martes, 22 de marzo de 2011

Capítulo LI

-Todo es un proceso, Frankie – le expliqué – Tu cuerpo necesita procesar la sangre que tomas. Por eso no es necesario que mates tantas personas por noche. La cantidad no hará que la absorbas más rápido.

-Entiendo – Frank echó la cabeza hacia atrás, y la brisa otoñal se encargó de enredar su cabello oscuro – Entonces, ¿qué hago?

-Tienes que seleccionar las víctimas más fuertes que podamos encontrar – decidí – Jóvenes. Deportistas, preferiblemente. Su sistema inmune es más fuerte, y seguramente llevan una dieta más saludable. Te ayudarán a aguzar tus sentidos hasta que… te cures.

Frank asintió y se quedó pensativo mientras avanzábamos por las calles oscurecidas. Sus pies no vacilaron en ningún momento, pero la mano que tenía encima de mi brazo a veces me presionaba con un poco más de fuerza cuando se sentía inseguro, y yo sabía que era una señal para que paráramos.

-¿Y qué más puedo hacer? – preguntó – ¿Qué otra cosa puede ayudarme?

Yo le había estado dando vueltas por un largo tiempo a eso también.

-Mira, Frank… la fuerza que tenemos proviene de nuestra sangre – le dije – La sangre que corre por las venas de un vampiro viejo es siempre más poderosa que la de un neófito. Si bebes la sangre de un vampiro voluntario, quizá ello te ayude también.

-Un vampiro voluntario – repitió – Ese serías tú.

-Claramente.

No era la mejor idea que se me había ocurrido, pero era algo. Darle a Frank un poco de mi propia sangre… sería casi como ayudarlo a sanar. Como retribuirle lo que había hecho por mí. Todo lo que había hecho por mí. Frank se quedó un largo rato sin responder.

-La última vez que bebí tu sangre… no fue agradable – me recordó.

-Lo sé – le concedí – Pero eso fue porque me mordiste en un impulso. No estabas preparado, y tomaste demasiado. Sin embargo, un trago de mi sangre cada noche debería poder ayudarte sin hacerte daño.

-Lo entiendo – dijo, tras otra pausa – Pero…

-¿Qué ocurre?

Frank inclinó la cabeza, como si tratara de evitar mi mirada.

-¿Estás seguro que quieres hacerlo? – preguntó – Quiero decir… no creo que sea bueno para ti… que beba de tu sangre cada noche.

Me paré en seco y le puse las manos alrededor de los hombros, casi abrazándolo.

-Frankie, quiero que lo hagas – le dije, tratando de imprimirla toda la sinceridad posible a mi voz – Es la única forma que puedo ayudarte a mejorar. Y sabes que yo haría… cualquier cosa…

Frankie hundió la cabeza en mi pecho. Nos quedamos así un largo rato, con las luces de los edificios vecinos bañándonos sutilmente. Si alguien asomaba por la ventana ahora, ¿qué vería? ¿Un par de figuras borrosas en medio de la oscuridad? ¿Dos hombres abrazados de manera extraña? ¿Dos criaturas de la noche que estaban a punto de desvanecerse de sus ojos? ¿Importaba?

Empujé a Frank con mucha suavidad contra la pared del callejón y lo besé largamente. Frank hundió una mano en mi pelo, pero no lo dejé mover la otra. Contemplé sus uñas largas. Probablemente tendría que cortárselas, y probablemente no sería muy fácil hacerlo, pero ahora mismo nos venía de maravilla. Levanté sus dedos hasta posarlos sobre mi cuello. Frank pareció sorprenderse.

-¿Ahora? – dijo, parpadeando y tanteándome inseguro – ¿Ahora, ya?

-O podemos esperar hasta que hayas cazado. Tú decides – lo animé.

Frank me acarició el cuello y la nuca de una manera dulce, delicada, pensativa. Me estremecí bajo su tacto. Él tenía un completo poder sobre mí, y ni siquiera lo usaba de manera de consciente.

-Creo que podemos hacerlo ahora – murmuró, inseguro – Si está bien para ti.

Volví a tomar su mano, de manera que su dedo índice quedara a mi entera disposición. Respiré profundamente. Y lo clavé justo en el lado izquierdo de mi cuello, deslizándolo lentamente para hacer un corte largo y limpio. Percibí el familiar aroma de mi propia sangre, y sentí su calidez deslizándose hacia abajo. Frank jadeó de deseo contenido. Seguramente el olor sería aún más penetrante para él.

Tomé su cabeza y guié su rostro hacia la herida. Sus labios tantearon tímidos antes de ubicarse en el lugar correcto, y luego, tan suave como el toque de una medusa, empezó a succionar. Cerré los ojos y me concentré en un millón de cosas que quería transmitirle. Como me hacía sentir. Lo preocupado que estaba por él. Cuánto lo necesitaba… cuánto lo amaba.

Frank pasó la lengua una última vez, haciéndome cosquillas y se apartó.

-Creo que… que es suficiente – jadeó. Asentí y lo abracé.

-¿Cómo te sientes?

-No… no lo sé – balbuceó y se aferró a mí con un poco más de fuerza – Es como si el suelo diera vueltas. Yo… necesito unos segundos.

