viernes, 18 de marzo de 2011

Capítulo XLII

Kraig reinauguró el Wandering Devil con toda la grandilocuencia de la que fue capaz. Todo rastro de los destrozos causados por los Cazadores había desaparecido; todo el mobiliario, reemplazado; todos los vampiros de Nueva York, invitados a la fiesta. Algunos murmuraron que era una imprudencia por parte del gigante de ébano el reabrir el bar en el mismo lugar donde ya habíamos sido atacados, pero cuando Elenor mencionó que había sido idea suya, lo entendí.

La Condesa también estaba desplegando sus estrategias de guerra. El volver a instalar el Wandering Devil en el mismo lugar era un desafío, una manera de gritar a los cuatro vientos: “Estamos aquí. Seguimos aquí. No hay nada que puedan hacer para destruirnos. No les tenemos miedo”.

Y mientras la noche alcanzaba su clímax, supe que era así. Nadie parecía demasiado alterado, bebiendo las famosas margaritas rojas de Angelus, riendo en voz alta, hablando de cosas que los siglos se habían devorado hacía demasiado tiempo y que solamente vivían en nuestra memoria. Conversaciones frugales. Entretenimiento fácil. Chistes de vampiro.

Frank estaba sentado en mi regazo, con un Bloody Mary en la mano, hablando de su encuentro con la Cazadora como si hubiera ocurrido hacía mucho tiempo y no fuera más que una anécdota graciosa. Los otros escuchaban con atención, reían con los comentarios sarcásticos de Frank, preguntaban por el estado de su rodilla.

Nunca los había visto aceptar a un neófito con tanta facilidad. Los tenía a todos seducidos. La mitad de ellos, vampiros y vampiresas por igual, ya había considerado la posibilidad de acostarse con él. Incluso a Elenor se le había pasado por la cabeza, y sabía que la única razón por la que no había hecho su avance era por respeto hacia mí. Vacié mi copa y estreché un poco más el agarre que tenía alrededor de la cintura de Frank. Era mío. No pensaba compartirlo con nadie.

-Por supuesto, estoy seguro que Gerard no ayudó mucho a tu recuperación – comentó Maxwell con malicia y todos se rieron alto. Frank se limitó a sonreír y me acarició el rostro con suavidad.

-Oh, no es su culpa… después de todo, él es un vampiro un poco senil…

Una nueva ronda de carcajadas se unió a la música rítmica que estallaba en los parlantes del local. Algunos bailaban. Me pregunté por qué a Kraig le gustaría tanto aquella cadencia de tambores ininterrumpida. Quizá fuera porque le recordaban al corazón de la selva donde él había sido un rey con una piel de leopardo sobre los hombros, la selva donde Elenor lo encontró solo y herido cuando sus cazadores lo dieron por muerto, y entonces ella decidió conservarlo para sí…

-¿Quién invitó al Nosferatu?

Salí de mi ensoñación y contemplé con sorpresa a la persona que acababa de atravesar la puerta. Raymond tenía una expresión de máximo disgusto, pero a pesar de ello, lucía bastante bien. Se había puesto sus mejores jeans rotosos y una remera con el logo de algún grupo que seguramente Frank conocía. Su cabello no lucía tan desaseado como siempre, y comprendí que de hecho se había esforzado un poco por tener un aspecto presentable.

-¡Eh, Ray! – Frank levantó la mano y le hizo señas, por lo que todos los vampiros de la mesa protestaron. Nadie quería hablar con un Nosferatu.

-Emh… hola – saludó Raymond– Yo… escuché que Kraig reinauguraba el local y pensé… bueno, darme una vuelta…

-Siéntate con nosotros – lo invité – Angelus, tráenos otra ronda de estas.

