-¿Cómo crees que deberíamos llamarlo? – preguntó Lily con voz suave, mientras sostenía al bebé cerca de su pecho. Había dejado de llorar y ahora dormía plácidamente, como si el sólo hecho de nacer fuera un trabajo descomunal. No me cabía duda que así era.
-No lo sé – contesté y deslicé un dedo por su diminuta y arrugada mejilla. Él contrajo el rostro, molesto y emitió un pequeño quejido antes de seguir durmiendo – ¿Cómo se llamaba tu padre?
-Gerard, no lo podemos llamar así – protestó Lily – Mi padre era un simple sastre…
-Y el mío era un simple conde – contesté, sin disimular mi desprecio en lo más mínimo – Él no será así. Él será un gran conde, él mejor que haya visto este lugar en mucho tiempo. Mejor que cualquiera de ellos – afirmé.
Lily apretó el niño un poco más, como si aquella idea mía fuera demasiado pesada siquiera para soportarla en ese momento. Quizás lo era. Pero yo estaba enfebrecido y, como había dicho William, loco, loco de amor y adoración.
-¿Cómo se llamaba tu padre? – le insistí.
-Víctor – contestó al fin, de mala gana.
-Víctor – repetí. Luego sin poder evitarlo, me eché a reír por lo bajo – Víctor el victorioso. Es perfecto.
El bebé se removió entre los brazos de Lily, y levantó una de sus diminutas manos. Puse mi dedo, enorme entre los suyos, y volví a sonreír.
-Sir Víctor MacFarlaine – murmuré – Bienvenido al mundo.
Una tormenta sorpresiva se abatió sobre el castillo dos noches después. Ninguno de nosotros consiguió dormir. Lily estaba apostada como una guardiana celosa junto a la cuna de Víctor, y lo levantaba y lo mecía cada vez que despertaba por alguno de los truenos que chocaban fuertemente contra las ventanas. Yo me quedé a su lado, bebiendo lentamente un trago de whiskey tras otro, tratando en vano de convencerla que dejara al bebé en manos de una nodriza y fuéramos a la cama.
Por fin, las campanadas del reloj anunciaron las siete de la mañana, casi al mismo tiempo que la tormenta se calmaba para dar paso a un amanecer grisáceo y poco iluminado. Levanté la cabeza, sobresaltado. Víctor dormía plácidamente en su cuna, y Lily, con unas ojeras que supe iguales a las mías cabeceaba en el sillón junto a él.
Me froté los párpados con fuerza, y con mucha lentitud, como si todo a mi alrededor hubiera adoptado la consistencia de una jalea muy oscura, abrí las persianas para dejar pasar un poco del frío invernal que se cernía sobre mi querida Escocia. Respiré profundamente, y el aire me cayó como una agradable cuchillada en los pulmones. Luego, mi cerebro aletargado me hizo darme cuenta de algo.
-Lily – la llamé con suavidad para no despertar a Víctor. Ella gimió un poco para indicarme que me escuchaba, sin abrir los ojos – No ha venido.
-¿Quién? – murmuró ella, más dormida que despierta.
-William. No se ha presentado en toda la noche – dije, demasiado entumecido y sorprendido a la vez para saber cómo reaccionar ante ese descubrimiento. Lily abrió los ojos perezosamente y me analizó con sus ojos de zafiro.
-¿Qué dices? – inquirió con sorpresa – Quieres decir… que… ¿que se ha ido? ¿Para siempre?
-No lo sé – contesté. Y algo extraño me atenazó la boca del estómago.
Ni Michael ni William habían pasado la noche en el castillo, me informaron los sirvientes. Ambos habían salido poco antes de que estallara la tormenta, y ninguno de los dos había vuelto. No, no habían dejado ningún recado. No, no habían indicado si volverían.
Mientras me sentaba en el estudio del Conde, asimilé aquella información de golpe y la asocié con la conversación que había mantenido con William la noche que Lily había dado a luz. William le había hecho algo a Michael. Algo… no sabía qué, y no estaba seguro de querer saberlo. Pero ninguno de ellos había sido visto en el castillo. Y sentía en el fondo de mis entrañas que era muy probable que no volviera a verlos. A ninguno de los dos.
Clavé los ojos en el rostro severo del viejo, viejísimo Conde y sonreí, eufórico. No pude evitar hacerlo. Aquel hombre tenía los mismos ojos que había tenido mi padre, los mismos ojos que yo, los mismos ojos que Víctor. Yo era el heredero de ese legado, y ahora que Michael había desaparecido, era mío, mío por completo para disfrutarlo con mi Lily, y algún día, “cuando fuera un hombre de espalda recta”, pasárselo a Víctor. En medio de mi orgullo, me reí como un condenado.
Tiempos de paz se cernieron sobre el castillo. A ninguno de los criados pareció extrañarle ni preocuparle la repentina desaparición del “señor Michael” ni de aquel otro “sombrío caballero”, y se hicieron bien fácil a la idea que era yo quién estaba a cargo de todo ahora.
Me puse a trabajar de inmediato, poniéndome al día con los asuntos del condado, y no me costó nada enterarme de qué tan enorme patrimonio que tenía en mis manos. No era tan grande como la de los grandes nobles, los duques y marqueses que se contoneaban en la corte del rey, pero para mí, que había pasado de hijo de pescador a conde, me sentía podrido en dinero.
