viernes, 18 de marzo de 2011

Capítulo XLVI

Apreté las uñas tan fuertes contra mis palmas al cerrar los puños que me desgarré la piel.

-Michael – me volví a mirar a mi hermano, que como siempre iba ataviado de un riguroso negro – ¿Qué haces aquí?

-Soy huésped de Elenor, ¿por qué no habría de estar aquí? – replicó él con cierta nota de cinismo que me hizo querer arrancarle la cabeza.

-Me refiero a qué haces en Nueva York – repliqué, tratando por todos los medios de mantener la calma – Viniste a informar que William había muerto. Ya lo hiciste. No tienes por qué quedarte.

-Ah, me temo que te equivocas, querido hermano – dijo, frunciendo los labios en un remilgado mohín de ofensa ¿Cuándo se había vuelto tan amanerado? – Resulta que he encontrado la vida en América mucho más agradable de lo que pensé. Me gustan sus enormes ciudades de anonimato total. He pensado que quizá debería… quedarme.

-¿Por cuánto tiempo? – gruñí.

-Por… quizá dos o tres décadas, no lo sé… quizá más.

Lo contemplé con incredulidad y luego exploté.

-¡¿Es alguna clase de mala broma?!

-No, en realidad, me parece que Nueva York es lo suficientemente grande para los dos, ¿o acaso piensas que no podemos llevarnos bien?

-¡No lo pienso, lo creo firmemente! – lo corregí, exasperado – ¿Se puede saber por qué demonios cambiaste de opinión?

Michael empezó a pasearse por la sala con mucha lentitud. Me admiré al descubrir que su gracia aristócrata de antaño no había disminuido de ninguna manera.

-Creo que finalmente entiendo por qué te gusta este horroroso continente – explicó por fin – Las mujeres europeas son bellas, sí, pero hay algo acerca de los muchachos americanos…

-Michael…

-… especialmente aquellos que están a puntos de ser desahuciados por sus amantes debido a un desafortunado accidente…

-… ni siquiera te atrevas a pensarlo – le advertí con un gruñido, mientras calculaba mentalmente el mejor ángulo para desgarrarle el cuello.

-Oh, pero ya me atreví, Gerard – los ojos de Michael brillaron desafiantes – ¿Qué harás al respecto?

Antes de que ninguno de los tres pudiera entender lo que ocurría, lancé a Michael sobre el escritorio de Elenor y lo sostuve por el cuello. El rostro de Michael pasó del desafío al pasmo en menos de un segundo. Yo estaba furioso.

-¡¡No te vas a acercar a Frankie de ninguna manera!! ¡¿Me escuchas?!

-Quiero verte evitándolo – tosió él. Levanté la otra mano para golpearlo, pero entonces los dedos de Elenor se posaron en mi hombro y me apartaron delicada, pero firmemente.

-¡No es el momento para esto! – nos reclamó a los dos – Si después de la guerra quieren matarse por un neófito, son bienvenidos a hacerlo. Mientras tanto, en mi casa, se comportarán debidamente.

Michael se incorporó y se sacudió la ropa afectadamente. Yo lancé otro gruñido, y traté de concentrarme en lo que había dicho. Guerra. Así que oficialmente era una guerra.

-Siéntense – nos ordenó Elenor con un siseo – Michael, por favor, dile a Gerard acerca de William.

-¿Qué cosa acerca de William? – pregunté, removiéndome ansioso en mi asiento. Tenía ganas de largarme de allí lo antes posible. De repente, se me había instalado una urgencia de volver junto a Frank que estaba grandemente impulsada por los celos.

-Cómo sabes, William casi había alcanzado el milenio de vida – replicó Michael, evitando mirarme directamente – Era uno de los primeros vampiros creados.

-Eso ya lo sé. No tienes que repetírmelo – gruñí, impaciente.

-Pero lo siguiente quizá pueda interesarte – se adelantó Elenor – Michael, por favor.

Michael suspiró y se paró unos momentos, como reflexionando que era lo adecuado para decirme.

-Desde hacía un tiempo (no demasiado tiempo, un año, quizá dos), William había estado hablando de… exploraciones. Estudios.

-¿A qué te refieres?

-Según la leyenda, los vampiros se crearon cuando un grupo de seis caballeros hizo un pacto con el diablo: se convertirían en sus agentes en la tierra si él les concedía vida eterna – contó Michael – Ellos se convirtieron en la Primera Generación.

-¿Y tú crees eso realmente? – pregunté, echándole mirada escéptica.

