martes, 15 de marzo de 2011

Capítulo XXVI

Por muchas noches, William siguió trayéndomelas. Las víctimas que caían en sus brazos eran siempre eran agradables a la vista y aún más al olfato. Siempre irresistibles. Trataba de enseñarme que no importaba cuánto deseara resistirme, cuánto me odiaba por no negarme; cuando les rasgaba el cuello, de alguna manera se cumplía una especie de ciclo natural. Yo era el cazador, ellos la presa. Era tan simple como eso.

Bueno, quizá no era el cazador todavía, sino más bien una especie de cachorro de cazador. Estaba lentamente aprendiendo el arte de la masacre: donde morder, como sostenerlos, como no mancharme la ropa… pero sin que William lo percibiera, empecé a aprender otra cosa. En las horas de soledad pasadas en el granero, sin más que hacer ni de día ni de noche, me sentaba a meditar. Pensaba. Dejaba que mi mente volara libre y lejos, y sentía. Sentía las cosas lejos de mí más palpables que mi sucio escondite.

Las mentecitas de los ratones a mi alrededor fueron lo primero con lo que entré en contacto. Mentes pequeñas, insignificantes, básicas. No eran capaces de formular pensamientos, solamente respondían a un determinado número de instintos, como comer, esconderse y defecar. Por lo mismo, era fácil instalar impulsos en ellas, nublarlas, ocultarles el peligro, traerlas hacia mí.

Cuando aprendí a expandir mi conciencia, también aprendí a controlar otro pequeño número de alimañas, como pájaros, perros, y (mis favoritos) los gatos. A través de sus ojos, pude ver fuera de mi rincón, pude observar la aldea y extender aún más el círculo al que mi influencia podía llegar. Pude palpar las mentes de los aldeanos y llegar a captar trozos de cadenas de pensamientos más complejos. Estaba completamente seguro que con el tiempo podría entenderlos del todo e incluso dominarlos igual que a los ratones. Y cada noche, con cada nueva víctima que me traía William, yo me hacía más fuerte.

A ese punto había llegado con mi secreto entrenamiento la noche que William anunció que estaba listo para salir. Yo acepté y me levanté. Estaba ansioso por experimentar todo lo que había visto y oído a través de otras seres en persona. Me vestí con la ropa que me había traído y me preparé. No tenía mucha sed esa noche, pero sería la primera vez que conseguiría una presa por mí mismo. Mientras William me guiaba hacia la puerta, le pregunté:

-Dime algo, ¿es posible leer los pensamientos de otras personas?

Los ojos de William denotaron sorpresa. Sus pensamientos revolotearon a su alrededor como luciérnagas agitadas.

-¿Puedes sentir los pensamientos de otros?

-Algunos – me encogí de hombros – Los animales son los más fáciles. Los seres humanos me cuestan un poco más.

-¿Por qué no me habías dicho?

-Porque siempre vienes, me traes una víctima y me dejas – señalé. William asintió, aceptando el reclamo.

-Los vampiros tenemos un determinado control sobre la mente, es cierto. Pero es una habilidad que se desarrolla con décadas de práctica. No pudiste haberla desarrollado tan rápido…

No contesté. Seguimos avanzando por el pueblo. El invierno todavía reposaba entre las casas, dejando aquí y allá montones de nieve que se derretiría a la salida del sol. La noche estaba despejada y llena de estrellas, aunque no había luna. Me pregunté exactamente cuánto tiempo habría estado en aquel asqueroso galpón. Luego decidí que no necesitaba saberlo.

-Busca tu víctima – me indicó William – Atráela hacia ti o cázala. Tienes que aprender a hacerlo por ti mismo. Y tiene que ser esta noche.

-¿Por qué esta noche? – pregunté, extrañado por su urgencia. Pero él se limitó a mantenerse en silencio.

No se veía un alma en las calles vacías de la que había sido mi aldea. Ni un sonido. Las ventanas estaban herméticamente cerradas, y cuando tanteé en busca de personas descubrí que la población había disminuido de manera considerable. Miré a William con extrañeza, pero él tenía la vista fija en el horizonte, como si estuviera al acecho de algo o… como si estuviera preparándose para huir.

-Apresúrate…

Pero yo necesitaba respuestas. Ahora más que nunca.

-William, ¿qué es lo que ocurre? ¿Por qué me escondiste? ¿Por qué ha muerto tanta gente?

William inclinó la cabeza y suspiró. Parecía mantener una lucha interna consigo mismo.

-Lo he convencido de que se vaya por un par de días. Sabe que la aldea no tardará en sucumbir, no es suficiente para sustentar a dos vampiros… no digamos ya tres… y necesitamos un nuevo lugar para asentarnos.

-¿Quién? – pero no necesité que me lo dijera. Un rostro demasiado conocido para los dos flotó entre nosotros. William me había dejado entrar a su mente.

-Lo siento, Gerard – estaba diciendo (¿o lo estaba pensando?) – No sabía que se convertiría en esto cuando lo creé. Ha perdido la cabeza… si averigua que sigues vivo…

-Michael – murmuré y retrocedí un paso – ¿No puedes destruirlo?

