martes, 22 de marzo de 2011

Capítulo LVIII

Por un momento, me pareció que no lo reconocía. Del siempre tan altivo y orgulloso William no quedaba más que una sombra que parecía punto de quebrarse debajo de todas esas cadenas. Su rostro demacrado señalaba que no había bebido en días para compensar la sangre que seguramente le habían extraído los Cazadores. Sus ropas estaban sucias y gastadas, reducidas a nada más que unos pocos harapos maltrechos. Todo acerca de él estaba reducido a ruinas.

-¡William! – lo llamé y sus ojos enfebrecidos se movieron un poco – ¿Cómo te encuentras? Esas cadenas… deben quemarte…

-Sí… sí, un poco – masculló William – Pero… no es tan malo… me acaban de dar mi dosis…

-¿Tu dosis…?

-Demonio Azul – explicó Michael, reponiéndose de mi golpe – Lo mantienen drogado… para que no oponga resistencia cuando le sacan sangre…

-¡Michael! – exclamó William, maravillado – Michael, ¿tú también? ¡Qué maravillosa sorpresa!

-¿Cuánto tiempo has sabido que lo tenían así? – quise saber. Michael inclinó la cabeza, en una especie de sumisa admisión de su culpa.

-Lo supe todo el tiempo – contestó Michael – Pensé que la única forma en que lo dejarían ir…

-¡¿Sería si nos entregabas a todos nosotros a cambio?! – exploté.

-No seas tan duro con él, Gerard – me amonestó William – Ellos… no le dejaron opción…

Nunca llegué a averiguar a qué se refería exactamente. La puerta de la prisión se abrió y por ella desfilaron varios Cazadores. Delante de mis ojos, vi pasar a Elenor, llena de cadenas, al igual que Kraig y un puñado de vampiros más. Era una visión dolorosa, la Condesa y su gigante de ébano, tan orgullosos, vencidos de esa manera… aparté los ojos… solo para toparme con una mirada calvada en mí, tan impertinente como desesperada.

La amiga de Frank. Su primer amor. La joven Cazadora. Jamia.

La llamé mentalmente. No sé por qué lo hice, quizá simplemente era un manotazo de ahogado. Me di cuenta que a esa altura del juego, no teníamos ya nada qué perder. Jamia. Pronuncié su nombre en mi cabeza una y otra y otra vez, tan alto como pude, casi como si lo estuviera gritando a pleno pulmón. ¡Jamia! Ella primero intentó ignorarme, pero pude ver como su cuerpo se estremecía y respondía a mi ataque mental mientras metían a los demás vampiros a otras celdas. ¡Jamia!

Finalmente, ella se dio vuelta hacia mí y volvió a clavarme los ojos, dándome a entender que me había entendido, que me escuchaba. Sin embargo, cuando la procesión de Cazadores empezó a retirarse, ella los siguió mansamente. Jamia. La llamé una última vez, más débil. La puerta que se cerró detrás de ella pareció oprimir mi última esperanza contra su marco. Casi me desplomé contra los barrotes, pero esto no hizo sino quemarme, así que me aparté.

-Gerard – Elenor me llamó desde el otro lado de la prisión, aunque no sé si lo hizo en voz alta o en mi mente – Esto no se ha acabado.

Quise creerle. Quise conservar la calma, quise mantenerme sereno. Pero no podía. Mis pensamientos volaron inevitablemente hacia Frank ¡Oh, Dios! ¿Se habría enterado de nuestro fracaso? ¿Se lo habría dicho Ray?

La puerta de la prisión se abrió una vez más. Cuando levanté la cabeza, había una sola Cazadora parada delante de nuestra celda. Jamia. Me levanté para que nuestras miradas estuvieran a la misma altura. No necesitábamos presentación.

-¿Cómo está Frank? – fueron las primeras palabras que salieron de su boca. No tenían aquel falso timbre amenazante que había percibido en nuestro primer encuentro, solamente una pura y genuina preocupación – ¿Sobrevivió a la emboscada?

-Sí. Pero apenas – no quise explicarle en palabras lo que había ocurrido. En vez de eso, le envíe una señal mental de lo que ocurrido. Jamia cerró los ojos y se apoyó en los barrotes, como derrotada. La curva de sus hombros se estremeció cuando dejó salir un sollozo.

-¡Fue culpa mía! – dijo – Ellos insistieron… en que debía… si Frank era un vampiro, entonces…

-Tenían que eliminarlo – comprendí. No necesitaba leer su mente para entenderlo – Para que tú no tuvieras dudas.

Jamia asintió. Un par de gruesas lágrimas recorrieron sus mejillas y se balancearon peligrosamente al borde de su barbilla. Estiré mi mano hacia ella y atrapé una de las gotas en mi dedo índice.

