-¿Qué pasa? – Frank se incorporó inquieto y me observó casi con miedo – ¿Gerard? ¿Tuviste otra pesadilla?
-Yo… yo…
¿Qué iba a explicarle? ¿Qué se suponía que dijera? No lo sabía. La cabeza me daba vueltas.
-¿Te sientes bien? – Frank me puso una mano en la mejilla y sus ojos se abrieron todavía más – Estás… te hierve la piel… ¿tienes… tienes fiebre? ¿Es eso posible?
Tanteé en busca de su mano y la besé. El contacto de su piel fría contra mis labios ardientes tuvo un efecto balsámico. Apoyé mi frente contra la suya y me mantuve allí hasta que mi respiración empezó a tranquilizarse y la habitación dejó de girar a mi alrededor.
-No es nada… no pasa nada… no te preocupes…
-¿Escuchaste eso?
Giré la cabeza y agucé el oído. Pequeños rasguños en la persiana flotaron hacia mí. Él estaba ahí. Y no se iría hasta que lo hubiera enfrentado. Aferré a Frank con fuerza contra mí, como si fuera la última vez que lo haría.
-Quédate donde estás – le ordené en un susurro.
A continuación, salí de la cama y me deslicé en puntas de pie hacia la ventana. Puse las manos en el resquicio, listo para abrirla de un golpe y reaccionar ante lo que fuera que pasara. Estaba listo. El desafío, como siempre, había aceptado. Abrí las persianas de golpe.
Una bola de pelo negra se lanzó hacia mi cara con las garras extendidas y las clavó en mi hombro sin llegar a hacerme verdadero daño, maullando con fiereza. Escuché a Frank lanzar una imprecación:
-¡Estúpido gato! ¿Cómo demonios llegó aquí?
-¿Edgar?
Edgar maulló en señal de reconocimiento y luego pasó sobre mí para aterrizar sobre las colchas, como todo un acróbata profesional. Dio un par de vueltas sobre sí mismo y luego se acurrucó con la cabeza erguida, siguiéndome con su único ojo, en el mismo lugar donde Frank había estado un segundo antes. Sentí los brazos de mi amante cerrarse detrás de mí.
-¿Cómo te encontró? – preguntó con sorpresa.
-Yo… supongo que… de alguna forma está… conectado conmigo…
Edgar maulló y dobló una de sus orejas antes de acomodarse todavía más. Su descaro no parecía conocer límites. Frank me dio un beso en el hombro y también se acurrucó contra mí.
-Volvamos a la cama – me pidió – Todavía es temprano, y no te ves muy bien…
Oh, cuánto deseé dejarme llevar por sus caricias, cuánto anhelé que todas mis preocupaciones pudieran ser alejadas tan fácilmente. Pero no lo era, no podía serlo y yo lo sabía. Me deshice de su abrazo y me asomé a la ventana, ahora abierta de par en par. El aire nocturno me desordenó el cabello y me trajo ecos de otras épocas, de otras peleas.
Mi piel se había convertido en una masa de fuego. La sangre me llamaba, mi sangre, la sangre Michael, la sangre de William… se aferraba a mí como una lámina incandescente, retándome, provocándome, llamándome. De la misma forma que la noche cantaba para Elenor, mi sangre empezaba a gemir cuando mi hermano se encontraba cerca. Y era un reclamo que no podía ignorar.
Me volví hacia Frank y lo besé largamente.
-Escúchame bien. No intentes seguirme. Si Elenor o alguien más pregunta a donde he ido, le dirás que no sabes nada, que ya me había ido cuando despertaste, ¿lo entiendes?
-¿Qué? – Frank frunció el ceño, confundido – Gerard, ¿de qué demonios estás hablando?
-Tengo que irme – le expliqué, mientras me echaba la ropa encima apresuradamente – No… no puedo explicártelo ahora, pero confía en mí… no puedes venir conmigo…
-¡Gerard! – Frank lanzó algo a medio camino entre un gruñido de desesperación y un bufido exasperado. Trató de dar un paso hacia mí… pero entonces se tambaleó y terminó sentándose en la cama – No me… no me siento muy bien…
Me volví a mirarlo. Su rostro normalmente pálido estaba enrojecido. Toda su piel lo estaba. Respiraba agitadamente y no parecía saber si mantener los ojos abiertos o cerrados. Reconocí los síntomas de inmediato. Hinqué la rodilla delante de él y le toqué la frente. No sentí nada fuera de lo normal en su temperatura, lo que significaba que estaba tan afiebrado como yo.
