viernes, 18 de marzo de 2011

Capítulo XLV

-¿Dónde estoy? – pregunté, pero las palabras murieron en un susurro afectado en mis labios.

-Estás en mi casa. Has estado semiconsciente por tres días – me contó Elenor, mientras pasaba una toalla por mi cara y limpiaba las gotas de sangre que se había formado en el borde de mi cabello – Por un momento, pensamos que no lo lograrías. Tuvimos que esperar toda un día antes de que Ray pudiera venir a atenderte…

-¿Ray?

-Raymond – clarificó – Lo siento, Frankie lo llama así todo el tiempo y se me pegó…

¡Frankie! Antes de que la pregunta pudiera terminar de formarse en mi cerebro, Elenor la respondió.

-Lo mandé a cazar con Carmen y Maxwell. Desde que se recuperó, no se ha apartado de tu lado…

-¿Desde que se recuperó?

Elenor se mordió los labios. No necesitaba leer su mente para saber que se estaba preguntando cuánto sería prudente decirme.

-Él te salvó, pero por poco. Manejó a una velocidad endiablada por kilómetros, Gerard. Y estaba amaneciendo. No se cubrió los ojos y…

-¿Qué le pasó? – la interrumpí, ansioso. Elenor abrió la boca, y luego la volvió a cerrar.

-Será mejor que lo veas por ti mismo.

Me volví a dormir, pero esta vez no soñé. Me sumergí en una fresca oscuridad sin sentido alguno, de imágenes borrosas que no hubiera podido enfocar ni aunque hubiera querido. Fue una bendición. Desperté cuando el sonido de un auto estacionando frente a la casa ascendió a mis, otra vez, hipersensibles oídos. Tenía sed.

Escuché voces desde abajo y a continuación unos pasos que se dirigían a la habitación. Por un segundo, me deleité con la imagen de Frank irrumpiendo en la habitación y arrojándose a mis brazos, así de brusco y apasionado como siempre. Pero cuando la puerta se abrió, lo que resonó en el parqué fueron un par de ligeros pasos inseguros.

-¿Gerard?

Su voz sonaba temblorosa, indecisa. El temor me invadió de inmediato y me incorporé en la cama como pude. El movimiento me dejó mareado. Tuve que cerrar los ojos y dejar pasar unos segundos. La figura de Frank se recortaba contra el marco de la puerta, sin animarse a avanzar. No podía ver su rostro contra la luz tan tenue, pero sabía que era él.

-Frank. Gracias a Dios que estás bien – la frase acudió a mi lengua antes de que tuviera tiempo de ponerle atención ¿Dios? ¿Qué le tenía que agradecer a Dios después de todo esto? Si mi muchacho precioso se había salvado, había sido gracias a su propia iniciativa. Me detuve antes de que esos pensamientos me llevaran más lejos.

-Te… temía despertarte – se justificó Frank, temblando de nuevo. Lo miré otra vez y noté que algo en su postura estaba fuera de lugar. No estaba erguido en su metro sesenta con la seguridad de siempre. Al contrario, tenía los hombros caídos, la espalda ligeramente encorvada, como si estuviera muy, muy cansado o… derrotado.

-No importa. Ya estaba despierto. Ven acá – le pedí, tendiéndole los brazos.

-¿Estás… estás seguro…?

-Sí. Ven. Quiero abrazarte – lo animé.

Frank dio unos pasos tímidos hacia delante, tanteando la pared en todo momento. Aguanté la respiración y me negué a pensar en el motivo para eso. Se detuvo a mitad de camino, con una maldición atascada en los labios.

-¿Qué pasa? – pregunté, preocupado. No había bajado los brazos.

-Yo solo… ¿ya estoy cerca?

-Ya estás lo suficientemente cerca – pateé las sábanas, me levanté y crucé a zancadas el espacio que nos separaba. Lo rodeé con mis brazos y lo apreté contra mí, le besé el cabello y esperé. Frank no me respondió a las caricias, se limitó a abrazarme de vuelta y a esconder el rostro en mi pecho – ¿Qué pasó? – insistí.

Frank suspiró, como si estuviera a punto de llorar de la frustración.

-Perdí la cuenta de los pasos.

Dios, no. No, no, no, no. No a mi Frank. No a mi muchacho precioso. No podía estar pasando. Lo tomé de las manos y lo guié hasta sentarlo en cama. La luz de la lámpara le cayó directamente en el rostro y lo que vi me hizo trizas el corazón por completo.

La mitad de su rostro estaba hundido en una fea cicatriz carnosa, la cicatriz de una quemadura grave que no había tenido tiempo de sanar del todo. Sus dedos y sus manos también estaban llenos de ellas. Los besé uno por uno, pensando con dolor en su guitarra, en que quizá no volvería a arrancarle esas notas preciosas que me conmovían hasta las lágrimas. No, no, no podía ser así. Y lo peor no era eso. Lo peor eran sus ojos.