-Pero… tú ya tenías dudas, ¿verdad? – comenté. Me llevé la lágrima a los labios y saboreé su esencia, agridulce, fuerte… tan distinta a la de Frank – Tú no perteneces con ellos, Jamia. Ni tampoco perteneces con los humanos.

-No intentes… no intentes jugar con mi cabeza – me advirtió ella débilmente.

-No lo estoy haciendo – aclaré – Simplemente… simplemente te digo lo que está ahí.

Jamia lanzó un largo suspiro y se quedó estática. Lo tomé como una invitación a continuar.

-Siempre lo has sabido – dije – Siempre supiste que no eras como los otros… que pertenecías a la noche. Ser una Cazadora está bien, pero… no es suficiente. La sangre que bebes no te causa repulsión, como debería… solo te hace desear más. Te tiembla la mano cuando vas a disparar, porque no puedes destruir lo que admiras…

-Ellos – murmuró, casi con miedo – ellos lo saben. Saben que no… que yo no puedo…

-Tú amas los vampiros – completé. Los ojos de Jamia me miraron llenos de dolor – Eso está bien. No somos bestias. Y eso también lo sabes. Lo entiendes. Si no… si no, no habrías escondido la guitarra de Frank.

Jamia ni siquiera intentó negarlo. Era como si me estuviera abriendo todos los recovecos de su mente, como una última y desesperada confesión final. Era como si quisiera que yo supiera esas cosas…

-Lo supe… desde el momento en que la vi, supe que era de Frankie – dijo, y pensó – No podía dejar que la destruyeran… le rompería el corazón si es que…

-Si sobrevivía – completé – Tú querías que él viviera. Porque…

-… porque… quería pedirle que… que me convirtiera.

Mis manos volaron hacia la que ella tenía aferrada en el barrote. Su piel parecía arder bajo la mía, pero ella no se apartó de mi contacto frío, ni siquiera cuando me acerqué lo suficiente para echar mi aliento sobre su rostro.

-Yo puedo dártelo – le ofrecí – Yo puedo cumplir tus deseos, Jamia. Si tú me lo permites…

Jamia alzó los ojos. La esperanza de creerme estaba allí, pero plagado de dudas que tenía que eliminar cuánto antes. Era nuestra última oportunidad.

-… lo haré – le prometí – Te lo daré. Te haré inmortal, Jami. No envejecerás. No morirás. Podrás vivir para siempre, todas las noches con todas sus estrellas. Podrás moverte como una sombra por el mundo. Podrás saciar la sed que ellos despertaron en ti…

Jamia suspiró, como si solo la idea de todo aquello le resultara placentera. Aún no se atrevía a seguir adelante, a aceptarme, sin embargo.

-Y podrás ver a Frank – continué, y traté de ignorar el retorcijón a la altura de mi pecho – Podrás verlo… y compartir con él… los años… y los siglos…

Eso inclinó la balanza a mi favor. Jamia me miraba suplicante ahora, como preguntándome cuál era la condición, qué debía hacer para que yo cumpliera mi palabra. Estaba totalmente entregada a mi sugestión.

-Libéranos – le pedí – Líbranos de estas cadenas… para que puedas unirte a nosotros…

No vaciló un momento. Se retiró de los barrotes de mi celda y se movió a la puerta. Pasó una tarjeta en una pantalla y tecleó un código. Al mismo tiempo, con un chasquido unánime, todas las puertas se abrieron. Elenor fue la primera en salir, y le indicó a Kraig que cargara a William. El gigante la obedeció sin rechistar, aunque las cadenas de mi creador debían de quemar su piel morena. Todos los vampiros, incluyendo a Michael, se movieron hacia la salida con rapidez.

-¡Gerard! – me llamó Elenor, cuando notó que me había quedado rezagado, contemplando a la Cazadora que pronto no lo sería.

-Los alcanzo en un momento – dije. Elenor entendió y se marchó.

En dos zancadas estuve delante de Jamia. Su mente parecía haber recuperado algo de claridad, pero no la suficiente. En todo caso, no parecía arrepentirse del trato que había hecho. Me recibió con los brazos abiertos de par en par cuando la abracé.

-¿Qué te impide matarme? – preguntó, pero no había miedo en su voz.

-Nada. Excepto mi palabra – admití – Pero, piénsalo, Jamia. Esta es la muerte que elegiste para ti ¿No es eso mejor que esperar una condena sin rostro?

Jamia aceptó mi argumento con una facilidad febril. A continuación, volteó el rostro y me ofreció un hermoso ángulo de su cuello. Me relamí los colmillos.

-Esto te va a doler – le advertí.

-Hazlo – me instó ella – Por favor.

No tuvo que decir más. Me incliné, y clavé los dientes sobre su cálida piel.

No hay comentarios: