martes, 15 de marzo de 2011

Capítulo XXX

Algo no estaba bien.

Era perfectamente consciente de donde me encontraba: en una de las cientos de habitaciones de la casa de Elenor, con la cabeza de Frank hundida en mi hombro, durmiendo, descansando, soñando. Sabía que esa sensación de flotar, de encontrarme por encima del mundo, de viajar hacia el horizonte henchido de rojo sangre; era parte del sueño, tenía que serlo. Un sueño, nada más. Y sin embargo, tan real…

Miré hacia abajo y reconocí la taberna en Sevilla, una estructura renacentista y decadente. Había cinco o seis de nosotros en una mesa detrás de un biombo, lo más parecido a un apartado que existía en aquel tiempo. Supe que éramos nosotros porque reconocí de inmediato nuestra aura, nuestra pretensión de pasar desapercibidos. Erzébeth – Elenor – coqueteaba con una desprevenida joven rubia. Carmen. Sentado solemnemente detrás de ella, estaba Kraig, su rostro pétreo y serio, su mirada abarcando todo alrededor de la Condesa; una pantera traída desde el corazón de África para sentarse mansamente a los pies de su excéntrica señora.

El estúpido pelirrojo irlandés (su nombre se había borrado de mi memoria hacía largo tiempo) bebía cerveza sin conseguir emborracharse y reía descaradamente. Laura, quien luego se había separado de nosotros para buscar su propio camino, miraba todo con aquella expresión de aburrimiento que yo recordaba perfectamente, las manos fláccidas sobre el regazo, el abanico cerrado.

Un poco más hacia la izquierda, Angelus se reclinaba sugerentemente contra el hombro de un joven vampiro de cabello negro que mantenía la mirada baja, como si estuviera avergonzado. Angelus no dejaba de acariciarle el brazo y susurrarle al oído. Sabía lo que le estaba diciendo. Lo sabía porque lo recordaba perfectamente:

-¿Nunca lo has hecho con otro hombre, nuevo favorito de la Condesa? – le murmuraba – ¿Nunca has sentido curiosidad…?

No iba a resistirlo mucho tiempo. Estaba demasiado incómodo. Cuando Angelus rozó su mejilla con la punta de su lengua, él saltó nervioso, haciendo que todas las miradas del palco cayeran sobre él. Ya sabía lo que seguía, se inclinaría, murmuraría una disculpa acelerada y se alejaría hacia las luces agonizantes fuera de la plaza. Lo sabía todo. Aquel no era solamente un sueño particular, era un sueño hecho de mis recuerdos ensartados y confusos. Parpadeé.

Ya no estaba flotando por encima de la escena, me había convertido en parte de ella. Había tomado mi lugar como el neófito de cabellos negros. Yo era él. Cuatrocientos años atrás. Era él, y era el Gerard que reposaba en la cama con su amante, el Gerard que ya había pasado por todo eso, el que sabía como seguía aquella historia y no podía hacer nada para cambiarla, porque estaba fosilizada para toda la eternidad en mi mente.

Me alejaba de la plaza bajo la luz agonizante. Buscaba la playa, buscaba el mar, el mar al que nos lanzaríamos la noche siguiente, rumbo a una nueva tierra que llamar nuestra, a una vida, a una nueva cultura de pieles de canela que corromper con nuestra sangre y nuestra depravación. A pesar de todos mis juramentos, estaba ansioso de poner toda la distancia posible entre Michael y yo. La Condesa me había explicado que, por ser él primer vástago de William, era más fuerte que yo. Tenía que ser paciente. Tenía que esperar a poder enfrentarlo. Y tenía todo el tiempo del mundo para prepararme.

“¡Vete!” quise ordenarle a mi otro yo. “¡Aléjate, vete! ¡Huye, huye ahora! ¡No esperes a los demás!” Pero como siempre en esta clase de sueños desesperantes, no me hizo caso. Siguió alejándose por aquellas callejuelas españolas, entre las tabernas cuyos cantos en una lengua extraña se le hacían familiares a pesar de todo, en esa noche estrellada que olía a especies y a pescado y a esa cálida y pasional sangre latina que ya había tenido ocasión de probar.

Y en medio de aquella espesa calma, mientras el rugido constante del mar se hacía más atronador a mis oídos, mientras la madera de los barcos que nos llevarían a aquel “Nuevo Mundo” del que la Condesa no dejaba de hablar, entrechocaba estrepitosamente, meciéndose como un bebé en una cuna amorosa; de pronto, vino a mí. Lo sentí, lo sentí de la misma manera que el amante siente la ausencia del otro en una cama vacía, de la misma manera que una madre se angustia cuando ve a su hijo alejarse. Lo sentí. Estaba ahí. Me había seguido.

-William – murmuramos a la vez él y yo. Y mi creador salió de entre las sombras hacia la luz de las estrellas. Tenía una mirada desorbitada y sus manos temblaban cuando las tendió hacia mí.

-Te encontré – dijo febrilmente – Te encontré, te encontré… no te volveré a deja ir… mi muchacho precioso…

Retrocedí un paso, pero fue inútil. Me encontraba de nuevo atrapado entre su abrazo constrictor.

-Gerard, no tienes idea – me dijo William al oído – lo que me ha hecho hacer… está loco… ha perdido por completo el juicio cuando se enteró… cuando se enteró que seguías vivo…

-¡Michael! – su nombre me desgarró la garganta e hizo hervir mi rabia, disolviendo por completo toda clase de prudencia – ¿Está aquí? ¿Ha venido contigo?

-¿Importa? ¿Importa de verdad? Yo estoy contigo… estoy contigo… como deseaba desde el momento en que puse mis ojos en ti… eres mío…

-No – contestó una voz ronca como las olas – ¡Es mío!

Antes de darme cuenta, fui arrojado contra la madera del muelle, que crujió bajo mi peso y se rompió. Caí al agua fría y turbulenta, que se clavó en mí como cientos de agujas. El agua salada entró en mis pulmones mientras las olas y la espuma me empezaban a arrastrar. En medio de mi locura, conseguí enviar un último mensaje, una onda que traté de expandir por toda la ciudad: “Condesa. Huya”.

No sé cuánto habrá pasado en medio del frío y del zamarreo del agua oscura, cuando un par de manos fuertes y firmes se ciñeron alrededor de mí y empezaron a tirar, primero hacia arriba, luego hacía la playa. Reconocí la presencia a mi lado de inmediato. Rápido y diligente como un delfín hecho de ébano brilloso, Kraig me estaba rescatando.

El aire frío cortó mi respiración como un cuchillo bien afilado y por un momento me distrajo del jaleo que se escuchaba a mi alrededor. Rugidos y gruñidos salvajes, saltos y dentelladas demasiado rápidas para el ojo humano, una pelea de vampiros que volaban levantando remolinos de arena sobre la playa. El crujido de huesos al romperse fue lo que me desató. Busqué con la vista a Michael, y sin importarme mis ropas pesadas ni mi cuerpo helado, me lancé contra él.

Di con el primer golpe porque contaba con el efecto sorpresa de mi lado, pero esquivó todos los demás con una facilidad frustrante, de la misma forma que una serpiente esquiva los mordiscos de la mangosta. Pero no estaba dispuesto a rendirme, y Michael lo percibió. Con la velocidad del rayo, se paró detrás de un William encogido, lo levantó de los cabellos y lo usó como armadura. Sus dedos amenazantes se aferraban a ambos lados de su cabeza.

-Un paso más – me amenazó – y se la arranco.

-¿Qué te hace pensar que me interesa? – escupí agua con sal y resentimiento por partes iguales. William lanzó un gemido lastimero, como un animal herido.

-Es tu creador. No te atreverías – la voz de Michael exhibía una mínima sombra de duda en ese argumento.

Me paré a reflexionar. Michael tenía una mirada demente y vacía. No iba a detenerse solamente con matarme a mí, si lo lograba, sino que iría por los demás. Y eso era entre él y yo, no tenía por qué involucrar a la Condesa. Los otros jamás me perdonarían si lo hacía.

-Lárgate, Michael – le ordené, con la misma autoridad severa de cuando lo tenía aplastado bajo mi talón – Esto se acabó.

-No, hermano – replicó él, destilando veneno en la última palabra – No se ha acabado. Nunca se acabará.

Conocía el resto. Michael se iba de allí arrastrando a William como quien arrastra un viejo molido e incapaz de andar por sí mismo. La Condesa observaba sin ninguna clase de sentimientos la cabeza arrancada del imbécil irlandés, murmuraba que no valía la pena desperdiciar uno de los pasajes del barco y le ordenaba a Kraig traerle a la rubia de la taberna. Y yo me quedaba allí, reflexionando sobre sus palabras.

Todavía lo sentía cerca. Se alejaban, pero aún estaban allí. Ambas esencias sibilinas se habían fusionado en una, y donde William estuviera, estaría Michael. Y William me sentiría siempre y arrastraría a Michael hacia mí, para pelear conmigo, para enfrentarse a mí, una y otra, y otra vez incansablemente.

No, hermano.

Y él lo haría. Lo haría porque su locura aumentaba y magnificaba su odio, porque estaba tan dispuesto a destruirme como yo a él, porque la próxima vez no vacilaría en arrastrar a quien fuera al abismo de nuestra rivalidad. Y dudaba que yo no hiciera lo mismo dada la ocasión.

No se ha acabado.

Trataría, trataría una y otra y otra vez de tomarme por sorpresa, de atacarme, de encontrarme desprevenido…

Nunca…

… pero no lo haría, ah, jamás, jamás me encontraría con la guardia baja…

se…

… porque yo lo sentía, sí, sentía su odiosa presencia, me rozaba la piel, me quemaba por dentro…

… acabará.

… y entonces sabía que estaba cerca, sabía que volvería a ver sus ojos trastornados, volvería a sufrir sus rasguños en mi piel… esa sensación… la única constante de mi vida como vampiro… la certeza de que Michael volvería a enfrentarme otra vez…

¡Nunca se acabará!

… la certeza… que se abatía sobre mí ahora mismo.

Con un jadeo, abrí los ojos a la oscuridad.

1 comentario:

Anachronism dijo...

Exijo que sigas publicando o_ó Son sesenta, me dejas a la mitad? Te odio. Okay, no te odio XD o si, quizá un poco por dejarme con la duda de lo que ocurrirá. Y amo a Jo por escribir tan bien. Y no sé, estoy hiperventilada. Que estés bien (: