martes, 22 de marzo de 2011

Capítulo LVII

El suelo ni siquiera crujió debajo de nuestros pies. El viento no cambió de dirección, las estrellas no se apagaron una por una. Si éramos fantasmas, fantasmas envueltos por la oscuridad, entonces la naturaleza y el hombre nos habían excluido por igual, y no había nada que anunciara nuestra llegada. No pertenecíamos a ningún ámbito. No teníamos un lugar en el mundo.

Sacudí la cabeza para apartar esos pensamientos a medida que nos acercábamos a la fortaleza. El enorme domo negro se alzaba en medio del campo como si hubiera surgido de él, como si llevara allí tantos siglos como los primeros colonizadores que pisaron esta tierra cuando aún era virgen. Pero un observador cuidadoso podía darse cuenta que no era así. Los Cazadores tampoco pertenecían a ningún lugar, ni humanos ni vampiros. Me pregunté como Mandrae, si en verdad amaba tanto a los humanos y se odiaba a sí mismo, pudo condenarlos a una existencia de esa suerte.

Cuando nos encontrábamos a pocos metros de la puerta, Carmen, que había ido con uno de los grupos encargados de crear distracciones, se nos acercó flotando. Tenía un labio partido, pero además de eso, parecía ilesa. Nos tendió una especie de tarjeta.

-La necesitarán para entrar – explicó, y nos dictó un código que memoricé con facilidad.

-Gracias, Carmen – dije, pero luego noté que se veía reacia a marcharse – ¿Hay algo más?

-¿Por qué la Condesa no me llevó con ella a destruir el Demonio Azul? – preguntó con voz acongojada – Sabe que hubiera dado mi vida por ella.

-Quizá precisamente por eso – murmuré – No es el momento para estas cosas. Podrás interrogarla al respecto después.

-Claro… después – siseó Carmen. El escepticismo con que pronunció la última palabra me hizo estremecer. Luego, con un movimiento de su cabello rubio, desapareció en la noche.

Mi grupo continuó avanzando hasta la fortaleza sin más problemas. El código era correcto y la puerta se abrió con un pequeño chirrido mecánico. Observé mis alrededores con curiosidad. Las trincheras de nuestros peores enemigos. Los pasillos eran de colores oscuros y apenas iluminados con unos cuántos apliques en las paredes, lo cuál respondía a una de mis varias preguntas: los Cazadores, después de todo, sí compartían nuestra habilidad para ver en la oscuridad. El suelo de azulejos blancos ni siquiera repiqueteó bajo nuestros pies.

-¿Cómo llegamos ahí? – preguntó una de las vampiresas más jóvenes.

-Pedimos direcciones – contestó con sarcasmo otro vampiro, llamado Robert – ¿No escuchaste nada de lo que dijo la Condesa? Gerard y Michael conocen el camino, ¿verdad?

-Así es, mi joven amigo – dijo Michael, de nuevo con las melodiosas variaciones impostadas en su voz – De hecho, tenemos dos caminos a partir de estos adorables pasillos, ¿cuál deberíamos tomar, querido hermano?

-No tenemos tiempo para juegos, Michael – repliqué de mal humor – Tomemos el más corto y ya.

-¿Pero acaso el maravilloso Raymond no dijo que el camino más corto podría ser el más vigilado? – señaló Michael.

-¿Vas a perder valiosísimo tiempo porque quieres evitar problemas?

-¿Vas a perderlo tú porque quieres ir a buscarlos?

La sangre en mis venas hirvió como protesta. “Golpéalo”, me murmuró una vocecita al oído, “sólo golpéalo”. Apreté los puños y me obligué a mantener la calma.

-Muy bien. Lo haremos así: tú y tres vampiros irán por un camino, yo y los demás tomaremos el otro – sugerí. Michael estuvo de acuerdo. Nuestra rivalidad, como siempre, iba a terminar llevándose lo mejor de nosotros si seguíamos discutiendo de esa manera.

Los pasillos se sucedieron interminables durante los siguientes minutos. Cada uno se parecía al otro, cada vuelta, cada recodo, daba a un pasillo igual, de paredes oscuras y pisos de azulejos blancos. Si no hubiera sio por nuestra excelente memoria y las indicaciones de Ray, era más que seguro que nos habríamos perdido hacía mucho tiempo. Calculé el tiempo que llevábamos caminando. Era probable que Elenor y Kraig ya hubieran llegado hasta la reserva de Demonio Azul. Sería mejor que nos apresuráramos.

-¿Sienten eso? – masculló de pronto uno de los vampiros jóvenes, y todos nos detuvimos.

-¿Son Cazadores? – preguntó la única vampiresa de mi grupo. Robert hizo crujir sus nudillos.

-Bien. Por fin algo de acción ¿Capitán? – agregó, dirigiéndose a mí. Pero yo estaba parado en la más horrendo de los desconciertos.

-No los siento – murmuré.

-¿Qué quiere decir? ¿Qué no son Cazadores? – inquirió la vampiresa.

-No… son Cazadores – aseguré, y me di vuelta para echarles una mirada grave – Prepárense para…

La frase quedó suspendida en el aire cuando una bala silbó en mi oído y se incrustó en la frente de la vampiresa. Su expresión congelada de horror y perplejidad duró lo suficiente para clavarse en mi retina antes de que ella se desplomara en medio de un charco de sangre, y antes de que el olor de la pólvora y el humo inundara el claustrofóbico espacio entre nosotros.

Me revolví inquieto, buscando las figuras que sabía que estaban ahí, y estiré el brazo hacia el cuello de la primera sombra difusa que se acerco lo suficiente. Sentí el crujido de sus frágiles huesos debajo de mi mano, y lo arrojé a un lado, tratando de escapar, tratando de encontrar mi camino en medio de la desorientación y la pelea, las voces que se escuchaban pronunciando palabras que no conseguía articular. Tres balas de plata más volaron a mí costado y una me hizo un raspón en el brazo mientras zigzagueaba para abrirme paso hacia la segunda figura difusa.

