martes, 22 de marzo de 2011

Capítulo LIV

Nuestra partida fue casi tan taciturna como nuestra llegada. Elenor se quedó tendida en el sofá, una Venus desfallecida y pálida. En sus brazos, se veían todavía la marca de las varias mordidas a las que se había sometido pacientemente. Esa noche, todos habíamos intercambiado sangre de la Condesa, y eso significaba que ya no había vuelta atrás. La alianza estaba sellada. Había cierta resignación en el ambiente. La victoria o la muerte llegarían. Y llegarían por igual para todos los que nos habíamos quedado allí.

Elenor abrió los ojos para descubrir a su gigante de ébano, parado junto a ella como un guardián celoso.

-Kraig, mi viejo amigo – murmuró, tendiéndole las manos – ¿No te vas?

-Esta noche no, Condesa – replicó Kraig, y se inclinó para besar los dedos de la Condesa con una adoración que rayaba la reverencia. Los ojos de Elenor divagaron hacia mí. Yo entendí que silenciosamente me estaba formulando la misma pregunta.

-Me quedaré si quieres – me ofrecí de inmediato. Me resultaba extrañamente desolador verla tan exhausta, como una llama agonizante a punto de apagarse.

-No, no, vete – respondió ella, con una vehemencia extraña para su estado – Vete, Gerard, no te privaré de un solo momento que le puedas dedicar a tu querido Frank.

-No te entiendo…

-Cuando lo abraces hoy después de bajar las persianas, cuando le hagas el amor y le digas que es tu muchacho precioso, quiero que lo tengas muy en cuenta – siguió diciendo ella, como si no hubiera habido ninguna interrupción – Quiero que tengas en cuenta que podría ser la última vez que estén juntos.

Me estremecí, y algo en lo más profundo de mi ser se rebeló contra esas palabras, aún a sabiendas que eran ciertas, consciente como jamás quise estarlo que la batalla se extendía ante nosotros, inexorable, y que aquel podía ser el último día de paz que disfrutara al lado de mi amante. Aparté esos pensamientos de mi mente como quien ahuyenta un mosquito que zumba en el oído y no quiere irse.

-Está bien – respondí – Volveré en la noche.

-Sí, hazlo – Elenor cerró los ojos, a punto de dormirse – Tenemos muchas estrategias que planear.

Entré al departamento detrás de Frank en el mismo pesado silencio con el que había conducido todo el camino de vuelta. Él no dijo absolutamente nada. Percibía mi inquietud, pero no se atrevía a preguntar acerca de ella. Suspiré.

-Bajaré las persianas…

-Están bajadas – me recordó él – Lo hiciste antes de que nos fuéramos a la casa de Elenor.

-Es verdad – murmuré, como un autómata.

Supongo que en ese momento, Frank se hartó de mi apatía. Cruzó la distancia que nos separaba, se colgó a mi cuello y me besó. Fue como si me hubiera dado un empujón para sacarme de la bruma. Antes de ser consciente de lo que ocurría, mis brazos se deslizaron alrededor de su espalda, y lo apreté contra mí hasta que un gemido se escapó de sus labios y murió en mi boca.

-Gerard…

La última vez que estén juntos. La última vez. La última ¿Se lo habría dicho la noche? ¿O era una simple deducción lógica? De cualquier manera, la idea era obsesionante. Alcé a Frank en brazos, de tal forma que tuvo que rodearme el cuerpo con las piernas para mantener el equilibrio. Había tantas cosas que quería decir, que quería hacer…

¿En qué momento llegamos al dormitorio? ¿Cuándo lo empujé contra la cama, cuándo empecé a arrancarle la molesta ropa que estorbaba mi camino hacia su tacto enloquecedor, hacia su corazón agitado, hacia él? Daba igual. Ya estaba hecho. Frank yacía desnudo debajo de mí, con la cabeza echada hacia atrás, respirando dificultosamente, y yo lo deseaba, lo deseba como jamás lo había hecho antes, o quizá era todo ese deseo acumulándose dentro de mí y a punto de explotar.

Desgarré mi propia ropa con demasiada torpeza, me incliné hacia él y apoyé los labios justo debajo de su nuez de Adán, arrancándole un gemido. Quise morderlo. No lo hice. En lugar de ello, lo obligué a separar las piernas y entré en él con toda la fuerza de mi desesperación. Algo a medio camino entre un jadeo y un grito escapó de su garganta, mientras sus uñas se hundían deliciosamente en mi espalda.

-¡Gerard! ¡Me haces daño!

