-¿Continuar su investigación?
La idea flotó entre nosotros, como una telaraña recién sacudida que se niega simplemente a desaparecer en el aire. Nos observamos con aprehensión, no muy seguros de cómo tratar esa sugerencia salida de la garganta de Elenor. Ella misma no parecía muy segura de lo que aquello implicaba.
-Somos una comunidad relativamente pequeña – dijo – Bastarán unas cuántas llamadas telefónicas para ubicar a todos los vampiros de Segunda y Tercera Generación a lo largo de país…
-¿Y qué hay acerca de los de las Últimas Generaciones? – inquirí.
-Si el objetivo de William era averiguar qué había pasado con los de la Primera Generación, entonces son irrelevantes – señaló Michael.
-Pero él quería rastrear a todas las líneas de sangre – le recordé – Quizá estaba buscando algo, un gen fundador o algo por el estilo. Quizá características especiales…
-… como las de Frankie – murmuró Elenor, y yo me volví a mirarla reacio.
-¿A qué te refieres?
-Gerard, no me digas que no lo has notado – Elenor arqueó las cejas – Frank es mucho más que un simple vampiro carismático. Hay algo absolutamente enloquecedor acerca de él, es capaz de atraer para sí todas las miradas de la habitación, como un imán demasiado poderoso. Eso no es normal. Quiero decir, que un vampiro cautive tanto a otros vampiros, no es normal.
-¿Lo ves, hermano? No puedes culparme por querer quitártelo…
Ignoré la ola de celos que me golpeó a la altura del estómago, y traté de mantener la voz firme cuando contesté:
-No entiendo a dónde quieres ir a parar, Elenor…
-Si nosotros evolucionamos… o lo que sea, Frank debe ser parte de ello. Tiene que serlo…
-Él es… simplemente así – traté de defenderlo, en vano. Sabía que ella tenía razón, pero me negaba a admitirlo en voz alta – Es parte de quién es. No tiene por qué ser alguna clase de anormalidad…
-O crees que William estaba buscando esas anormalidades en sus estudios, o no lo crees – me interrumpió Michael – No puede ser de las dos formas, Gerard.
Reprimí un gruñido. Él también tenía razón, pero si alguien me lo preguntaba, lo negaría irremediablemente.
-Si él lo es, nosotros también – contraataqué – Ninguna otro vampiro tiene las habilidades precognitivas de Elenor. Ni ningún otro desarrolló tan rápido la capacidad de leer pensamientos como yo, William me lo dijo.
-¿Así que eso es lo que debemos buscar? ¿Vampiros “especiales”? – Michael dibujó las colmillas en el aire, escéptico. Elenor sacudió la cabeza.
-Tenemos que empezar por algún lado – determinó. En ese momento llamaron a la puerta, y ella mostró una expresión de enfado – Creí haber dicho terminantemente que no se me molestara.
-Perdóneme, Condesa – Carmen, la vampiresa española, entró con mucha discreción e inclinó la cabeza – En realidad, buscaba al Señor Gerard…
-¿Qué ocurre? – me levanté de inmediato y me dirigí a la puerta – ¿Frank se encuentra bien?
-No… bueno, sí – Carmen vaciló – Ha solicitado… algo… e… insistió en que usted debía ir también.
-¿Ir a dónde? – pregunté confundido. Carmen se relamió los labios, dudando, antes de contestar:
-Quiere visitar su apartamento.
Por horrible que suene, cuando llegamos a nuestro departamento, me alegré de que Frank no pudiera verlo. Todos los cuadros y adornos habían sido sistemáticamente destruidos, mis libros, arrancados de sus estanterías y con las páginas destrozadas. Los cojines del sillón estaban rasgados, y ni siquiera la cocina (que jamás había sido usada) se había salvado del desastre. Sentí un retortijón de pura rabia a la altura del estómago. Que nos persiguieran a nosotros era una cosa, pero aquello no podía ser sino saña, pura saña.
-¿Qué tan malo es? – quiso saber Frankie, y supe que no tenía caso mentirle.
-Es… bastante malo – respondí, sin atreverme a mirar al rincón donde estaba la rockola. Ver todos aquellos discos partidos me rompería por completo el corazón.
-Frank, no hay mucho que se pueda rescatar de este caos – le dijo Elenor dulcemente – ¿Qué es lo que esperas encontrar?
Frank no contestó, pero yo lo adiviné casi de inmediato.
-Carmen, Maxwell, por favor, recojan lo que parezca intacto – les pedí – Yo revisaré el cuarto.
