Recuerdo con exactitud la noche en que me convertí ¿Y cómo olvidarla? Fue una brillante y deliciosa noche de verano, una noche como no se ha vuelto a ver sobre los cielos encapotados de mi querida y lejana Escocia. Oh, incluso su nombre me provoca un sentimiento de dormida nostalgia.
Mi familia no era rica, ni prestigiosa. Éramos simples pescadores. Pagábamos tributo al conde McFarlaine, y nuestra riqueza consistía en un caballo viejo, una vaca esquelética y una cabaña que dejaba pasar las corrientes de aire del invierno. Pero teníamos la mejor vista de todo el bosque de McFarlaine. Y el mar rugía a nuestras espaldas, día y noche como un murmullo o una música de fondo que a mi padre le resultaba más preciosa que cualquier riqueza que el conde y su hijo pudieran guardar en su palacio.
Yo era el único hijo del matrimonio entre Jack Way, y su esposa Eva, que antes había servido de criada en el castillo. Tuvo que dejarlo cuando quedó embarazada y se dedicó a criarme. Pero para la época en que podía dejarme sólo, ya no necesitaban criadas en el castillo.
Mi madre era una mujer silenciosa y taciturna. Tenía el raro don entre los plebeyos de saber leer y escribir, y me transmitió ese conocimiento ni bien fui lo bastante mayor para entenderlo. Recuerdo la alegría inocente que sentí cuando, aquel día en la playa, me desafió a aprender a escribir mi nombre.
-Esta es una G – me dijo, mientras trazaba los símbolos casi mágicos en la arena – y esta una E… - siguió trazando mientras yo reía de puro placer – ¿Qué dice?
-¡Gerard! – repliqué yo, riendo aún – ¡Dice Gerard! ¡Yo soy Gerard, y ese es mi nombre!
Papá volvió del agua, cargando algunos pescados cuyo penetrante olor a sal invadió la playa. Corrí hacia él.
-¡Mira, papá! – dije, señalando la arena – ¡Dice mi nombre! ¡Dice Gerard!
Mi padre me acarició la cabeza y sonrió, benevolente.
-Confiaré en tu palabra, hijo. Porque yo no puedo saber qué dice.
Aquellos días deliciosos son para mí el recuerdo más luminoso que conservo. El brillo del mar bajo el radiante sol, mi padre con el agua hasta la cintura, mi madre dibujando figuras y letras en la arena. Fueron pocos, sin embargo, pocos, volátiles y delicados. Parecieron como pasar en un sueño, uno que se recuerda sólo a medias al despertar.
A la oscuridad y la neblina las recuerdo mejor que esos días de sol. Sólo porque eran mis compañeras de juego más a menudo que el sol. Recuerdo que cada mañana, el débil amanecer se colaba por mi ventana, perennemente mal cerrada, con luz que más parecía una burla antes que una señal para despertar. Siempre escuchaba a mis padres levantarse y salir de la habitación en que dormíamos los tres. Siempre lo hacían en susurros, de puntas de pie, porque nunca querían despertarme. Y yo nunca les dije que siempre estaba despierto, porque sencillamente no había logrado dormir por el hambre y el frío.
Oh, pero esas cosas no me importaban de pequeño, porque yo podía correr por los bosques con todos los duendes y todas las hadas, podía subir al carro con papá y espolear al viejo caballo, e ir al mercado y ver a la gente atareada en vender y comprar. Podía pasear descalzo por la playa y hacer dibujos en la arena para que la espuma del mar los arrastrara y los borrara y yo pudiera dibujar otra cosa. Mi infancia fue feliz, lo fue en grado sumo.
Pero terminó muy pronto, como terminaba entonces para gente de nuestra condición. Papá me enseñó a pescar y a limpiar el pescado, y a negociar precios y a reparar redes. Me enseñó qué parte de nuestra ganancia iba para el conde, y qué parte podíamos esconder en un jarrón vacío “para los tiempos difíciles.” Yo aprendía con un entusiasmo que disminuía con el correr de los días. De pronto, era consciente de mi propia mortalidad, de mi propia continuidad. Sabía que iba a ser pescador, igual que mi padre. Lo sabía aún cuando me empeñaba en dibujar formas cada vez más detalladas sobre la arena de la playa.
Lo supe mejor que nunca el día en que, vagando por la playa en uno de mis cada vez más escasos momentos libres, me topé de frente con un joven altivo y bien vestido que me echó una mirada que denotaba que no estaba acostumbrado a encontrarse con alguien en su camino.
-¿Cuál es tu nombre? – preguntó con firmeza. Lo miré, curioso. No podía ser más de dos o tres años menor que yo. El cabello, de un castaño muy oscuro, le caía sobre la nuca, prolijamente recortado. Su cuerpo, delgado, casi escueto, parecía acostumbrado al ejercicio que no fatiga.
-Gerard Way – contesté, alzándome con mis dieciséis años – Hijo de Jack y Eva Way ¿Y quién eres tú?
-Lord Michael Arthur James McFarlaine – contestó él, pomposamente – Primogénito del conde McFarlaine.
El desconcierto fue abrumador. Jamás en mi vida me había encontrado con un noble. Yo los imaginaba altos, vestidos elegantemente, cabalgando soberbios caballos y con un séquito de cientos de personas, todas ellas con el único objetivo de servir y complacer cada mínima necesidad que ellos pudieran tener. Sin embargo, este niño (¡no podía tener más de trece, con mucho catorce años!) aparecía sólo ante mí, a pie, y cubriéndose con una capa más bien vieja y desgastada. Sin embargo, mi madre me había enseñado a comportarme ante un noble, y sus lecciones acudieron raudas a mi cabeza. Hice una inclinación algo torpe.
-Mil perdones, señor – dije, con mi mejor acento – No tenía el honor de conocer su rostro, y desconocía que estuviera visitando nuestras humildes costas…
Pareció complacido con mi respuesta. Sonrió un poco. De pronto, a lo lejos, los pasos amortiguados por la arena, vimos acercarse a varias personas que rodearon al niño con premura.
-¡Lord McFarlaine! – gritó alguien – ¡Qué conducta indecorosa! ¡Cómo se atreve a…! – el caballero que hablaba se cortó en seco – Por todos los demonios – murmuró al mirarme. Yo incliné la vista. Él se puso delante del muchacho y me miró con severidad, aunque yo no sabía muy bien qué era lo que había hecho mal – Tú, plebeyo… ¿tu nombre y el nombre de tus padres?
-Gerard Way, señor – repetí – Hijo de Jack Way, pescador de oficio…
-¿Y tu madre? – interrogó el caballero – ¿Quién es tu madre?
-Eva Way – contesté, no muy seguro de por qué aquella afirmación era relevante. El caballero soltó un gruñido, y las personas que venían detrás de él se acercaron, como respondiendo a alguna clase de señal secreta.
-Este muchacho ha estado comportándose inapropiadamente frente a Lord McFarlaine… llevadlo al castillo y encerradlo…
-¿Cómo? – mi sorpresa me hizo perder de pronto todas las cortesías – ¡Eso no es verdad!
-¡Gregor! – intervino el chico – ¡Él no hizo nada malo!
Gregor, el caballero, apretó los dientes y pareció entender que era mejor no contradecir a su joven señor.
-Si te vuelvo a encontrar cerca de Lord McFarlaine – amenazó – me aseguraré que jamás vuelvas a ver la luz del sol.
Dicho lo cual, se retiraron todos de la playa, de mi pequeño reino, y yo me quedé allí, saboreando la prepotencia y la injusticia como un veneno amargo.
Este incidente ocurrió el mismo año que mi madre cayó enferma. El frío y la mala alimentación por fin le hicieron mella, y la arrastraron sin piedad a un estado de constante sopor y fiebre. Aunque la curandera del pueblo no abandonaba su lecho ni de día ni de noche, la carne que cubría los huesos de mi madre se fue deteriorando hasta casi desaparecer, y cada día su respiración era más y más angustiosa. Finalmente, la curandera negó con la cabeza y dictaminó que no viviría para ver el verano.
Mi padre quedó destrozado por la noticia. Mi madre, más que otra cosa, parecía resignada. Yo no sabía que pensar. Hasta ahora, la muerte me había parecido algo tan lejano, algo irreal. Pero cada noche, a medida que la tos de mi madre se hacía más seca y desesperada, comprendía que me encontraba en su presencia, y me estremecía de temor bajos mis delgadas sábanas.
El amanecer en que finalmente murió, lo recordaré como el más gris y horrible de cuántos he vivido, que en realidad han sido bastante pocos. Mi padre acababa de salir a pescar, porque a pesar de todo, los vivos debían cuidar de los vivos. Ella estaba tosiendo en la cama, y yo hacía lo posible por bajarle la temperatura poniendo paños fríos su frente.
En un determinado momento, ella asió mi mano (¡ah, qué débil se sentía!) y me obligó a acercar mi rostro al suyo. Su voz vacilaba, quebradiza y febril.
-Escúchame, escúchame bien – murmuró, apresurada, como si supiera que cada segundo robado a la muerte era valioso – Esto no lo sabe nadie, hijo mío, es algo que he tratado de enterrar en mi memoria. Pero a medida que te haces hombre, ya no se puede negar. Está en tus ojos, en tu rostro. La sangre que corre por tus venas… no es la sangre de un pescador…
-Mamá, ¿de qué hablas? – pregunté, preocupado de que la enfermedad la estuviera haciendo delirar – Mi padre…
-Tu padre… no es Jack Way – concluyó, con dos suspiros sucesivos – Escucha… hace diecisiete años, yo trabajaba en palacio y… el conde McFarlaine… esa bestia lujuriosa… me tomó por la fuerza… y tú… tú eres el fruto de esa unión…
-¡Madre! – exclamé, conmocionado en lo más profundo de mi ser.
-Tú… tú eres el primogénito, ¿entiendes? A ti te corresponde todo lo que él tiene… a su muerte…
El aliento se le cortó en ese momento, su mano se aferró con sus últimas fuerzas a la mía. Pareció querer decir algo más, pero no pudo. La luz escapó de sus ojos para siempre. Cerré sus párpados, los besé y lloré largamente, porque en el mismo lapso la había perdido a ella, a mi padre y a mi paz de espíritu.
Tres años después, el vampiro vino a mí.
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