jueves, 17 de marzo de 2011

Capítulo XXXIII

-¡Te pedí específicamente que no hablaras con él!

-¡Él se me acercó, Gerard! ¿Qué podía hacer yo? ¿Ignorarlo?

-Créeme… esa es la mejor política que uno puede adoptar con Michael – gruñí – Es malvado, Frank. Es malvado y traicionero y…

-No más que el resto de nosotros, supongo – soltó Frank.

Eso me fastidió todavía más, aunque no podía señalar exactamente un causante de mi rabia: si él, Michael o el destino. Así que me desahogué con el que tenía más cerca.

-¡¿Cómo puedes decir eso?! ¡Ninguno de nosotros se compara con Michael…!

-¿Y me estás diciendo que lo que hicimos la noche anterior no fue una demostración de pura maldad? ¡Tú me dijiste que no más de una o dos víctimas por noche…!

-¡Eso es diferente! ¡Y si no mal recuerdo, tú mismo armaste tu pequeña masacre hace no mucho tiempo…!

-¡No fue culpa mía!

-¡¿Entonces de quién fue?!

-Yo… ¡no lo sé! – Frank se reclinó en el asiento y evitó mi mirada – Un… sujeto me ofreció una pastilla azul, dijo que debería probarla… ¡y es todo lo que recuerdo! ¡No puedes culparme por lo que pasó en esa disco…!

Dijo algo más, pero no lo escuché. Su última declaración había conseguido perderme por completo. Aminoré la velocidad hasta casi detenernos en la banquina.

-¿Una pastilla azul? – repetí extrañado. Frank no respondió, sino que se enfuruñó y se encogió en el asiento – ¿Estás seguro?

-¿Te enojarías menos conmigo si lo estuviera? – respondió sin mirarme.

Abrí la guantera del auto y extraje el pastillero que le había quitado a Elenor la noche del ataque al Wandering Devil. Lo abrí y le enseñé a Frank la única pastilla que contenía.

-¿Una pastilla como esta?

Frank la miró con indiferencia al principio, pero luego un destello de reconocimiento ascendió a sus ojos ambarinos.

-Sí. Exactamente – admitió de mala gana – ¿Qué es?

-Demonio Azul – repliqué, devolviendo el pastillero a su lugar – Una droga sintética… diseñada especialmente para vampiros. Quienquiera que te la dio, sabía lo que eras. Sabía que te haría perder la cabeza.

Mientras más pensaba en ello, más sentido tenía. La indiferencia en el rostro de Frank fue reemplazada lentamente por la incredulidad.

-Es decir… ¿qué ese tipo me la dio a propósito? – preguntó y yo asentí. Frank alzó la ceja – Bueno, ahora me siento ligeramente violado…

El comentario fue tan desencajado y dicho con tal tono de voz que no pude evitar soltar una carcajada.

-¿De qué te estás riendo? – Frank frunció el ceño, lo que solo me hizo reírme todavía más – Gerard, ¡no es divertido! ¡Deja de reírte, maldita sea!

Yo estaba más allá del remedio. La risa ascendía por mis costillas, casi haciéndome daño, y escapaba por mi boca en un sonido que me parecía extraño y ligeramente oxidado, como la voz de un cantante que se ha mantenido mudo durante años ¡No podía recordar la última vez que me había reído tanto! Frank me puso las manos en las mejillas y me obligó a mirarlo. Su rostro de seriedad solo me provocó más risas.

-¡No… te… rías!

Antes de que pudiera reaccionar, lo besé. Me lancé sobre él con tanta fuerza que golpeé su cabeza contra el vidrio. Frank trató de soltarse, pero no lo dejé. Lo sostuve contra mí con el brazo izquierdo, sin dejar de besarlo, mientras que con el derecho buscaba la palanca del asiento del acompañante. Por fin la encontré y ambos caímos hacia atrás. El espacio reducido se sentía extraño, y el que Frankie estuviera resistiéndome solamente me hizo reír todavía más. Enredé como pude mis piernas contra las suyas y dejé que mi boca se deslizara hacia su cuello.

