martes, 22 de marzo de 2011

Capítulo LIII

Nuestra segunda Reunión tuvo un tono muy diferente a la del anterior. No se sirvieron “bocadillos”, aunque sí bebidas; y no hubo aquel alegre ambiente festivamente lujurioso. La casa de Elenor jamás había estado tan concurrida. Por lo general, únicamente convocaba a unos cuántos de los vampiros más antiguos, nunca más allá de la Tercera Generación. Pero esta vez había llamado a todos, todos y cada uno de los vampiros de la Ciudad, todos los que habían oído hablar de la Condesa y su ceremonial vestido rojo, pero jamás habían tenido la oportunidad de verlo.

Había curiosidad en los rostros a mi alrededor, charlas que iban entre los susurros a las risotadas forzadas, y ojos que se deslizaban mal disimuladamente hacia el cuadro en la cima de la escalera, y el nombre de Báthory flotaba en el aire con reverencia, con temor, con una pizca de sorpresa para los que recién ahora se enteraban de la identidad de la Condesa.

Frank estaba sentado a mi lado, apretando mi brazo con fuerza.

-¿Te encuentras bien?

-Me siento algo mareado – replicó – Creo que no se me dan bien las multitudes…

-Te encantan las multitudes – le recordé.

-Me encantaban – masculló él. Lo tomé de los hombros y me puse delante de él. Aunque no podía verme, sabía que él sabría que lo estaba observando con toda la intensidad de la que era capaz.

-Escúchame, Frank – le dije – Si yo no tengo permitido compadecerte, entonces tú tampoco. No sabemos exactamente por cuánto tiempo vas a tener que lidiar con tu ceguera, pero te sugiero que te acostumbres a ello. Y no vamos a dejar que te frene.

Frank suspiró y asintió. Le di un beso en la punta de la nariz.

-Bien. Ahora haz esa cosa que haces…

-¿Qué cosa que hago?

-Ya sabes… esa cosa que haces cuando dices algo y convences a todo el mundo que tienes razón.

Frank pareció desconcertado un minuto… y luego se echó a reír. Se echó a reír con ganas, con alegría, con las mismas ansias y con el mismo humor que había tenido antes. Un sentimiento de cálida felicidad se extendió sobre mí cuando lo escuché, y no pude evitar sonreír ampliamente. No todo estaba perdido. Y lo que se había perdido, lo recuperaríamos. De alguna manera.

Raymond se acercó a nosotros cuando la risa de Frank todavía no se había extinguido del todo.

-¿Cuál es la broma? – preguntó mirándonos extrañados. Frank volteó hacia él con la mejor de sus sonrisas.

-Discutíamos sobre música y Gerard dijo algo muy gracioso sobre Elvis – replicó, tranquilamente – Dijo que canta mejor cada día que pasa.

-Ya nadie respeta al Rey – Raymond sacudió su grasienta cabellera, y Frank se rió todavía más – Me alegra que estés de buen humor.

-¿Y por qué no habría de estarlo? – replicó Frank, tan tranquilo.

-¿Es que no tienes idea de que se trata esta reunión? – Raymond dirigió su mirada a mí con suspicacia – ¿Es que no le has dicho?

Casi sin darme cuenta, apreté con un poco de más fuerza la mano que tenía sobre el brazo de Frank.

-¿Decirme qué? ¿De qué está hablando? – Frank volvió la cabeza en mi dirección, pero afortunadamente no clavó los ojos en un lugar cercano a mí. Eso no habría podido soportarlo – Gerard…

-Hermano – para empeorar aún las cosas, Michael se acercó a nosotros. Sonrió a Frank, aunque este no podía verlo.

-¿Qué quieres? – le gruñí, mientras la sangre empezaba a hervirme.

-Sólo conversar con tan agradable grupo – replicó Michael, estirando las sílabas de más – Entonces… ¿cómo creen que serán las reacciones de esta noche?

-¿Las reacciones a qué? – Frank giraba la cabeza de un lado a otro – ¿Me estoy perdiendo de algo?

-Mi querido muchacho, me sorprende que tu querido Gerard no te lo haya dicho – Michal sorbió de su copa largamente, mientras yo observaba su cuello y calculaba cuánto impulso necesitaría para arrojarme a él – La Reunión de esta noche es nada menos que un Concilio de Guerra.

El silencio flotó sobre nosotros como un manto grueso y doloroso.

-¿Qué? – preguntó Frank, como si no hubiera oído o entendido bien, aunque yo sabía que ninguno de las dos era el caso.

-La Condesa ha decidido que la mejor estrategia para nuestra actual situación es un ataque frontal – explicó Michael – Morder antes de ser mordidos…

-Espera un segundo, alto – Frank se removió en su sitio, visiblemente inquieto – ¿Me estás diciendo que ella va a ir detrás de los Cazadores así no más?

-No irá sola. De hecho, Gerard se ofreció caballerosamente a acompañarla – soltó Michael, antes de que yo siquiera tuviera la oportunidad de pensar una respuesta – ¿No es así, querido hermano?