Raymond se veía cohibido y completamente descolocado mientras tomaba su lugar en la mesa, tan diferente de su orgullo y altivez habitual que casi me hizo gracia. Tuve ganas de decirle que se relajara, de explicarle que no tenía por qué preocuparse si se sentaba con nosotros. Nadie lo iba a mirar a él mientras a Frank se le ocurriera algo entretenido que decir

Como si me hubiera leído la mente, Frank empezó a hablar de su guitarra y alguien que sabía de música propuso que deberían tocar juntos algún día. Vacié otra vez mi copa, y de pronto me entraron unas inmensas ansias de irme a casa, pero eso sería injusto para mi compañero. Se lo estaba pasando tan bien. Raymond me tocó el hombro y dijo algo que no alcancé a comprender.

-… tu hermano.

-¿Qué? – reaccioné con mucha lentitud. Si había algo así como un estado de ebriedad para un vampiro, yo no debía estar muy lejos. Raymond gruñó, molesto por tener que repetirse.

-¿Podemos ir a un sitio donde haya menos ruido? – pidió.

Consideré seriamente decirle que se fuera al demonio, pero suponía que tenía que prestar atención a cualquier cosa que implicara a Michael. Le susurré una disculpa a Frank al oído, lo dejé ocupar mi lugar y me alejé de la mesa siguiendo al nosferatu, hacia la puerta que daba al callejón detrás del bar. Kraig nos dejaba usarla ocasionalmente cuando alguien traía un invitado humano con el que le gustaría tener más… privacidad.

Raymond pareció aliviado de alejarse de todo el griterío. No se le daba muy bien estar en compañía de otros, y de cierta manera, lo comprendía. Esa noche, con todos poniéndole atención a Frank, yo también me sentía un poco aislado. Saqué mi paquete de cigarrillos y le ofrecí uno, que aceptó de inmediato.

-¿Qué decías acerca de Michael? – pregunté mientras le alargaba el encendedor.

-Te preguntaba si sabías lo que estaba planeando.

-Nunca sé lo que está planeando Michael – repliqué, exhalando el humo de cigarrillo – Es una serpiente rastrera e impredecible…

-Sí, en realidad… sólo lo decía para iniciar una conversación sobre el hecho que yo sí lo sé – comentó Raymond, encogiéndose de hombros. Me hubiera reído si hubiera sonado aunque fuera un poco menos en serio.

-Realmente necesitas practicar – apunté y solté un anillo de humo – ¿En qué se ha metido ese desperdicio de sangre?

-Bueno, no estoy seguro – admitió Raymond – Mis fuentes me han dicho que está buscando departamentos. Aquí, en Nueva York.

El cigarrillo quedó suspendido entre mis dedos mientras me volvía para echarle una mirada desconcertada al nosferatu.

-¿Discúlpame?

-Sí, ya sabes, como si… planeara quedarse – aventuró con timidez, y luego pareció arrepentirse – O a lo mejor no, a lo mejor está… buscando algo en que invertir, ya sabes, el negocio de bienes raíces siempre ha sido fuerte…

-¡No! – lo interrumpí, sintiendo que un enorme globo de furia se hinchaba dentro de mí – ¡No está haciendo eso! ¡Maldita sea, si conozco a Michael…!

… y lo conocía. Dejé la frase en el aire. Apagué el cigarrillo contra los ladrillos de la pared y me di un masaje en las sienes. Calmarme. Tenía que calmarme, ahora mismo.

-Mira, no le dispares al mensajero – Raymond se defendió antes de que a mí se me ocurriera siquiera canalizar mi rabia hacia él – Solamente te lo estoy diciendo para que lo tengas en cuenta.

-¿Y qué demonios es lo que pretende? ¡Esta es mi ciudad! – rugí.

De hecho, era mi continente. Michael jamás dejaría Europa. No, no iba a dejar Europa. Él nunca haría eso. Tenía que ser un error.

-¡Mira, no sé! – Raymond miró alrededor, incómodo e impaciente por largarse de allí – Elenor me dijo que te lo dijera. Te lo estoy diciendo. Es todo lo que sé.

-¿Elenor te dijo que…? – eso no tenía ningún sentido, ¿por qué no me lo decía ella misma?

-Sí, me voy a mi casa ahora – Raymond obviamente tenía ganas de largarse de ese callejón, no que su guarida fuera mucho mejor – Esto fue una mala idea. Salúdame a Frank.

Antes de que pudiera hacer algo para detenerlo, la noche se lo tragó. Yo me quedé en el callejón tratando de controlar el indescriptible impulso de golpear algo. Respira. Respira. Respira. Michael no iba a ser esto. No podía ser cierto. Necesitaba hablar con Elenor. Ahora.

Adentró la música había cambiado a algo más movido y ligeramente amigable, y el ambiente estaba cargado de una fragante nube de nicotina. Me paré junto a la barra, le hice un gesto a Angelus (¿cómo se las ingeniaba para estar en tantos lugares al mismo tiempo?) y busqué a Elenor con la mirada. Seguía con el grupo de vampiros que no se había levantado a tomar la pista de baile. Frank no estaba entre ellos. Elenor percibió mi mirada, se disculpó con el vampiro que la estaba hablando y casi flotó hacia mí a través del local nunca antes tan concurrido.

-¿Qué pasa? – preguntó, pero luego esbozó una sonrisa picaresca – Nadie secuestró a Frankie, te lo aseguro. Debe estar por ahí bailando…

Traté de pasar por alto lo mal que me cayó que lo llamara “Frankie”. “Frankie” era mío. De nadie más. Pero podría discutir eso después.

-¿Por qué le dijiste a Raymond que me dijera lo de Michael?

-¿De qué estás hablando? – la incredulidad en sus ojos era demasiado sincera mientras le explicaba lo que había pasado. Cuando terminé, permaneció pensativa un momento. Luego, con una sonrisa y un movimiento de su pelo, desechó todas mis preocupaciones – Yo no hice tal cosa. Michael debió haberlo hecho. Debió haber usado la computadora de mi casa para hablar con Raymond. Por eso no me gustan esas cosas, son tan impersonales…

-Eso de hecho tiene mucho sentido – murmuré. Terminé lo que había en mi copa y pedí otra. Angelus directamente me dejó la botella al lado, aparentemente harto de tener que rellenarlo constantemente.

-Gerard, relájate…

-¿Cómo puedo relajarme? – exploté – ¡Él quería que lo supiera! ¡Quería torturarme, es lo que siempre hace…!

-No, relájate. Frank viene para aquí – me explicó ella. Antes de conseguir reaccionar, tenía los brazos de mi amante echados al cuello y un beso estampado en mi mejilla.

-¿Dónde te habías metido? – preguntó con tanta alegría que dudé que mi ausencia lo hubiera afectado mucho – Deja eso – añadió quitándome la copa y empezando a tironear de mi brazo.

-¿Qué haces? – pregunté, algo descolocado de pronto.

-¡Vamos a bailar! – casi me rogó – Por favor, ¡es mi canción favorita!

-No, Frankie… yo… yo no… - traté de buscar una excusa sin éxito. Elenor, a mi lado, lanzó una carcajada.

-No me quiero perder esto – comentó entre risas – A ver como el viejo vampiro senil mueve el esqueleto…

-¡Eres más vieja que yo! – le grité, y bastó esa distracción para que Frank me arrancara de mi lugar y me arrastrara a la mitad de la pista. De pronto toda la rabia que había sentido hacia Michael se convirtió en un profundo sentimiento de embarazo y vergüenza – Frank, yo no sé…

-Solamente haz lo que yo hago – me animó él y empiezo a contonearse de manera que estuve seguro que nadie le podría quitar los ojos de encima. Yo no podía hacer eso. Simplemente… no podía. Sentí que todos los colores me subían a la cara cuando lo vi acercarse seductoramente a mí y ponerme los brazos alrededor de la cintura – Oh, ¡en serio estás senil!

Me besó sin dejar de reírme, y de pronto todas las demás cosas parecieron poco importantes ¿Por qué estaba tan alterado? Tenía a Frankie. Lo demás era prescindible.

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