La verdad, había dejado de importarme si su cuerpo pequeño quedaba magullado cuando hubiera terminado, me daba igual si dejaba su piel traslúcida llena de cicatrices. Era solo una envoltura, no era más que carne, y huesos, y sangre. Yo no quería su cuerpo. Quería su mente, su corazón, su alma… quería que me sintiera en lo más profundo de su ser de la misma manera que yo lo sentía a él.

Pero de todas maneras me detuve. Me detuve apenas un momento para sentir su piel enfebrecida, para escuchar su respiración agitada y su corazón que casi parecía a punto de saltar de su pecho. Luego volví a moverme, lentamente, pero sin pausa. Frank hundió una de sus manos en mi pelo y me obligó a levantar el rostro hacia el suyo para besarlo. Sus dientes me mordieron los labios juguetonamente, y entonces hice lo que había estado evitando hacer desde el momento en que el sol nos separó, puso nuestras miradas en universos distintos.

Lo miré a los ojos. Y en aquella bruma con el color del oro viejo, me pareció que me hundía, que caía en profundidades que jamás habría sido capaz de comprender antes, me ahogaba en ellos hasta el punto de olvidarme de respirar. Y cuando toqué fondo, me pareció ver un brillo, un brillo lejano, como el de las últimas estrellas que palidecen antes del amanecer, e igual que ellas, permaneció allí apenas lo suficiente para que una idea imposible se implantara en mi cabeza: Frank veía, me veía. La idea era tan aplastante, tan absurda, que pulverizó por completo cualquier idea coherente que me quedara todavía.

Frank gritó con tanta fuerza que me desgarró los oídos y su cuerpo, tenso un momento antes, se distendió entre mis manos y quedó completamente fláccido sobre las sábanas manchadas, excepto por su pecho, que se agitaba todavía sin poder calmarse. Me di cuenta con sorpresa que yo había terminado también. No había experimentado ninguna clase de placer. Solamente la extraña sensación de estar flotando en medio de la nada, de haber perdido por completo la consciencia durante un momento crucial.

Observé a Frank con cuidado. Había un moretón donde lo había mordido, y tenía la marca de mis dedos en sus hombros, y algunas más en sus antebrazos y muñecas. Sus ojos estaban cerrados, pero relajados. Lo llamé por su nombre, y entonces los abrió.

Nada. Estaban tan apagados y desenfocados como lo habían estado desde el día de la emboscada. El milagro, si es que había estado allí realmente y no había sido un producto de mi mente inquieta, se había extinguido casi tan rápido como llegó. Mi deseo también estaba exánime. O mejor dicho, adormecido. Aletargado.

Frank depositó un beso debajo de mi oído y susurró:

-Hazlo de nuevo.

O quizá no tanto.

Desperté varias horas después, sintiéndome como si no hubiera dormido en absoluto. Miré a mi amante. Tenía los párpados entreabiertos, como atrapado entre los mundos del sueño y la vigilia. Sus dedos se estiraron perezosamente hacia mí, entrelazándose entre los míos.

-Te amo – murmuró.

-¿Estás seguro? – pregunté en el mismo tono – ¿Después de todo lo que te hice?

-Especialmente, después de todo lo que me hiciste – rió él – Me alegra que por fin hayas decidido que no tenías razón para contenerte.

No contesté. Me limité a acercarme un poco más a él, aunque eso me arrancó una mueca. Mis músculos estaban agarrotados y no había un solo centímetro de mi cuerpo que no estuviera al menos un poco dolorido. Si yo le había hecho daño a Frank, él se había asegurado de devolverme el favor con creces.

-No sabía que podías hacer todas esas cosas – comentó mientras se acurrucaba contra mí – Mucha práctica, imagino.

-No han sido tantos como crees – repliqué. A mi pesar, sentía la urgente necesidad de hacer algo que no recordaba haber hecho jamás: dar explicaciones. Frank se acomodó de manera que me vi a obligado a rodearlo con mis brazos.

-Cuéntame – pidió.

-¿Por qué? – pregunté, frunciendo el ceño. Como yo lo veía, no había motivo para desenterrar tantos esqueletos que había venido enterrando hacía cuatrocientos años.

-Porque quiero saberlo, Gerard – Frank me dio la única razón coherente que me obligaría a romper mi silencio – Quiero saberlo que te entristeció, qué te hizo feliz, por qué estuviste tanto tiempo solo. Quiero saber qué te hizo cómo eres. Quiero saberlo todo.

Miré el reloj. Quedaba un largo rato antes del atardecer.

-Está bien – me aparté, apenas lo suficiente para poder ver las reacciones en su rostro a medida que contara mi historia – Mi familia no era rica, ni prestigiosa. Éramos simples pescadores. Pagábamos tributo al conde McFarlaine, y nuestra riqueza consistía en un caballo viejo, una vaca esquelética y una cabaña que dejaba pasar las corrientes de aire del invierno…

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