martes, 22 de marzo de 2011

Capítulo LVI

La noche elegida para el ataque el ataque fue la noche más fría del otoño. Tratamos de elegirlo lo más cerca posible del invierno, para tener más horas de oscuridad, pero llegamos al punto en que Raymond dedujo por las conversaciones que no podíamos postergarlo más.

-Están hablando de un “traslado” a Nueva Jersey. Si los dejamos, lo perderemos – dijo, sin especificar si se trataba de la droga o de William, o quizá de ambos.

Pasé el día con Frankie, quién me hizo repetir una y otra vez la promesa de que regresaría. Él se quedaría con Raymond y el equipo de vigilancia en casa de Elenor, pero de todos modos, su ansiedad era comprensible: tendría que enterarse del resultado de todo de segunda mano, por boca de Raymond. Y si la misión llevaba tantas horas como calculábamos, no volveríamos a estar juntos hasta haber pasado todo el día. Era algo que ninguno de los dos estaba listo para soportar. Hicimos el amor con toda la fuerza de nuestra angustia y nos dormimos en brazos del otro, más cerca de lo que nos habíamos sentido jamás.

Tuve un sueño inquietante. Son extrañas las veces que los vampiros soñamos, y cuando lo hacemos, siempre nos damos cuenta que estamos en un sueño, y por lo general, somos capaces de cambiar su rumbo a voluntad, o al menos, de no tomarnos en serio las imágenes que vemos. Pero este sueño fue diferente, fue mortificante y hasta cierto punto, aterrador para mí.

Frank y yo estábamos en una especie de castillo ruinoso y decadente, sus paredes oscuras estaban cubiertas de lo que parecía ser nieve o fango, una sustancia brumosa y escabrosa que se escurría entre los espacios de los ladrillos mal apilados, y cubría el suelo como una gruesa capa a la que nuestros pies arrancaban crujidos a medida que avanzábamos corriendo por los pasillos. Nuestras respiraciones estaban agitadas – extraño también, pues no recordaba en realidad la última vez que me agité solo por correr – y la mano con que Frank se aferraba a la mía se sentía húmeda de sudor y sangre.

No tenía idea de qué hacíamos allí, pero lo único que sabía era que estábamos corriendo por nuestras vidas, corríamos por nuestro destino, para permanecer juntos, para salvarnos. Por el rabillo del ojo, podíamos vislumbrar unas figuras oscuras y casi tan etéreas como el sueño mismo, persiguiéndonos, acechándonos, riendo a veces por lo bajo como si toda aquella cacería no fuera más que un deporte para ellos, como si supieran lo inútil de nuestra desesperación mientras avanzábamos pasillo tras pasillo en aquella laberíntica fortaleza, buscando en vano una salida que no podía ser encontrada.

Finalmente, las figuras oscuras se cansaron del juego, y se lanzaron sobre nosotros como una bandada de horribles buitres sobre su presa más reciente. Sus capas revoloteaban, bailando sobre sus cuerpos extraños, y antes de que pudiéramos evitarlo, sus manos huesudas como garras de acero nos aferraron por todos lados, por los tobillos, por los hombros, por el cabello, y tiraron de nosotros hasta separarnos. Me resistí entre los brazos de mis captores, tratando de liberarme, tratando de correr hacia Frank, que se retorcía gritando mi nombre.

Y me resistí hasta que una de las figuras, la más alta y terrible de todas, se adelantó y se paró delante de mí. No pude verle el rostro, solo una sonrisa fría y ancha como la de una calavera. Y lo vi porque levantó el rostro hasta revelar su cuello cubierto por la capa negra. Alzó su largo y retorcido pulgar y se lo pasó lentamente por el pescuezo, de izquierda a derecha.

Un coro de risas desafinadas explotó en el pasillo, mientras una puerta se materializaba detrás de mí y alguien la habría de par en par. Vi con horror el brillo que descendía desde un cielo azul y despejado, un cielo de verano, con el Rey Sol bañando e invadiendo cada centímetro de la oscuridad anterior. Frank gritó con más fuerza todavía mientras las figuras me arrastraban hacia delante, hacia los rayos de sol que acariciaron mi piel como un amante compasivo… antes de empezar a arrancarla con crueldad.

El fuego me atacó por todos lados, y el dolor penetró hasta lo profundo de mi ser, pulverizando mis huesos y aplastando mis órganos, rasguñando mi rostro, arrancándome aullido tras aullido de dolor, mientras detrás de mí todavía podía escuchar la voz de Frank, inundada de horror, llamándome, gritando mi nombre como si aquello pudiera salvarme de la muerte.

-¡Gerard! – lo escuchaba – ¡Gerard!

Los dedos estaban sobre mis hombros otra vez, sacudiéndome. Intenté quitármelas de encima, pero simplemente no se iban, y el sol… el sol se había apagado por completo. Y el dolor, o la lejana impresión del dolor, persistía, pero no había fuego por ningún lado. Abrí los ojos y me tomó unos segundos comprender que estaba mirando directamente hacia las sábanas revueltas de nuestra cama.

-¡Gerard! – la voz de Frank sonaba preocupada, pero no horrorizada, ni chillona como la que había oído – Gerard, ¿estás bien? Estabas gritando…

Las manos me temblaban violentamente cuando conseguí pasarlas alrededor del cuello de Frankie y aferrarme a él, hundir mi rostro en su cabello revuelto y respirar, aspirar su aroma y dejar que me invadiera los pulmones, que me conectara de vuelta a una realidad menos atemorizante que la mi cerebro acababa de pintarme.

