viernes, 18 de marzo de 2011

Capítulo XLI

Me desperté de un sueño que no pude recordar bien en cuanto algo me empezó a picar en la mejilla. Había un rayo de sol deslizándose por mi ventana, cayendo directamente sobre mi rostro, y sobre la nuca de Frank. Me moví para envolvernos bajo las sábanas. Tenía que conseguir otras cortinas. Frank, tendido de costado a mi lado, abrió un ojo, uno solo.

-¿Hora de cenar? – preguntó, con un sonrisa.

-No por ahora – negué con la cabeza – El sol ni siquiera ha terminado de bajar.

-Um, qué lástima – murmuró, acercándose más a mí – Ahora ya no tengo sueño.

Sonreí ¿Es que nunca iba a dejar sus juegos?

-Oh, ¿en serio? Yo aún estoy un poco cansado…

-Lo sabía. Ya estás viejo, no puedes mantener mi ritmo.

-¿Y qué? ¿Me dejarás por un amante más joven y resistente?

Antes de darme cuenta, estaba atrapado otra vez bajo el peso de Frank. Contemplé su blanca piel brillante bajo la luz del sol del atardecer, su sonrisa descarada y todo su cuerpo erizado, listo para zambullirse de nuevo en el placer.

-¿Por qué? Tú eres el mejor que he tenido – confesó, y por algún motivo me pareció que eso no era parte de nuestro diálogo juguetón.

-¿En serio?

-Sí – se inclinó contra mi oído y susurró – Pero tendrás que trabajar muy duro para mantener esa marca…

-Marca – lo incliné un poco más y me asomé para contemplar su espalda rasguñada. Casi no podía creer que todas esas cicatrices fueran obra mía – Creo que ya he hecho un muy buen trabajando marcándote, muchachito…

-No lo suficiente – insistió él.

-¿No?

Me di vuelta, ahora era él el que quedaba debajo de mí.

-Oh, vaya, eso va a tener que solucionarse…

Frank se dio vuelta de nuevo, y quedamos al borde de la cama, casi a punto de caer del colchón.

-No. Hoy no.

Eso me dejó descolocado. Lo miré sorprendido.

-¿Qué quieres decir…?

-Sólo relájate, ¿sí? Déjame que hoy te consienta – me pidió, pasándome ligeramente la lengua por el cuello.

No estaba muy seguro de a qué se refería, pero de pronto todo mi cuerpo se sentía tenso. Frank empezó a trazar un camino de besos por mis hombros, luego por mi pecho hasta llegar a la altura de mi ombligo. Solté un gemido cuando su mano se posó en mi entrepierna y comprendí lo que iba a hacer.

-No… no tienes que…

-Oh, pero quiero – me aclaró él antes de depositar un beso en el interior de mis muslos, lo que solo me hizo sentirme más inquieto todavía.

Antes de que pudiera oponer otra protesta, sus labios se cerraron sobre mí, arrancándome otro gemido. Me arqueé y casi sin querer, terminé metido por completo en su boca. Pero él no se apartó ni emitió ningún sonido de queja, simplemente empezó a trabajar su lengua contra mí, lo que no hizo sino arrastrarme más en el espiral de delicia en el que estaba cayendo.

Enredé mi mano izquierda en su pelo, mientras con la otra me aferraba al borde del colchón, en un intento vano de tener algo en lo que apoyarme, cuando lo único que sentía era que estaba siendo zarandeado como un juguete por los caprichos y las ideas de Frank, por sus deseos incomprensibles y maniáticos, por esa forma de salirse con la suya a toda costa. Cerré los ojos y lo único que conseguí fue multiplicar todo lo que estaba sintiendo al punto de…

-Frank… para… voy a…

Estoy seguro que me escuchó, no pudo no haberlo hecho, mi voz se había vuelto tres tonos más aguda en medio de los jadeos. Pero él no paro, sino que redobló aún más sus esfuerzos. Me mordí los labios y me los desgarré con la punta de los colmillos. El sabor de la sangre avivó mi sed, y pensé de pronto en el suave cuello de Frank, arqueándose sobre mí, el cuello donde reposaba la cicatriz de mi mordida, la marca que lo señalaba como mío. Mío. Para siempre.

Mis dedos se cerraron sobre su nuca solo un segundo antes de explotar. Lo aparté de allí en una fútil tentativa de no acabar en su cara, pero solamente sirvió para que lo hiciera perder su precario equilibrio y acabara arrastrándome, sábanas y todo, contra el suelo alfombrado de la habitación.

Me quedé quieto un segundo, tratando de recuperar el aliento, tratando de volver a pensar con claridad. Frank lanzó una carcajada.

-Bueno, ese no era el final que tenía planeado – comentó, para luego arrastrar su rostro hasta dejarlo a la altura del mío – ¿Cómo estuvo?

-Eres… eres un… pequeño demonio… - estiré un brazo y lo atraje hacia mí.

-¿Te gustó, entonces?

-Frank, por favor… solamente… cállate…

Frank se rió de nuevo, pero se quedó acurrucado en silencio contra mí mientras yo me recuperaba poco a poco. Bajé la vista hacia su rostro sonriente, todavía con una mancha blanca en la comisura de los labios que me provocó una extraña mezcla de sensaciones, algo entre la culpa y la excitación que no pude comprender.

-Y bueno, ¿cómo estuvo? – insistió. Parecía como si fuera de vital importancia saberlo.

-¿Realmente necesitas saberlo?

-Por supuesto que necesito saberlo – Frank me miró como si aquello fuera la cosa más obvia del mundo – Para lo próxima vez que lo haga…

-Oh, Dios, no…

-¿Estuvo mal entonces? – preguntó, realmente preocupado. Negué con la cabeza y lo atraje más hacia mí.

-No. Claro que no. Estuvo maravilloso, Frank, de verdad que lo estuvo…

-¿Pero?

Suspiré ¿Era esto algo moderno, hablar del sexo? Hasta donde yo entendía, era algo que debía hacerse, no discutirse, y esta charla me incomodaba en tantos niveles que era imposible estar seguro de cuántos eran exactamente.

-Me gusta más cuando lo hacemos cuando lo hacemos juntos. Tú y yo – puse una mano debajo su barbilla para mirarlo a los ojos – Cuando estamos conectados. Cuando puede verte la cara así. Cuando sé lo que quieres y tú sabes lo que yo quiero.

-Oh, entiendo – bajó la vista, como avergonzada – Yo solo… trataba de hacer algo especial por ti…

-No tienes que hacer nada especial por mí – aclaré – Despertarme a tu lado todas las noches ya es lo bastante especial…

-Ahora solamente estás siendo cursi – me besó. Su boca tenía un sabor amargo que me invadió por completo y me puso todavía más incómodo. Luego se levantó arrastrando la sábana con él – Arriba, tonto vampiro senil. Luces como que te vendría bien un trago o dos.

Se encabezó hacia el baño, dejándome solo y frío en la alfombra. Apenas me había dado cuenta que el cuarto se había quedado en penumbras. Cerré los ojos un momento y me di cuenta que todas las sensaciones que Frank me despertaba seguían ahí, como si una parte de mí se resistiera a abandonar el deseo ni siquiera cuando este había sido satisfecho. Sonreí. Incómodo o no, su intención demostraba lo importante que yo era para él. Y eso, por algún motivo, me hacía sentir infinitamente feliz.

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