Dejé a Frank encogido en posición fetal junto a la barra del bar, y fui al estacionamiento. Arranqué tantos bidones de gasolina como pude de todos aquellos autos cuyos dueños no los llevarían a casa esa noche. Traté de enfocar mi mente en lo práctico, en lo que necesitaba ser hecho ahora mismo. No en lo que iba a pasar después.
Cubrir nuestras huellas era lo esencial en ese momento, más que cualquier otra cosa, más que tratar de comprender que había pasado. Ya habría tiempo para eso después. Cuando no tuviéramos que preocuparnos por que nos descubrieran los humanos… o peor. A los otros vampiros no les agradaba que alguien hiciera algo lo suficientemente estúpido para poner a prueba nuestra fachada. Y Frank acababa de hacer algo sumamente estúpido.
Rocié cuidadosamente todos los cuerpos. Necesitaba que quedaran lo basta calcinados para que una autopsia fuera imposible o innecesaria. Si quedaba algún cadáver en buenas condiciones, descubrirían que no había humo en sus pulmones y que estaba muerto antes de que se iniciara el fuego. Y eso no me lo podía permitir.
Bloqueé todas las salidas de emergencia, de modo que pareciera que la catástrofe que estaba a punto de iniciar no fuera nada más que un terrible accidente causado por algún corto circuito y el descuido del dueño del local. Miré las paredes cubiertas con paneles de madera oscura. Arderían enseguida. Dejé todo listo y me acerqué a Frank.
-Vamos – le ordené. Frank me dirigió una mirada vacía mientras mordisqueaba nerviosamente su dedo pulgar.
-Lo siento – murmuró – Lo siento muchísimo… no sé qué me pasó…
-Ya tendremos tiempo para eso – gruñí – Ahora, vamos.
Finalmente, conseguí que se incorporara y lo saqué de allí hacia el baño. Antes de cerrar la puerta, lancé un encendedor al medio del local. Las llamas se prendieron de inmediato, y empezaron a elevarse mientras mi compañero y yo escapábamos por la ventana maltrecha. Caminamos un par de cuadras sin hablar. Calculé que nos quedarían unos cuántos minutos antes que algún vecino viera el humo y llamara a Emergencias. Más que suficiente.
-Súbete a mi espalda – le ordené a Frank – Vamos a correr.
-¿Correr? – Frank me miró confundido. Seguía aturdido, después de todo.
-Sí. Iremos al departamento y empezaremos a prepararnos.
-¿Prepararnos para qué?
-Para irnos – expliqué, mi paciencia casi al límite – Nos largamos de Jersey en el primer ferri de la madrugada.
El ferri de las cinco de la mañana estaba bastante cargado, y la mayoría de los pasajeros se veían demasiado cansados y pálidos como para mezclarnos tranquilamente entre ellos. Nos sentamos en un compartimento al fondo. Frank apoyó su cabeza en mi hombro y cerró los ojos. Los efectos de lo que fuera que lo había hecho perder la cabeza apenas empezaban a pasársele ahora. Yo me mantuve alerta. A eso de las seis de la mañana, cuando faltaba apenas una hora para que saliera el sol, escuché por la radio del “horrible incidente” de un bar gótico de la ciudad.
-El lugar ardió por espacio de quince minutos antes de que se diera parte al cuerpo de bomberos – leía el periodista con voz anodina – Todas las víctimas fueron fatales. Los peritajes dicen que no hay forma de averiguar realmente qué inicio el fuego, pero se especula que haya sido accidental…
Respiré aliviado y solo entonces rodeé a Frank con mi brazo. Había estado cerca. Ni bien el barco aparcó en el puerto, tiré a Frank de modo que nos bajamos entre los primeros. Le di la dirección al taxista y añadí una propina jugosa si lograba llegar antes de que amaneciera. El hombre no protestó ante el extraño pedido y simplemente tomó las calles más deshabitadas y vacías de la ciudad.
El portero del edificio aún no había venido a cumplir su turno, por suerte para nosotros. No teníamos más tiempo que perder. Frank (que seguía flotando en una especie de estado semi-inconsciente) no opuso resistencia cuando lo bajé del taxi y lo arrastré hacia el edificio. Para cuando el ascensor se abrió en mi piso, estaba bastante débil. Saqué las maletas al pasillo y luego lo alcé a en brazos.
El apartamento estaba a oscuras por las persianas y pesados cortinajes que había mandado a poner especialmente. Ningún rayo de sol penetraba en ese lugar, ni siquiera cuando estaba justo en frente de mi balcón. Avancé hacia el cuarto y deposité a Frank en la cama, empezando a sentir los efectos de aquella noche agitada yo mismo. Lo arropé un poco y luego me dejé caer a su lado, cerrando los ojos. Me quedé dormido ni bien el sol empezó a asomar sus rayos.
-¿Dónde estamos? – preguntó Frank, mirando el lugar confundido y boquiabierto
-Nueva York – contesté con tranquilidad.
-¿Pero cómo…?
-¿No recuerdas absolutamente nada?
Las memorias de Frank eran confusas y en su mayoría equivocadas. Saltaban de un lado a otro sin orden ni concierto. Lo último concreto que había en su mente fue cuando le dijo a la chica de la falda púrpura que fuera a hacerme “compañía”. Luego había entablado conversación con otro sujeto, de quien no podía recordar ni el nombre ni el rostro. Lo siguiente que supo es que yo lo estaba arrastrando fuera del bar y hacia el ferri.
Y nada más.
-Debiste morder a alguien con una gran cantidad de droga en el cuerpo – murmuré – O haberla tomado allí mismo.
-Puede ser… debió ser eso… digo… ¿pero por qué no puedo recordarlo…?
Se encogió sobre sí mismo en el sillón, agarrándose la cabeza con ambas manos. Sentí una punzada de compasión y me acerqué a él. Le aparté las manos para mirarlo a los ojos.
-Frank, nuestros sentidos reaccionan diferente a los de los humanos cuando consumimos esa clase de sustancias. Tuviste un ataque de furia, eso es todo…
-No fue furia – Frank bajó la vista, nunca tan parecido a un niño – Estaba… recuerdo que estaba preocupado por ti… porque… creía que iban a atraparte… y… ¡no sé!
Un par de gruesas lágrimas de sangre se deslizaron por sus mejillas. Se las besé delicadamente y él me miró con expresión culpable.
-¿Estás enojado conmigo? – quiso saber.
-¿Por qué estaría enojado contigo? – pregunté, sorprendido de que fuera eso lo que le preocupara ahora mismo. Yo pensaba que reaccionaría mal al hecho de haber asesinado tanta gente en tan poco tiempo. Una persona por noche, seguro, cualquiera podría. Pero aquella matanza…
-Porque te hice cubrir mis huellas. Y porque tuvimos que irnos así de Jersey. Y porque…
Su voz se quebró y se ahogó. Lo obligué a pararse y lo estreché contra mí.
-No importa. De todos modos ya me estaba hartando de Jersey. Me gusta más aquí. Si hay un sitio en el mundo que puedo llamar hogar, este es.
Frank sonrió tímidamente.
-Tienes… tienes un bonito lugar aquí… - dijo, tratando de recuperar algo de su antiguo tono optimista.
-No está mal – me encogí de hombros. Incliné la cabeza y lo besé levemente en los labios – ¿Qué te parece si nos quedamos aquí esta noche?
Frank asintió levemente con la cabeza y se estrechó un poco más contra mí. Percibí levemente sus pensamientos. Empezaba a sentirse mejor. Lo besé de nuevo.
-¿Qué quieres hacer? – pregunté en un susurro. Frank no contestó. Simplemente se alzó en puntas de pie para besarme el cuello.
