martes, 15 de marzo de 2011

Capítulo XVI

La noche que Lily dio a luz fue una particularmente neblinosa de mediados de Enero. Estábamos cenando tranquilamente. Yo acababa de servirle un vaso de vino y ella lo estaba mirando pensativamente.

-¿Qué ocurre, mi vida? – pregunté. Ella levantó la vista hacia mí. Nunca había estado tan hermosa. Tenía las mejillas sonrosadas a causa del fuego, y el pelo y los ojos brillosos, toda redonda y adorable. Jamás la había amado tanto.

-Gerard, he estado pensando – dijo, acariciando el borde de la copa – Cuando haya nacido el bebé…

-¿Sí…?

-Gerard, no quiero que sea un bastardo – soltó de pronto. Dejé la jarra de vino pesadamente sobre la mesa.

-Y no lo será – garanticé – Tendrá a su padre. Siempre.

-Pero tú y yo no estamos casados – me señaló – Me prometiste que sería tu esposa, Gerard ¿Cuándo vas a cumplir tu promesa?

-¿Cuál es la prisa? – pregunté, sacudiendo la cabeza – Sabes que será así, Lily. Siempre mantengo las promesas que te hago.

-Sí, ¿pero cuándo? – insistió – ¿Es demasiado pedir que pongas una fecha?

-Lily, realmente no entiendo tu prisa – aseguré – William dice que…

Lily lanzó un suspiro exasperado que me sorprendió.

-¡William! – repitió con amargura – ¡Gerard, es como si todo lo que dijera William fuera palabra sagrada para ti!

-¿Qué tienes en contra de William? – quise saber frunciendo el ceño.

-No sé. No puedo explicar – bajó la vista – Es algo… en sus ojos… es malvado, Gerard. Solamente lo siento. No deberías conservarlo a tu lado.

-Lily, no puedo creer que esa sea tu opinión de William – la regañé – Recuerda que sin él, yo jamás te habría conocido. Y tú serías la querida de Michael.

-¿Hablaban de mí?

William, como siempre, se las había arreglado para entrar en la habitación sin que nadie lo percibiera, se había instalado en la silla de la cabecera y se acababa de servir una copa que yo sabía que no se tomaría. Lily se levantó, le hizo una ligera inclinación con la cabeza, y procedió a retirarse.

-Lily, espera – intenté detenerla.

-Deja que se vaya, Gerard – pidió William con su característico siseo – Tú y yo tenemos que discutir asuntos de… caballeros.

-En ese caso, no quisiera molestar – respondió Lily, altiva.

-No te preocupes, querida – William se levantó y avanzó hacia nosotros tan silenciosamente que parecía que sus zapatos no tocaban el suelo – Te lo devolveré pronto. Y casi intacto.

Lily le sostuvo la mirada de manera desafiante, luego siguió con su retirada. William abrió la boca para decir algo más… cuando escuchamos el estruendo de la vajilla estrellándose contra el suelo.

-¡Lily! – grité cuando la vi apoyada débilmente contra la mesa, sosteniéndose el estómago y gimiendo de dolor.

-El… el… el bebé – tartamudeó Lily, y yo sentí que los colores huían de mi cara.

-¡William, ve a buscar a la comadrona! – le pedí mientras sacaba a Lily del comedor.

-Claro, manda a William a hacer el trabajo sucio – comentó William con amargura. De todos modos, cuando volteé a verlo, ya había desaparecido. Guié a Lily hasta el cuarto y la ayudé a recostarse.

-Tranquila – le dije mientras ella jadeaba y su rostro de alabastro se ponía colorado por el esfuerzo – Tranquila, terminará pronto…

-Gerard – murmuró, aferrándose a mí. Había temor reluciendo en el fondo de sus ojos – No me dejes. Por favor, no me dejes…

-¡Ya está aquí! – anunció un mozo, y la comadrona entró seguida de un par de doncellas, que cargaban con palanganas llenas de agua y toallas.

-Estaré justo afuera – le dije, y la besé en la frente – Tranquila. Podrás hacerlo.

-¡Sáquenlo de aquí! – ordenó la partera, y se arremangó el vestido para dejar descubrir sus brazos regordetes. Salí y las mozas cerraron la puerta detrás de mí.

De todos modos, eso no bastó para silenciar los gritos de dolor de Lily que empezaron a oírse de inmediato. Me senté en la otomana del pasillo, apoyé los codos sobre las rodillas, junté las manos y apoyé la frente en ellas. Quise rezar, pero había olvidado todas las plegarias que aprendí de niño. Sentí a William pararse a mi lado. No lo vi, ni lo escuché. Solamente lo sentí.

-No te preocupes. Mamá Guilda es la mejor en su trabajo. Nunca ha perdido un bebé – comentó – Y le di una buena propina de tu parte para que se sienta… incentivada.

Me levanté y empecé a dar vueltas por el pasillo. Los gritos de Lily resonaban en mis oídos como ecos malignos. William alzó las cejas.

-Yo que creía que la mujercita tenía un umbral del dolor mucho más alto – dijo – Supongo que esto te disuadirá de tocarla por un tiempo…

-¡Cállate! – le chillé, al borde la histeria – ¡Cállate, no necesito escuchar estas cosas en este momento!

William se rió quedamente y se apoyó contra la pared, con las manos en los bolsillos.

-Muy bien. Quizá esto sí te interese. Michael ha estado siguiéndome cada noche cuando salgo.

Hice un esfuerzo por poner atención a pesar del ruido.

-¿De verdad? – pregunté, mirándolo de hito en hito. William hizo un gesto de desprecio.

-Cree que no lo sé. Pero es bastante molesto, todas las noches debo cambiar mi ruta prevista para perderlo – se encogió de hombros – ¿Cuánto te molestaría que me deshiciera de él?

-¿A qué te refieres con deshacerte de él? – pregunté, suspicaz.

-No quería preguntártelo antes – esquivó hábilmente mi pregunta – Porque él es quien tiene el título todavía y no había un heredero… supongo que ese problema estará solucionado muy pronto – señaló, mientras otro chillido penetrante invadía el aire.

-William – cerré los ojos y traté de tranquilizarme – ¿Qué es lo que pretendes hacerle?

-Pensé que la política contigo era “no preguntas, no se dice” – contestó William, con un mohín.

-Bueno, te estoy preguntando, William – gruñí. No estaba de humor para sus jueguitos – ¿Qué le vas a hacer?

-¿Por qué te interesa tanto? – contraatacó él, frunciendo el ceño – Pensé que lo odiabas por ser el hijo legítimo del viejo Conde… y por lo que le hizo a tu preciosa mujercita…

William tenía razón, yo no albergaba ninguna clase de sentimientos fraternales hacia Michael. Pero no se trataba de eso. Si permitía que él se encargara de mi hermano, mi venganza quedaría truncada. Además, no sabía de lo que William era capaz… pero daba la impresión que no le importaba llegar demasiado lejos.

-¿Y por qué te interesa a ti? – pregunté – Sólo síguelo evitando como hasta ahora, no pareces haber tenido muchos problemas al respecto.

William se pasó la lengua por sus labios anormalmente rojos y luego levantó la mirada.

-De acuerdo. Cartas sobre la mesa – sorpresivamente, me puso una mano en la cara y me observó casi con ternura – Te iba a hacer una oferta, Gerard. Una oferta que cualquier hombre cuerdo aceptaría. Pero tú no estás cuerdo. Estás loco de amor. Así que voy a dejarte en paz para que vivas y mueras con tu mujercita – dio un paso atrás – Y a reemplazarte con lo más cercano a ti que he podido encontrar.

-Michael – adiviné.

-No te preocupes. Él será miserable – me garantizó – Por el tiempo suficiente como para que ese niño sea un hombre de espalda recta y tú un viejo con canas en el pelo ¿Te parece bien?

Estaba tan concentrado tratando de entender lo que estaba diciendo que no me di cuenta que los gemidos de Lily se habían ido apagando hasta desaparecer y ser reemplazados por otros de naturaleza muy diferente. La matrona abrió la puerta ruidosamente.

-Terminamos – anunció, secándose la frente con un pañuelo – Ambos están bien.

Mi corazón dio un pequeño salto mientras me volvía a mirar a la mujer. William enarcó una ceja, aún esperando mi respuesta.

-Está bien – le concedí, ansioso por pasar a otra cosa – Haz lo que quieras.

Le di la espalda para entrar en la habitación. Lily se encontraba sobre las sábanas manchadas de sangre que las doncellas estaban retirando en ese momento. Se veía pálida y débil, pero había en su rostro cierta aura que antes no estaba en ella. Sus ojos brillaban como nunca cuando levantó la vista y me sonrió. Cuando pude quitarle los ojos de encima, noté el pequeño bulto que se removía entre sus brazos.

-Es un niño – me anunció. Me acerqué a ella muy lentamente.

El bebé tenía la cara deformada en un llanto ruidoso, y agitaba sus brazos como buscando algo. Mientras lo recibía, sentí que algo se derretía muy en lo profundo de mí, me inundaba por completo y se desbordaba a través de mis ojos. Estreché al pequeño contra mi pecho, dejando que una sensación de paz mezclada con euforia cayera sobre mí. Me incliné, y besé a Lily en la frente. Mi mundo estaba allí, entre ellos dos, y habría dado lo que fuera por no tener que abandonarlo jamás.

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