Lo ayudé a sentarse y esperé. Frank respiró profundamente.

-Te… te siento – comentó – Incluso mejor que antes. Puedo… percibirte completamente. Estás sentado de cuclillas frente a mí, mirándome…

-Trata de concentrarte en otra cosa – lo animé. Frank asintió y esperó unos segundos.

-Hay… moho creciendo en los ladrillos – me dijo – Y… y ratas detrás del basurero. Y hay… hay un par de vagabundos dos callejones más abajo, y los humanos de este edificio están dormidos. Excepto el del segundo piso. Está dando vueltas por la sala.

-Aíslalo, ¿puedes sentir por qué?

-Está… preocupado. Porque su novia está embarazada. Y porque aún no le han pagado. Y su madre está enferma – contó Frankie, y en su voz había una nota de asombro – Es… extraordinario, Gerard. Puedo sentir todo a mi alrededor…

-Sí, lo sé. Creo que te he transmitido un poco de mi don – murmuré – O quizá ya lo tenías y yo lo acrecenté.

-¿Para ti es así todo el tiempo? – quiso saber, boquiabierto – ¿Cómo no te mareas?

-Llegas a acostumbrarte – reí. Frank puso sus manos en mi rostro, acariciándome suavemente.

-De… ¿de verdad sientes todas esas cosas por mí?

-La sangre no miente, Frankie – le susurré. Luego le di un beso leve antes de ayudarlo a levantarse. Frank levantó la cabeza hacia la noche y olfateó el aire, pero yo sabía que no lo necesitaba.

-Corredores nocturnos en el parque – comunicó.

-Sí. Estarán allí un rato más – le dije – ¿Quieres ir a observarlos? Atraparemos a uno en la última vuelta que den.

-Está bien.

A veces me daba la sensación que los humanos se volvían más y más estúpidos con el correr de los tiempos. Su instinto de supervivencia desmejoraba, y se hacían arrogantes. Dejaban de creer en un montón de cosas de las que, si supieran la verdad, se protegerían de todas las formas posibles. Para los humanos modernos, no hay monstruos debajo de la cama. No hay fantasmas en los áticos. No hay vampiros acechando en las sombras, preparados para saltar sobre ti y beber tu sangre.

Una actitud de lo más imprudente.

El último corredor rezagado se detuvo junto a un banco para tomar aliento. Su cuerpo recalentado y cubierto de sudor podía olerse a kilómetros de distancia. Su corazón bobeaba la sangre de manera deliciosamente rápida. Frank se relamió los labios disimuladamente antes de hablarle.

-Discúlpeme – dijo – Me parece que estoy en problemas.

El corredor se volvió a mirarlo y se quedó pasmado. Era obvio que no lo había visto antes, pensó, demasiado ocupado corriendo. Ni siquiera se le pasó por la cabeza que Frank podría simplemente haberse sentado de lo más silenciosamente en el banco, tan rápido que sus ojos humanos no habían sido capaz de verlo. Desconfío de él, pero solo un momento. Nadie podía realmente decirle que no.

-¿Qué se le ofrece? – preguntó, aún sin acercarse.

-Salí para una caminata en el aire nocturno – dijo Frank – Pero me temo que un camión asustó a mi perro guía. No está muy… acostumbrado a lo sonidos de la ciudad.

El hombre reaccionó con una extraña mezcla de compasión y confusión. Ni siquiera dudó por medio segundo que la historia de Frank era absolutamente cierta.

-¡Oh, perdóneme! No me había dado cuenta que usted era…

-¿Bajito? ¿Guapo?

-… ciego – completó el hombre vacilante, y Frankie se rió.

-Sí, es una cualidad que tienden a destacar – dijo – ¿Le molestaría hacer de mi lazarillo mientras lo llamo? Quizá no haya ido muy lejos.

-Faltaría más – dijo el hombre y en dos zancadas estuvo junto a él. A Frank le costó moverse “como humano”, pero lo consiguió sin levantar el mínimo de sospecha. Echó a caminar del brazo del corredor.

-¡Gerard! – llamó – ¡Gerard, ven acá…!

-¿Su perro se llama Gerard? – preguntó el hombre extrañado y Frank volvió a reírse.

-Es un chiste familiar – explicó, elusivo. Luego levantó la cabeza hacia uno de los arbustos – ¡Escuche! Me pareció oírlo. Allí, entre los arbustos.

-¡Espere! Yo lo traeré – el hombre se alejó de él en medio de la oscuridad – ¡Gerard! ¡Gerard, por aquí, chico…!

Ni siquiera supo qué lo golpeó. Casi me dio pena cuando la treta tuvo sentido en su cabeza, al mismo tiempo que mis manos se enroscaban alrededor de sus muñecas y lo dejaban inmóvil y con el cuello expuesto.

-¿Llamabas? – pregunté con una risita. Frank se encaminaba hacia nosotros, con una sonrisa de oreja a oreja. El hombre percibió el peligro cuando ya era demasiado tarde para él.

-¡Espere! ¡No me haga daño! ¡Tengo… tengo dinero…!

-No es eso lo que teníamos en mente – aclaró Frank, y sus colmillos se desplegaron con gracilidad – Pero gracias por el dato.

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