Aspiré el cigarrillo largamente, dejando que las cenizas cayeran descuidadamente sobre las sábanas. Frank me pasó una mano por el pecho y se acurrucó junto a mí, escondiendo el rostro en mi cuello. Sonreí sin poder evitarlo y deposité un beso en su cabello revuelto.
-¿Quién eres, muchacho precioso? – pregunté a media voz – ¿Por qué estás en mi vida?
Frank abrió los ojos, me quitó el cigarrillo y le dio una última pitada antes de apagarlo.
-Para evitar que le prendas fuego a tus bonitas sábanas de algodón egipcio, para eso…
-Es seda italiana – lo corregí con una risita y lo atraje hacía mí – Lo digo en serio: ¿por qué me seguiste aquella noche? ¿Cómo supiste lo que era yo? – tomé aire antes de soltar la pregunta que me había estado carcomiendo desde el mismo momento en que nuestras miradas se cruzaron – ¿Por qué no estabas asustado?
Frank vaciló un momento. Luego se incorporó un poco hasta que su espalda fue lo único que pude ver.
-¿De verdad quieres saber? – inquirió a media voz – ¿A esta altura?
-¿Por qué no? Este momento es tan bueno como cualquiera – repliqué y me levanté para tomarlo por los hombros. Frank se removió un poco entre mis manos – Cuéntamelo – pedí.
No respondió de inmediato. Bajó los ojos hacia sus muñecas y levantó una de ellas hacia mí.
-Dijiste que cuando un vampiro bebe la sangre de otro se entera de toda su historia – me recordó, acercándola a mi boca – Hazlo. De todos modos te lo debo.
Negué con la cabeza, pero apoyé mis labios en el lugar que me estaba indicando.
-Quiero que me lo cuentes – insistí. Frank cerró los ojos un momento. Después asintió.
-Está bien. Pero es una larga historia.
>>Sí, podrías decir que mi madre la tuvo fácil. Al menos para empezar. Los Pricolo emigraron desde Italia, no me preguntes por qué, nunca lo supe; y se asentaron en América, en Nueva Jersey, apenas una generación antes de que ella naciera. Mi abuelo trabajó muchísimo para mantener a su esposa y a sus tres hijos, e hizo una pequeña fortuna. No demasiado grande, pero lo suficiente para vivir holgadamente y codearse un poco con la clase media-alta.
>>Mamá era la única hija mujer de la familia, por lo que era la luz de los ojos de toda la familia, la princesa en la torre a la que nadie tenía acceso. La cuidaban de una manera tan enfermiza que ella terminó por rebelarse y darse a la fuga con el primer perdedor que se lo propuso.
>>Iero resultó ser todo lo que la familia había temido y más. Jugador compulsivo, grosero y vulgar hasta lo indecible. Solo se interesaba por ella debido a la jugosa cantidad de dinero que podía llegar a heredar. Cuando mamá se dio cuenta de todo esto, quiso marcharse, por supuesto, pero era demasiado tarde: los Pricolo ya le había hecho la cruz, y de todos modos, estaba embarazada.
>>Nací un 31 de Octubre, lo que puede explicar mi constante fascinación por las cosas oscuras y terroríficas. Creo que mi nacimiento fue causa de cierto revuelo en la familia. Tengo entendido (jamás tuve ocasión de preguntarlo) que mis tíos y mi abuela se negaron en redondo siquiera a conocerme. Pero mi abuelo… mi abuelo estaba hecho de otro material. Él jamás hubiera rechazado a un miembro de sus propia familia, aún si había nacido en circunstancias tan adversas.
>>Todos los recuerdos más felices de mi infancia, todos y cada uno de ellos, lo involucran a él. Recuerdo que los viernes a la noche llegaba al anodino departamento que mamá compartía con el imbécil de Iero, que esos días estaba en el trabajo (nunca me molesté en averiguar de qué trabajaba).
>>El abuelo siempre aparecía sonriendo y siempre traía algún regalo para mí, invariablemente, aunque no fuera mi cumpleaños ni Navidad ni ninguna fecha en particular. A veces era pequeño, a veces era sorprendentemente caro y hermoso. Recuerdo uno en particular, un adorable y enorme camión de bomberos, tan nuevo que la pintura brillaba bajo los focos. Tenía una escalera desplegable, y una manguera y todo. Mientras yo jugaba con él, tirado sobre mi estómago en la alfombra, el abuelo le tendía un sobre a mamá.
>>“Acéptalo, Linda, ella no se enterará, te lo prometo” le decía él, con el sobre blanco temblando entre sus manos (las manos del abuelo siempre estaban temblando). “No puedo, papá, no puedo” decía mamá y negaba con la cabeza, pero él seguía y seguía insistiendo, hasta que ella, con un gesto de resignación, tomaba el sobre y lo escondía en el “lugar especial”.
