lunes, 14 de marzo de 2011

Capítulo III

El chico pesaba muy poco, realmente. Era como cargar una pluma. Mientras subía con él en brazos por las escaleras desgastadas del edificio en que estaba viviendo, sentía su respiración fluctuante sobre mi cuello. Abrí la puerta del cuarto y lo deposité suavemente sobre la cama. Contemplé su rostro una vez más. El pelo negro y desordenado le tapaba un ojo. Tenía los labios fruncidos en una expresión ambigua. De su nariz, colgaba uno de esos aretes que se habían puesto tan de moda entre la juventud rebelde durante las últimas décadas. Mi primera impresión había sido correcta, no podía pasar de los veinte… sin embargo, había algo infantil en su rostro. Como si fuera un niño que no había querido terminar de crecer.

Recorrí su cuello con la punta de mis dedos. La marca de mi mordida casi había desaparecido. Miré la cicatriz que me había quedado en el brazo. Le había dado un poco de mi sangre, apenas lo suficiente para que sus heridas se curaran, pero no para convertirlo. Cuando se despertara, podría hablar con él más detalladamente. Me levanté y lo dejé solo cuando escuché un ruido en la cocina.

Tal como lo suponía, Edgar había vuelto de sus correrías nocturnas. Entró por la ventana frente a la escalera de incendios y se paró en la mesada, con los ojos bien abiertos, maullando por mi presencia. Edgar era un gato extraordinario. Tenía una suave piel de color negro, aunque con una pechera blanca de forma imprecisa. Había perdido el ojo derecho durante una pelea con sus congéneres. Venía a visitarme a menudo, sabiendo que yo le daría comida y alojo. Me gustaba ese gato. Por regla general, los animales nos evitaban, percibiendo instintivamente el peligro. Él no.

-Buenas noches, Edgar – lo saludé con respeto. Edgar maulló y me siguió con su único ojo sano mientras yo abría la heladera y sacaba el cartón de leche. Era la única cosa “comestible” que había allí. El resto no eran más que compresas de sangre que robaba regularmente de algunos hospitales. Prefería mil veces la sangre caliente. Pero a veces era necesario dejar de cazar durante unas cuantas noches si, como hoy, había matado tan descuidadamente.

Le serví su tazón de leche al gato y contemplé la vista más bien estéril de la ventana. Las luces de la ciudad se apagaban y se encendían a intervalos irregulares. Se veían como cientos de luciérnagas, distantes, abrazadoras…

Escuché un gemido débil en la habitación y comprendí que el chico se estaba despertando. Volví sigilosamente y me paré en la puerta, mirando su figura revolverse débilmente sobre mi cama. Abrió los ojos lánguidamente y los clavó en mí. Sentí sus pensamientos confusos aclararse a medida que avanzaba hacia él.

-¿Cómo te llamas? – le pregunté con mi voz más calmada mientras me sentaba a su lado. Había miedo en sus ojos, que se fue disipando muy lentamente mientras la situación le volvía a ser familiar.

-Fra… Frank.

-Frank – repetí y tomé su rostro entre mis manos – ¿Cómo supiste lo que yo era? ¿Cómo me encontraste?

No era eso lo que quería saber. En realidad quería preguntar “¿Por qué no estás asustado?”, pero me contuve. Los ojos de Frank se clavaron en los míos mientras la emoción que había sentido en el callejón volvía a aparecer.

-Yo… no lo sé… - contestó Frank, y se estremeció cuando percibió los frío de mi tacto – Yo lo supe… mirándote y… tenía tantas ganas de… verte de cerca…

Pase una pierna sobre su cuerpo, y sujeté sus muñecas por encima de su cabeza.

-¿Suficientemente cerca? – pregunté. Él volvió a estremecerse, pero no apartó la mirada de mí. Hundí la nariz debajo de oreja y aspiré el aroma que despedía – No saldrás vivo de esto. Lo sabías perfectamente – murmuré – ¿Por qué arriesgarte? ¿No tienes familia, amigos? ¿Alguien que vaya a extrañarte?

-N… no – respondió con un jadeo. Me sorprendió una vez más descubrir que no era por el miedo. Su cuerpo estaba reaccionando al contacto con el mío. Podía sentir su deseo incluso a través de la ropa.

-¿Qué es esto? – pregunté, divertido – ¿Acaso tú eres uno de esos que les gusta el dolor? ¿Disfrutas ese tipo de cosas? ¿Por eso me seguiste?

-No… no – pareció recordar de pronto a que venía todo esto, y su voz volvió a adquirir firmeza – Quiero que me conviertas… en un vampiro. Por eso te seguí. Porque quiero ser… como tú.

