Recuerdo claramente la primera vez que vi a la Condesa ¿Cómo olvidarlo? Era una visión majestuosa, aterradora, infernal, electrizante. Todo a su alrededor parecía flotar, moverse con lentitud, obedecer el más mínimo movimiento de sus ojos. Todos a su alrededor nos sentíamos obligados a inclinarlos, a respetarla, a seguir ciegamente cada mandato que pronunciara su voz meliflua, a dejarnos a arrastra en sus locuras y sus orgías.
Cuatrocientos años después, aún lo hacíamos.
La noche se fundió en un remolino de imágenes y sensaciones que perdían sentido cuando intentaba pensar en ellas. Recordaba… me parecía recordar claramente a Angelus, tendido en el suelo con la cabeza oculta entre las piernas de algún muchacho, sus colmillos dirigiéndose directamente hacia la femoral… a Kraig arrastrando por los cabellos a una robusta chica negra hacia un rincón… a Cameron y la vampiresa rubia tratando de seducir a otra chica mientras Elenor las observaba lujuriosamente…
Oh, ese muchacho. No podía tener más de… ¿dieciséis, diecisiete? ¿Cómo habría acabo en aquella boca del infierno? ¿Importaba? Todo lo que podía pensar era el calor escapando de su cuerpo, sus oscuros cabellos sudados por el miedo, sus inútiles y deliciosos gritos de auxilio… lo mordí una y otra y otra vez, llevándolo al límite y regresando porque no podía obligarme a acabar con él… aquel debió ser Frank, un rostro anónimo, un pequeño juguete entretenido por un rato, un exquisito plato principal para mi gula… y quizá… quizá ese dolor a la altura de mi pecho… esa inquietud en el fondo de mi mente…
Cerca del amanecer, quedaban varios cadáveres con expresiones vacías, muchos vampiros con las venas a punto de reventar… y un solo humano vivo que se retorcía entre las cadenas en las cuáles aún estaba cautivo. Ninguno de nosotros se había acercado a tomar aquel bocado. Era un magnífico bruto, jugador de alguno de esos deportes que exigían aquel tipo de corpulencia, sus ojos febriles por la rabia, sus músculos bien torneados tensos, desafiantes. Como si cualquiera de nosotros no pudiera vencerlo sin hacernos un mínimo rasguño.
-Estoy satisfecha – murmuró Elenor – ¿Nadie quiere el último bocado?
Reinó silencio en la sala. De pronto me pregunté por qué Elenor lo habría invitado al festín: no parecía encajar con las preferencias de ninguno de nosotros. A la mayoría le gustaban las mujeres delicadas a las que seducir, o las corpulentas a las que someter, o los muchachos preciosos a los que quebrar. Él… no era nuestro estilo.
-¿Nadie? – Elenor suspiró dramáticamente – Es una lástima… no me gusta desperdiciar la comida, pero no puedo guardarlo más tiempo… Maxwell…
Maxwell se acercó al hombretón por detrás y puso las manos en los costados de su rostro, listo para romperle el cuello cuando…
-Yo lo quiero.
Para mi enorme sorpresa, una exhalación de metro y medio pasó a mi lado y se plantó en medio de la habitación. Frank observaba al tipo con ojo crítico, como el matarife que calcula cuánta carne se puede extraer de la res a punto de ser sacrificada. Elenor arqueó una ceja.
-¿Estás seguro?
-Suéltenlo – Frank se relamió los colmillos, pero no sonrió – Lo quiero peleando por su vida…
-Lo que a ti te complazca – sonrió Elenor y le hizo un gesto a Maxwell. Este, como si solo estuvieran hechas de papel, rompió las cadenas de la bestia.