Frank se quedó paralizado un rato mientras yo contenía la respiración. Mentalmente, estaba soltando todos los insultos e improperios que se me ocurrieron en contra de Michael. Ese bastardo… ¡no tenía ningún derecho! ¡Yo debí decírselo a Frank, yo debí haberlo discutido con él a solas! ¡Y él me había quitado la oportunidad de hacerlo! ¡Le arrancaría la cabeza y la pondría en una pica…!

-¿Gerard? – el susurro de Frank me trajo de vuelta a la realidad – Es… ¿es eso cierto?

-Hablaremos después – sonó más duro de lo que hubiera querido. Frank trató de agregar algo más, pero no tuvo tiempo.

Las puertas del salón se abrieron, y la Condesa hizo su majestuosa entrada. Su porte era triste y sus ojos oscuros recorrieron la multitud, repasando los rostros de todos los presentes. Poco a poco, las conversaciones se extinguieron. Había algo de lugar y todos lo habíamos notado: para estas Reuniones, Elenor vestía invariablemente de rojo. El rojo era el color de la sangre, la fuerza vital, nuestro sustento. Ver a la Condesa vestida de rojo significaba que la Reunión versaría de temas alegres.

Pero esa noche, no. Elenor iba ataviada de un largo vestido negro de encaje, tan ajustado que más que puesto, parecía tatuado sobre su piel. Muy pocos entendieron su significado, y me temo que todavía estaba demasiado furioso para ocultarle el pensamiento a Frank, lo que hizo sino agregar tensión a su sobresalto. La Condesa iba a de luto.

Elenor extendió las manos para darnos la bienvenida.

-Amigos míos – nos llamó a todos, sin hacer distinciones entre Generaciones, entre viejos vampiros y neófitos, entre nosferatus y extranjeros – Es con el corazón acongojado que acudo a ustedes esta noche. Tengo noticias que perturbarán su paz, y una terrible petición que hacerles.

A continuación, pasó a relatar con voz pausada todo lo que habíamos hecho hasta ahora: empezó con el ataque a mi departamento, para luego resumir someramente nuestra investigación y nuestros descubrimientos. Tenía a la audiencia hechizada. Yo la observaba, observaba el talle de su cuerpo, el movimiento suave de sus labios.

La había visto con ropas exageradamente modernas, las que le daban un aspecto extravagante y llamativo, drogándose y fingiendo que se divertía al hacerlo. La había visto con sus vestidos de fiesta, sus solemnes vestiduras ceremoniales, riendo diabólicamente, desangrando a jóvenes doncellas como si de un ritual se tratara. Todas máscaras, todos disfraces. Esa noche, la veía, y todos la veíamos, como era: una mujer vieja, muy vieja, abatida y cansada con grandes dolores y cargas que no le correspondían. Casi me sorprendía que su piel tersa no se deshiciera en arrugas polvorientas y que su cabello siguiera tan negro como siempre.

Elenor llegó al final de su monólogo.

-Y es así que hemos decidido marchar contra los Cazadores – sus ojos abarcaban la habitación entera, y quizá más allá – La noche se ha quedado en silencio cuando le pregunté por el resultado de esta decisión.

-¡Te volviste loca! – exclamó una voz en el fondo – ¿Te das cuenta de lo que esto significa?

-Sé muy bien qué consecuencias nos aguardan, Randolph – replicó ella – Si fallamos, Nueva York no volverá a ser un refugio para los vampiros durante mucho tiempo. Por lo tanto, todos aquellos que no deseen unirse a mí en la batalla, deben huir. He hablado con Laura, y están más que dispuestos a recibirlos allí.

-¡Así que esa es la opción que nos das! – aulló Malachi, indignado – ¡La muerte o el exilio!

-Al menos yo les he dado opción – respondió Elenor serenamente – Es más de lo que los Cazadores han hecho.

La veracidad de esas palabras sirvió para acallar cualquier intento de protesta. Elenor avanzó hacia el centro del cuarto, la multitud abriéndole respetuoso paso.

-No puedo garantizarles una victoria. Pero por la sangre que corre por mis venas, haré todo lo que esté en mi poder para que se nos deje en paz, y regresar a la existencia que conocíamos. Todo lo que pueda ser hecho para superar esta crisis, se hará. Si confían en mí, peleen conmigo. Si no… son libres de marcharse ahora.

Cerró los ojos, como si no quisiera ver cuántos iban a marcharse. Hubo un frufrú de ropas y susurros consternados. Para mi sorpresa, vi a Angelus pasar hacia la puerta, siguiendo a varios de los vampiros de Tercera Generación más viejos. Me sonrió cuando se percató de mi mirada.

-Lo siento – murmuró – Supongo que soy un cobarde.

Y se fue. Tuve el presentimiento de que no volvería a verlo, pero la eternidad era demasiado larga para estar seguro. El silencio volvió a la sala. Observé a las pocas decenas que quedábamos. Raymond pasó su peso de un pie a otro, como vacilando, pero al final se quedó en el lugar donde estaba. Kraig se cruzó de brazos, inamovible y terrible, como un ídolo oscuro de alguna isla lejana. Michael revolvió su vaso y dio un último sorbo. Frank alzó el rostro hacia mí.

-No te vas a ir, ¿verdad?

-No.

-Entonces supongo que yo tampoco.

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