martes, 15 de marzo de 2011

Capítulo XXV

-Perdóname…

-¿Gerard?

Abrí los ojos. La realidad de mi departamento de Nueva York me golpeó con demasiada fuerza. La cabeza me dolía hasta morir. Me incorporé un poco y miré hacia la izquierda. Frank también estaba a medio sentar entre las sábanas, mirándome con una expresión preocupada en el rostro.

-¿Te encuentras bien?

-Sí, sí – lo tranquilicé apresuradamente – Solamente estaba… soñando…

-Sonaba más a que tenías una pesadilla – señaló, acercándose un poco más – ¿Estás seguro que estás bien?

Miré hacia el reloj. Eran apenas las tres de la tarde. Faltaba muchísimo para la puesta del sol, pero sin embargo no podía volver a dormirme. Rodeé a Frank con un brazo y lo atraje hacia mí.

-No pasa nada – aseguré – Era… sólo un sueño.

Los labios de Frank se asentaron sobre mi cuello con mucha delicadeza.

-Cuéntame – murmuró.

-No era nada, Frank…

-¿Quién es Lily? – contraatacó él. Mis manos sobre su espalda temblaron.

-¿Cómo es que tú…?

-A veces, la llamas cuando estás dormido – aclaró él. Sus ojos estaban abiertos de par en par, clavados en los míos sin darme posibilidad de escapar o de eludirlo – Y a este tipo, William. A veces también a un tal Michael.

-¿Lo… lo hago?

-Todo el tiempo – replicó con tanta seriedad que era casi cómico – ¿Quiénes son?

Dios, se veía tan tierno ¿Cómo era posible que lo deseara tanto? Le eché los brazos al cuello y lo besé. No se dejó engañar.

-Si no quieres decírmelo, no es necesario – murmuró de mal humor. Rodó para alejarse y se acurrucó de espaldas a mí al otro lado de la cama.

-Frank, no hagas eso – rogué, reptando hacia él – Por favor. Es que… no quiero hablar de eso…

-¿No quieres hablar de eso, o no quieres hablar de eso conmigo? – gruñó él.

-Ninguna de las dos – apoyé la mejilla en su hombro y pasé mi mano por encima de su cintura – Pero se me ocurren un millón de cosas distintas que hacer contigo…

-Oh, no. No te vas a salir con la tuya en esta así como así – replicó él, tratando de oponer resistencia.

-¿Ah, no?

-No… Gerard, para…

-No quiero parar – repliqué.

Mi boca rodó juguetonamente por su espalda. Frank se encorvó, todavía negándose a darme la cara, pero yo sabía que empezaba a tener efecto. No podía mantener las manos lejos de él. Lo quisiera él o no. Suavemente, lo obligué a tenderse de espaldas y a mirarme. Su rostro tenía una expresión casi resignada.

-Maldito seas…

-Soy un vampiro, cariño – le recordé – Puedo salirme con la mía cuando quiera… ¿no me crees…? – tracé un pequeño camino de besos sobre su pecho y hacia su abdomen.

-¿Haría alguna diferencia si…? Ah… - se ahogó en medio de la frase y yo sonreí.

-Hacía un tiempo que no hacía esto – comenté, depositando un beso en la punta de su erección – Veamos si puedo recordar…

Era casi demasiado para soportarlo. Su cuerpo arqueado en actitud suplicante, su rostro sonrojado, la sangre que corría apenas debajo de esa piel, la forma en que sus manos se clavaban en la sábana, los pequeños gemidos que escapaban de sus labios… no podía responsabilizarme por querer tenerlo todo el tiempo. Era su culpa por ser tan hermoso. Me cortaba el aliento.

De pronto, me di cuenta algo que me dejó al mismo tiempo inquieto y extasiado. El placer que estaba sintiendo se duplicó, provocándome un estremecimiento y una completa confusión. Dejé lo que estaba haciendo y levante la vista para ver a Frank. Pero él se limitó a enredar la mano en mi cabello y acercarme de nuevo a su boca.

Entendí de inmediato lo que había ocurrido. Todas las barreras de Frank, ya fueran intencional o accidentalmente, habían caído por completo. Estaba sintiendo lo mismo que él, su mente abierta de par en par para mí. Y ahora mismo, su mente estaba lejos de todas las reticencias que había mostrado antes, inundada únicamente con un intenso deseo casi feroz.

Debo admitir que me cohibí un poco. Había oído de esa práctica, pero jamás había hecho el amor de esa manera. Frank no parecía haberlo notado, o no le importaba, él seguía besándome y acariciando mi espalda con urgencia. Imágenes rápidas de lo que quería que yo hiciera corrieron frente a mis ojos como caballos desbocados. Yo no tenía idea de qué hacer. Jamás me había sentido tan… vulnerable.

-¿Qué pasa? – jadeó Frank en mi oído - ¿Ya no puedes… mantener el ritmo conmigo… vejestorio…?

-Oh, te arrepentirás de haber dicho eso – garanticé. Sacudí todos mis escrúpulos y volví a la carga.

Era maravilloso. Era indescriptible y perturbador ¿Por qué nunca había intentado esto antes? Alcanzamos juntos una nueva cima de placer cuando me deslicé dentro de él, y por todos los demonios, era enloquecedor…

-Gerard…

Estaba tan absorto en aquella nueva marea de sensaciones que apenas me di cuenta de la lejana reminiscencia de dolor en el fondo de la mente de Frank. Me sorprendí. Jamás me había dicho nada, nunca trató de detenerme, ni siquiera ahora. Me aparté un poco.

-¿Estás…?

-Sigue – murmuró apenas – Por favor… sigue…

Seguí. Le llené la cara de besos, dejé que sus manos me estrujaran con tanta fuerza que mis huesos se resintieron, los rasguños, los suspiros… nada funcionó. El dolor permanecía allí, tan unido al goce que era desesperante. Estaba confundido otra vez ¿Cómo es que nunca me dijo que le estaba haciendo daño…?

Su mano se aferró a mi hombro y todos mis pensamientos perdieron coherencia otra vez. Quería gritar, gritar lo hermoso era, gritar su nombre, gritar hasta que Dios mismo me escuchara y se enterara del millón de herejías que me pasaban por la cabeza. Pero no lo hice porque mi boca estaba colapsada contra la suya mientras nos precipitábamos hacia el final.

El orgasmo fue violento, pasmoso. Me aferré a él con fuerza mientras todo mi cuerpo se convulsionaba de manera lastimosa. Un millón de luces pequeñas me cegaron y por un glorioso momento, no tenía idea de dónde estaba ni quién era. Dejé la mejilla apoyada en su pecho, mareado y eufórico como un borracho hasta que pude recuperar algo de razón. Levanté la vista para sonreírle, pero me quedé paralizado.

Por el resquicio de sus ojos, se asomaban dos lágrimas de sangre gemelas, gruesas y tambaleantes. Respiraba agitadamente, pero no como alguien que experimenta los últimos efectos de un éxtasis, sino como si estuviera tratando de contener un llanto copioso y amenazador.

-¿Qué pasa? – pregunté, olvidando de inmediato todas las demás cosas que quería decirle – Frank, ¿qué ocurre?

-Na… nada… yo…

Se dio la vuelta y las lágrimas se desbordaron totalmente. Lo apreté contra mi pecho, dejando que aquella lluvia roja me manchara por completo. No importaba. Mi muchacho precioso estaba llorando, y tenía la terrible sospecha que era por mi causa. No podía saberlo. Sus pensamientos estaban cerrados para mí otra vez.

-Dime qué está mal – imploré, acongojado – Por favor, Frank…

Frank trató de tomar aire profundamente, pero solo sirvió para iniciar el llanto otra vez. Aunque estaba descorazonado, me limité a esperar. No había nada más que pudiera hacer. Finalmente, la angustia de Frank remitió lo suficiente para convertirse en un sollozo ahogado. Insistí con mi pregunta. Él se limitó a negar con la cabeza.

-Esta… esta es la única manera… en que puedo tenerte, ¿no es así…? – balbuceó después de un rato.

Cerré los ojos, comprendiéndolo todo demasiado bien. El dolor de Frank no era físico. Y yo era un perfecto idiota.

No hay comentarios: