martes, 15 de marzo de 2011

Capítulo XV

Estaba besando a Frank en el cuello, justo debajo de la oreja, mientras mi mano se deslizaba por cada rincón de su cuerpo que podía alcanzar. Frank arqueaba la espalda, no sabía si juguetonamente o verdaderamente molesto, me importaba muy poco.

-¿Es que jamás te cansas? – quiso saber, intentando alejarse de mí. Rodeé su cintura con un brazo y se lo impedí.

-Tú no deberías estar cansado – señalé – No con toda la sangre que has bebido.

-No bebí de todos ellos – protestó, sintiendo mi aliento en su nuca – Gerard, en serio…

Con un suspiro de resignación, lo dejé en paz. Se parecía cada vez menos a un juguete y más a un cachorrito caprichoso recogido de la calle. Pero aún así, lo encontraba entretenido y oh, tan irresistible. Rodé por mi lado de la cama hasta el borde.

-De todos modos, hoy tengo que llevarte a un sitio – notifiqué – Vístete.

-¿A dónde vamos? – preguntó con una nota de extrañeza en la voz – ¿Debería ponerme algo especial?

-Ponte lo que quieras – me reí – A nadie va a incumbirle.

-¿A dónde vamos? – repitió, incorporándose un poco entre los almohadones. Sonreí y decidí que sería mejor que lo supiera antes de que llegáramos allí.

-Esta noche, voy a presentarte a los demás vampiros.

Los vampiros… podrías decir que somos una comunidad cerrada. En realidad, no somos tantos como se cree, y tampoco solemos relacionarnos mucho con otro de nuestra clase. En general, preferimos las grandes ciudades donde es difícil detectar los crímenes que cometemos. Por la misma razón, somos muy solitarios: un gran clan de vampiros sería detectado en seguida. A lo sumo, formamos parejas, pero vivimos demasiado para que cualquier relación sea estable.

Pero lo cierto es que nos conocemos bastante bien entre todos, sobre todo si, como yo, tenemos un lugar al cual volvemos irremediablemente después de un tiempo. Si nos movemos, como hacemos todos eventualmente, siempre es bueno tener alguna clase de recomendación para los posibles otros que encontremos en nuestros viajes: a veces somos hostiles con los vampiros extraños. Y por eso era importante que Frank empezara a ser conocido entre ellos.

Los neófitos eran raros esos días. Irónicamente, los vampiros más “nuevos” eran los que menos duraban, y los que menos había. Todos creían que era mejor “racionar” los recursos. Pero eso no impedía que a veces alguien se presentara rodeando la cintura de alguien que era más humano que vampiro, y todos inclinábamos la cabeza para susurrar algo sobre lo que nos hacía la vejez y las crisis de los siglos. Jamás pensé que sería yo uno de los que suscitaría aquellos susurros.

El Wandering Devil pertenecía a un vampiro llamado Kraig, quién, irónicamente, evitaba entrar en su propio bar bajo cualquier circunstancia. En cambio, se paraba en la puerta como cualquier gorila (y lo lograba, con sus enormes músculos del cazador africano que había sido y su lustrosa piel de ébano que brillaba más que la de cualquier vampiro blanco) y vigilaba la clientela que entraba y salía.

-¡Gerard! – exclamó con júbilo cuando me vio acercarme – Tiempo sin verte… ¿dónde estabas, viejo murciélago?

-Buenas noches, Kraig – saludé, recibiendo su familiar apretón de manos – Te presento a mi nuevo compañero. Frank, este es Kraig.

Kraig (que era más alto que la mayoría de las personas) miró a Frank (que era más bajo que la mayoría) casi con curiosidad.

-Bueno, bueno – murmuró – Siempre es bueno ver sangre fresca por estos lares. Un placer conocerte, Frank.

-Mucho gusto – Frank le estrechó la mano, apenas demostrando la inseguridad que sentía.

-No tengas miedo, muchacho – Kraig sonrió, mostrando el violento contraste de sus colmillos de marfil contra su rostro – Aquí nadie muerde.

