba consciente de aquella información y de lo que significaba para él tener al menos aquella diminuta e improbable victoria. Sí, percibía que cualquiera de las reacciones que había cruzado por mi mente no haría más que aumentar su deleite de haber logrado sacarme de mis casillas. Por eso me obligué a controlarme.

-No hay nada de qué hablar, Michael. De quién sea el niño interesa muy poco. Será el próximo Conde McFarlaine de todas maneras.

El rostro de Michael se deformó en una mueca de consternación absoluta. Había pensado que algún día mi tiranía sobre él acabaría, que algún día le devolvería el control, que podría casarse y tener hijos sobre los que yo no podría poner mis manos. Pero no iba ser así ni mucho menos. En mi ambición, había planeado intervenir en cada detalle incluso después de su muerte.

-¿Tienes algo que objetar? – lo desafié. Michael abrió la boca, pero en ese momento, la temperatura del aire varió y tan fácilmente como una sombra que se desliza en un cuarto, no estuvimos solos – Buenas noches, William.

Michael retrocedió silenciosamente, le hizo una inclinación con la cabeza a mi protector y salió de la habitación a paso apurado. El temor reverencial que tenía por él me resultaba casi cómico. Sonreí mientras apuraba mi trago de whiskey. William se despatarró en mi otomana y se miró las uñas como si fueran muy atractivas.

-Espero no haber interrumpido algo importante ¿De qué hablaban? – quiso saber con indiferencia.

-Solamente aseguraba el futuro de mi hijo – contesté, sonriendo.

Michael no era el único que le temía a William. Las primeras semanas desde que nos instalamos en el castillo, varios sirvientes se habían ido sin aviso o simplemente desaparecido, hasta que solo unos pocos se quedaron que se animaban a trabajar allí. Sospechaba que no tenía que ver solamente con la mera presencia de William, así que tuve que pedirle amablemente que, lo que fuera que hiciera, lo llevara fuera del castillo. William había suspirado con una ligera y dramatizada exasperación.

-Es tanto más fácil cuando vienen a ti – protestó.

Pero después de eso, cada noche pasaba un momento conmigo, comentaba algunos asuntos sobre el castillo o sobre lo que fuera, para después envolverse en una pesada y anticuada capa, y atravesaba el patio con paso ligero, mientras yo lo observaba desde las ventanas más altas, hasta que la oscuridad y la neblina se lo tragaban por completo. Y entonces yo me retiraba tranquilo al lecho que compartía con Lily, sabiendo que la noche siguiente volvería aparecer invariablemente, solo para hacerme saber que no tenía intenciones de alejarse de mí.

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