jueves, 17 de marzo de 2011

Capítulo XXXVIII

Por un segundo, los tres nos quedamos absolutamente paralizados. La chica tenía los ojos y la boca abierta, y su dedo tembló sobe el gatillo del arma de manera peligrosa.

-¿Fra… Frank…?

No. No, no ¿Por qué Frank estaba bajando de las escaleras de incendio? ¿Por qué no se quedaba donde estaba? ¿Es que no tenía idea de lo peligroso que era? Frank aterrizó unos pasos delante de mí y avanzó hacia la Cazadora.

-Jamia, ¿eres tú? ¿De verdad, eres tú? No puedo creerlo…

No podía ver el rostro de Frank, pero sabía que debía ser un perfecto reflejo de la chica delante de él. Apreté los dientes y traté de pensar rápido. Ella parecía ser la única Cazadora… al menos la única que nos había seguido, pero podía haber más. No enviarían a una novata sola. No a una que se distrajera tan fácilmente como para bajar su arma.

-Frank… ¿qué haces aquí…?

Avancé un paso sin salir de las sombras, pero ella pareció percibir mi movimiento, porque inmediato volvió a levantar el arma.

-Frank, vete de aquí… es peligroso…

-Jamia, ¿qué diablos…? – los ojos de Frank se abrieron de par en par y yo supe que no podía pasar más tiempo sin que ella se diera cuenta de lo que era él… y entonces…

-¡Aléjate! – gritamos los dos al mismo tiempo.

Ella disparó a ciegas y yo enrosqué mis brazos alrededor de Frankie y lo pegué a mi cuerpo. Desplegué los colmillos de manera amenazadora y clavé los ojos justo por encima del cañón de la pistola, directo en la mente de Jamia. Sus defensas eran mejores que la mayoría de los humanos, pero no tanto como las de un Cazador con experiencia. Tenía que empezar a buscar…

-¡Déjalo ir! – me exigió Jamia, con el pulso tembloroso de nuevo.

-No – contesté con un gruñido y derribé una de sus barreras. Ella pareció darse cuenta, porque hizo todo lo posible por rechazarme.

-¡Déjalo en paz! – exigió de nuevo.

Di una nueva embestida contra su mente y encontré lo que buscaba: los recuerdos de Frank. Frank, tocando la guitarra. Compartiendo un cigarrillo con ella. Escuchándola fascinado mientras ella le hablaba de los vampiros. Besándola…

-¡Basta! – exigió ella y disparó de nuevo. La bala pasó a centímetros de mi rostro, pero yo ni me inmuté. Frank se removió incómodo entre mis brazos.

-¡¿Qué estás haciendo?! – preguntó. Yo lo apreté un poco más, rogando que entendiera que tenía que seguirme el juego.

-Me voy a ir ahora – le dije a Jamia – Y me lo llevaré conmigo. No intentes nada.

-¡Los truquitos mentales no funcionarán conmigo! – exclamó Jamia, pero su voz tenía una nota de histeria.

-Solamente eres una niña jugando a ser Cazadora – siseé – Ni siquiera puedes deshacerte de un simple humano para llegar a tu objetivo.

-¡Te digo que lo sueltes! – gritó Jamia.

La asalté con una nueva marea de recuerdos mientras cubría la boca de Frank con la mano izquierda, con el doble objetivo de evitar que hablara y de ocultar sus colmillos. Necesitaba que ella siguiera creyendo… necesitaba que no se diera cuenta que él ya había pasado por el cambio. Necesitaba que perdiera la cabeza y cometiera un error, porque de esa forma podría derribarla y escapar antes de que otros Cazadores llegaran hasta aquí.

-Oblígame – la desafié con un gruñido. Vi que Jamia vacilaba, así que decidí acelerar las cosas.

Muy delicadamente, volteé la cabeza de Frankie, acariciando su piel con mucho cuidado. En el costado izquierdo, estaba la marca de los colmillos, de mis colmillos, la marca que lo delataría ante cualquiera que supiera donde buscar. La marca que lo señalaba como mío. Era mío, y no iba a permitir que nadie nos separara. Tuviera lo que tuviera que hacer.

“Perdóname” pensé sólo un momento antes de inclinarme y reabrir la cicatriz. La sangre de Frank saltó a mi lengua junto con un huracán de imágenes tan confusas que giraban borrosamente a mi alrededor a una velocidad que me hizo sentir mareado y perdido. Traté de bloquearlas, traté de ignorarlas. Tenía que hacerlo. Tenía que mantener el control…

La tercera detonación vino justo antes de que Jamia se precipitara sobre nosotros. Tiré de Frank para ponerme entre ambos y la repelí con un solo golpe. Jamia voló contra la pared del callejón y cayó inconsciente sobre un montón de basura. No me detuve a ver si la había matado o no, era irrelevante. Halé de Frankie y lo subí a mi espalda antes de saltar para alcanzar la escalera de incendios y luego la terraza del edificio.