Por fin cedió y se relajó en mis brazos. Sentí sus manos dejar de empujarme para enredarse en mi pelo y sus labios presionando contra mí con urgencia. Me entretuve un momento para jugar con su lengua y luego pasé otra vez a su cuello. Los dedos de Frank se deslizaron sobre mi pecho, soltando uno por uno los botones de mi camisa. De acuerdo. Eso era lo más lejos que podíamos llegar por ahora. No estaba dispuesto a actuar como un maldito adolescente humano teniendo sexo en mi auto. Esperaría hasta que estuviéramos tranquilos y relajados en casa… quizá con una canción de Sinatra de fondo…

Frank entendió a donde iba y se quedó quieto. Deposité un último beso en su mejilla antes de incorporarme.

-Estás loco – murmuró él antes de buscar la palanca para enderezar el asiento.

-Loco por ti, muchacho – contesté con una risita – Lamento haberte gritado.

-No te preocupes – se quedó callado un momento – Lamento no haberte hecho caso con lo de Michael.

-Está bien – acepté – Pero, por favor, no te le vuelvas a acercar. No confío en él. Nadie lo hace. No creo que siquiera William lo hiciera del todo.

Me quedé suspenso por haber pronunciado de esa manera el nombre de mi creador, sin ningún tipo de traba o de pensamiento triste. Frank parpadeó.

-Ese vampiro… William… él era… importante para ti, ¿verdad?

-Él era mi creador, sí – me sentí reacio a explicarle esas cosas. Pertenecían al pasado. Sin embargo, él parecía interesado en saber más.

-¿Le pediste que te convirtiera? ¿Cómo yo hice contigo?

-No – suspiré – En un principio, él iba a hacerlo, pero luego cambió de opinión y convirtió a Michael en mi lugar. Como una especie de reemplazo mío. Él me amaba… pero yo nunca pude devolvérselo.

Frank asintió, como si comprendiera.

-¿Y qué pasó?

-Fuimos… atacados una noche. Por los campesinos alrededor del palacio – no quería entrar en detalles. Sólo pensar en el incidente me ponía terriblemente nervioso – Esa noche… él me salvó a mí, pero no salvó a mi familia. Tardé muchos años en perdonarlo por eso. En comprender… Lily jamás habría sobrevivido de esta forma, se habría vuelto loca…

-Tu esposa – murmuró Frank y yo asentí.

-Ella… era muy frágil para este estilo de vida – seguí diciendo – No hubiera podido lastimar una mosca.

-¿La extrañas?

-A veces – admití con un encogimiento.

-¿Extrañarás a William?

-No lo sé. Supongo que una parte de mí lo hará. William siempre ha sido una… constante, en mi existencia. Pensar que no volveré a verlo jamás… – sacudí la cabeza – Bueno, me siento algo confuso. Eso es todo.

-Lo imagino – Frank estiró la mano y apretó la mía – No sé qué haría yo sin tú…

-No digas eso – lo detuve en seco – No me va a pasar nada. No voy a dejarte. Tú y yo vamos a estar juntos mucho tiempo todavía, ¿lo entiendes?

Levanté la mano que tenía estrechada y deposité un beso en el final de su palma, justo en el sitio donde se unía con su brazo, justo donde pasaban un millón de pequeñas y sabrosas venas. Estuve tentando de morderlo. Pero no lo hice. En lugar de eso, me limité a levantar la cabeza y lo besé.

Fue un beso diferente. Se sintió diferente de una forma que me fue muy difícil comprender. Se sintió dulce, y suave, y oh, tan delicado. El aliento de Frankie se entrecortó en dos suspiros. Sus ojos estaban cerrados, relajados y poco a poco, también yo los cerré, olvidándome de todo por el momento, saboreando, perdido en el éxtasis de ese beso cuya particularidad no podía aislar.

Luego caí en la cuenta: jamás lo había besado solamente por besarlo. Nuestros labios siempre se habían encontrado hasta ahora en momentos arrebatados, nuestros besos siempre había sido apasionados, desesperados. No digo que en este momento la pasión no estuviera. Sino que simplemente… podía… concentrarme en otras cosas… como el aroma que emanaba de Frank, almizcleño y embriagador… como la suavidad de su piel contra la mía… como la forma tierna de la curva de su boca…

-¿Gerard?

-¿Mmm…?

-Te apuesto… no, te desafío a que no puedes hacer que lleguemos a casa en veinte minutos…

-Que sean quince – acepté, y me separé de él para acelerar. Frank le hizo coro a mis risas de puro placer.

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