-Se le pregunté a William muchas veces en el transcurso de estos siglos – Michael se encogió de hombros – Nunca se molestó en aclarármelo. A veces me daba la impresión que ni siquiera la recordaba. Por lo que sabemos, pudo simplemente haber nacido así.

-Yo una vez le pregunté a mi creador como era antes – intervino Elenor – Me dijo que no había antes. Él siempre había sido así.

-Eso es imposible – sentencié – La única forma de crear otro vampiro es mediante el intercambio de sangre. Toda esa tontería de los caballeros y el pacto con el diablo no puede ser verdad. Los que nosotros llamamos Primera Generación no pudieron ser la Primera en realidad, sólo los primeros de los que tenemos noticia. Tuvo que haber alguien antes.

-Puede – carraspeó Elenor con prudencia – Pero tienes que admitir, Gerard, que hay muchísimas cosas que no sabemos de nosotros mismos. Sobre nuestro origen. Sobre por qué algunos somos más propensos a la locura, y otros pueden vivir siglos sin alterarse. Nosotros, por ejemplo. Hay muchos de la Segunda Generación que no soportaron vivir ni la mitad de lo que nosotros vivimos.

-No creo que haya ninguna clase de disposición para eso – repliqué.

-Pero William sí lo creía – retomó Michael – Y estaba empeñado en demostrarlo. No era uno de esos proyectos que tomaba y luego dejaba, estaba realmente obsesionado.

-¿Con qué? ¿Qué pretendía?

-Rastrear las líneas de sangre originales – explicó Michael – Hacer una especie de árbol genealógico. Determinar de qué vampiro de Primera Generación desciende cada uno de los vampiros que existen en el mundo.

-Eso es una locura – fruncí el entrecejo – Por lo que sabemos, hoy en día existe una Novena, quizá hasta una Décima Generación, y los vampiros más jóvenes son imprudentes. No todos han creado uno o dos vástagos, hay quienes se jactan de haber creado hasta una docena…

-No he dicho que fuera posible – replicó Michael con frialdad – Sólo que William quería hacerlo. Y lo creas o no, llegó a hacer unos progresos bastante importantes.

-Pero, ¿para qué deseaba esto? – el tono en la voz de Elenor me indicó que Michael no había alcanzado a contarle esa parte aún. Y la mirada en los ojos de Michael, que él tampoco lo entendía del todo.

-Quería saber qué le había pasado a los otros.

-¿Qué otros? – pregunté, sólo para responderme a mí mismo a continuación – A la Primera Generación…

-Exactamente. Quería saber que había sido de ellos – contó Michael – Una vez me lo preguntó y le dije que por lo que sabíamos, él era el último. No se lo tomó muy bien.

-¿Por qué? ¿Se suponía que algo pasara si se extinguía la Primera Generación? – quise saber. Ni Elenor ni Michael fueron capaces de contestar mi pregunta.

-Pero William sí era el último – insistió Elenor.

-¿Cómo puede estar segura? – la desafió Michael, y ella se cruzó de brazos.

-Mi creador dijo que solo quedaban dos, otro vampiro, William, y él mismo – dijo, levantando la barbilla orgullosa – Me lo dijo poco antes de que nuestros caminos se separaran. Y a menos que insinúes que mintiera, no creo que lo contrario.

-¿Y cómo estás tan segura que él ha muerto? – siguió preguntando Michael. Quizá debí haberle advertido que no debía preguntar eso, pero decidí no hacerlo. La ira se encendió en los ojos de Elenor.

-Porque yo misma encendí la hoguera a la que él se arrojó, y dispersé sus cenizas luego – afirmó con una ira terrible en la voz – No insistas, Michael – lo cortó cuando lo vio abrir la boca de nuevo – Basarab está muerto, y así debe permanecer.

Me estremecí. Pocas veces la había escuchado llamar por su nombre a su creador, a su compañero, a su gran amor, al vampiro que nos hizo a todos legendarios. Dudaba que Michael supiera hasta ese momento que Elenor descendía directamente del legendario príncipe a quién la historia pasó a identificar con ese maravilloso vampiro de ficción: Drácula.

-Muy bien – Michael bajó los ojos, sorprendido. Me di dos segundos para regocijarme en su incomodidad antes de intentar distraer a Elenor con otro tema.

-¿Qué tiene que ver todo esto con los Cazadores atacándonos?

-Hablé con Laura hace un par de noches – me aclaró Elenor, aún mirando a Michael con desprecio – Ni ella ni nadie en su territorio solicitó la ayuda de William. Frank tenía razón: fue una trampa. Y sospecho que tiene que ver algo con esta investigación.

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