-Espera – Frank se aferró a mi brazo, pero yo le di un beso en la frente y me separé de él.
-Solo tardaré un minuto, lo prometo.
El cuarto no estaba en mejores condiciones. Habían apuñalado el colchón y sacado el relleno, y toda nuestra ropa había sido removida del armario y dispersada por el suelo. Aquello no era un simple destrozo. Los Cazadores estaban buscando algo. Pero, ¿qué? ¿Diarios con confesiones? ¿Antiguos tesoros acumulados a lo largo de los siglos? ¿Qué?
Maldije interiormente y me acerqué a las almohadas, que tampoco se habían salvado. Ni siquiera habían respetado nuestra cama, cuya cabecera había quedado astillada por algún golpe certero de lo que deduje era un mazo o martillo ¿Qué posibilidades había de encontrar la guitarra de Frank intacta en medio de todo aquel caos? Y si encontraba sus pedazos, ¿sería capaz de presentárselos? Como si mi pobre amante no hubiera sufrido lo suficiente ya.
No. Mejor ni siquiera pensar en ello. Le diría a Frank que simplemente no había visto rastro de ella. Sería mucho más fácil. Estaba por salir para irme cuando un brillo en el rabillo de mis ojos me llamó la atención. Maxwell había encendido la lámpara del pasillo, y a través de la puerta entreabierta, su luz cayó sobre algo plateado que refulgió desde debajo del edredón, arrojado en aparente descuido sobre el objeto.
Me puse de rodillas, y lo levanté con cuidado. Cuál no sería mi sorpresa al descubrir, apilados cuidadosamente junto a una de las patas de la cama, todos mis discos. Estiré la mano y los saqué para inspeccionarlos, y al hacerlo, rocé con el dorso de mi mano algo que no podía ser sino la madera lustrosa del instrumento.
Saqué los tesoros, pasmado. Los discos no habían sido rayados ni profanados de ninguna otra manera. En cuanto a la Gibson, había salido milagrosamente indemne, y seguía igual de brillante y quizá incluso igual de afinada que el día en que se la regalé a Frankie.
Me quedé completamente desconcertado. Había estado dispuesto a creer que el destrozo de nuestro apartamento tenía alguna clase de objetivo, ya fuera desmoralizarnos por completo o buscar algo que ni siquiera estaba allí. Pero, si ni siquiera habían perdonado mis libros, ¿por qué molestarse en esconder los discos y la guitarra? ¿Por qué salvar precisamente esos objetos? No lo entendía.
Sin embargo, mi mente inquieta me indicó que debería dejar de preocuparme por eso. Cargué los tesoros rescatados de en medio de la incoherencia, y regresé a la sala. Frank y Elenor estaban sentados en las únicas sillas del comedor que todavía estaban utilizables, mientras Maxwell y Carmen esperaban pacientemente en pie a un lado, con bolsas de lo que supuse serían cosas que estaban más allá de todo arreglo.
Frank volteó la cabeza ni bien me escuchó regresar. Sus ojos desencajados se las ingeniaron para clavarse en un lugar muy aproximado a donde yo estaba parado.
-¿La encontraste? – preguntó, ansioso.
-Sí. La encontré – repliqué avanzando hacia él.
-¿Se la podrá reparar? – fue su siguiente apostilla, y yo no pude evitar sonreír.
-¿Por qué no lo compruebas tú mismo? – dije, y se la puse en las manos.
Los dedos de Frank, temblorosos al principio, entusiasmados después, la recorrieron de punta a punta, y una expresión de completa incredulidad se pintó en su rostro. Tanteó las clavijas, el puente, el mástil, y finalmente, hizo vibrar las cuerdas. Ni siquiera estaban cortadas. Frank lanzó una carcajada de puro júbilo.
-No pudieron contra ti, ¿verdad, Christina? – comentó, abrazándola como un niño que se reencuentra con su peluche favorito. Incluso Elenor sonrió ante el comentario.
-De acuerdo. Ahora que encontraron lo que buscaban, será mejor que volvamos a casa…
-No, Elenor – la paré en seco – Eso no será necesario. No podemos seguir abusando de tu hospitalidad. En especial… mientras Michael también lo haga – agregué con una nota de cinismo que no pude evitar. Elenor pareció sorprendida.
-¿Y dónde demonios se van a quedar?
-Oh, no te preocupes por eso – a pesar de todo, sonreí. Raymond tenía razón: el negocio de bienes raíces siempre era una inversión segura.
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