jueves, 17 de marzo de 2011

Capítulo XXXVII

Elenor apareció en mi departamento cargando a un altivo Edgar en brazos, que me maulló irritado nada más verme, como reclamándome por haberlo dejado atrás.

-Está bien, tú ganas – le dije tras acariciarlo. Edgar maulló una vez más, le dirigió una mirada de desprecio a Frank y luego pasó al sofá como dueño y señor del departamento. Nos vimos obligados a sentarnos alrededor de él.

-Lindo gatito – comentó Elenor… sólo para voltear hacia mí y toparse con mi mirada penetrante – ¿Qué? – alcé una ceja – Oh, ¿Michael? Déjame explicarte…

-¡No lo quiero cerca de mí, Elenor! ¿Por qué no puedes entender eso?

-Lo entiendo perfectamente, Gerard, pero eres tú el que tiene que entender que es absolutamente necesario para comprender lo que le pasó a William.

-William fue asesinado por unos Cazadores, ¿qué más hay que saber? – repliqué con amargura.

-Gerard, piénsalo muy bien – me pidió Elenor – Un vampiro de la Primera Generación, rozando el milenio. Puede que no haya estado del todo en sus cabales, pero tenía poderes que ni tú ni yo podremos alcanzar nunca ¿Qué podría haber detenido a un vampiro así? ¿Qué podría haberlo matado?

-¿Qué es lo quieres decir? – pregunté, pero Frank ya lo había comprendido.

-Los Cazadores beben sangre de vampiro para poder pelear con nosotros – murmuró, recordando lo que le había enseñado – ¿Lo hacen una sola vez, o…?

-No. En cierta forma, son como nosotros: necesitan renovar la sangre que han bebido constantemente – Elenor asintió satisfecha hacia mi compañero.

-Por eso a veces secuestran vampiros en lugar de simplemente matarlos – recordé. Miré a Elenor boquiabierto – Tú no crees que William esté muerto.

-¿Puedes imaginar lo que podrían hacer con su sangre? – señaló – Tendrían una ventaja sobre nosotros que no estaríamos listos para enfrentar. No sabemos qué tan poderoso era William.

-Pero Michael sí – murmuré de mala gana, entendiendo a dónde iba todo esto – Porque fue su compañero todos estos años.

-Precisamente – asintió Elenor. Frank nos miró a ambos, como evaluando si agregar algo más.

-Elenor… ¿haz hablado con esta vampiresa de la Coste Oeste?

-¿Con Laura? – preguntó, frunciendo el ceño – No, no lo he hecho… ¿por qué?

-¿Has considerado la posibilidad de que no fuera ella quién le pidió a William que viniera? – continuó Frank – No quiero sonar paranoico, pero… quizá fuera una trampa. Quizá ya tenían planeado capturar a William y… bueno, utilizaron eso de carnada…

Elenor asintió con la cabeza pensativamente, mientras yo no podía menos que maravillarme de la inteligencia de Frank.

-No lo había pensado – admitió Elenor – Me pondré en contacto con ella de inmediato.

-Elenor… ¿sigues consumiendo Demonio Azul? - pregunté.

-No, no he tenido tiempo de conseguir más desde que mi quitaste el último – replicó sorprendida – ¿Por qué?

Le resumí a grandes rasgos mi conversación con Raymond. Yo tampoco quería sonar paranoico, pero a medida que conseguíamos más piezas del rompecabezas, era obvio que todas encajaban, y el cuadro que se presentaba no era nada tranquilizador. Los Cazadores habían sido lo suficientemente habilidosos para lanzar una droga que nos debilitaba, al mismo tiempo que conseguían otra que los hacía más fuertes a ellos. Estas no eran simples acciones aisladas. Eran estrategias de guerra.

Elenor también pareció verlo así. Permaneció pensativa un momento. Luego clavó sus ojos claros en nosotros y asintió.

-No hablen de esto con nadie – nos indicó – No quiero causar pánico hasta que tengamos algo más concreto. Lanzaré una advertencia contra el Demonio Azul, y me comunicaré con Laura inmediatamente. Mientras tanto… solamente nos queda esperar.

Se levantó con señorío y nos echó una mirada evaluativa.

-Deberían ir a cazar. No se ven nada bien.

-Quizá se deba a que trajiste a mi hermano un poco más cerca de lo que era recomendable – gruñí.

-Acepto la culpa. No volverá a ocurrir – suspiró Elenor. Luego, nos hizo un gesto de despedida y se dirigió sin más a la puerta.

Tan pronto como la escuchamos cerrarse detrás de ella, apoyé las manos en la cabeza. Me sentía abatido y confuso. Nunca, en cuatrocientos años, había estado tan preocupado por mí mismo… o por alguien más. Sentí el brazo de Frank pasar por encima de mis hombros y sus labios apoyarse ligeramente en mi mejilla.

-¿Por qué quieren hacernos daño? – me pregunté en voz alta – Nosotros no les hemos hecho nada. Tomamos lo que necesitamos para sobrevivir, de la misma forma que lo hacen los tigres en la naturaleza. De la misma forma que lo hacen los humanos.

-Quizá creen que somos malvados – aventuró Frank, acercándose un poco más.

-Frankie, mírame – le pedí, levantando el rostro y obligándolo a clavar los ojos en los míos – ¿Tú crees que yo soy malvado? He hecho cosas terribles y no me arrepiento de ninguna, ¿eso me hace malvado? ¿Crees que alguien malvado podría sentir las cosas que yo siento? ¿Crees que tú podrías amar a alguien malvado?

Frank alzó los ojos hacia mí, como un niño confundido que no sabe exactamente que contestar. Luego, sin ninguna clase de aviso, pasó una pierna por encima de mi regazo y se sentó a horcajadas frente a mí. Me besó en los labios muy ligeramente, como tanteándome, como probándose a sí mismo que yo era real, que estaba allí y que quería aquellas caricias tanto como él.

-Si tú eres malvado, entonces yo lo soy también – especificó – ¿Tú crees que yo soy malvado?

Miré en sus ojos dorados, en ese mar de oro febril y juguetón. Pensé en él en el asiento trasero de mi auto, torturando a la prostituta. Pensé en él acariciando la guitarra, cantando dulcemente. No. Él no podía ser malvado. De ninguna manera. Quizá descuidado, sí, indiferente, como los niños que todavía no han aprendido que está bien o qué está mal. Él era inocente. Yo era el que lo había traído a esta vida de muerte y sangre.

-No. No lo eres, Frankie – suspiré, abrazándolo para traerlo un poco más cerca – No lo somos. Ninguno de nosotros lo es. No tenemos la culpa de ser seamos algo que ellos no pueden entender.

Frank intentó acercarse más, pero entonces su rodilla golpeó contra la bola de pelos que era Edgar y el gato le clavó las uñas con un maullido de protesta.

-¡Estúpido animal! – masculló Frank, y yo no puedo evitar un estallido de carcajadas.

-Vamos, Frankie – lo aparté suavemente – Elenor tiene razón, será mejor que cacemos algo. Una prostituta para los dos no es una comida apropiada.

-De acuerdo – suspiró él – ¿Después podemos ir al Wandering Devil? Angelus presume de sus margaritas rojas, y me gustaría probarlas.

-Suena como un plan – sonreí. Y le agradecí en silencio que distrajera mi mente de todos aquellos asuntos.

El bar al que fuimos de caza se encontraba lleno de personas que buscaban compañía para la noche. Era la clase de lugar al que iban los esposos infieles y las mujeres con los corazones rotos. Presas fáciles, vulnerables. Una cena ligera para una noche que había empezado de la manera más pesada.

Frank, siempre con sus gustos eclécticos, se puso a coquetear con un hombre con una marca delatora en el dedo anular.

-Entonces, ¿qué hace un tipo como tú solo en un lugar como este? – preguntó con una sonrisa juguetona que puso nervioso al sujeto.

-Mira, esta es la primera vez que hago esto – se justificó el tipo – No es que yo sea gay ni nada… solamente…

-Solamente estás atrapado en un matrimonio sumamente aburrido que no satisface tus necesidades – Frank estiró la mano y acarició la del tipo, quién dio un respingo hacia atrás, pero no se apartó – No te preocupes. No serías ni el primero ni el último…

Podría haberme sentado a ver cómo Frankie jugaba al gato y al ratón toda la noche, olvidándome completamente de que yo mismo empezaba a sentir algo de sed, pero entonces el aire en el bar se puso pesado e inquietante. Me alerté. Había cientos de cabezas, cientos de rostros borrosos, risas, conversaciones y pensamientos que no me dejaban tantear el lugar con claridad. Y yo no tenía la habilidad de Elenor de hablar con la noche, así que no pude evitar el alterarme.

-Frank – puse una mano en su hombro – Tenemos que irnos.

-¿Qué? Pero si apenas estoy… - se paró en seco, y supe que él también acababa de sentirlo. Se volvió al tipo con una sonrisa de disculpa – Lo siento, guapo. Quizá otra noche.

El hombre puso una cara entre la decepción y el alivio, pero no me detuve a pensar en él. Tomé a Frank de la mano y lo saqué de allí tan rápido como pude.

-Cazador – murmuré mientras nos alejábamos a una velocidad prudente.

-¿Cómo nos encontraron? – replicó Frankie, nervioso.

-No lo sé, pero no te preocupes. Puede que no se hayan dado cuenta qué dirección tomamos – le dije, aunque estaba seguro que no se le creería más que yo – Y en cualquier caso, pelearemos.

Frank asintió, todavía un poco nervioso. El aire a nuestro alrededor se puso algo más espeso. Cerré los ojos. Nos habían seguido. Inspeccioné los alrededores y busqué el lugar más propicio para una pelea. Aquel callejón en la parte trasera del edificio, sí. Las paredes nos permitirían saltar o trepar, y en cualquier caso, siempre podíamos hacer un escape hacia arriba. Nos metimos allí y le indiqué a Frank que subiera la escalera de incendios. Estaba tan inquieto que me hizo caso sin protestar. Mientras subía, el aire fluctuó de nuevo, y yo supe de inmediato que nos habían encontrado.

Las pisadas correspondían a una persona de peso ligero, alguien que seguramente sería buena y ligera para correr y saltar, pero que tendría desventaja en una pelea cuerpo a cuerpo. Habría que tenerlo en cuenta. Los trucos mentales rara vez funcionaban con los Cazadores, pero me preparé de todas maneras. Nunca estaba de más hacerlo. En la boca del callejón, se paró una figura menuda, sosteniendo un arma. Una chica. Era obvio que no podía verme en la oscuridad.

-Sal, sal de ahí chupasangre – me provocó la chica. Era joven. No podía tener más de unos veinte años, por lo que debía ser una recién iniciada. Suspiré. Quizá se me quedaba callado, no nos encontraría. Pero entonces, Frank se removió en la escalera con un ruido de sorpresa seguido de una exclamación gutural:

-¡¿Jamia?!

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