martes, 15 de marzo de 2011

Capítulo XXIX

No pude moverme por un largo rato. Las palabras de Elenor resonaban en mi cabeza como un cántico infantil: “Si algo me pasa, quiero que te hagas cargo de ellos. Quero que tú te hagas cargas de ellos. Que tú te hagas cargo…”

Yo jamás había sido un líder. Exceptuando hacía cuatro siglos, en mi condado, jamás había tenido otra persona de la que cuidar. No sabía como hacerlo. Además, estaba convencido que se trataba de una petición inútil. Nada le iba a pasar a ella. Lo que Elenor me pedía era una locura, y me decidí a decírselo de esa manera y no perder más descanso por ello.

Cuando vi los primeros rayos de sol alumbrar los rostros de los mortales en la sala, me levanté para salir de allí. Cansinamente, me pregunté como harían para remover todos los cadáveres.

La casa estaba en absoluto silencio. Ni siquiera salía un sonido de la cámara principal, y estaba bastante seguro que Elenor se encontraba allí… ocupada. Y estaba seguro que no era la única. Hay dos cosas que los vampiros somos por naturaleza: cazadores, y hedonistas. Alguien podría agregar la cualidad “solitarios”, pero después de darme cuenta de lo mucho que Elenor se preocupaba, empecé a dudarlo un poco.

Cerré los ojos y dejé que los jirones de pensamientos que flotaban a mi alrededor se hicieran visibles, como pequeños hilos de coser que se entrecruzaban unos con otros, guiados y enredados, algunos vibrando en una distancia onírica intocable. Finalmente, encontré el que buscaba. Tres puertas hacia la izquierda, Frank yacía inmóvil y despierto, esperándome, aunque cerraría los ojos y fingiría estar dormido en cuanto entrara. No podía decir que lo culpaba.

La puerta se abrió silenciosamente, así que Frank solo contó con mis pisadas para empezar a fingir. Me senté en la cama y me despojé de la ropa lenta y deliberadamente, dándole todas las oportunidades de que de hecho se durmiera, pero tal parece que ninguno de los dos iba a ser capaz de ello.

Me metí bajo las sábanas y casi por instinto, tendí los brazos hacia él y pegué mi cuerpo el suyo. Era increíble la forma en que su pequeña figura encajaba perfectamente en el espacio entre mis brazos. Apoyé la nariz en su pelo y aspiré la mezcla de sudor y sangre propia y ajena que emanaba de él.

-Vas a necesitar ropa nueva – murmuré. Él no contestó. Quizá si estuviera dormido después de todo. Entonces su voz flotó hacia mí, exageradamente ronca y somnolienta.

-Cómo a sí te importara lo que esté usando o no…

Me permití unos segundos de alivio. Luego reflexioné. Podría haber seguido la broma. Pude haberme tragado un millón de cosas que ninguno de los dos necesitaba decir o escuchar. Pude haberlo seducido como siempre hacía, de hecho tenía ganas de hacerlo. Pero no lo hice. No quería perderlo. Ahora lo sabía.

Así que apoyé mis labios en su oído para asegurarme que me oía y dije la única cosa que sabía que podría cambiar algo. Las palabras sonaron oxidadas en mi lengua:

-Lo lamento.

Frank se estremeció ligeramente y se revolvió un poco. Con mucho cuidado, dejé que su espalda se apoyara en la cama y me levanté un poco para mirarlo a los ojos. Oh, Dios, ¿por qué tenía que ser tan hermoso? ¿Por qué tan perfecto?

-Lo lamento – repetí, y mi voz estaba temblando. Yo estaba temblando, como un niño asustado en busca de consuelo.

-¿Tú lo lamentas? – Frank abrió sus ojos dorados y brillantes con sorpresa – Soy yo el que se vino abajo, ¿recuerdas?

-Lo sé – murmuré – Y lo siento. Fue mi culpa. No sabía que te estaba haciendo daño.

Frank desvió la vista y negó con la cabeza.

-No tienes que hacer esto…

-Frank…

-Está… bien – me interrumpió él – No importa.

-No, sí que importa – repliqué, un poco molesto, y tomé su rostro entre las manos para obligarlo a mirarme – Me importas, Frankie. Me importas mucho. Y todas esas cosas que dije sobre que nuestra separación inminente… no quiero que sean verdad. No así. No tan pronto.

Apoyé la frente contra la de él. Buscaba algo más que decir. Sabía que no era suficiente, pero… no se me ocurría… que otra cosa…

Entonces sentí el roce de sus labios contra los míos, su respiración mezclándose con la mía otra vez.

-Nadie me había llamado Frankie en años – murmuró, y me besó de nuevo. No era un beso profundo, no tenía nada de apasionado. Era como si… como si estuviera viendo… qué tan lejos podía permitirse llegar.

-Lo siento…

-No te disculpes. Me gusta que me llames así – rozó su nariz juguetonamente con la mía. Puso una de sus manos en mi pecho, justo sobre mi corazón – Soy yo el que debería disculparme. Gerard, yo… te quiero. De verdad. Solamente quiero que… te sientas igual. Quiero escucharte decirlo. Pero sé que no conseguiré que me lo digas llorando y quejándome.

Mantuve los ojos fuertemente cerrados, tratando de asimilar lo que acababa de decirme. Pero de alguna forma, no podía. Se sentía demasiado grande, demasiado grande dentro de mí. No sabía que hacer. Por primera vez en siglos, estaba perdido y desconcertado. Y era exasperante y fascinante al mismo tiempo.

-¿Por qué? – susurré.

-¿Por qué, qué…?

-¿Por qué me quieres? – pregunté. Eso parecía tener lógica. Quizá encontrara un poco de orientación en esa respuesta.

-Porque… tú me abriste esta nueva vida. Porque… nadie se había preocupado por mí desde que mi madre murió. Porque… ¿realmente necesito tener una razón? – concluyó con un bufido. Me aferré a él con un poco más de fuerza.

-Te asesiné – le recordé.

-Me hiciste inmortal.

-Te hice un asesino.

-Tal vez ya lo era antes.

-Condené tu alma.

-¿No me vas a decir ahora que realmente crees eso, no? – había una nota divertida en su voz. Casi pude imaginar la media sonrisa que exhibiría su rostro de niño ahora mismo.

-Supongo que no – abrí los ojos – ¿Me perdonas?

-Siempre estuviste perdonado.

Lo besé. Con temor al principio, más confiadamente a medida que lo sentía responder. Su mano pasó de mi pecho a mi espalda, mientras la otra enlazaba sus dedos con los míos. Lo tenía allí, completamente entregado, completamente aturdido, perdido él también, sus pensamientos diluyéndose en una confortable sensación de paz casi total. Demonios. Lo había conseguido otra vez. Me detuve.

-No voy a hacerlo – murmuré – No voy a hacerlo. No, a menos que lo desees de verdad…

Frank respiró profundamente. Las débiles defensas alrededor de su cabeza cayeron lentamente, una por una. Su mente flotó libre de todas ataduras, y se enlazó con la mía de la misma forma que nuestros dedos.

-Lo deseo de verdad.

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