Estaba a punto de echarme sobre él cuando una mano se aferró a la mía, una mano de dedos marfileños y largos, una mano cuyo tacto me ardió sobre la piel y me dejó paralizado, una mano con suficiente fuerza para arrojarme contra el muro. Mi cabeza rebotó contra la pared y el dolor que se extendió por todo mi cráneo hizo que se me llenaran los ojos de sangre y me dejó desorientado por un largo momento.

Estaba empezando a reponerme cuando escuché un “clic” cerrarse sobre mis muñecas… y cuando traté de moverlas, los anillos alrededor de ellas me quemaron. Esposas de plata. Me habían atrapado. Cuando mi visión se aclaró y conseguí levantar la cabeza, me di cuenta que estaba contemplando frente a frente el cañón de una pistola dirigido justo al centro de mis ojos.

-No te atrevas a moverte – me advirtió una voz profunda.

-Muy bien, Michael – dijo otra voz – Tal como lo prometiste.

-¡¿Michael?! – el nombre cayó de mis labios al mismo tiempo que mi sorpresa. Dos cañones más se apoyaron contra mis sienes.

-No digas una palabra, monstruo – me advirtió una Cazadora. Pero era una advertencia inútil. Estaba demasiado perplejo contemplando a mi hermano estrechando la mano de un Cazador corpulento y barbado.

-Un vampiro de Segunda Generación, tal como lo prometí – dijo Michael – Descendiente directo de William. Y si tus enviados son tan eficaces como dices, pronto atraparán a la descendencia de Basarab, también…

-Ya lo han hecho – aclaró el hombre, señalando la radio que colgaba de su cinturón. Michael asintió.

-Entonces todo está cumplido. William y yo podremos irnos ahora.

El hombre corpulento cambió su peso de un pie a otro, mientras la sensación de incredulidad en mi garganta era reemplazada poco a poco por una rabia asesina que no recordaba haber sentido en siglos.

-¡¡Traidor!! – grité, y mi voz sonó tan rasposa que ni siquiera la reconocí como mía. El Cazador a mi izquierda me clavó el cañón de la pistola en la mejilla con brusquedad.

-Una palabra más… - me advirtió.

-Ese era el trato, sí – decía el Cazador corpulento en ese momento – Pero me temo que ya no es un buen trato, no…

Dos Cazadores más se aproximaron por la espalda de Michael, pero él pareció no notarlos. A decir verdad, yo tampoco los sentía, solamente pude verlos por el rabillo del ojo.

-¿De qué estás hablando? – preguntó Michael, con una frialdad en la voz que hubiera congelado un rayo de sol de verano – Acaban de capturar a los vampiros más poderosos de Nueva York ¿Acaso eso no les basta?

-Sí, tú nos ha dado al segundo vástago de William – contestó el Cazador – Pero… el segundo vástago nunca es tan fuerte como el primero.

Cuando Michael se dio cuenta de adonde iba a parar aquella conversación, ya era demasiado tarde. En tres movimientos rápidos, el Cazador lo atrapó por el pescuezo, y lo encañonaban en las costillas sin ningún asomo de piedad. Michael apenas tuvo tiempo de tirar un golpe a la cara del Cazado con el que estaba hablando antes de que lo inmovilizaran poniéndole unas esposas de plata alrededor de las muñecas, idénticas a las mías.

-Enjaulen a estas alimañas – indicó el Cazador. Su labio sangraba donde el puño de Michael lo había alcanzado – Y asegúrense que estén cómodos – agregó con amarga ironía. Miró sus dedos manchados de sangre, y con un gesto que me pareció completamente antinatural, pasó su lengua encima de ellos.

Los otros Cazadores me obligaron a levantarme y me empujaron por el pasillo. El rostro de Michael, caminando a mi lado, estaba deformado en una mueca mezcla de horror y perplejidad que seguramente era un reflejo de la mía. Sin darnos oportunidad de intercambiar palabra, fuimos lanzados a través de la puerta de la prisión, y luego a una celda cuyos barrotes supuse de plata.

Cuando volteé a ver a mi hermano, parecía casi resignado.

-Y así quedamos los dos, el Segundo Vástago y el Traidor Traicionado, encerrados como animales en el corazón mismo de la fortaleza de nuestro enemigo común – recitó con su solemne acento inglés – Si existía alguna justicia poética en el mundo, esta debía ser.

La irritación se acumuló hasta hacerme cosquillear los nudillos. Antes de que pudiera entender que pasaba, levanté el puño y lo estampé contra la mejilla de Michael, que terminó volando al otro lado de la celda. Sabía que podría haberme esquivado, pero no lo hizo. Eso no disminuyó mi furia.

-¡Rata, víbora traidora! – le grité, aunque ninguna de esas cosas parecía lo suficientemente fuerte para definir lo que había hecho – ¿Con los Cazadores? ¡¿Qué demonios esperabas?! ¡¡Son casi peores que tú!!

-¿Gerard…?

La voz cansina y casi aburrida flotó del otro lado de la prisión casi como un susurro, pero fue lo suficientemente audible para que lo oyera y me detuviera a escuchar. O quizá simplemente había reconocido el llamado en mi cabeza. Había una persona, y una persona solamente que era capaz de pronunciar mi nombre de esa manera. Me asomé todo lo que pude a los barrotes.

-¿William?

Del otro lado de la prisión, tan cargado de cadenas que no podía moverse, débil y casi desfallecido, mi creador esbozó una sonrisa frágil.

-Mi muchacho precioso… has venido por mí…

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