-¿Así que es eso? – pregunté. Saqué la lengua entre mis dientes y la pasé lentamente justo por debajo de su clavícula. Soltó otro jadeo y sentí como su tensión aumentaba todavía más – Quieres ser un vampiro – repetí con un sonsonete de burla – Quieres ser inmortal… y vagar por la noche como dueño y señor de las sombras… y volar en las alas del viento y tener el mundo en un puño… ¿quieres todo eso, eh? ¿Lo quieres?

Los pensamientos frenéticos de Frank me dieron a entender que la única cosa que deseaba en ese preciso momento era a mí. Pero yo me estaba divirtiendo demasiado para complacer cualquiera de sus deseos.

-¿Y qué te hace pensar – seguí preguntando, asegurándome que mi aliento se colara por su boca – que yo voy a dártelo así de simple? ¿Qué vas a darme tú a cambio?

-Lo que sea – intentó mover su cuerpo un poco, pero el peso del mío no se lo permitió – Te daré lo que sea, no me importa… sólo… hazlo, por favor…

Aún enloquecido de placer, aún en medio de un éxtasis, él no estaba dispuesto a cejar en su intento de convertirse en un vampiro. Contemplé su rostro contraído un segundo. Unas cuantas gotas de sudor empezaban a perlar su frente, y la presión entre mis piernas se había hecho aún más dolorosa. Aún así, me devolvió la mirada. Encontré un brillo en sus ojos que me llamó la atención. Se parecía a las luces de la ciudad. Se parecía a las luciérnagas.

Abrí la boca cuando sentí mis colmillos desplegarse. No tenía idea de cómo hacer esto. Jamás había convertido a alguien más. Pero creía que podría hacerlo sí…

Me incliné sobre él y besé sus labios. Solté sus manos y dejé que me las enredara en el cabello mientras yo lo rodeaba con mis brazos y lo acercaba todavía más a mí. De pronto sentí sus dedos cálidos debajo de mi camiseta, acariciándome con todo descaro. Reí sin poder evitarlo.

-Esto te va a doler – le advertí. Frank contuvo otro jadeo mientras inclinaba su rostro hacia arriba y contemplaba su cuello. Las miles de pequeñas venas entrelazándose unas con otras, salvo allí donde la tinta del tatuaje las ocultaba de mi vista.

-Hazlo – me imploró – Te lo suplico…

Clavé los dientes y desgarré su piel con mucha facilidad. Lo sentí gemir mientras su sangre saltaba hacia mi lengua. Bebí con avidez, con avaricia. Sentí sus pensamientos flotando desordenadamente. Pero había un punto de concentración en todos ellos. Todos se referían a mí. Me vi a través de sus ojos. Me vi a mí mismo fuerte, bello, seductor como nunca lo fui en realidad, y comprendí una cosa de pronto. Era mío. Aquel muchacho precioso era mío. Y sería mío… para siempre.

La intensidad de aquel sentimiento me abrumó lo suficiente para alejar la boca de su herida abierta. Lo contemplé extrañado y algo que no supe reconocer se removió en el fondo de mi pecho. Supe, repentinamente, que no podría matarlo como había amenazado con hacer. Pero ya había tomado sangre de él. Dos veces. Y esta vez me había pasado, su rostro comenzaba a palidecer.

No tenía opción. Levanté mi brazo y volví a abrir la herida de la que había dejado caer unas cuantas gotas para curarlo. Sólo que ahora la acerqué a sus labios y la sostuve frente a ellos. Frank alzó la cabeza con mucha lentitud… y posó la boca sobre ella. Sentí su lengua glotona deslizarse a través de mi sangre, lo escuché succionar ansiosamente. Pero yo estaba agobiado en medio de un conjunto de sensaciones que no sabía cómo definir. De pronto, el deseo de Frank se había convertido en el mío también.

Se apartó apenas cuando empecé a sentirme débil. Se arqueó debajo de mí, soltando un gemido de dolor. Coloqué la mano sobre su pecho y esperé mientras los latidos de su corazón se hacían cada vez más pesados y perezosos. Apoyé mi mejilla contra la suya y le murmuré que todo estaba bien. Su cuerpo estaba cambiando, nada más. Muy pronto… muy pronto iba a tener lo que tanto ansiaba…

Por fin, sus latidos se extinguieron por completo. Frank gimió una vez más, tratando de recuperar el aliento. En su boca abierta, vi como un par de pequeños colmillos comenzaban a crecer, puntiagudos, blancos, perfectos. Estaba hecho.

Me eché hacia atrás, agotado por el esfuerzo y la sangre perdida, y me topé con la mirada bizca de mi gato, que había estado contemplándonos calladamente desde la cabecera de mi cama.

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