martes, 15 de marzo de 2011

Capítulo XXVII

Frank había dejado de sollozar hacía un rato, pero todavía no quería hablarme. Estaba echado de costado sobre la cama, y yo no tenía idea de qué decir. Quería abrazarlo, pero me partiría el corazón si me rechazaba. Me levanté y observé el cielo a través de las persianas entrecerradas. Atardecía sobre Nueva York. Nuestra hora se acercaba.

El teléfono sonó en la otra habitación. Salí y lo levanté sin mirar el identificador de llamadas.

-Hola, cariño – saludó una voz que conocía bien del otro lado – ¿Piensas pasarte por el Wandering?

-Oh, no… este no… no es el mejor momento…

-Kraig no abrirá esta noche – siguió diciendo ella – Estará en una fiesta privada en mi casa. Tú deberías venir también. Trae a tu pequeño neófito contigo.

Entendí de inmediato lo que intentaba decirme.

-¿Estás organizando una Reunión?

-Creo que deberías venir, Gerard. Y a tu chico no le haría mal aprender un par de cosas sobre como funciona todo esto…

-No ha habido una Reunión en décadas – protesté.

-Nadia había matado a un Cazador en décadas – su respuesta fue como un latigazo – No puedes protegerlo para siempre. Vamos. Hazlo por mí.

-¿Me lo pide mi amiga o me lo pide la Condesa? – pregunté, molesto.

-De cualquier forma, tú vendrás – garantizó ella antes de cortar.

Dejé el tubo a un costado. Apreté los dientes. Frank salió del cuarto.

-¿Qué pasa? Te… te ves preocupado…

Me di vuelta para mirarlo. Oh, por todos los demonios, ¿por qué no podía ser menos atractivo? Tenía los hombros caídos, el pelo revuelto y obviamente estaba herido. Pero se estaba preocupando por mí. Porque – ahora lo entendía – no había sido cosa de un momento. Él “vibraba” en la misma frecuencia que yo. Me sentía. De alguna forma, jamás nos separaríamos.

-Vístete – susurré después de un momento – La Condesa ha llamado a Reunión.

-¿Quién es la Condesa? – preguntó Frank mientras yo conducía el Mustang que rara vez sacaba de la cochera del edificio.

-Es la vampiresa más antigua del Área de los Tres Estados. Nuestra líder, podrías decirle – no había una mejor forma de decirlo – Cuida de nosotros, para que no nos descubran o si alguno de nosotros se pone demasiado peligroso. Usualmente se mantiene al margen de todo, pero cuando pasan cosas…

-… como la del bar… - murmuró Frank, comprendiendo.

-… ella llama a Reunión. Quince o veinte vampiros de los más antiguos, para decidir que acción tomar – expliqué.

-¿Para qué me quiere ver a mí? – preguntó, inquieto.

-No lo sé. Sólo sé que se preocupa por mí. Ella es… mi amiga – dije – La conocí en Londres, algunos años antes del Gran Incendio. Ella me cuidó. Me enseñó todo lo que necesitaba saber.

-¿Ella te convirtió? – quiso saber.

-No – repliqué, y decidí dejarlo allí – pero me ayudó a venir aquí. Era una visionaria, sabía que estas tierras se convertirían en un gran lugar donde podríamos vivir tranquilos. Cuando los vampiros de Europa del Este ni siquiera pensaban que era posible cruzar el mar, la Condesa tenía los ojos puestos en el océano…

-Hablas de ella con mucha admiración – señaló él ¿Había una nota de celos en su voz?

-Era una gran mujer – aclaré, mientras doblaba para tomar el camino – Se vino a menos con el tiempo. No es lo que solía, eso te puedo decir. Pero aún es muy respetada.

Frank asintió y dejó de hacer preguntas. Apoyó la cabeza contra la ventanilla y se acurrucó en el asiento con los brazos cruzados. Lo miré de reojo. Dios, quería tocarlo, quería recuperar el contacto con él, de la forma que fuera… pero no tenía idea de qué decir, y me aterraba la idea de empeorarlo todavía más. Así que permanecí inmóvil mientras nos alejábamos más y más de la ciudad.

La Condesa sólo utilizaba la casa en las afueras de la ciudad para asuntos como aquel. Quizá decirle casa sea quedarse corto. Le gustaban las cosas teatrales, extravagantes y grandilocuentes, y su mansión era un perfecto reflejo de su personalidad. Le encantaba. La única razón por la que no vivía allí permanentemente era porque no era tan fácil conseguir sus víctimas en esa área.

Frank lanzó un silbido cuando terminé de estacionar enfrente.

-Supongo que no es una Condesa solamente de título – comentó impresionado.

-Cuando vives tanto, tiendes a acumular dinero – murmuré.

Una vampiresa rubia cuyo nombre nunca pude recordar – Courtney, Carmen, algo – con un traje de mucama francamente escandaloso nos abrió la puerta y nos sonrió sugerentemente. Oh. Así que sería esa clase de Reunión.

-Bienvenidos – dijo con una sonrisita ligera – Por favor, adelante. Permítanme sus abrigos.

-Eso no me lo esperaba – masculló Frankie, mientras la “mucama” se llevaba nuestros abrigos – ¿Quién es esta Condesa?