Lo llevé de vuelta al cuarto, nada dispuesto a detenerme esta vez ¿Por qué demonios sus besos me resultaban tan cálidos aunque la piel de ambos estaba tan fría? ¿Por qué su tacto me volvía loco de aquella manera? ¿Qué demonios importaba? Estaba ahí. Era mío. Podía hacer lo que me placiera con él. En ese momento y en cualquier otro. Caí sobre él en la cama y lo contemplé un largo rato, dibujando el borde de su cara con las yemas de mis dedos. Tenía demasiadas ideas juntas para ponerlas a todas en práctica. Besé su cuello otra vez y lentamente empecé a despojarlo de la ropa.
-Gerard… - gimió – Espera… tengo que decirte algo…
-¿No puede esperar? – pregunté desabrochando uno por uno los botones de sus vaqueros.
-Es… es importante – jadeó, obviamente con un serio problema de concentración que no era totalmente mi culpa.
-Me lo dirás después, ¿de acuerdo? – ofrecí, desesperado por tocarlo de nuevo. Frank ahogó otro gemido y simplemente se dejó llevar. Sonreí.
Volteé para colocarlo sobre mi regazo. Quería ver su rostro, no podía perderme nada de él. Quería que fuera mío por entero, devorarlo, metérmelo bajo la piel de la misma forma que la tinta de sus tatuajes se metía bajo la suya. Mi pequeño muchacho precioso, ¿por qué tenía que ser tan perfecto? Dejé un cuidadoso rastro de besos sobre su cuello y sus hombros antes de pasar a pecho desnudo. Frank hundió los dedos en mi cabello mientras su mano buscaba desesperadamente mis zonas más sensibles. El juego iba llegando a su fin, y tuve una extraña sensación de victoria cuando Frank estuvo sentado entre mis piernas, listo para lo que fuera.
-¿Podemos… podemos ir despacio…? – preguntó. Yo negué con la cabeza.
-Esperé demasiado, pequeño mío – le notifiqué – El momento de ir despacio… pasó hace mucho tiempo…
Como para firmar mis palabras, impulsé mis caderas hacia delante y sin ningún previo aviso, me encontré dentro de él. Frank se estremeció y lanzó algo entre un gemido y un grito de dolor. Sus pensamientos eran confusos e incoherentes y yo también empecé a perder la cabeza mientras nos acercábamos más y más al punto en que ya no sabía donde acababa su piel y empezaba la mía. Mordí su oreja juguetonamente.
-Lleva el ritmo – le pedí, rodeándolo firmemente con los brazos.
Frank asintió apenas. Me asaltó la duda de pronto de si él lo estaría disfrutando o simplemente siguiendo su instinto adolorido. Pero entonces él empezó a moverse y cualquier idea o pensamiento se borró instantáneamente de mi cabeza. Sentí sus uñas clavándose profundamente en mi espalda. Enterré la cara en su cuello y dejé escapar un profundo gemido de satisfacción.
-Ya habías hecho esto – murmuré con una risita.
Frank no contestó, demasiado concentrado en lo que estaba haciendo. Todo su cuerpo se agitaba y se encogía entre mis manos. Cerré los ojos y dejé que todo el placer que estaba sintiendo me invadiera y me arrastrara, más allá de toda preocupación o cansancio, más allá de los recuerdos, de la soledad, de la sed, del deseo mismo. Me sentía como si estuviera en caída libre en un largo espiral sin fondo, donde la única cosa firme a la que aferrarme era el cuerpo de Frank, su calor, los latidos acelerados de su corazón, su boca húmeda contra mi cuello…
Finalmente perdí el control y exploté dentro de él Frank se aferró a mis hombros con fuerza y también se dejó ir. Lo sentí sobre mi estómago y me asaltó una punzada de remordimiento cuando comprendí que únicamente había estado esperando por mí. Lo besé en la boca una última vez, y ambos nos desplomamos rendidos en la cama. Frank se apoyó contra mi pecho, cerrando los ojos mientras su respiración se tranquilizaba.
-¿Qué ibas a decirme? – pregunté, pasando los dedos por su cabello húmedo de sudor. Él negó con la cabeza.
-Nada. Nada en absoluto.
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