Comenzó para mí un espectáculo a la vez penoso y fascinante. El fortachón, ni bien se vio libre, cargó contra nosotros como un toro enfurecido… y fue detenido inmediatamente por un simple golpe de Frank, que lo derribó sobre la alfombra casi sin ruido. Sus ojos desencajados se clavaron en mi compañero, como comprendiendo quién su oponente. Se incorporó y corrió hacia él con los brazos abiertos, su cabeza apuntando hacia estómago… y Frank no parecía hacer nada para detenerlo…
… di un paso involuntario al frente, pero Elenor puso su mano en mi hombro para detenerme. Me volví para mirarla. Estaba disfrutándolo. Su boca entreabierta y sus colmillos crecidos no dejaban lugar a dudas al respecto…
… el monstruo impactó contra Frank, pero no consiguió derribarlo. Sus brazos inflados por los músculos se asieron a él e intentaron moverlo en vano. Entonces, Frank pareció reaccionar. Se aferró al cuerpo del tipo en una especie de abrazo fraternal, saltó y lo empujó con las piernas para librarse de su constricción. Un segundo después, se encontraba colgado de su espalda, con las piernas y brazos fuertemente enroscados alrededor del bruto, una nueva cadena de la que no se libraría. Frank abrió la boca y lo mordió sin ningún aviso en el costado izquierdo del cuello.
El sujeto gimió y se resistió, tratando de sacarse de encima a la pequeña garrapata que no tenía ningún interés en aflojar su presa. En un último intento desesperado, el tipo echó todo su peso hacia atrás, golpeándose una y otra vez contra el piso, como si tuviera convulsiones y usando a Frank como amortiguador. Mi compañero apenas pareció percatarse: siguió mordiendo, lamiendo, succionando… hasta que por fin su víctima quedó demasiado débil para seguir peleando.
Cuando su corazón finalmente se detuvo, pasaron un par de segundos de quietud absoluta. Luego, Frank hizo a un lado el cuerpo como si no tratara más que de un peso molesto y se incorporó tranquilamente, limpiándose el polvo de los hombros. Un aplauso entusiasmado resonó en el salón mortalmente silencioso.
-¡Excelente, excelente! ¡Qué buen final para una noche extraordinaria! – Elenor reía, y todos alrededor rieron con ella, aunque yo no era capaz de entender la broma – Un muchacho excelente, en verdad, un buen luchador… jamás me cansaré de decir que elegiste bien, Gerard…
Traté de decir algo, pero me había quedado sin palabras. Todos los demás estaban rodeando a Frank, felicitándolo por su pericia, preguntándole qué lo había llevado a tomar la decisión de pelear con su captura.
-Quería probar la adrenalina en su sangre – comentó Frank, encogiéndose de hombros. Elenor echó la cabeza hacia atrás y rió un poco más. Luego, chasqueó los dedos para que todos le prestáramos atención.
-Mis amigos, el día se acerca – nos avisó, como si todos no lo sintiéramos sobre nuestra piel cosquilleante e incómoda – Son todos bienvenidos a quedarse en mi casa, y es más… voy a abusar de su paciencia y a pedirles que lo hagan. La próxima noche no será tan distinguida como la que acabamos de concluir, pero de todas maneras apreciaría su presencia. Hay… asuntos que merecen una larga discusión. Carmen y Maxwell los llevarán a sus aposentos.
Carmen (¡ese era el nombre!) y Maxwell se adelantaron y con gestos exagerados les fueron indicando el camino a la escalera a todos los presentes. De pronto me di cuenta que la cabeza me daba vueltas por la cantidad de sangre ingerida y que los músculos me pesaban. Quería acostarme, cerrar los ojos, dejar que el sueño, lo más parecido a la muerte que experimentaría jamás, me llevara lejos…
-Gerard, ¿serías tan amable de quedarte un segundo?
Mi amabilidad no estaba funcionando correctamente en esos momentos. Pero casi instintivamente, la voz melódica de Elenor me hizo quedarme donde estaba. Alcancé a intercambiar una mirada con Frank antes de que Carmen lo apresurara hacia las escaleras. Elenor volvió a tomar asiento en el mismo sillón, sin importarle que ahora estuviera manchado de sangre y que su elegante alfombra estuviera cubierta de cuerpos sin vida.
-¿Te ha gustado mi fiesta? – preguntó, casi como una niña que pide ansiosamente la opinión de su padre.
-Tú nunca te quedas a medias, ¿no es así? – contesté, y ella lanzó otra carcajada.
-Oh, Gerard, Gerard – suspiró – Todavía recuerdo la primera vez que te vi. Un neófito arruinado, perdido y zarrapastroso que andaba por ahí alimentándose de mi gente en los callejones de mi ciudad. No podía permitirlo. Así que te hice traer ante mí. Te veías tan cómico con esa capucha… esa fue una exageración por parte de Kraig.
-Él siempre te ha sido fiel – señalé.