Corrí y salté por todos los tejados a mi alcance, me aferré a las paredes, los balcones y los alféizares con las yemas de los dedos, sintiendo los brazos y las piernas de Frankie tensionarse contra mí cada vez que nos encontrábamos en el aire. No estaba pensando. No pensaba que nos estarían siguiendo, no pensaba que Jamia podía ser la segunda Cazadora muerta desde que se rompió la Tregua, solamente pensaba que teníamos que escapar, tan lejos y tan pronto como pudiéramos, donde no pudieran vernos, donde pudieran hacernos daños…

-¡Gerard, para! – lo escuché jadear en mi oído – Por favor, ya no puedo…

El gemido de dolor de Frank me trajo de vuelta a la realidad. Me detuve junto a la bomba de agua de otro edificio y delicadamente esperé a que se bajara de mi espalda antes de voltear a verlo. Su rostro pálido estaba deformado en una mueca de dolor y confusión, había sangre seca manchando su cuello donde lo había mordido… y sangre fresca manando de su rodilla izquierda, manchando sus jeans y deslizándose hacia abajo de manera macabra. Se me pusieron los pelos de punta.

-Frank, por todos los demonios del infierno – lo ayudé a sentarse en la cornisa – ¿Por qué no me dijiste…?

-Pensé que… pensé que… teníamos que… - Frank jadeaba y no podía articular palabra, así que me incliné y desgarré sus jeans.

La bala no se había hundido muy hondo, quizá ni siquiera estuviera rozando el hueso, pero tenía que sacarla ahora mismo si quería que la herida de Frank empezara a sanar. Miré alrededor desesperado, sin encontrar nada que pudiera servirme como pinza. Apreté los dientes mientras empezaba a ser consciente que el aroma de la esencia de Frank estaba impregnando el ambiente y dejando un rastro muy distintivo para seguirnos. Apoyé mi frente contra la suya. El dolor bloqueaba cualquier pensamiento.

-Frankie, escúchame – rogué, hablando tanto en voz alta con en su cabeza – Tengo que sacar la bala. Te va a doler. Si no lo resistes, puedo parar, pero tengo que sacarla antes de que la plata te infecte ¿Lo entiendes?

Frank respiró profundamente, los labios tan apretados que se habían convertido en una fina línea sobre su mentón, y asintió con la cabeza.

-Piensa en otra cosa – lo animé mientras volvía a arrodillarme ante él – Piensa en lo que sea. Piensa en el campo al que te llevó tu abuelo, piensa en tu guitarra… por favor, necesito que lo intentes…

Frank echó la cabeza hacia atrás y peleó contra el dolor. A través del tormento que nublaba su juicio pude escuchar un tarareo lejano de una melodía que me resultaba familiar, pero no me detuve a reconocerla. No era el pensamiento más fuerte que Frank podía tener para no pensar en su rodilla, pero bastaría. Tanteé con mis dedos alrededor de la herida. Frank inclinó la cabeza sobre la mía con los ojos fuertemente cerrados y aún cantando mentalmente.

“Perdóname”, pensé de nuevo. Metí el índice y el pulgar en la herida, tanteando a través de la sangre y el músculo. Frank dejó escapar un jadeo y el dolor casi lo vence antes de que la melodía regresara a sus pensamientos. No podía ayudarlo. Tenía que concentrarme en lo que hacía. Sentí el calor de la bala alrededor de mis yemas y escarbé un poco más, tratando de ignorar los gemidos que Frank ahogaba sobre mi cabeza. Por fin pude asirla con fuerza.

-Voy a tirar ahora – le anuncié – Respira profundo.

Le costó hacerme caso sin gritar, pero lo hizo. La melodía casi se estaba apagando y Frank estaba en agonía. Tenía que apresurarme. Tiré con fuerza y la maldita cosa se negó a moverse, enterrada en la carne con obstinación. Sentí la sangre de Frank empapándome la mano, y mi propio sudor perlándome la frente. Tenía que salir. Maldita sea. Tiré de nuevo y esta vez conseguí hacerla avanzar hacia fuera, aunque no lo suficientemente rápido para evitarle otra oleada de dolor a Frank. Esta vez, la música se extinguió por completo en su cabeza y solamente quedó el sufrimiento. No importaba. Casi la tenía. Un tirón más.

-Resiste – le rogué a mi compañero y volví a mover la bala.

Con un sonido casi de succión, liberé la bala, tan cubierta de sangre que ya no quedaba nada de su brillo plateado. La arrojé al costado con rabia e improvisé un torniquete con los restos de tela esparcidos alrededor. Luego me levanté para mirar a Frank. Su rostro estaba congelado en un paroxismo de dolor, pero su respiración agitada se iba calmando a medida que se daba cuenta que lo peor ya había pasado. Lo apreté contra mi pecho y apoyé la cabeza en su oído. Desesperado, canté lo primero que se me vino a la cabeza.

-Call me irresponsible

Call me unreliable

Throw in undependable too…

Los brazos de Frank se apretaron contra mí y yo lo acuné con delicadeza hasta que volvió a respirar normalmente.

-Estoy… creo que ya… creo que ya estoy bien – murmuró.

-Con un demonio que los estás – juré por debajo de mi aliento – Esto no habría pasado su hubiera estado más atento. Fue mi culpa.

-Gerard…

-Tengo que llevarte con alguien que te revise mejor – dije desesperado – Mira toda la sangre que has perdido. Dios mío, ¡si la plata te ha infectado…!

Frank levantó la cabeza y pegó débilmente los labios contra los míos. Había un par de surcos de sangre en su cara también, producto de las lágrimas. No soportaba verlo así.

-Te llevaré a casa – prometí mientras lo alzaba al estilo matrimonial – ¿Está bien? Nos vamos a casa ahora. Todo va a estar bien.

Por un segundo pensé que se había desmayado, porque sentía su cuerpo laxo entre mis brazos y tenía los ojos cerrados en un gesto más relajado que tenso. Pero entonces lo escuché suspirar:

-Está bien. Vamos a casa.

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