Sus hermosos ojos dorados, los ojos que me habían enamorado, que me habían vuelto loco, los ojos que brillaban como las luciérnagas, como las luces de la ciudad… estaban apagados, quietos en sus pupilas desenfocadas, muertos. Fijos en mí, no me veían. El enemigo, el sol, los había quemado también. La desesperación me golpeó en el pecho y escapó en forma de un sollozo que no pude contener. Frank parecía avergonzado, como si todo eso fuera su culpa.

-Ray dice que… Ray dice que las cicatrices se irán – argumentó débilmente – Con el tiempo, si bebo suficiente sangre, se irán. Y mis… mis ojos, dice que… que ha habido vampiros que se… que pudieron recuperarse…

Lo besé para callarlo, mordí su boca, traté de no pensar en lo áspero que se sentían sus labios. Sí, sí, con el tiempo, con la sangre suficiente. Había otros vampiros que habían recuperado la vista, pero… pero había tardado décadas enteras, más de un siglo en curarse ¿Le habría dicho alguien aso? ¿Le habrían dicho que no iba a estar bien por un tiempo bastante largo? Lloré. Las lágrimas se deslizaron por mi cara, manchando las sábanas de Elenor. Frank también parecía a punto de llorar, pero supuse que sus lagrimales estaban demasiado dañados.

-Lo siento, lo siento – repetía – Me… me iré si te molesta… no tendrás que volver a verme… Elenor dijo que podía acogerme, yo…

-¡Cállate! ¡Cállate, por favor! – le rogué y lo estreché otra vez contra mí. Todavía cabía perfectamente en mis brazos.

Por un rato permanecimos en silencio, yo todavía dejaba salir un sollozo de vez en cuando. Mataría a los culpables de esto. Los mataría. Los rastrearía hasta el fin del mundo si era necesario. Rasgaría sus rostros hasta deformarlos, arrancaría sus ojos de raíz con mis propias manos, los haría sufrir hasta que me rogaran de rodillas que terminara con sus vidas. Los odiaba, los odiaba con toda mi alma (si tenía una) por lo que le habían hecho a mi Frankie.

Pero en el odio, irónicamente, encontré sosiego. Encontré fuerzas. Tenía que seguir con esta guerra hasta al final, tenía que hacerlos pagar por lo que habían hecho. A Frank. A William. A todos nosotros.

Pasado un rato, ambos nos tranquilizamos. Frank intentó apartarse pero no lo dejé. Tenía la impresión que ya nunca lo dejaría de abrazar.

-Gerard…

-¿Qué pasa? – pregunté con los ojos cerrados, negándome a pensar en nada que no fuera él, que lo tenía de vuelta, que estaba allí, aún después de todo eso…

-¿Qué… qué va a pasar ahora?

-¿A qué te refieres con qué va a pasar? – lo besé en la mejilla antes de aflojar un poco el agarre con que lo tenía apretado – Voy a cuidar de ti, tonto. Hasta que te pongas bien. No importa cuánto tiempo lleve eso.

Frank exhaló un largo suspiro, un suspiro que parecía haber estado conteniendo los tres días que yo había pasado inconsciente. Me mordí los labios. Él había sufrido toda esa angustia solo mientras yo retozaba con mi esposa muerta en un campo de flores imaginario. Qué egoísta había sido.

-Pensé que… que… que cuando me vieras así…

-Nada ha cambiado – le aseguré – Sigues siendo hermoso. Mi muchacho precioso.

Los dedos de Frankie me acariciaron el rostro, probando, tanteando, tratando de aprender una forma distinta de verme.

-Te amo – murmuró, muy suavemente, como si las palabras pudieran quebrarse en sus labios. Besé el interior de su mano.

-También te amo – le dije. Decidí que se lo diría más seguido a partir de ahora.

-Quiero sus corazones sangrantes enfrente de mí.

Elenor ni siquiera pestañeó ante esa declaración, sentada estoicamente en su sillón de cuero rojo, en medio de su sala. Su expresión me dio a entender que no se esperaba menos.

-Los quiero muertos, Elenor – seguí con furia helada – Despedazados. Parte por parte. Rogando por piedad.

-Sé exactamente a lo que te refieres, Gerard – dijo ella. No estaba tratando de tranquilizarme ni hacerme cambiar de idea, y se lo agradecí profundamente – Y todos están de acuerdo contigo. Lo que les hicieron constituye la gota que colmó el vaso. Todos los vampiros que conocen Frank están en pie de guerra.

-Bien – gruñí enseñando los dientes – ¿Qué hacemos primero?

De pronto, una ola de calor invadió la habitación y el exagerado acento británico de Michael flotó hacia mí desde la puerta:

-Pensé que nunca preguntarías.

No hay comentarios: