-Este es el último – prometió Elenor, y clavó la última de las pequeñas notas en la pizarra que ocupábamos.
Delante de nosotros se extendía lo que podría haber pasado por un enorme árbol genealógico humano. En la cima, mi nombre y el de mi hermano estaban debajo del de William. Debajo del mío, había una sola nota que decía “Frank”, mientras que el de Michael tenía tres notas debajo del suyo. Tres vástagos que a su vez habían creado un par de vástagos más. La línea de sangre de William llegaba hasta la Cuarta Generación, hasta dónde nosotros sabíamos.
La de Basarab estaba un poco más extendida. Elenor, su único vástago, había creado a Kraig, quién a su vez había creado a Angelus y Carmen a pedido de Elenor. Carmen había creado a Maxwell, y Maxwell a una vampiresa llamada Julia que vivía en la Costa Oeste y tenía un vástago a su vez. Seis generaciones.
En menos de cuatro semanas, habíamos rastreado y reconstruido la línea de sangre de un vampiro de Primera Generación asiático llamado Veret gracias a las notas de William que Michael había conseguido rescatar. Habíamos alcanzado las Octava Generación entre vampiros que conocíamos o que localizamos en América, América del Sur y Europa (la cuenta de teléfono que Elenor tendría que pagar seguramente sería escalofriante). Habíamos necesitado una segunda y una tercera pizarra a medida que las notas y las ramas de nuestro “árbol” se extendían cada vez más.
Y esa noche, después de cazar, por fin habíamos terminado con la quinta línea de sangre.
-Annete, Novena Generación – comenté, contando todos los nombres que estaban encima de ella – En descendencia directa desde Drela, quinto vampiro de Primera Generación. Y eso es todo.
Nos quedamos en silencio, contemplando nuestra obra. Michael frunció el ceño.
-No, no puede ser todo – protestó – Los vampiros de la Primera Generación eran seis, no cinco.
-No hemos encontrado ningún descendiente del sexto vampiro – contestó Elenor – Ninguna referencia a su nombre en las notas de William. Si existió en realidad, murió sin crear ningún vástago.
-Entonces las líneas de sangre son cinco, no seis – concluí. Michael, como siempre, se resistió a mi razonamiento.
-Los Nosferatus… - indicó.
-Raymond es de la Quinta Generación de la línea de Olevon – dije, señalando el cuarto árbol – Los hemos ubicados a todos. Todos descienden de alguno de estos cinco vampiros.
-¿Lo han notado? – dijo de pronto Elenor.
-¿Qué cosa?
-Basarab, Veret, Drela, Olevon – recitó ella, como si saboreara los nombres – Son nombres que provienen del Oriente de Europa. William no encaja.
-Bueno, siempre tuve mis dudas que fuera su nombre de nacimiento – comentó Michael.
-Muchos vampiros cambian de nombre cuando se instalan en otro lugar o cuando comienzan a sonar demasiado anticuados – agregué – Tú lo hiciste.
-Es verdad – concedió Elenor aún pensativa – Pero cuando William los conoció y los creó, no había muchos vampiros en Europa, dudo que hubiera muchos vampiros en el mundo. Ahora somos unos trescientos sólo en América, pero entonces mi aquelarre de cinco vampiros era el más grande de Europa Occidental.
-¿Qué intentas de decir? – pregunté, no muy seguro de a dónde quería ir a parar.
-¿Por qué William sintió la necesidad de cambiar su nombre cuando los vampiros eran tan pocos todavía?
Reflexioné al respecto, pero no se me ocurrió ninguna buena respuesta. Me dolía la cabeza. Faltaban dos horas para el amanecer, Carmen y Maxwell ya habrían escoltado a Frank al departamento, y seguramente estaría esperándome.
-¿Qué se supone que tenemos que ver en todo esto? – pregunté, con cierto fastidio – Los vampiros con habilidades especiales desaparecen después de la Segunda y Tercera Generación, pero ya sabíamos que cada vástago es más débil que el anterior. No hay nada nuevo en todo este maldito gráfico.
-¿Insinúas que ha sido inútil? – me espetó Michael.
-No lo estoy insinuando, lo creo firmemente – repliqué con un gruñido – Nos has hecho perder el tiempo, Michael. Como siempre.
Michael enseñó los dientes e hizo ademán de abalanzarse sobre mí, pero yo fui más rápido. Simplemente me aparté de su camino y me dirigí a la puerta.
-Me voy a casa – anuncié – Llámenme cuando se les ocurra otra “brillante” idea.
Carmen y Maxwell me estaban esperando en el comedor, con cierto gesto de preocupación que no conseguí comprender. Desde la sala, se escuchaba una serie de acordes destemplados que me indicó que Frank había empezado a trabajar en una nueva escala esa noche.
-Muchas gracias – les dije, como cada noche – Elenor los está esperando…
Los dos intercambiaron una mirada, y finalmente se decidieron a hablar.
-Señor Gerard, creo que debería hablar con Frankie – me sugirió Maxwell – Acerca de su… ritmo de caza.
-¿De qué hablas? ¿Tiene algún problema? – pregunté ansioso.