-¿Frank? – lo llamé – Frank, escúchame. Lo que estás sintiendo es… una reacción a mi sangre. Eso ocurre… ocurre cuando dos vampiros que han compartido lazos de sangre en vida se encuentran… y como yo te he creado a ti, tú lo sientes… no te preocupes… se te pasará…
-¿Lazos… de sangre… en vida? – cada palabra era una tortura para Frank, podía verlo en su rostro – ¿Quién demonios…?
-No tiene importancia – no podía dejar que Michael lo viera. No podía saber cuánto valía su vida para mí – Pero tengo… tengo que ir a verlo… tú… tú quédate aquí, ¿lo harás?
Frank mantuvo los ojos cerrados, como si no me escuchara. Se veía tan mal que por un momento temí que perdiera el conocimiento.
-¿Frank? – insistí – ¿Te quedarás aquí?
No obtuve respuesta.
-¿Te quedarás aquí por mí? – volví a preguntar – ¿Frankie?
El apodo pareció hacerlo reaccionar. Sus ojos avellanas se clavaron en mí con determinación. No se veía agitado ni tembloroso y me pregunté cuánto esfuerzo estaba haciendo para pelear contra las náuseas. Yo sabía que no podía estar mucho mejor que yo. Y sin embargo, no le tembló la voz cuando dijo:
-De ninguna manera. Voy contigo.
Cualquier intento de convencerlo iba a ser inútil, ya me lo imaginaba. Aún así traté de persuadirlo, pero Frank no quiso ni oír hablar al respecto.
-¡No pienso dejarte solo! – me gritó impaciente – No me importa si el que está ahí afuera es el mismísimo Drácula, ¡no me voy a separar de ti!
Respiré profundamente y traté de tranquilizarme. Si las cosas se ponían mal, siempre podía llamar a Elenor u ordenarle a Frank que se marchara. De todos modos, creía que sería capaz de repeler a Michael yo solo. Y era mejor que fuera ahora, por como aumentaba mi temperatura, se estaba impacientando.
Le hice señas a Frank que se subiera a mi espalda. Le costó hacerlo, pero tuvo mucho cuidado de disimularlo. Antes de salir le eché un último vistazo a Edgar. El gato nos observaba con la cabeza ladeada, como si se preguntara que clase de juego era aquel. Una vez más, me pregunté como diablos había llegado allí.
Michael ya no estaba esperando. Sentía su presencia acercarse a la casa, como alguna clase de sombra maligna sobre nosotros. Así que no esperé más. Me paré en el alféizar de la ventana y luego me dejé caer. En el jardín trasero de la mansión, los árboles crecían salvajemente sin que nadie se preocupara por arreglarlos o recortarlos. Era una verdadera selva, un lugar perfecto para que un vampiro se escondiera. O dos. Dejé a Frank junto al roble más grueso, el rey del jardín.
-Espera aquí – le pedí, y esta vez no opuso resistencia. Parecía que la sangre hirviendo en sus venas lo había dejado un poco débil. Otra razón para romperle el cuello a Michael.
Avancé unos pasos entre las raíces y arbustos. Toda mi piel se había convertido en una masa de calor. En un momento como este, estaba seguro que podría llegar a pasar por un humano con una fiebre ligera. Y detestaba la sensación con todo mi corazón. Alcé la voz, solamente un poco. No podía estar demasiado lejos.
-¡Michael! ¡Sal, maldito seas!
El aire a mi alrededor vibró. Unos pasos crujieron sobre el pasto tierno, y por fin, la figura espigada de mi hermano apareció frente a mí. Como siempre, iba vestido elegantemente, con un sobretodo oscuro que lo cubría por completo, ni un cabello fuera de lugar y con el porte erguido que jamás lo había visto abandonar.
-¿Qué forma de saludar a la familia es esa? – preguntó con el distinguido acento inglés que también se negaba a dejar. Yo había perdido el mío hacía más tiempo del que podía recordar. A pesar de su pose y de su aparente equilibrio, podía notar que estaba alterado también. Había diminutas gotas de sangre formándose en el borde de su cabello.
-Terminemos con esto – dije, sacando los colmillos.
-Créeme que si estás tan ansioso por morir, te concedería tu deseo gustosamente – contestó Michael, apretando los dientes y perdiendo su maldito porte – Pero no he venido a verte a ti. Estoy aquí para parlamentar con la Condesa.
-¿Qué podrías querer tú con Elenor? – le gruñí por respuesta.
-No es asunto tuyo…
-Estás en nuestro territorio, Michael – le recordé – Cualquiera tiene derecho a exigirte explicaciones.
Michael apretó los puños. Parecía estar considerando seriamente si atacarme o no y de hecho deseaba que lo hiciera. La calma con la que había pedido hablar con la Condesa me decía que aquella no era una de sus habituales apariciones simplemente para pelear conmigo.
-Está bien – cedió al fin – Estoy aquí para informar la extinción total de la Primera Generación. William ha muerto.
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