Ahora el mundo estaba cubierto de sombras. No podía ver las estrellas en el cielo nublado, y no las necesitaba de todos modos. Las luces de Nueva York las compensaban enormemente. Le di otra pitada a mi cigarrillo, observando atentamente los espirales que el humo dibujaba en el aire.
Escuché los pasos de Frank detenerse en la puerta entornada del balcón.
-¿Vas a venir a la cama?
-Queda una hora para el amanecer – le notifiqué, oteando el horizonte por pura costumbre. No lo necesitaba para saberlo, todos los vampiros teníamos una especie de reloj biológico – Iré entonces.
-Está bien – suspiró Frank, dándose vuelta para irse.
Terminé mi cigarrillo y volví al interior. Cerré la puerta del balcón y corrí las cortinas. Luego me senté en el sillón, observando mi sala, dejando que los pensamientos fluyeran y se entrechocaran unos con otros en un remolino sin fin que amenazaba con convertirse en maremoto. Me levanté, y casi de manera automática, puse uno de mis discos en la vieja rocola (un legado de los sesenta del que no me sentía capaz de deshacerme.)
El aire se llenó de una música más bien melancólica, acompañada por una lenta voz que tarareaba entre ellos antes de soltar las profundas notas que había escuchado miles y miles de veces durante las últimas décadas.
-Call me irresponsible
Call me unreliable
Throw in undependable too…
Frank asomó desde la puerta. Me di vuelta para mirarlo y me sorprendió descubrir sus cejas arqueadas con deleite.
-Sinatra – murmuró, sonriendo.
-¿Te gusta Sinatra? – pregunté, pasmado.
-Me recuerda viejos tiempos – contestó él, suspirando como si aquello hubiera sido siglos y siglos antes – Mi abuelo solía ponerlo y me enseñaba a cantar… creo que me llamaron Frank por él… - se acercó un poco más a mí – Luces sorprendido.
-Lo estoy – confesé – Pensé que eras… demasiado joven para que te gustara Sinatra.
-Y yo pensé que eras demasiado viejo…
Su cara redonda, su mueca de inocencia. No pude evitarlo. A pesar de las preocupaciones que me habían ensombrecido aquella noche, me arrancó una sonrisa. Me acerqué a él, le rodeé la cintura con un brazo y lo atraje hacia mí. Enredé mis dedos con los de su mano libre, y lentamente, empecé a movernos delicadamente a través de la sala.
-Lo vi una vez, ¿sabes?
-¿De verdad?
-Sí. Era 1939, cuando él cantaba con la orquesta de Harry Arden – comenté, invocando aquellos recuerdos, tan vívidos como la misma noche en que habían ocurrido – Yo estaba en este bar de mala muerte, aquí mismo, en Nueva York. Trataba de seducir a mi cena, cuando él subió al escenario. Se apoderó del micrófono y cantó… fue algo poco menos que mágico. Ese hombre tenía algo… indescriptible. Podía poner en movimiento la música y el sentimiento a la vez. Me hizo llorar. Y ya sabes qué pasa cuando lloramos.
-Tuviste que irte del bar – adivinó Frank, con una sonrisa juguetona.
-Me quedé sin cenar esa noche – sacudí la cabeza – Fue bastante injusto de parte del señor Sinatra…
-Qué increíble – se rió – Te imagino, con uno de esos trajes blancos y negros de moño corbata… tu cabello peinado hacia atrás… sentado en una barra de reluciente caoba mientras Sinatra canta en el fondo…
De pronto, dejó de hablar. Sus dedos se aflojaron, como tratando de soltarse de los míos. Cuando lo miré, descubrí que su sonrisa había sido reemplazada por una mirada de melancolía.
-Hey – le puse una mano en la mejilla y lo obligué a mirarme a los ojos – ¿Qué pasa?
-Solamente pensaba… tú has vivido tantas cosas. Cuatrocientos años – señaló – Y yo… soy solamente un crío comparado contigo… nunca tendremos demasiadas cosas en común… y nunca voy a terminar de entenderte, ¿sabes?
-Frank…
-Quiero decir… creo que entiendo por qué no me ves como nada más que tu pequeño muñeco inflable…
Sentí tantas cosas a la vez, cosas que no había sentido en más tiempo del que podía recordar. Me sentí enternecido, e incómodo y profundamente avergonzado. Acerqué a Frank un poco más, y traté de encontrar las palabras para consolarlo.