-¿Y por qué no iba a serlo? Yo soy su ama, y su madre – contestó Elenor con solemnidad – ¿Recuerdas lo que pasó cuando estuvimos frente a frente?
-Me hiciste contarte mi historia – asentí – Mientras Kraig, Angelus y aquel otro maldito irlandés me mantenían de rodillas. No es la posición más cómoda para charlar…
-Cuál no sería mi sorpresa al descubrir que eras un vástago de William – Elenor descruzó y volvió a cruzar las piernas, sugerente – Un vampiro de Segunda Generación. Igual que yo.
-No me dijiste que William era de la Primera Generación – protesté – Que tenía más de mil años y que estaba ligeramente desquiciado.
-No conocía a William – se defendió Elenor – Mi creador me habló de él, pero no lo conocía. No hasta ese desagradable incidente en que nos cruzamos con él y Michael en España. Pensé que los habíamos dejado heridos en esa batalla, pero regresaron – suspiró – y siguieron regresando. Incluso cuando escapaste conmigo a América.
-Michael y yo hemos jurado no descansar hasta haber destruido al otro – le recordé – Y no lo haremos.
-¿Y por qué nunca fuiste tras él? – interrogó, alzando una ceja. Supe que no tenía caso mentirle.
-No podía apartarme de tu lado – repliqué – Tú me has enseñado todo lo que sé, tú eres la que ha cuidado de mí. En cierto sentido, tú eres más mi creadora que William.
Elenor inclinó la cabeza, lanzando algo a la mitad entre un bufido escéptico y una sonrisa divertida.
-Esa es la zalamería más grande que alguien me ha dicho en siglos.
-Lo sé – asentí – Pero estoy seguro que no me hiciste quedar para recordar viejos tiempos y poner mis sentimientos descarnados frente a ti…
La sonrisa de Elenor se desvaneció de su rostro mientras se dejaba caer contra el respaldo de su sillón. Su cabello estaba despeinado y a pesar de la tersura de su piel y de la sangre consumida, todo en ella parecía de pronto ligeramente decadente y triste. Sus ojos avellana se clavaron en mi con solemnidad.
-Se acerca una guerra, Gerard – me recordó – La más grande y sangrienta que hemos enfrentado jamás.
-Nos hemos enfrentado a los Cazadores otras veces…
-Nunca así. Lo sé, viejo amigo. La noche me lo ha dicho – insistió ella – Ellos confían en mí. Confían en que los cuidaré, que los llevaré a la victoria. Y lo haré, si es que puedo. Pero tengo miedo de fallar. Y sabes lo que eso significa.
No pude evitar pensar que la sangre se le había subido a la cabeza ¿Había vuelto a tomar otra de aquellas pastillas azules, como quiera que se llamaran? De todas maneras, traté de tranquilizarla de la única forma que se me ocurrió:
-Tú eres una de las más antiguas que existe – le recordé – Exceptuando a William, todos los de la Primera Generación han muerto. Los Cazadores nunca te tocarán. Eres demasiado poderosa.
-Esta vez no se andarán con esos remilgos. Están desatados, Gerard – Elenor bajó los ojos un momento y luego continuó – Si algo me pasa a mí, quiero que tú te hagas cargo de ellos. Somos seres solitarios, pero siempre necesitamos a quien acudir. Quiero que tú seas esa persona si llegara a faltar yo. Después de todo, tú también eres un Conde, ¿no?
-Elenor, ¿de qué estás hablando? – me escandalicé y me asusté por lo que estaba sugiriendo – Nada te va a pasar.
-Quizá. Quizá no – Elenor sacudió la cabeza – Todo lo que sé es que confío en que te respetarán.
-Hay vampiros más antiguos que yo…
-Ningún otro de la Segunda Generación – señaló ella – Está bien. Si quieres, puedes pensarlo. Sé que no es poco lo que te estoy pidiendo – se levantó y me dio una palmada en el hombro al pasar – Me retiro ahora. Tengo un festejo más… privado. No quiero que Carmen y Maxwell lo empiecen sin mí.
Sus pasos sonaron amortiguados sobre la alfombra mientras se dirigía ala puerta, esquivando los cadáveres como si no fueran más que muebles.
-Sugiero que hagas lo mismo – agregó antes de atravesar la puerta – Tu neófito se veía un poco… ansioso esta noche.
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