martes, 15 de marzo de 2011

Capítulo XII

Desperté al día siguiente en las habitaciones de la posada donde William y yo nos habíamos alojado. Los pregoneros pasaban por la calle anunciando la muerte del Conde McFarlaine. Lo habían encontrado esa mañana en el estudio. No había habido signos de violencia alguna, nadie sospechaba nada fuera de lo ordinario. Culpaban a su corazón, que siempre había sido débil.

Me incorporé lentamente. William estaba sobre una incómoda silla en medio de la habitación, con las piernas cruzadas, escuchando el pregón con gesto indiferente. Sus ojos, rodeado por un par de profundas ojeras que no estaban allí el día anterior, se volvieron hacia mí en cuanto me vieron moverse.

-Buenos días – saludó.

-Buenos días. Pareces cansado.

-No acostumbro a estar despierto a esta hora – contestó él, levantándose – Pero en fin, tenemos mucho que hacer antes de que pueda descansar.

-El Conde está muerto – murmuré – Tú lo mataste…

-Yo no lo maté – se defendió con un gesto de desprecio – Siempre fue un hombre nervioso y de complexión débil, su corazón iba a fallar de una momento a otro…

-Se merecía morir – aseguré con amargura – Por lo que le hizo a mi madre… y a mí…

William rió quedamente.

-¿Qué?

-Cuando te vi… sabía que eras perfecto – murmuró.

-¿Perfecto para qué…?

-Para ser mi aprendiz – contestó, y rió de nuevo ante mi ceño fruncido – Vamos, eso no es lo importante ahora. Tenemos muchas cosas que arreglar… con tu hermano.

El castillo se veía muchísimo más atareado que la noche anterior. Muchos sirvientes corrían por el patio, la mayoría vestía de obligatorio negro. Nuestro carruaje se estacionó debajo de las caballerizas tal como William indicó antes de echar una mirada desconfiada al cielo. Apenas había una distante resolana, pero él no parecía dispuesto a acercarse en lo más mínimo a la luz.

-Acabemos con esto – murmuró, irritado por primera vez. Supuse que la falta de sueño no le estaba haciendo bien, lo que sea que eso significara para una persona como él.

El mismo mayordomo de la noche anterior nos abrió la puerta. Su expresión de eterna indiferencia se vio pronto desfigurada en una mueca en la que se mezclaron la sorpresa y el horror. William le tapó la boca.

-Venimos a presentar nuestras condolencias al joven hijo del difunto – anunció pomposamente – Y sería mejor para usted que simplemente se callara y nos guiara hacia donde está él.

El hombre, aparentemente demasiado obtuso para pensar en una respuesta, simplemente se dio vuelta. Lo seguimos a una larga sala donde varios hombres vestidos de negro cuchicheaban entre sí. Uno de ellos, el más joven en apariencia, se adelantó para recibirnos. Lo reconocí de inmediato. Su rostro había perdido la tersura infantil y su cuerpo se había estirado hasta hacerse flexible y estirado, pero él permanecía igual. Era Michael. Mi hermano.

-Caballeros. Lamento que hayáis llegado en un momento como este, pero…

-Al contrario, al contrario – lo interrumpió William – Venimos precisamente por eso… sé que es un momento terrible para usted, su padre acaba de morir… pero me temo que tenemos que hablar… a solas. Tenemos que decirle algo muy importante acerca de su herencia

.

Michael echó una mirada desconfiada alrededor, como preguntándose si sería conveniente dejarlos solos. Luego nos hizo un ademán con la mano.

-Por este pasillo, por favor – nos indicó.

Lo seguimos al mismo estudio en el que nos habíamos entrevistado con su padre el día anterior. William avanzó con rapidez hacia adentro y cerró las cortinas. Fue entonces cuando escuché el chasquido. Cuando nos dimos vuelta, vimos a Michael empuñando un pedreñal, apuntando a William primero y luego a mí.

-Harvis me dijo que estaban aquí – comenzó con voz tranquila – También me dijo que estuvieron aquí anoche. Ustedes fueron las últimas personas en ver vivo a mi padre ¿Qué es lo que quieren?

William suspiró y negó con la cabeza. Caminó muy lentamente hasta pararse delante de mí. No quise pensar que intentaba protegerme.

-Michael, Michael… ¿por qué tiene que ser así? – avanzó un paso hacia él sin quitarle la mirada de encima - ¿No podemos hacer de esta una tranquila y placentera reunión familiar?

-¿Quiénes son? ¡Hablen o juro que disparo! – respondió Michael obstinadamente. Su dedo estaba firme en el gatillo, pero por algún motivo, yo no me sentí asustado. Confiaba ciegamente en que William no dejaría que nada me pasara.

De hecho, fue así. William avanzó, sosteniendo firmemente la mirada a Michael. Lo vi tragar saliva mientras la punta del pedreñal quedó a sólo centímetros de su pecho. William miró el arma con indiferencia. Luego, delicadamente, rodeó el cañón con los dedos, y sin esfuerzo aparente lo dobló hacia arriba. El olor de la pólvora inundó el cuarto cuando la bala salió disparada y se hundió en el cielorraso.

-Ahora - dijo William - ¿podemos hablar como caballeros civilizados?

Vi la mirada aterrorizada de Michael mientras soltaba el metal retorcido que un segundo antes era una amenaza.

-¡¿Quién eres?! – exigió saber.

-Si me haces el favor de tomar asiento, te lo diré…

Michael estaba demasiado tembloroso y aterrorizado para hacer otra cosa más que se lo se le pedía, así que obedeció. Yo me senté junto a William frente al escritorio.

-Bien, respecto a tu pregunta – William rebuscó en el bolsillo interior de su chaqueta – Yo soy el portador del testamento del Conde MacFarlaine…

-¿Testamento? – repitió Michael, incrédulo – Mi padre no necesitaba un testamento, ¡yo soy su único heredero!

-Me temo que te equivocas – William sacó un plegado de hojas y lo depositó en el escritorio. Comprendí, con sorpresa, que eran las mismas de la noche anterior – He aquí el testamento del Conde. De acuerdo a él, sí, tú recibes el título nobiliario… pero todas las riquezas y propiedades pasan a ser de tu hermano…

-¡¿Mi hermano?! – repitió Michael. Sus dedos y su rostro se habían puesto mortalmente pálidos cuando levantó la vista para mirarme.

-Así es. El primogénito del conde, aquí presente. Gerard, me parece que es la primera vez que se conocen…

-¡No! – Michael recuperó apenas la compostura y se paró para señalarme con rabia - ¡Ningún bastardo me va a quitar lo que es mío!

-Me temo que no puedes hacer nada – William le dio unos golpecitos al pie del testamento, donde se veían claramente estampados la firma y el sello del Conde – Todo es perfectamente legal. Y además – William se inclinó hacia delante, sonriendo ampliamente hacia mi hermano - ¿realmente quieres enfrentarte a mí?

Michael no necesitó responder. Su rostro estaba paralizado en una mueca de horror y desconcierto.

-De acuerdo a esto, Gerard es el dueño legítimo de este castillo y sus alrededores – puntualizó William – Así que si no es mucho pedir que empieces a retirarte…

-No – lo detuve, hablando por primera vez en toda la entrevista – Puede quedarse. Después de todo, él es el Conde.

No sé qué extraño impulso me llevó a ser tan indulgente con Michael. No sé por qué quería mantenerlo cerca. Quizá me pareció lo más justo, quizá quería disfrutar todavía más de su humillación, quizá simplemente me estaba volviendo lo que William quería que me convirtiera.

-Si estás seguro – suspiró William – Bueno, Gerard, eres dueño y señor de esta casa ¿Qué te apetece hacer primero?

Miré hacia Michael, que parecía a punto de desvanecerse y morir igual que había hecho su padre, y quise completar la obra con lo único que me faltaba en ese momento.

-Si no es mucho pedir… me gustaría ver a Lily. En este momento.

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