-Tienes razón – concedí – Nunca podrás entender todas las cosas que he vivido. Pero… no somos tan diferentes de lo que crees.
Frank me miró sin comprender.
-Solamente tenía veintitrés años cuando me convirtieron. Todavía era demasiado joven, incluso para los estándares de aquella época – le conté – Quizá a pesar de ellos. Yo me sentía demasiado joven.
Suspiré, tratando de borrar aquel tema de mi cabeza.
-Los vampiros no cambiamos físicamente nunca – continué diciendo – Y por eso mismo, también, nunca cambiamos del todo psicológicamente. Hay ciertos procesos físicos-mentales que nuestro cuerpo nunca podrá llevar a cabo. Estamos atrapados en la edad en la que nos convertimos. Por eso está prohibido convertir a niños en vampiros… ¿entiendes lo que intento decirte, Frank?
Frank asintió lentamente.
-Tú siempre vas a tener veintitrés – señaló – Y yo siempre voy a tener diecinueve.
-A cierto nivel – comenté, dando una vuelta más, antes de dejarnos caer a los dos en el sillón – siempre vamos a ser iguales.
Frank asintió y levantó el rostro para darme un beso muy suave en la comisura de los labios.
-Y en cuanto a las cosas que tendremos en común – seguí – tendremos que descubrirlas, supongo.
Acaricié su rostro y lo senté en mi regazo. Sin dobles intenciones. Sin lujuria de ninguna clase. Frank besó cada uno de mis dedos a medida que pasaba junto a sus labios.
-Te quiero – murmuró – No me preguntes por qué, no intentes entenderlo. Ni yo lo entiendo. Pero… te quiero.
Cerré los ojos. Sentí que mi viejo corazón, que latía cinco veces más lento que un corazón humano, saltaba un poco y se sacudía dentro de mi pecho, como si de pronto Frank se hubiera abierto paso hacia él con las manos, como yo había hecho con la chica de la falda púrpura.
-Siempre voy a estar contigo – continuó diciendo él y yo le puse un dedo sobre los labios.
-No. No va a ser así – lo contradije – Ya te lo he advertido. En algún momento, te irás. Te irás porque querrás encontrar tu propio camino, tu propio modo de hacer las cosas, porque querrás acostarte libremente con otra persona o porque simplemente te habrás hartado de mí. Hay miles de razones para dejar a tu creador, y todas son igual de válidas.
Frank enterró la cabeza en mi hombro, así que ya no podía ver sus ojos dorados.
-Pero yo te estaré esperando. Siempre – dije – Estaré esperando, siempre yendo y viniendo por los mismos lugares. Si alguna vez vuelves por Jersey o por Nueva York… preguntarás por mí. Y entonces, volveremos a vernos…
-En un callejón vacío – murmuró Frank, con la voz apenas quebrada – Mientras tú tratas de seducir alguna chica sin importancia…
-Y cuando la haya vaciado de sangre, me daré vuelta para encontrarme con tu mirada – continué.
-Y entonces yo avanzaré hacia ti. Sin miedo. Eufórico, porque no pensaba que sería posible encontrarte.
-Y yo te miraré desde arriba, y te regañaré por haberte tardado tanto en venir a verme.
-Y yo simplemente sonreiré – sus dedos se hundieron gentilmente en mi cabello – Y te abrazaré así. Y te besaré así. Y será como si no hubiera pasado el tiempo, ¿verdad?
No quise decirle que no era verdad. Que el tiempo no pasaba en vano, que aunque no lo pareciera, todo cambiaba, todo fluía. Que los vampiros no cambiábamos, pero nos volvíamos cada vez como éramos en realidad. Y que no todos estaban listos para eso, para mirarse en el espejo un día y descubrir que todo trazo de humanidad se ha desvanecido de nuestros rostros y nuestras vidas. Que eso nos enloquece, y entonces llega un fin que antes parecía demasiado lejano.
En vez de eso, lo abracé y le di un beso en el cuello mientras Sinatra terminaba su canción.
-Es una promesa.
No hay comentarios:
Publicar un comentario