Me limité a negar con la cabeza, pero los ojos de Frank ya se habían deslizado hacia el final de la escalera, donde colgaba un retrato de ella. No la representaba bien. Su rostro parecía anodino y cansado y el vestido que tenía puesto no dejaba ver las curvas de su cuerpo. No podía contar las veces que lo había despreciado y lo había mandando a reparar casi al instante. Por algún motivo, no podía desprenderse de él. Y Frank la reconoció de inmediato.

-Erzsébeth Báthory – murmuró casi con respeto.

-Por favor, ya nadie me llama así – la voz musical de Elenor resonó en la sala.

Me volví hacia ella. Llevaba un vestido rojo nada discreto, y su pelo había recuperado el negro lustroso que le era habitual. Me tendió la mano para que la besara. Como en los viejos tiempos. Luego nos hizo un gesto con la cabeza de que la siguiéramos.

Frank se prendió a mi brazo, sorprendido y aterrado en partes iguales.

-¿Elenor… es la Condesa… Báthory? – preguntó con voz ahogada.

-Sólo cuando necesita serlo – aclaré. Luego lo tomé de la mano y la apreté con fuerza. Quería que todo estuviera bien. De alguna manera. Pasamos a la sala.

Varios asientos confortables, otomanas, sillones, incluso un par de sillas antiguas, estaba ubicadas en círculo delante de una alfombra de rojo sangre. Frank yo tomamos asiento a la izquierda. Miré alrededor. Éramos cerca de una veintena. Angelus y Kraig se encontraban allí también, tan atentos a lo que iba a ocurrir como nosotros. Elenor tomó asiento teatralmente en la cabecera del círculo.

-Hermanos y hermanas – nos invocó – Anoche, los Cazadores atacaron uno de nuestros pocos refugios en la ciudad. Querían hacernos daño y casi lo logran, si no hubieran sido ahuyentados por el miembro más reciente de nuestra comunidad, Frank – hizo un gesto con la mano para señalarlo. Percibí el nerviosismo de mi compañero cuando todas las miradas se clavaron en él, pero Elenor no permitió que aquello fuera por más de un minuto – Aunque algunos lo cuestionen, yo apoyo lo que él hizo. Y creo que deberíamos enviarles un mensaje incluso más fuerte. Déjenlos entrar.

La vampiresa rubia y Maxwell, la última mascota de Elenor, abrieron la puerta y sacaron de una segunda sala a varios jóvenes encadenados, vestidos con harapos, pero bien alimentados. Percibí el terror en sus mentes: cómo jamás debieron irse de casa, como querían que sus padres estuvieran allí, por qué habían aceptado la invitación a aquella “fiesta”. Aquellos no eran chicos de la calle, o que hubieran escapado, eran chicos que alguien allí afuera extrañaría. Pero eso no iba a detener a Elenor. Es más, eso era lo que pretendía.

-Somos vampiros – articuló con claridad – Nosotros tomamos lo que queremos y no nos disculpamos por ellos. El miedo a los Cazadores nos ha detenido demasiado tiempo, pero ya no más. Esta noche, mandamos un mensaje… liberando nuestros instintos. Y veamos si les gusta lo que ellos mismos han desatado.

Nadie dijo nada. Así que era eso. Nos había invocado para una carnicería en masa. Elenor dejó su lugar y se adelantó hacia una de las muchachas, que gemía quedamente. Le levantó le rostro para que todos la viéramos. Luego, con su uña trazó un largo rasguño en su antebrazo. La sangre cayó sobre la alfombra. Pude escuchar los gemidos a mi alrededor, y mis propios colmillos crecieron en mi boca de forma dolorosa. Era exquisita.

-¿Quién quiere comenzar? – nos invitó Elenor, pasando su rostro por cada uno de nosotros, hasta detenerse en el mío – Gerard, ¿nos haces el honor? Sé que tienes una debilidad por las rubias…

Miré a la chica. Su nariz era demasiado grande y su boca demasiado pequeña. Su cabello era tres tonos más oscuros, y los ojos no estaban bien, eran verdes, no azules. De acuerdo a esa tonta moda de los tiempos modernos, estaba delgada como un esqueleto. No tenía las curvas de mi Lily. Pero su altura era la misma. Y su piel marfileña sería igual de cálida, suponía. Me levanté de mi asiento obedientemente.

La chica lloraba y pedía que no le hiciera daño. Pasé un brazo alrededor de su hombro y la apoyé contra mí, un gesto casi paternal. Me la imaginé con los cabellos limpios y arreglados, y ataviada con un traje ajustado que sacara el mejor provecho posible de su diminuto y casi plano cuerpo. Probablemente era muy linda. Qué lastima. No entendía por qué lloraba. Solamente sería la primera en morir. Bajé la cara para buscar el lugar más cálido, el espacio entre su oído y su hombro.

-Tienes suerte – le dije, y ella, ya fuera la influencia que ejercía en su mente o porque presentía que lo que le pasaría a sus compañeros de infortunio sería mucho peor, me creyó. La apreté contra mí y la sostuve delicadamente, como una botella de buen vino.

Luego la mordí. Y el caos se desató

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