-Está bien – murmuré después de un momento – Está bien. Fue solo un sueño.

-Sonaba como un sueño del infierno – comentó Frankie, y su aliento sobre mi garganta tuvo un delicioso efecto calmante.

-Lo fue – murmuré después de un momento.

Decir adiós en medio de la incertidumbre es la peor de todas las despedidas posibles. Frank se aferró a mí hasta dejarme una marca en los brazos y me besó en el cuello con más impotencia que cariño.

-Volveré – le recordé.

-Más te vale – murmuró él, antes de soltarme. Instantáneamente, deseé que no lo hubiera hecho, deseé que hubiera podido quedarme allí para siempre.

Pero, me recordé una vez más, también estaba haciendo esto por él, para que pudiera estar seguro, tranquilo, para que ningún Cazador pudiera obligarlo a hacerse daño a sí mismo, para hacerles devolvernos el alto precio que nos habían hecho pagar por nuestras vidas.

El viaje hacia la fortaleza estuvo lleno de silencio. Raymond había hacheado un par de satélites militares y localizado la fortaleza de los Cazadores en un lugar en las afueras de la ciudad, casi a mitad de camino hacia Jersey, completamente aislado. Aún mejor. No habría ojos curiosos ni manos auxiliadoras para cuando termináramos con ellos.

Dejamos los autos a varios metros en un descampado, y bajamos las hondonadas hasta que pudimos ver la cúpula negra que se alzaba en la lejanía, como desafiándonos, retándonos a que la profanáramos, a que ingresáramos en sus más profundas entrañas, a descubrir los secretos de Mandrae, el Vampiro que se odiaba a sí mismo.

Nos detuvimos a varios metros de donde Raymond nos había indicado que empezaba la capacidad de sus sensores de movimiento. Elenor lucía pálida a la luz de la luna, y su rodete negro no hacía sino resaltar la austeridad del momento.

-Ya saben que hacer – murmuró. A los demás les pareció apropiado que no repitiera sus instrucciones, pero a mí me dio mala espina. Elenor estaba decidida a llevar este plan a cabo, y nos había hecho repetir los detalles aún cuando ya habíamos demostrado que los conocíamos. Que no quisiera repetirlo en el momento crucial, solamente podía significar que la suerte estaba echada.

El primer grupo de cinco vampiros se separó y se adelantó. Su misión era distraer a los guardas exteriores y activar las alarmas, que sonaría lo suficiente para que toda la fortaleza se pusiera en pie. El segundo grupo avanzó veinte minutos exactos después. Activarían la segunda alarma, provocando que los Cazadores tuvieran que dividirse en partidas. Y así los siguientes cinco, cuyos pasos marcaron el comienzo de la batalla. Elenor levantó la barbilla luego de que el último grupo se hubo marchado. La noche silenciosa fue perturbada por el sonido chirriante de las sirenas, que cortaron el aire como cuchillos y turbaron el sueño de una bandada de pájaros nocturnos escondidos en un árbol cercano.

-Y así da comienzo – murmuró Elenor, mientras el aleteo de las aves se perdía en la distancia – Gerard, viejo amigo, ¿será esta nuestra última aventura juntos?

-No planeo dejar que me maten esta noche, Condesa – contesté, con todo el respeto del que fui capaz.

-Ni yo. Esperemos que nuestros planes se cumplan – comentó Elenor. Me dedicó una sonrisa desfallecida y luego, altiva, le dirigió un gesto a Kraig, quien, como su soberbio comandante, dirigió a la tropa hacia la fortaleza.

Finalmente quedaba solo mi grupo parado, observando, esperando.

-Hermosa noche para la venganza, ¿no lo crees, hermano?

-Si no te conociera, Michael, creería que estás haciendo una alusión personal – comenté, contando mentalmente los segundos que nos faltaban para tomar acción.

-Quizá es que no me conoces lo suficiente – dijo Michael con mucha calma. Estiró sus largos dedos aristocráticos y atrapó una luciérnaga en pleno vuelo – Déjame preguntarte algo, si tu temperamento me lo permita… ¿no piensas realmente destruir a William si las cosas se salen de control, verdad?

Hubiera sido tan fácil negarlo, tan sencillo simplemente destruir una vez más las expectativas que tenía Michael de mí. Pero mi obsesión por provocarlo, por quitarle cualquier pequeña victoria que pudiera tener sobre mi ánimo, se interpuso en mi camino. Y eso, me temo, fue la perdición de muchos buenos vampiros y vampiresas, cuyas muertes me pesan más que todas las de mis víctimas humanas.

-No lo sé – dije – Le prometí a Elenor que lo haría.

-Pero no lo harás – insistió Michael – No puedes hacerlo. Tú amas a William.

-Es verdad – admití – Pero, ¿sabes qué amo más que a William? La paz que he logrado en este lugar. La sensación de que pertenezco a un sitio en el mundo y que este me pertenece a mí. Más importante… amo a Frank. Y si para vengar lo que le han hecho, debo mancharme las manos de sangre… bueno, no sería la primera vez.

Michael cambió su peso de un pie al otro. Obviamente, lo había puesto incómodo.

-Tal vez yo no te conozco lo suficiente, hermano – murmuró, con un respeto nuevo que no me causó ninguna clase de placer.

-Esa es nuestra señal – dije, luego de unos segundos – Vamos.

No hay comentarios: