En los momentos en que deberíamos sentir terror, un pánico paralizante que nos lleve más allá de los límites de nuestra cordura, tenemos reacciones adversas. Y a veces, francamente estúpidas. Por ejemplo, cuando vi a Michael parado enfrente de mí, con toda el aura de rencoroso dios oscuro, en lugar de asustarme, me enfurecí.
-¡Fuera de mi casa! – bramé, y mi mano tanteó en busca del atizador.
-¿Qué forma es esa de recibir a tu hermano? – preguntó Michael con una carcajada que le habría puesto los pelos de punta a cualquiera.
-¿Cómo entraste? ¿Qué estás haciendo aquí? – pregunté, con los dientes apretados. Mis dedos por fin se hicieron con mi inútil arma, y la levanté apenas. Michael bajó los ojos hacia ella, y esbozó una expresión irónica.
-¿Una visita de cortesía? – se encogió de hombros – No te he visto en casi un año ¿Cómo está Lily y el pequeño mocoso?
-¡Déjalos fuera de esto! – grité, con la furia avivándose el pecho.
-Oh, es demasiado tarde para eso, Gerard – los ojos de Michael ardieron bajo el brillo rojizo de la habitación – Es demasiado tarde. Tú me quitaste todo lo que tenía… así que voy a devolverte el favor.
Rodeó la silla donde hasta hace un momento yo había estado reposando y se sentó en ella con toda la señoría del conde que siempre se había preparado para ser.
-Me quitaste mi castillo, mi destino, mi poder – su rostro se deformó en una mueca de odio – Mi amante.
Tomó una de los dulces que estaban en la mesilla frente a él y lo inspeccionó con mucha atención.
-La vi un día en el mercado. Se atravesó en el camino de mi caballo, y casi la atropello. Pero en lugar de inclinarse y apartarse, levantó la vista y me miró a los ojos. Nunca nadie me había desafiado de manera tan abierta. Lo supe en ese momento. Supe que tenía que ser mía.
Arrojó el dulce al fuego, levantando unas llamas azules que duraron solo unos segundos. Mi mente tenía la rapidez y la desesperación de unos caballos a punto de desbocarse. Estaba sufriendo, suspendido en las palabras de Michael, y él lo sabía y lo disfrutaba.
-E iba a serlo. Lo habíamos arreglado todo con esa vieja puta de Roxette… ¡y tú tuviste que ponerte en el camino! – se levantó con tanto ímpetu que lanzó la silla hacia atrás – Y no contento con eso, mataste a mi padre… ¡oh, no pongas esa cara, sé que lo hiciste! ¡No sé cómo, pero sé que fue así! ¡Lo mataste y me quitaste todo lo que por derecho era mío!
-¡Es mío! – grité en respuesta – ¡Yo soy el mayor, el primogénito, todo esto me pertenece…!
-¡Puede que Padre te haya engendrado, puede que hayas nacido primero, pero no tienes una gota de sangre real en las venas! – exclamó y de un salto estuvo frente a mí otra vez, acorralándome de nuevo. Su rostro estaba tan cerca del mío que podía oler su aliento – Yo lo sé… o lo sabré pronto…
Levantó los dedos, enseñándome unas uñas sobrenaturalmente largas. Lentamente, pasó una de ellas por el lado izquierdo de mi cuello, cortando mi piel. Sentí como una gota de sangre afloraba a la superficie y se deslizaba delicadamente hacia abajo. Jadeé buscando aire. El miedo había desaparecido y todo mi cuerpo se estremeció en un cosquilleo de deseo. Estaba horrorizado de mi mismo. Michael sacó la lengua y con mucha lentitud, la apoyó sobre el rasguño. El roce de su lengua me hizo un daño casi físico. Se apartó y saboreó la gota, como quien catea un buen vino.
-Mmm… quizá no sea real… pero sin duda servirá – murmuró. Me resistí, pero sus dedos se cerraron alrededor de mis muñecas como grilletes – Oh, no, no… tú y yo tenemos una larga noche por delante, hermano…
Cerré los ojos, imaginando los mil tormentos que aquel ser demoníaco tenía pensados para mí. Había sangre en todos ellos, sangre y fuego y gritos… dolor, todo el dolor que pudiera traer y también… también placer, el placer de la venganza absoluta. En ese momento, lo supe. Michael, de alguna manera, estaba manipulando mi mente para quebrarme. Si antes me quedaba alguna duda, ahora no había resquicio de mí que no estuviera seguro de una cosa: aquel hombre… había dejado de ser un hombre para convertirse en una abominación infernal.
Su risa horrorosa perforó mis oídos.
-No tienes idea, Gerard… por intentar deshacerte de mí… ahora te has ganado un enemigo con poder más allá de tu compresión…
-¿Qué es eso?
Un rumor lejano se acercaba, el crujido de cientos de botas sobre la nieve. Michael se apartó de mí y corrió las cortinas, dejando que la sucia luz del crepúsculo invernal invadiera la sala.
-Ah, qué oportuno – sonrió. Me asomé para ver. Una marea de gente se acercaba a lo lejos, iluminados por antorchas sostenidas en alto. Marchaban a un ritmo casi frenético, y mis guardas ya empezaban a alinearse para detenerlos antes que llegaran a las puertas del palacio.
-Michael, ¿qué es esto? – pregunté, pero en el fondo ya conocía bien la respuesta.
-Ah, lo que todo buen líder debería saber – suspiró Michael – Es que al vulgo por lo general no le guste que abusen de su autoridad… tomar a la hija de un sastre, hacer la vista gorda al burdel, eso no interesa… pero en el momento en que empiezas a matar indiscriminadamente… estás perdido.
-Tú… tú lo hiciste… - me ahogué en mis propias palabras mientras Michael volvía a sonreír.
-No, hermano… tú lo hiciste.
No me volví a mirar la expresión de su rostro una vez más. Salí corriendo, con un millón de pensamientos furiosos acaparando mi mente. Corrí hacia las habitaciones de Lily, que se había levantado de un salto al oír el estruendo.
-Gerard, ¿qué ocurre? – preguntó con la voz estrangulada de miedo.
-Busca a Victor – le ordené – Recoge algunas de tus joyas. Tienes que salir de aquí lo antes posible…
-¿Qué…?
No la dejé repetir la pregunta. La besé con desesperación, como presintiendo que sería la última vez que lo haría.
-Hazlo. Ahora.
Corrí por el pasillo, listo para bajar y dar órdenes… pero en la cima de la escalera, me encontré con Michael bloqueándome el camino.
-Demasiado tarde – repitió, y luego se volvió para gritar – ¡Esta aquí arriba!
Un manojo de gritos desenfrenados flotaron hacia mí y me rasgaron los oídos: “¡Al asesino!”, “¡Atrápenlo!”, “¡Que no escape!”, “¡Asesino!”. El temor ahora cundía por la casa, podía escuchar a los criados del piso de arriba corriendo y gritando, y pronto los aldeanos estuvieron arriba también, todavía con las antorchas en alto. No pude hacer nada salvo observar con horror como el fuego trepaba las cortinas e inmediatamente después las paredes.
Luego, cuando finalmente reaccioné, puse pies en polvorosa y corrí hacia donde Lily, Victor y un par de criadas aterradas estaban arrinconadas.
-¡Por la escalera de servicio! – grité, mientras mis ojos se llenaban de irritación por el mundo.
No pudimos alcanzarla. Aún puedo recordar la confusión, el pánico, los gritos por todos lados. Dejé que las criadas bajaran primero, y luego las llamas llegaron hasta donde estábamos nosotros. Estábamos rodeados. No había a donde huir. Resignado, apreté los dientes y estreché a mi familia contra mí. Lily tosía con violencia y Victor berreaba, compitiendo con el estruendo que todavía podía oírse en el piso de abajo. Cerré los ojos. Sentía el calor de las llamas acariciando mi rostro, y las tablas cediendo bajo nuestro peso.
-Michael – murmuré – Que el Diablo te lo cobre.
Luego el piso se derrumbó.
Estaba… cayendo. Pero no era la caída desde el segundo piso. Esa había terminado ya, con mi espalda bruscamente incrustada entre los escombros, y mi cabeza dolorida y sangrante. Esta nueva caída… era lenta, como si hubiera algo que la frenara. Como si yo fuera del más fino material, una pluma que flotaba en el cielo y lentamente planeaba hacia su destino. A mi alrededor no había más que la impenetrable oscuridad, pero eso estaba bien. Me sentía fresco y tranquilo. Sabía, en algún lugar de mí, que había algo que debería estar haciendo, alguien por quién debería estar preocupado, pero… no podía recordar quién…
-Gerard…
Mi nombre resonó entre los límites de mi cráneo con una nota de desesperación, pero yo únicamente pude sentir fastidio ¿No puedes dejarme en paz? Si abro los ojos, algo terrible va a suceder, lo sé. No quiero regresar. No quiero pensar.
-¡Gerard, por favor! ¡Es la única forma! – rogó la voz, y algo cálido y espeso se deslizó entre mis labios. Qué curioso sabor, pensé. Otro trago, no puedo distinguir que es. Otro, no me había dado cuenta que estaba tan sediento… uno más… uno más…
Antes de darme cuenta, tenía la boca pegada al cálido manantial del que salía aquella bebida y estaba tragándola desesperadamente hasta que… me paralicé por completo. Cada miembro de mi cuerpo se detuvo en un doloroso paroxismo. Todo estaba rígido, inmóvil… excepto mi corazón, que se aceleró hasta que mis pulmones se taponaron. Traté de aspirar en vano. Mis ojos se abrieron de repente y el cielo estrellado se me metió en la retina, tan brillante, tan rápido que se me escapó un grito de pura agonía.
Luego, tan pronto como había empezado, terminó. Mis manos estaban sobre mi pecho, aunque no recordaba haberlas puesto ahí, ni recordaba aquel campo casi desierto en el que estaba. Alguien estaba a mi lado tomándome de los hombros con fuerza y ayudándome a erguirme en ese preciso momento.
-¿Estás bien? Gerard, di algo…
Miré alrededor. Era como si el mundo se moviera en cámara lenta. Podía verlo todo, desde la más mínima brizna de hierba asomando entre la nieve, hasta la mosca que zumbaba perezosamente debajo de un árbol. Sentía que estaba frío, pero por algún motivo no me estaba estremeciendo ni me castañeaban los dientes. No supe hasta mucho después que mi piel estaba tan fría como la escarcha debajo de mí. Estaba vivo… de cierta forma.
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