No puedo describir todo lo que tuve que rogar y amenazar por teléfono para sacar a Raymond de su ratonera. Finalmente accedió a llegarse por mi casa por un precio que parecía exorbitante, pero que estaba dispuesto a pagar. La salud de Frankie lo valía todo.
Cuando el Nosferatu finalmente se presentó en mi departamento, luciendo toda la apariencia del sujeto desamparado que era, su ropa raída y el cabello marrón completamente grasiento y cayendo sobre sus hombros en desastrosos nudos y mechones enrulados y enredados, prácticamente lo empujé al cuarto donde Frank reposaba con la rodilla en alto en varios almohadones. Raymond alzó una ceja.
-¿Qué estaban haciendo? ¿Teniendo sexo de alto riesgo? – preguntó con un tono burlón que me hizo querer matarlo. En vez de eso, respiré profundo y traté de explicar la situación.
-Nos atacó una Cazadora. Fue mi culpa.
-Deja de culparte – gimió Frank débilmente, pero por fin habíamos captado la atención de Raymond.
-¿Bala de plata?
-¿Tú que crees?
Raymond arrimó mi otomana para sentarse junto a la cama y empezó a deshacer el torpe vendaje que había puesto alrededor de la herida, que finalmente había dejado de sangrar, pero aún así presentaba un aspecto negruzco que no me daba buena espina. Raymond la examinó solo dos segundos antes de estirar los dedos hacia el horrendo maletín marrón que trajo consigo y extraer una botella de un líquido azul.
-Esto te va a arder – advirtió antes de tirar del tapón con los dientes.
-Maldición – murmuró Frank – Gerard…
Entendí de inmediato lo que necesitaba. Me senté a su lado en la cama y apreté fuerte su mano. Raymond dejó caer un poco de líquido sobre la rodilla. Frank gimió y arqueó el cuerpo con los ojos apretados. Su piel pareció absorber el líquido y la herida recuperó un color rosáceo que se me hizo más natural. Raymond asintió satisfecho y tapó la botella.
-Neutralicé la plata – contó, guardando su frasco y revolviendo el maletín – Por suerte, tu organismo no absorbió demasiada. Estuviste astuto en sacarla de inmediato – agregó con un gesto hacia mí.
-Pensé que solamente el fuego y la decapitación podían matar a los vampiros – murmuró Frank débilmente.
-Sí. Pero la plata duele como los mil demonios, y a largo plazo, hace que no puedas absorber la sangre – explicó Raymond – Dios, Gerard, ¿es que no le explicas nada a este chico? ¿Lo único que haces es tirártelo?
-Cállate – le gruñí, pero Frank se rió por lo bajo.
-Me gusta este tipo ¿Te puedo llamar Ray? – preguntó con su habitual irreverencia.
Pensé que Raymond iba a contestar alguna cosa cínica y amargada, pero en cambio se le pintó una extraña sonrisa en el rostro, la sonrisa de alguien que no practica eso a menudo.
-Si quieres – se encogió de hombros – Tú eres el que tiene a Christina ahora, ¿verdad?
-¿Christina? – pregunté alzando una ceja, pero Frank parecía haberlo captado.
-Oh, es preciosa – asintió – ¿Por qué diablos la dejaste ir?
-Yo tenía que seguir mi camino, y ella el suyo – suspiró Raymond, y de pronto caí en la cuenta que hablaban de la guitarra – Pero cuídala bien, ¿de acuerdo? Ella es una dama muy especial…
-Ya lo creo que lo es – Frank asintió con entusiasmo mientras Raymond sacaba otro frasco, esta vez uno con un líquido rojo. Luego sacó la cosa más inesperada: una pajita. La colocó en el frasco y se la ofreció a Frank como si fuera una bebida en un día de verano.
-¿Qué es eso? – pregunté con suspicacia.
-Sangre sintética – explicó Ray – Tiene vitaminas y proteínas extras. Normalmente no te convidaría de mi propia alacena, pero luces famélico, y seguramente no estás en condiciones de cazar nada más grande que una rata.
-Así que de eso se alimentan – comenté levantando las cejas con sorpresa – ¿Sangre sintética? ¿Cómo crearon eso?
-Con un montón de procesos químicos y muy caros que no comprenderías – replicó Raymond mientras Frankie le daba un sorbo ávido a la botella frente a él.
-No sabe mal – contestó tras otro sorbo. Me volví a Raymond sorprendido.
-Así que básicamente manufacturaron un milagro médico y no lo han hecho público, ¿por qué…?
-Bueno, Gerard, no sé como explicarte esto, pero no muchos científicos humanos confían en nosotros, los científicos que tenemos colmillos – Raymond blanqueó los ojos – Además, como te digo, es muy cara. Para ustedes, los que les gusta salir, es más barato y más placentero seguir alimentándose de víctimas vivas y cálidas.
-Aún así, ¿has pensando que podría serle útil a otros vampiros además de los Nosferatus como tú? – insistí.
-Podrías venderlo como medicina para estos casos – aportó Frank mientras hacía ruido por tragarse las últimas gotas del líquido. Las orejas de Raymond se pararon ni bien escuchó la palabra “vender”.
-Ejem, bueno, no es mala idea – comentó – Pero tendría que consultarlo con un par de amigos, ya sabes, todo el asunto de las patentes…
-¿Tienen patentes?
-¿Tú que crees?
Vaya grupo de vampiros tacaños…
-Bueno, creo que es todo lo que puedo hacer por aquí – le dio una palmada a Frank en el hombro – Cuídate, chico, y toma mucha sangre.
-Adiós, Ray, fue un placer conocerte – contesto Frank, sonriendo y sacudiendo la mano.
Raymond le devolvió la sonrisa. No lo podía creer ¡Se las había ingeniado para caerle bien al vampiro más gruñón y antisocial que había en toda Nueva York!
-Es algo extraordinario, este Frank, ¿sabes? – comentó Raymond mientras lo acompañaba a la puerta.
-Tiene mucho carisma, eso es cierto – comenté amablemente, cuando lo que en realidad quería gritarle era que se largara de mi casa. Luego pensé en otra cosa – Raymond, ve con cuidado. Puede haber más Cazadores ahí afuera.
-No te preocupes por mí – Raymond sonrió mostrándome los colmillos – Puedo cuidarme yo solito.
Volví con Frankie ni bien cerré la puerta. Tenía la cabeza inclinada hacia atrás, con los ojos cerrados, pero yo sabía que no estaba dormido. Su expresión no estaba lo suficientemente relajada para estarlo. Miré el reloj. Las cuatro de la mañana. Era un poco temprano para que nos fuéramos a la cama, pero supuse que lo merecíamos.
Me arrastré por la cama hacia él y deposité un beso ligero en su cuello. Frank suspiró.
-Lo siento. No estoy de humor.
Eso era raro. Comprensible, pero raro. Mi Frank siempre estaba de humor.
-Está bien. Sólo quiero abrazarte – le prometí y lo rodeé con mis brazos.
Frank se dejó acariciar, pero aún así pude sentir que su mente estaba ausente, tensa, preocupada. Y por algún motivo, yo no podía dilucidar cuál era exactamente el rumbo de sus pensamientos. Lo cuál era infinitamente frustrante.
-¿En qué estás pensando? – pregunté por fin, rindiéndome.
-Gerard – Frank se aferró a mi hombro y levantó la cabeza – ¿Cómo demonios llegó Jamia a ser Cazadora?
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