Frank también temblaba entre mis brazos.
-¿Alguna vez has hecho esto? – preguntó, nervioso – Con otro hombre, quiero decir…
-Tengo casi cuatrocientos años, Frank – le notifiqué, mientras dejaba una estela húmeda de besos sobre su hombro – He hecho prácticamente todo.
-Oh – se movió un poco para acomodarse mejor. Era casi mágica la forma en que podía manipular su cuerpo. Como si fuera seda bajo las manos de un sastre experto – Bueno, ¿en serio vamos a…?
Suspiré y me hice a un lado.
-Olvídalo. Mataste el momento.
-Lo siento – bajó la vista, avergonzado – Es que tengo mucha sed de nuevo…
-Siempre tienes sed, pequeño demonio – negué con la cabeza.
Por algún motivo, no me sentía decepcionado. Me gustaba aquel pequeño juego en que íbamos y volvíamos del punto al que ambos queríamos llegar. Lo hacía muchísimo más interesante. Lo miré mientras se ponía otra vez su vieja remera corroída, tapando todos los tatuajes que se había hecho en vida. No comprendía aquella obsesión de los humanos jóvenes de desfigurar su propio cuerpo. Pero en Frank lucían bien, como si hubiera nacido con todos ellos encima.
-Necesitas otra remera – recordé de pronto.
-Eso suena extraño viniendo del tipo que intenta seducirme hace dos noches – señaló él. Sonreí a medias. En cualquier otra persona, habría encontrado ese desenfado irritante.
-Hablo en serio. La apariencia es importante, Frank. Se atrae más moscas con miel que con vinagre. Y apuesto que estás harto de los indigentes.
Me levanté, echándome encima la ropa también.
-Son apenas las siete. Debe haber algunas tiendas abiertas todavía.
-¿Y tú… tú vas a pagar…?
-¿Por qué, tienes dinero oculto en algún lugar que yo no haya visto? – inquirí. No mordió el anzuelo. Parecía pensativo.
-¿Qué se supone que sea ahora? – quiso saber – ¿Tu pequeño amante mantenido?
-Si eso es lo que quieres ser, yo no tengo ninguna queja al respecto – aclaré, mientras me acercaba a él. Le pasé un brazo por la cintura y lo acerqué a mí. Todavía me sorprendía lo pequeño que era – Pero tú puedes ser cualquier cosa que quieras. Eres libre de ir y venir – contradije mis propias palabras mientras hundía el rostro en su cabello – Yo, como tu creador, tengo la obligación de ayudarte siempre que me lo pidas…
-¿De verdad? – pasó sus brazos alrededor de mí también – Entonces, eres una especie de padre para mí, ¿verdad? – inquirió con cautela.
-Te di una nueva vida – señalé, deslizando mi mano por su cuerpo con lentitud – Podrías decirlo así.
Sentí su respiración acelerarse mientras mis dedos pasaban por su sexo meticulosamente. Sabía que estaba intentado dominarse.
-Entonces – jadeó – ¿no es un poco… torcido… que estés tan desesperado… por acostarte conmigo… siendo mi padre…?
-¿Quién sabe? – contesté, apretando un poco más – Quizá yo soy torcido – sentí sus uñas clavarse en mi espalda en el momento en que perdió el control y sonreí satisfecho – ¿Qué te parece? Ahora también necesitas otros pantalones.
Lo solté repentinamente, y tuve que hacer un gran esfuerzo por no reírme de su cara de desconcierto. Oh, sí. Me gustaba aquel pequeño juguete que el destino me había servido en bandeja.
-Podría acostumbrarme a esto – comentó Frank mientras se miraba en el espejo que la encargada de la tienda nos había traído. Alcé una ceja.
-No entiendo la moda de hoy en día – suspiré.
Pero en mi cabeza, admití que Frank tenía gusto para la ropa. Mi muchacho precioso no se veía nada mal en el atuendo extravagante que había elegido. O quizá fuera que combinaba perfectamente con aquel local lleno de cosas oscuras y esa música ruidosa que parecía gustarle, porque tarareaba la canción mientras terminaba de abrocharse su nueva chaqueta.
-Jamás había tenido dinero para elegir tanta ropa – comentó Frank, con los ojos brillantes. Por algún motivo, de pronto recordé a William. Sacudí la cabeza y encendí un cigarrillo. Él me miró atónito – ¿Los vampiros podemos fumar?
-No es como si fuera a matarnos, ¿verdad? – señalé, dejando salir un nube de humo.
-Diablos, ¿y por qué no lo habías dicho? – riendo, se acercó a mí y se dejó caer sobre mi regazo. Me quitó el cigarrillo, dio una larga pitada y expulsó el humo en una larga bocanada.
-¿Señores, ya han…? – la encargada de la tienda, portando el aroma del maquillaje y la ropa de cuero, entró en ese momento. Nos vio, y el rubor le cubrió las mejillas – Perdón… no pretendía… - hizo ademán de irse, pero Frank se paró y la detuvo.
-No, no, está bien – dijo – Nos llevamos todo, ¿verdad, Gerard? – preguntó, mientras la guiaba de vuelta hacia dentro del enorme probador – ¿Incluso esto?
Sus colmillos se desplegaron codiciosamente mientras le ponía una mano en el cuello a la chica. Blanqueé los ojos.
-No juegues con tu comida, Frank – lo reprendí. Él rió y le clavó los dientes antes que la chica tuviera la sola intención de gritar.
-¿Sabes qué es extraño? – preguntó Frank, mientras depositábamos indolentemente las compras por todo el desordenado departamento – Haces todas estas cosas por mí… y yo no sé nada de ti…
-No hay mucho que saber – aclaré. Me dejé caer en el sillón y Edgar saltó a mis brazos.
-Cuatrocientos años – señaló él – Debiste nacer en… ¿mil seiscientos? ¿Más o menos? – calculó.
-Mediados de mil seiscientos – corregí levemente. No tenía idea de a donde quería llegar.
-¿Cómo era? – preguntó, los ojos brillantes de nuevo.
-Oscuro, horrible y nada memorable – acaricié a Edgar pensativamente – ¿Qué intentas hacer, Frank?
-Quiero saber sobre ti – repitió él – Porque… tú eres importante para mí ahora… eres lo único que conozco de esta vida.
Parpadeé y volví a examinarlo. Su sonrisa, generalmente amplia y fresca, había desaparecido, reemplazada por un incomprensible gesto de confusión. Había ruego en sus ojos. Se veía adorable.
-Tonto – fui hacia él y tomé su rostro entre mis manos – ¿No entendiste lo que te dije? No importa si no quieres quedarte conmigo…
-¿Y a dónde se supone que vaya? – preguntó con amargura – ¿De vuelta con mi familia?
Me puse tenso de pronto.
-¿Tienes familia viva todavía? – pregunté.
-Viva es algo muy relativo – masculló él – Mi padre seguramente está muy ocupado emborrachándose y golpeando a su novia como para notar que no estoy…
-Frank, piensa – le pedí – ¿Hay alguien, quién sea, que pueda verte y reconocerte? ¿Qué pueda notar que no vas a los lugares que solías frecuentar?
Frank lo pensó. Sé que lo hizo por mí, no porque realmente creyera que había una respuesta para eso o que el asunto importara. Luego, negó con la cabeza.
-No. No hay nadie.
Sentí un inmenso alivio que no supe traducir en palabras. Nadie lo iba a apartar de mi lado. Era mío.
-Está bien – me levanté y me sacudí un poco – ¿Todavía tienes sed? Yo sí.
Frank volvió a asentir con la cabeza. Salimos a cazar, protegidos por las sombras.
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