>>El “lugar especial” era un recoveco en el armario, tapado por los pulóveres de invierno, donde los sobres se acumulaban uno encima de otro. Muchos de mis juguetes más bonitos, como ese camión de bomberos, iban a parar también allí y no podía sacarlos si no era a escondidas. “¿Por qué, mamá?” lloriqueaba yo, “quiero jugar con ellos, el abuelo dijo que eran para mí”. “Yo sé, mi amor, yo sé” me explicaba ella entre susurros. “Pero es que si los ve tu papá, se va a enojar. Y tú no quieres hacer enojar a papá, ¿verdad?”.
>>Yo sorbía con fuerza y me limpiaba las lágrimas. No. Ningún poder humano en el mundo me convencería jamás de hacer enojar a Iero a propósito. Porque cuando él se enojaba, gritaba y gritaba como un animal enfurecido, derramando su aliento alcoholizado por todos los rincones del departamento; alaridos de pura rabia y odio en la que los juramentos y las blasfemias sonaban a verdaderos rugidos del infierno, y luego descargaba sus manazas sobre los platos o sobre las paredes, dejando destrucción a su paso. Mamá me mandaba a mi cuarto y me decía que me tapara los oídos. Pero eso jamás era suficiente.
>>Pero no mucho después, cuando cumplí once años, el abuelo me regaló un reproductor portátil. Era pequeño y amarillo, y traía una cinta de compilados que él mismo había hecho. Eran canciones viejas, canciones de amor que databan de la época en la que él y la abuela (a la que solamente vi un par de veces, en fotos) eran jóvenes y podían bailar toda la noche, tiempos congelados en su memoria que valían más para él que todo el dinero del mundo. Fue en esas cintas que escuché la Voz por primera vez. Y fue gracias a ellas que descubrí mi afición por la música.
>>”Enséñame, abuelo” le pedía. “Por favor, enséñame cómo se hace.” Y el abuelo me hablaba de notas y arpegios y escalas. Un día, entre todas sus sorpresas, me llevó la que por siempre recordaré como mi favorita: una guitarra, una guitarra vieja y barnizada con las cuerdas algo flojas. De todos modos, mis ojos brillaron cuando me la puso en las manos. “Yo ya no puedo tocar” comentó, señalando sus manos nudosas “pero tú sí que puedes, muchacho.” Y yo practicaba diferentes melodías todas las noches, para sorprenderlo cuando llegara el viernes con todo lo que había aprendido.
>>Recuerdo que un día le pidió permiso a mi mamá para llevarme a un lugar sin ella. Mamá preguntó por lo bajo que estaría tramando, pero dio su permiso. Tenía una sonrisa triste cuando se despidió de mí. No me di cuenta entonces de lo cansada que se veía, demasiado entusiasmado por la excursión que tenía por delante. El abuelo condujo su anticuado Mustang, alejándose cada vez más de las calles de Jersey que me eran familiares, y pronto, incluso de la ciudad. Yo le pregunté sorprendido a dónde íbamos; él, con una sonrisa cómplice, me pidió que esperara y lo vería.
>>Paramos en un campo a las afueras de la ciudad. No recuerdo exactamente a qué altura de la ruta estábamos. Era primavera y el campo estaba florecido, pero no con ese verde exuberante que habíamos visto al pasar, sino con un verde triste, apagado, cada vez más oscuro a la luz del crepúsculo. Me quedé fascinado. Nunca en mi corta vida había visto tanta inmensidad junta.
>>“Aquí trabajé yo, antes de fundar el negocio” me contó el abuelo con voz cascada y cansina “Me deslomé de sol a sol y ahorré, y ahorré hasta que tuve suficiente. No me importaba, muchacho, no me importaba nada, lo hacía por tu abuela y por tu mamá y tus tíos. La familia es lo más importante, Frankie. Siempre trabaja duro por tu familia, ¿me escuchas, muchacho?” “Te escucho, abuelo”. Él sonrió y me acarició la cabeza: “Eres un buen chico.”
>>Me dejó fuera del edificio, y yo pude mostrarle orgullosamente que tenía las llaves para entrar, porque ya era lo suficientemente grande para ello. Subí las escaleras de dos en dos, ansioso por contarle a mamá todo lo que el abuelo me había mostrado hoy. Pero cuando entré en el departamento, mi euforia se desvaneció como si nunca hubiera estado ahí: por todo el lugar, había platos destrozados, ropas, cortinas, manchas rojas aquí y allá, incluso lo que reconocí con horror como los pedazos de la guitarra que el abuelo me había dado. Había visto mi casa hecha un caos antes, pero nunca de esta magnitud.
>>Corrí por el lugar llamando a mamá desesperado. No me importaba si la bestia de Iero estaba por ahí, solamente quería asegurarme que ella estuviera bien. Por fin, la encontré acurrucada en un rincón del balcón. Tenía un corte en la frente que sangraba profusamente y estaba llorando quedamente, como un gatito acorralado. “Mamá, mamá” la llamé, tratando de acercarme “Vamos, mamá, no llores. Tenemos que ir al médico. Tienen que revisarte esa herida, mamá…”
>>Entonces ella se paró. Llevaba un vestido que el abuelo le había dado, que se ajustaba a su figura y revoloteaba alrededor de ella, igual que su pelo negro y espeso alrededor de su cara. Se veía como un ángel. “Perdóname, Frankie. Ya no lo soporto más” me dijo. Luego, casi sin mirar, como si lo hubiera practicado miles de veces, se paró en la barandilla. “¡Mamá! ¡¿Qué haces?!” grité yo, pero ella solamente extendió los brazos. “Perdóname” repitió, y luego se dejó caer hacia atrás. Un ángel, sí, pero sin las alas.
>> Vi a mis tíos por primera y única vez en el funeral de mamá. Ninguno de ellos se dignó a mirarme. Solamente se quedaron parados por ahí mientras el abuelo me explicaba que ya no podía seguir yendo a visitarme. Ya estaba viejo y cansado y no quería seguir peleando con mis tíos. Él también me pidió perdón, pero no había perdón que valiera. Me habían dejado solo con la bestia.
>>Iero demostró muy pronto tener muy poco interés por mí. Si me mantenía fuera del alcance de sus puños, incluso podíamos llevarnos bien. Me escapaba de casa a menudo, y del colegio aún más a menudo. Conseguía trabajos de medio tiempo mintiendo sobre mi edad y ahorraba, ahorré hasta que pude conseguir lo que quería. Una guitarra de segunda mano, ni tan bonita ni tan brillosa como la que me había dado el abuelo, pero servía. Servía para tocar hasta que me sangraban los dedos.
>>Fue gracias a esa guitarra que la conocí a ella. Una tarde, estaba tocando en un callejón, distraídamente cuando ella entró y se quedó escuchándome. Tenía el rostro cargado de maquillaje y sostenía el cigarrillo como si llevara años fumando, aunque no podía ser mayor que yo. Fingió no tener interés en mí, y yo seguí tocando como si no fuera consciente de su presencia. Resultaba extraño pero confortante que aquella perfecta desconocida se parara a escuchar mi música. Cuando terminé, ella aplastó la colilla con el taco de su bota y me preguntó mi nombre.
>>Se llamaba Jamia, y era la criatura más fascinante que hubiera conocido jamás. Ella me introdujo a muchas cosas que no había conocido hasta ahora, como los cigarrillos, el alcohol, el rock pesado y el sexo. Y también, por supuesto, a los vampiros. Su cuarto estaba lleno de libros y más libros sobre ellos, cualquier cosa, desde novelas populares hasta encuadernados pseudo-esotéricos.
>>“Algún día” me decía mientras pasaba las páginas para enseñarme los aterradores y sangrientos grabados “algún día voy a encontrar a uno. Y le voy a pedir que me convierta, y entonces seré hermosa y poderosa y rica, y viviré para siempre.” “Sí, pero, ¿qué hay de toda esa cosa de beber sangre?” protesté yo. Ella se encogió de hombros: “Eso es solo una parte, ¿no?” y dio por zanjada la cuestión.
>>No sé si Jamia se habrá encontrado alguna vez con vampiros. Dejé de verla poco antes de cumplir diecisiete. Sus padres se la llevaron, se mudaron a Dakota del Sur. Jamia se quejó de que allí había demasiado sol, a los vampiros jamás se les ocurriría vivir allí. Después me dio un beso de despedida, se subió al auto y desapareció para siempre al voltear la calle. Yo me negué a llorar.
>>En vez de eso, pasé los siguientes dos años ebrio. Entre otras cosas. Cada noche, buscaba algún bar que abriera a altas horas de la noche, y bebía hasta perder el equilibrio y la cordura, o hasta que alguna chica o chico (ya ni me importaba a esas alturas) se compadecía de mí y me llevaba a la cama. Y yo despertaba a la madrugada, poco antes de que saliera el sol, con un tremendo dolor de cabeza. Y pensaba en en mamá, y en el abuelo, y en Jamia, y en los vampiros.
>>Así que ahí estaba, esa noche, cuando te vi. Si no te hubiera seguido, si no me hubieras mordido, probablemente seguiría igual. O probablemente estaría muerto, no lo sé. ¿Quiere saber la verdad? No me di cuenta que eras un vampiro. Ni siquiera se me pasó por la mente que podrías serlo. Sabía que eras algo, que había algo sobrenatural acerca de ti, algo que era peligroso y fascinante al mismo tiempo, pero ese no era el motivo por el que me quedé mirándote.
>>Fueron tus ojos. Es que tenían el mismo color que ese campo en las afueras de Jersey, ese frente al cual el abuelo me acarició y la cabeza y me dijo que era un buen chico.
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