-No tienes idea de lo que es pelear contra un vampiro desquiciado – replicó William – Ha matado a demasiados. Es más fuerte que tú y yo… yo soy demasiado viejo para esto…

Lo comprendí. Lo comprendí aunque no hubiera dicho nada, y quizá hubiera sido mejor que no lo hiciera. Retrocedí otro paso.

-No quieres destruirlo…

-No lo comprendes, Gerard… es mi vástago… el alzo que tenemos es irrompible… igual que el que tenemos tú y yo…

-Entonces huyamos – le propuse – Salgamos de aquí, tomemos un barco a América o…lo que sea. No puedo permanecer en ese galpón para siempre.

-Ya lo sé, ya lo sé… ¿pero no crees que él nos perseguiría si lo hiciéramos?

-Te perseguiría a ti – puntualicé – Él no sabe que yo estoy aquí.

-¿Qué quieres decir…?

-Yo voy a huir. Y algún día, William, lo buscaré. Y le haré pagar por lo que le hizo a Lily y a Victor… y por lo que me hizo a mí – la rabia empezó a acumularse en mi interior, mientras los ojos de William se teñían de horror.

-No puedes irte – murmuró – Gerard, no has aprendido lo suficiente…

-Tengo todo el tiempo del mundo para aprenderlo – repliqué, echando todo el veneno que pude en mi voz.

Y antes de que William pudiera detenerme, escapé. Corrí y corrí sin importarme hacia donde, sin mirar atrás, mis pies casi flotando sobre los miles de obstáculos que a los humanos le hubieran impedido ir tan rápido como a mí. William me siguió, lo sentí seguirme durante un largo trecho. Pero luego se detuvo. Supongo que creyó que sería mejor así.

Por varias noches, viajé en dirección sur, deteniéndome en las pequeñas aldeas, matando solo cuando la sed se volvía insoportable. De día me enterraba o me escondía en las casas, en los cuartos que dejaba vacíos una vez que me había saciado. No sabía hacia donde ir, no tenía nada planeado. Las palabras de William sobre la locura de Michael resonaban en mi cabeza ¿Eso le ocurría a menudo a los vampiros? ¿Después de toda la muerte y la sangre…? Yo estaba fuera de mí, ¿acaso ya estaba perdiendo la cabeza?

Algunos días después, llegué a la ciudad de Londres. En aquel entonces, ya era una ciudad enorme, y lo era más para mí, que jamás había estado en una ciudad. Me encontré amándola. El anonimato, la cantidad de personas, las casas apiñadas. Pero lo que encontré en ella, fue menos que un poco de placer mundano. Encontré a mi mentora, y a mi mejor amiga.

La noche de Londres estaba llena de criaturas protegidas por las murallas. Podía sentirlas, y en general huía de ellas. No quería que me vieran. De hecho, las temía. William tenía razón, no había aprendido lo suficiente. Pero ella era la verdadera reina de la ciudad, y no había forma de que algo se le pasara por alto.

Tres noches después de llegar, elegí como víctima a una muchacha que trabajaba en una taberna. Tenía el cabello rojo como el fuego y muchas pecas salpicándole la cara. Me gustaba. Y ella era tan hermosa, y voluptuosa. Esperé a que su turno acabara, más bien cerca del amanecer. Tanteé su mente, y nublé sus sentidos para que no me percibiera. Llevaba semanas sin cambiarme, y de día dormía donde podía, a veces incluso en el incipiente sistema de cloacas.

Ella salió sola y se encaminó hacia su casa… tan hermosa, parecía una especie de pequeño ángel. La seguí por varios callejones, deleitándome por anticipado en el momento. Me acerqué tanto que pude olfatear el aroma a cerveza emanando de su vestido. Sus movimientos eran lentos y cansinos. Solamente tuve que alargar la mano y atraerla hacia mí. Fue tan fácil… cubrí su boca con la otra mano y clavé los colmillos en su delicado cuello de marfil… tan, tan fácil…

… que me distraje. Me olvidé por completo de mantener mi fachada. Y así fue como ellos, los otros vampiros, los esbirros de la condesa que me habían estado buscando desde el momento en que llegué. Arrancaron a mi víctima de mis brazos y me golpearon en el estómago, dejándome sin aliento. Luego, pusieron una capucha sobre mi cabeza y me arrastraron lejos de allí. Traté de resistirme, pero eran más que yo.

Supe que eran vampiros por la cadena de pensamientos que flotaban alrededor de mí. Incluso llegué a vislumbrar la cara de uno de ellos. Pero entonces, para mi sorpresa, todos los pensamientos cesaron y se escondieron de mí, bloqueándose y escondiéndose de mí como yo me había escondido de ellos.

-Tenemos uno bravo esta noche, Kraig – dijo uno con un fuerte acento irlandés.

Otro vampiro se acercó a mí, y a través de la capucha, me susurró al oído:

-La Condesa quiere verte.

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