-No, no es eso – Carmen se retorció las manos – De hecho, le es tan fácil. Yo finjo que soy su novia, tenemos una pelea y lo dejo solo, y él atrae y mata a quienquiera que le ofrezca su ayuda a partir de ese momento. Ni siquiera sospechan hasta que es muy tarde. Jamás había visto algo así.
-¿Y entonces?
-Lo hace varias veces por noche – soltó Maxwell, después de intercambiar otra mirada con Carmen – Esta noche ha matado no menos de cuatro veces.
Asentí con la cabeza, y me compadecí de ellos y su amable preocupación.
-Está bien. Hablaré con él. Gracias por todo – vacilé un momento antes de agregar: – Díganle a Elenor… que lamento haberme retirado así esta noche.
Entré a la sala ni bien la puerta terminó de cerrarse detrás de ellos. Frankie, como siempre, estaba en el sillón con su guitarra. Levantó la cabeza y me hizo un gesto de que me detuviera. Luego, dejó la guitarra a un lado, se levantó y caminó directo hacia mí como si pudiera verme perfectamente. Me echó los brazos al cuello y me dio un beso satisfecho en los labios.
-O te estás haciendo más ruidoso, o yo estoy mejorando en esto – comentó alegremente. Yo mantuve las manos alrededor de su cintura, pero lo suficientemente lejos para que su tacto no me distrajera.
-Frankie, tenemos que hablar – solté, y el rostro de Frank se deformó en un gesto de preocupación – Es acerca de tu caza – me apresuré a agregar – No puedes matar tantas veces por noche.
-¿Por qué no? – preguntó él, molesto, pero visiblemente aliviado – Carmen y Maxwell me ayudan a esconder los cuerpos. Nunca vamos dos veces al mismo sitio. Estoy siendo cuidadoso…
-Sé que es así – lo tranquilicé – Pero, Frank… ya es peligroso que todos los vampiros que vivimos aquí matemos una vez por noche. Estás arriesgando demasiado – Frank permaneció en un silencio enfurruñado, como un niño que acaba de ser enviado a un castigo injusto. Suspiré – No vas a curarte más rápido por beber más sangre cada noche.
Frank soltó una larga bocanada de aire, y me di cuenta que había dado en el clavo. No dijo nada. Simplemente se puso de puntillas y me besó en el cuello. Dejé que se acercara más a mí y me permití aspirar el aroma de su cabello antes de murmurar:
-No te vas a salvar de esto así…
-Nunca está de más tratar – contestó él con una risita.
Lo siguiente que supe es que sus dedos estaban diligentemente desabotonando mi camisa y su boca rodaba por mi pecho. Cerré los ojos y no tuve fuerzas para detenerlo. Parecía que había pasado una eternidad desde la última vez que habíamos estado juntos así, desde que me había dejado arrastrar por sus caricias, desde que había rodeado su cintura posesivamente de esa forma.
Frank prácticamente se colgó de mí y me hizo perder el equilibrio. Amortigüé nuestra caída en la alfombra que aún no había mandado a quitar ¿En qué momento le había quitado la remera? ¿En qué momento una de mis manos se había deslizado dentro de su pantalón mientras la otra se hundía en su cabello? Frank depositaba ligeros besos entre mi clavícula y mi hombro, y su piel se sentía cálida contra la mía. Me estaba volviendo loco, pero… no podía…
-No… no tenemos que hacerlo… si no quieres – conseguí decir entre mi respiración agitada. Frank se detuvo y me dedicó una expresión de supremo fastidio.
-Gerard, maldita sea. Estoy semi-desnudo encima de ti, tocándote por todos lados… me parece que estoy siendo bastante específico con lo quiero de ti ahora mismo…
-Yo sólo pensé…
-Déjalo – Frank rodó para apartarse de mí y me dio la espalda. Ninguno tuvo fuerzas para levantarse de la alfombra. Una sensación de melancolía flotaba entre nosotros, pero no tuve idea de lo herido que estaba hasta que lo escuché soltar un gemido ahogado.
-¿Frank? – me incorporé para tratar de verle la cara, pero él seguía obstinadamente de espaldas a mí – ¿Estás bien?
-¡No, no estoy bien! – protestó él – ¡No lo entiendo! Eres la persona más dulce del mundo conmigo, pero cuando te beso no puedes esperar a apartarte de mí ¡Prácticamente tengo que obligarte a que me abraces, y antes no podías quitarme las manos de encima! ¿Qué pasa? ¿Ya no me deseas? ¿Ya no me amas? – se dio vuelta y se pasó los dedos por la cicatriz – ¿Es por esto?
-No, no es eso – suspiré, y le aparté la mano de allí. Me partía el corazón, ¿es que jamás iba a poder hacer nada bien con él? – Te amo. Te deseo. Pero no quiero… no quiero hacerte daño… no más del que ya te hice…
-Me haces más daño rechazándome – replicó él – Te necesito, Gerard. Por favor…
Esa fue la gota que colmó el vaso. No podía más. No me detuve a pensar si estaba bien o mal. Lo extrañaba, extrañaba su piel contra la mía, extrañaba sus caricias descaradas, su cintura puntiaguda contra la mía. Ignoré la voz que me decía que me estaba aprovechando de él, de su dolor, de su miedo. Lo besé. Y lo besé. Y lo cubrí de besos hasta que los dos nos quedamos sin aliento.
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