Hacia finales del invierno, cuando Víctor tenía poco más que un mes y medio, lo hicimos bautizar por el párroco local, un hombre gordo y bonachón que se preocupaba más por el vino que por el bienestar de las almas de sus feligreses. En la misma ceremonia, Lily y yo dijimos nuestros votos, y quedamos casados ante los ojos de Dios, y la conciencia de mi adorada mujercita.
La gente también empezó a acostumbrarse a mi presencia, cuando pasaba por los campos y el pueblo en el mejor de los caballos que había encontrado en los establos. En un ataque de nostalgia, llamé al purasangre “Babieca el Segundo” y lo llevé a desfilar orgulloso por todos los rincones de mi condado. Los pueblerinos me llamaban “Conde” o “Señoría” y, muy ocasionalmente, “Señor Michael”. Era como si ninguno de ellos recordara a mi hermano, y que me confundieran con él me importaba muy poco. Yo respondía a su nombre. Después de todo, había ocupado su lugar en todo sentido.
Poco a poco, a medida que pasaban las estaciones, me gané su devoción y su admiración. El viejo conde jamás se había molestado en hablar con ellos, en interrogarlos acerca del estado de las cosechas ni de sus dificultades para pagar los impuestos. Yo sonreía, preguntándome cómo reaccionarían si supieran que no hasta hacía mucho yo había sido uno de ellos.
A la par que todos se acostumbraban a mi presencia, Víctor engordaba y crecía saludablemente hasta que finalmente un día pudo pararse en sus regordetas piernecitas y dar vueltas por el comedor mientras Lily, sus tres niñeras y yo suspirábamos de emoción y embelesamiento. Todas las cosas que quería para él se arremolinaban en mi mente y en mi garganta mientras Lily me apretaba el brazo con fuerza.
-¿Qué tienes, mi vida? – le pregunté con suavidad, ayudándola a sentarse.
-Nada, no es nada, Gerard – contestó ella, sacudiendo los rubios cabellos que se había cortado a pesar de mi fiera oposición – Simplemente estoy… muy, muy emocionada…
-Estoy seguro – acaricié su mejilla y sonreí – Está creciendo tan rápido…
-Bueno, al menos no crecerá solo – comentó ella con una sonrisa juguetona en los labios. No tuve de tiempo de preguntar a qué se refería cuando ella me puso la mano sobre sus estómago. Sus ojos brillaban mientras yo empezaba a comprender.
-¡Lily…!
-Esta vez… quiero que sea una niña – sonrió ella. Y yo hubiera hecho lo que fuera por complacerla. Nunca pensé que tanta felicidad junta fuera feliz.
Ah, ¡pero qué ingenuo fui! Debí saberlo, debí saberlo y ahora me lo recrimino, debí saber que Michael era más parecido a mí de lo que parecía, y que ambos habíamos sacado de nuestra vanidosa sangre la capacidad de guardar y acumular un rencor malsano. Pero nunca, nunca dediqué un mínimo pensamiento o esfuerzo a averiguar que había sido de mi hermano. Y eso me costó todo lo que había alcanzado gracias a William.
Algunas noches después, mientras dormía aferrado a la cintura de Lily, desperté de pronto sintiéndome inquieto. Era Noviembre, pero las brumas invernales había empezado temprano ese año. Los vidrios de nuestro ventanal se veían sucios y empañados y el aire tenía una consistencia fría que me hizo estremecerme bajo las cinco o seis cobijas que había mandado tender sobre nuestra cama. El cuarto de Víctor, vigilado por su nodriza, pero aún así lo suficientemente cerca para que escucháramos cualquier sonido, se encontraba, para variar, en absoluto silencio.
Creo que quizá fue eso lo que llamó mi atención, el silencio. Me levanté, tratando de no despertar a Lily, y me deslicé silenciosamente hacia el cuarto de mi hijo. Conocía el camino en medio de las sombras al dedillo, como si yo mismo hubiera crecido en esos pasillos infestados de fantasmas. Fantasmas, qué pensamientos tan lúgubres acudían a mí aquella noche. No encendí ninguna luz. Después de todo, no quería que la nodriza se asustara viendo a su señor en salto de cama en la mitad de la noche.
Pero cuál no sería mi desagrado cuando llegué al cuarto y distinguí entre las sombras su cama obviamente desocupada. Mi inquietud se transformó en absoluto terror cuando avancé un poco más y me di con que la cuna estaba vacía también.
Avancé por los pasillos con la respiración agitada de pronto, el corazón martilleándome pesadamente en el pecho. Miré por ambos pasillos y con el rabillo del ojo, la vi: la muchacha avanzaba por el pasillo con el niño en brazos, la vista fija en algún punto del horizonte y el camisón arrastrándose espectralmente detrás de ella. Corrí hacia ella y la alcancé justo un momento antes de que llegara al ventanal que, abierto, dejaba pasar la luz de la luna atenuada por la niebla.
-¡¿Qué es lo que haces?! – grité sin poder contenerme. La muchacha dio un respingo y provocó que Víctor se despertara tan repentinamente que comenzó a llorar.
-Señor… señor, yo… lo lamento mucho – la chica miró a un lado y a otro confundida. Yo pasé a su lado y me asomé a la ventana. Es que me había parecido ver, con creciente horror de mi parte, una figura que se deslizaba en las sombras, fuera de mi alcance.
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