-¿Lo dice en serio? – preguntó Frank mientras entrábamos al bar.

-De hecho, sí. Es básicamente la única regla que tiene el bar – le expliqué – Nada de mordidas dentro.

Frank se lo pensó un poco.

-Tiene sentido – concluyó.

El lugar estaba bastante lleno esa noche. Las luces azuladas estaban diseñadas para que nuestra piel no se viera tan horriblemente pálida y la música se mantenían a un nivel medio, con las mesas acomodadas lo bastante apartadas unas de otras; para facilitar las posibles conversaciones privadas. Somos muy reservados con nuestra intimidad.

Nos sentamos en un rincón apartado, en un par de asientos acolchados atornillados a la pared. De inmediato, Angelus, el camarero rubio que también conocía, se nos acercó con una sonrisa.

-Bueno, bueno, hola – saludó – Pensamos que te habías perdido en las maravillas de Jersey…

-Sabes que no puedo resistirme a Nueva York, Angelus. Dos sangrías – pedí. Solo entonces, Angelus notó a Frank. Se pasó una mano por el pelo de forma coqueta y nada disimulada.

-Este es un rostro nuevo – comentó – ¿Cómo tengo el gusto de llamarte, guapo chico nuevo?

-Soy… soy Frank – se presentó él, inseguro.

-Hola, Frank. Si alguna de estas noches te hartas de este vejestorio, mi turno termina a las cuatro…

-¿Podrías traernos nuestras bebidas, Angelus? – pedí, con un chasquido. Angelus murmuró algo acerca de ser un amargado, y luego nos dejó en paz – Disculpa a Angelus – le dije a Frank – Es así con todo el mundo. Se ha acostado con la mayoría de los vampiros y vampiresas que entraron alguna vez a este bar…

-¿Incluso contigo? – inquirió él, alzando una ceja.

-Descubrirás pronto, querido, que no soy la excepción de muchas cosas – lo atajé – Buenas noches, Elenor.

Elenor se acercó a nosotros revolviendo su copa de Bloody Mary. Lucía unos estrafalarios y coloridos mechones de pelo, que chocaban enormemente con aquella ropa de cuero oscura que era casi un fetiche para ella usar.

-¿Te molesta si me siento, Gerard? – preguntó. Yo atraje a Frank más cerca de mí y terminé sentándolo en mi regazo para hacerle espacio – Tenía tiempo sin verte… ¿dónde te habías metido?

-Aquí y allá – respondí con un encogimiento, mientras Angelus regresaba con nuestras bebidas – Este es Frank. Mi nuevo compañero.

-Bueno, bueno… ya era hora que esa sangre tan espesa pasara a alguien – comentó Elenor, y le dio un trago a su copa.

-¿Perdón? – preguntó Frank.

-Es una expresión – le dije – Significa que he vivido varios siglos sin convertir a nadie.

-Y parece que es cierto lo que dicen. Mientras más esperas, más fuerte es tu vástago – Elenor ladeó la cabeza – Tú casi pareces un vampiro que ha vivido un lustro o dos…

-Eh… gracias – contestó Frank, algo confundido. Elenor le sonrió y brindó con nosotros a nuestra salud.

-Gerard, ¿podríamos hablar un momento? ¿A solas? – inquirió. Arqueó las cejas, y supe que lo que fuera que tenía que decirme, debía ser importante.

-Claro – dejé a Frank suavemente sobre la silla – No dejes que Angelus coquetee mucho contigo – le advertí y le estampé un ligero beso en la comisura de los labios antes de seguir a mi vieja amiga a un lugar más cercano a la barra.

-Gerard, ¿en serio? – preguntó con un tono más escandalizado cuando nos apartamos un poco – Es casi un niño…

-Es bastante maduro para su edad, créeme… - empecé a defenderme, pero ella me acalló con un gesto.

-No era eso a lo que venía – aclaró, y su semblante se ensombreció un poco – Tengo que advertirte sobre los rumores. Dicen que William ha vuelto a la ciudad.

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