jueves, 17 de marzo de 2011

Capítulo XXXV

Un par de rayos de sol indiscretos se colaron por entre los resquicios de la persiana de mi habitación. Faltaban varias horas para el amanecer, y había estado haciendo… cosas, que dejarían agotado al más pintado, pero por algún motivo, no podía conciliar el sueño. Frank, a mi lado, roncaba quedamente con la cabeza apoyada sobre mi pecho.

Sin despertarlo, alcancé la cajeta de cigarrillos en mi mesa de luz y atrapé uno con los labios. Luego lo encendí, también con una sola mano. Contemplé las volutas de humo subir y desaparecer entre las sombras grisáceas que se proyectaban a esa hora. La luminosidad me escocía en los ojos sobremanera, pero de todos modos no los cerré. Habría sido inútil.

Un montón de pensamientos, en apariencia tan dispersos como el humo de mi cigarrillo, empezaron a volar por mi cabeza. No había habido ninguna clase de novedades, y eso era obvio, porque seguramente todos los vampiros de Nueva York excepto yo estarían durmiendo tranquilamente a esa hora. Pensé en Michael, quedándose en casa de Elenor. Pensé en los Cazadores y en que William estaba muerto. Pensé que por ahora estábamos a salvo, mi muchacho precioso y yo, pero que si realmente había una guerra…

Frank se quejó y se removió, apartándose un poco de mí.

-¡Me estás apretando con demasiada fuerza! – protestó.

-Perdóname – murmuré soltándolo.

-No dije que dejaras de abrazarme, vampiro senil… – masculló, y se arrimó más a mí sin abrir los ojos. Me reí por lo bajo y comprendí que no estaba del todo despierto. Todas mis preocupaciones parecieron disolverse y olvidarse.

En cuánto Frank volvió a caer profundamente dormido, me aparté un poco y salí de la cama. Él no pareció notarlo, excepto porque se tiró prácticamente sobre mi lado y hundió la cabeza en el hueco en que la mía había estado hacía un momento. No sabía por qué, pero aquella especie de devoción que me profesaba me resultaba tan… ¿halagadora? ¿Enternecedora? ¿Había una palabra para esas ganas de abrazarlo y apretarlo hasta que protestara de nuevo?

Me eché una camisa encima despreocupadamente y encendí mi segundo cigarrillo antes de pasar a la sala. Allí estaba algo más oscuro, pero aún así. Miré la hora. Eran apenas las tres de la tarde, y no oscurecería hasta pasadas las siete y media. Podría despertar a Frank y ver de hacer algo juntos, pero mi pequeño muchacho precioso parecía demasiado cansado. Pensé en llamar a Elenor, pero ella seguramente estaría ocupada con sus mascotas, si estaba despierta. Lo mismo podría decir de todos los demás.

Era la primera vez en décadas que sentía la terrible necesidad de no quedarme solo. No me gustaba. Era exasperante.

Contemplé mi sala con aprehensión, y mis ojos se posaron en un rincón lleno de polvo, donde descansaba el objeto del mundo moderno que aborrecía más porque simplemente nunca podía acabar de entenderlo: una computadora. Me había comprado una por puro capricho, pero jamás había pasado más allá de entender lo básico. Prácticamente no la usaba, aunque había visto a varios vampiros – algunos más viejos que yo – manejarlas con rapidez inusitada. Demonios. Quizá sí fuera un vampiro senil después de todo.

Me pregunté si a Frank le gustaría ese tipo de cosas. Quizá debería esforzarme en aprender, así tendríamos algo que… compartir, suponía. No que no compartiéramos cosas. Me refería a cosas que no necesariamente acabaran con la muerte de alguien.

Me senté junto al trasto y respiré profundamente. Tenía la ligera impresión que iba a romper algo solamente con mirarla. Pulsé el botón de encendido y esperé hasta que el anodino monitor cargara todos los… íconos, sí. Estaba a punto de alcanzar el teclado cuando una ventana se desplegó ante mis ojos, colorida y parpadeante.

“¡Ha, ha! Sabía que no podrías resistir esto por mucho…”

Suspiré y me di cuenta muy a mi pesar que sí había otro vampiro despierto a esa hora. Raymond.

Raymond era un vampiro de los que conocíamos irónicamente como “nosferatus”. Si los vampiros éramos por naturaleza reservados y solitarios, los “nosferatus” lo llevaban al extremo y un poco más. Vivían apartados tanto de otros vampiros como de lugares donde podrían conseguir víctimas con facilidad, lo que a veces llevaba a algunos a preguntarse de qué diablos se alimentarían. A los que les dedicábamos un pensamiento o dos, eso era.

Por supuesto, los nosferatus no eran inútiles del todo. Trabajaban “por el bien de la comunidad vampírica”, haciendo cosas como protectores solares especiales o la clase de alcohol que consumíamos en bares como el Wandering Devil. Una clase de científicos locos bastante particulares. Y bastante caros, también.

La pantalla volvió a parpadear: “¡Hola! ¿Sigues ahí?”

Respiré profundamente. Escribí: “Dame tiempo. Sabes que no soy bueno en estas cosas.” Enviar. Bien, no era tan difícil. Sonreí, extrañamente satisfecho. Raymond me respondió al instante.

“¿Y qué habrá pasado para que el viejo Conde McFarlaine se desempolve y quiera aprender? ¿Tiene algo que ver con tu nuevo compañero?”

“¿Cómo diablos sabes de eso?”

“Tengo formas de averiguar las cosas que pasan en el mundo exterior. Ya sabes, soy omnisciente. Como Dios.”

“Habría que estar muy desesperado para voltear a un Dios como tú.”

“Oh, no seas cruel. Tengo sentimientos, ¿sabes?”

“Sí, claro. Si los de tu clase tuvieran algún tipo de sentimientos, se dedicarían a hacer cosas completamente útiles y no a actuar como traficantes de drogas.”

Pasó un rato antes de obtener la respuesta. “Bien, me atrapaste. No tengo idea de lo que hablas.”

“Pensé que eras omnisciente. Dedúcelo.”

Hubo otro intervalo de un par de minutos. Luego: “Espera, ¿no estarás hablando del Demonio Azul, verdad?”

“Ah, vaya, no sé si omnisciente, pero definitivamente eres bien despierto, Raymond.”

“Nosotros no creamos eso” fue la respuesta que brilló en mi pantalla. “Las drogas y el alcohol que nosotros ponemos en circulación siempre son con propósitos recreativos, inofensivos. El Demonio Azul es otra cosa. Es peligroso.”

Fruncí el entrecejo. “¿Qué quieres decir?”

“Bien, para hacerla corta, el uso prolongado de la linda pastillita causa desórdenes neurológicos. Nuestra visión y nuestro oído son superiores a los humanos porque nuestras neuronas procesan toda esa información más rápido. El Demonio Azul las ralentiza. Hace nuestros movimientos más torpes. Incluso puede desatar desórdenes mentales latentes, como psicopatía o depresión, ya sabes, las cosas que llegan a sufrir los vampiros que han vivido demasiado. Si conoces a alguien que lo esté usando, dile que lo deje inmediatamente.”

“¿Y cómo rayos llegó una cosa como esa a circulación?”

“No estamos seguros” replicó Raymond “Nuestra teoría más probable es que proviene de un nosferatu de Canadá estaba preparando una nueva droga, pero unos Cazadores localizaron su guarida e irrumpieron en ella. Tanto él como todo su trabajo desaparecieron. Lo dimos por muerto. Tres semanas después, el Demonio Azul entró en circulación.”

“¿Cazadores dices?” Mi tecleo se volvió frenético. Le resumí las cosas que habían estado pasando, los ataques de la Costa Oeste, la muerte de William. Me guardé la información que más me inquietaba para mí: que la persona que le dio la pastilla a Frank aquella noche podría haber sido fácilmente un Cazador…

Raymond tardó un rato en responder. “¿Le has dicho a Elenor esto?”

“¡Me acabo de enterar ahora mismo!”

“Oh, de acuerdo. Pero no dejes de ponerla al tanto. Y mantenme al tanto a mí. Si tengo que desaparecer, me gustaría saberlo antes para empacar todas mis cosas.”

Bufé. Típico. Los nosferatus eran unos cobardes. No me sorprendía que nadie los respetara realmente. Estaba pensando en eso, cuando la campanilla de otro mensaje me distrajo: “Oye, ¿conoces a alguien interesado en comprar una ES-175?”

“Raymond, apenas estoy aprendiendo a usar esta computadora. No me persuadirás de comprarte otra.”

“No es una computadora, imbécil. Es una guitarra. Una Gibson ES-175. Es de las mismas que usaba el Rey. Me parte el corazón, pero no puedo conservarla en este sitio, y apenas tengo tiempo para tocarla. Así que tengo que venderla.” Pausa. “¡Pero que sea a alguien que la vaya a respetar!”

Una guitarra. La idea se abrió paso en mi cabeza ¿No había dicho Frank que el regalo favorito que le dio su abuelo había sido una guitarra…?

“¿Está en buen estado?”

“Está en perfecto estado.”

“¿Cuánto pides?”

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