martes, 15 de marzo de 2011

Capítulo XXIII

El aire fluctuó a nuestro alrededor. Me sobresalté mientras el cigarrillo se consumía y me quemaba los dedos. Elenor estaba en posición de alerta, y giraba la cabeza tan rápido que no sé cómo no se mareó.

-¿Lo sentiste? – preguntó ansiosamente.

-Cazador – murmuré casi con odio y también me puse en posición de alerta. Nunca se sabía… con esas malditas ratas traidoras…

Elenor cerró los ojos y dejó que la noche le hablara, confiada en que yo le cuidaría las espaldas.

-Es… uno solo. Hombre. Joven, fuerte. Se acerca…

Abrí la boca, dejando que mis colmillos se desplegaran con furia, penetrando las sombras que no escondían nada para mí. El idiota había escogido al vampiro equivocado con el que meterse esa noche. No sería un problema para mí.

-Sal, sal, de dondequiera que estés – lo llamé. Su maldita presencia impregnaba el aire a nuestro alrededor. Sabía que nos observaba, sus ojos me taladraban la piel, su respiración, apenas en el borde de mis oídos. Perdí la paciencia – Vamos, cobarde… ¡pelea conmigo!

No había terminado de decirlo cuando todo estuvo en calma otra vez. Una pequeña brisa de aire removió un solitario pedazo de papel que pasó a nuestros pies, como burlándose.

-Se ha ido – murmuró Elenor, impresionada. Yo estaba extrañado, pero una sospecha me inundaba el pecho.

-No sólo se ha ido. Huyó – remarqué – Huyó de mi desafío.

-¿Y eso es malo?

-¡Elly, ellos nunca huyen de un desafío! – señalé mientras la sospecha se convertía en pánico.

-Quizá no quiso vérselas con los dos de nosotros…

-O quizá tenía otros planes en mente.

Elenor abrió la boca y lo comprendió de inmediato.

-¡El Devil…!

-¡Tenemos que avisarles! – exclamé, mientras una señal de alarma se encendía en mi cabeza. Frank… no le había advertido a Frank de los Cazadores…

Elenor saltó de inmediato a mis espaldas, y yo corrí, corrí, corrí como si ya nada más importara. Los edificios se convirtieron en un manchón brilloso, las uñas de Elenor se clavaron en mis hombros, haciéndome daño.

-No llegaremos a tiempo…

No le respondí. Teníamos que llegar a tiempo, teníamos que…

Pero tenía razón. El desastre ya estaba hecho cuando llegamos. Todavía podíamos olfatear a los Cazadores, pero su presencia, casi palpable, se había desvanecido. Todos los vampiros reunidos aquella noche se encontraban fuera del local, visiblemente alterados, algunos con manchas de sangre en la ropa. Todos hablaban a los gritos y alguno se alejó con demasiada rapidez del grupo. Los escudriñé uno por uno con desesperación.

-¡Frank! – clamé, internándome entre ellos – ¡¿Dónde está Frank?!

Las manazas de Kraig me aferraron por los hombros, obligándome a tranquilizarme.

-¡Calma, Gerard! ¡Por aquí!

Medio tironeándome, medio arrastrándome, me apartó de la multitud y me llevó hacia las escaleras del local, donde Frank estaba sentado. Todo su pecho estaba cubierto de sangre. Lancé un suspiro de alivio, y él, percibiéndome, alzó la cabeza y se arrojó a mis brazos. Lo apreté contra mí y comprobé con alivio que la sangre no era suya.

-¡Gerard! – murmuró entre sollozos contenidos – ¡Fue… fue horrible…!

-Está bien – lo consolé – Está bien… ya pasó, ya terminó…

-¡Con un demonio que terminó! – gritó la voz cascada de Randolph, un viejo vampiro conocido – ¡Todos sabemos que lo que ocurrió esta noche no ha hecho más que empezar!

-¿De qué estás hablando? – preguntó Elenor, frunciendo el ceño.

-¡Si hubieras estado aquí con nosotros, lo sabrías! – la acusó, sacudiendo con desprecio su cabello ceniciento – Esta noche, ha muerto un Cazador… ¡a manos de ese neófito! – agregó, señalando a Frankie.

Las palabras calaron hondo en mí, igual que su furia y la incomodidad alrededor. Aparté a Frankie con mucha lentitud.

-¿Es… es cierto?

-Yo… yo solo trataba de defenderme… él… - balbuceó. Le puse un dedo en los labios y negué con la cabeza. Era mejor que callara. Por ahora.

-Todos sabemos lo que pasará ahora – sentenció Malachi - Los Cazadores volverán… buscando venganza. La Tregua se ha roto.

-¡Yo digo que les entreguemos el neófito y que se vayan! – propuso Randolph.

-¡Sobre mi pila de cenizas! – bramé, mostrando los colmillos e interponiéndome entre Frankie y su acusador.

-Eso es fácilmente solucionable – me amenazó Randolph, gruñendo a su vez.

-¡No peleemos entre nosotros! ¡Somos todos vampiros, maldita sea! – señaló Cameron, una vampiresa de no más de cuatro décadas – ¡No puede ser que no podamos defendernos sin temer las represalias! Frank actuó bien, y yo también lo apoyo.

Un montón de murmullos de asentimiento recorrió la multitud, e incluso un par de vampiros se movieron para pararse más cerca de nosotros. Randolph estaba furioso.

-¡Los Cazadores nos habían dejado en paz por varias décadas! ¡Si esta es la actitud que adoptamos, entonces significa la guerra!

-¡Basta! – Kraig se paró entre nosotros, y como siempre, la oscura mole de su cuerpo se impuso a nuestra rabia – La Tregua se ha roto, pero no ha sido nuestra culpa. Ellos lanzaron la primera piedra, atacando nuestro refugio.

-Si ellos deciden hacernos la guerra, guerra tendrán – decretó Elenor – No podemos huir para siempre.

-Tenemos que permanecer juntos en esto – intervine – O no tendremos oportunidad.

Casi todos se manifestaron de acuerdo. Randolph terminó aceptándolo también, a regañadientes.

-¿Por qué… por qué no me habías dicho? – me preguntó Frank, más tarde esa noche. Cerré los ojos. Estábamos metidos en la tina que rara vez usaba. Dicen que el agua caliente ayuda a relajar los ánimos. Por el contrario, yo me sentía más tenso que nunca.

-No pensé que fuera necesario. Randolph decía la verdad, los Cazadores nos habían dejado en paz por mucho tiempo, salvo algunos ataques aislados. Es posible que estuvieran preparando el ataque de esta noche.

-Yo… nosotros… todos los sentimos. Antes de que entraran disparando, los sentimos… - señaló.

-Los Cazadores son una clase especial de humanos – le conté – Para poder pelear con nosotros, han tenido que tomar sangre de vampiro, aunque no la suficiente para completar la transformación. Por eso pueden hacernos frente, pero por eso también percibimos su presencia… y ellos la nuestra.

-¿Quién haría algo como eso? – quiso saber, aparentemente impresionado.

-No lo sé. Jamás me he parado a reflexionar sobre sus motivos.

-Pero, entonces… es… ¿es cierto…? Lo de la guerra, ¿es así…?

Lo contemplé, la inocencia en sus rasgos a pesar de todo, el gesto derrotado… la ternura lavó mis preocupaciones con más celeridad que el baño. Me moví en el agua lo suficiente para atraerlo hacia mí y ponerlo en mi regazo.

-No te preocupes. No sería la primera vez. No consiguieron eliminarnos antes. No lo harán ahora. Ni nunca.

Lo besé en el hombro, pero él no reaccionó. Acaricié su espalda con cuidado.

-Nada nos va a pasar, ¿me escuchas, Frank? Estaremos bien. Tú, y yo, y Elenor, y Angelus, y Kraig, y todos. Estaremos perfectamente, ¿lo entiendes?

Frank ocultó su rostro en mi cuello antes de musitar:

-Sí.

No hay comentarios: