Los gritos de Jamia resonaron por la prisión vacía con una estridencia estremecedora.
-¡¿Qué me está pasando?! – preguntó, en el colmo del dolor.
-Tranquila, calla – le pedí. No me animé a taparle la boca, la última vez que lo intenté casi me había mordido – Tu cuerpo está muriendo, eso es todo.
-¡Me quema! ¡Haz que pare! – me rogó
Me quedé observando cómo se retorcía, desolado. Si Jamia seguía gritando de esa manera, sin duda atraería la atención, y entonces su segunda vida sería trágicamente corta. No entendía que estaba ocurriendo. No se suponía que doliera tanto ¡Ni siquiera Frankie había experimentado tanto dolor! Le puse una mano en la frente y le sentí demasiado caliente, enfebrecida, igual que los dedos con los que se aferró a mi muñeca.
Y entonces lo entendí. Su sangre no era virgen. Ya había sido mezclada con otra sangre, probablemente la del mismo William. Y al contacto con la mía, reaccionaba de aquella manera. No le haría ningún daño, pero seguramente era una tortura comparable a la que sentiría yo si bebiera la sangre de Michael. La única forma de acabarlo…
-¡Jamia, Jamia, escúchame! – la llamé con la voz y con el pensamiento, abriéndome paso como pude a través de la barrera de su dolor – Voy a darte más sangre. Morirás más rápido, pero yo… me debilitaré y quizá no pueda seguirte el paso cuando salgamos de la fortaleza…
Los ojos de Jamia se clavaron en los míos, indicándome que me escuchaba.
-Te prometí una nueva vida – seguí yo – y te la daré. Aunque sea a cambio de la mía. Pero tú… tú debes prometerme algo también.
Jamia tomó aliento, intentó decir algo, pero lo único que pudo hacer fue soltar otro chillido ahogado.
-Tienes que prometerme… que cuidarás de Frankie si algo llega a ocurrirme – la inste – Promételo.
En medio de los espasmos, Jamia se las arregló para asentir con la cabeza. Era suficiente para mí. Reabrí la herida en mi muñeca y se la ofrecí una vez más. Jamia se aferró a mí con desesperación y puso la boca contra mi sangre. La escuché succionar mientras sentía que mi cuerpo desfallecía y se tambaleaba a medida que mi sangre se convertía en la suya. Traté de mantener la mente clara, pero poco a poco la debilidad me ganó y me fue sumergiendo en un confuso abismo de colores y oscuridad. Los recuerdos afloraron a mí como si alguien los hubiera invocado desde el fondo más profundo de mi consciencia. Lily, William, el castillo quemado, Elenor, el viaje a América… todo desfiló ante mis ojos con una rapidez demasiado vertiginosa para poder captar algo realmente claro.
-Jamia – murmuré débilmente, o quizá lo pensé – Jamia, ¡es suficiente!
Pero ella no se apartó, glotona, codiciosa, decidida a absorber toda la vida que pudiera, decidida a sobrevivir, a salir del trance más fuerte que antes. Sus propios recuerdos se mezclaron con los míos, en una simbiosis inseparable que se hizo imposible de seguir. El rostro de mis padres pareció deformarse hasta mezclarse con los de ella, las noches oscuras vacías, con mis propias noches de cacería, hasta que ambos confluyeron hacia el único punto en común, hacía la única encrucijada gracias a la cual nuestros caminos podrían haberse cruzado jamás: Frank.
En cuanto su rostro pálido, sus ojos resplandecientes, su sonrisa juguetona, pasaron delante de nuestros ojos, solo entonces Jamia me soltó. Me desplomé contra el suelo frío temblando, me sentía vacío y apaleado. Jamia, por su lado, estaba inclinada sobre sí misma, con la mano sobre la boca. Por un segundo, me parecido que estaba sorbiendo o saboreando las últimas gotas escurridizas de mi sangre, pero cuando apartó los dedos, pude ver que un par de incisivos caninos manchados de rojo habían crecido hasta traspasar el límite de sus labios.
Jamia los tocó con la yema de los dedos, admirada. Luego, echó la cabeza hacia atrás y lanzó una carcajada que sonó demente en mis oídos agotados.
-¡Maestro! – dijo – Maestro, ¡lo has conseguido! ¡Estoy muerta!
-No… solo… estás demasiado viva – murmuré, ni siquiera seguro de lo que quería decir. La cabeza me daba vueltas.
Jamia, sin embargo, se repuso de la sorpresa con suficiente rapidez. Saltó para ponerse de pie y a continuación tiró de mi brazo para incorporarme. En sus brazos fuertes y recién nacidos, yo me sentía como una marioneta con los hilos cortados.
-Vamos, Maestro – me dijo – Los siento acercarse. Tenemos que irnos.
-No… no puedo – balbuceé.
-¡Tienes que tratar! – me instó ella – Tienes que salir vivo de aquí, Maestro ¡Le dijiste a Frank que lo harías!
Invocar su nombre fue como una especie de descarga eléctrica. Todavía apoyado en sus hombros, dejé que ella guiara el camino.
Después de un rato de caminar, nuestro trote adquirió un cierto ritmo apresurado contra los azulejos blancos. Me obligué a mantener la vista clavada en mis pies, en contar mentalmente los pasos que dábamos hacia la salida, hacia la libertad. Había delegado toda la responsabilidad de sacarnos de allí con vida en ella, porque yo no podría haber sido más inútil en ese momento. Además de la debilidad que me mordía los miembros, sentía la boca seca y los comillo puntiagudos contra mis labios, indicándome que debía beber sangre, lo antes posible, ahora mismo, ¡ya!
-Maestro, resiste – susurraba Jamia en mi oído de vez en cuando – Pronto saldremos de aquí.
-Deja de llamarme Maestro – murmuré en respuesta, pero no creo que me haya oído. De pronto, se paró tan en seco que casi choco contra ella. Tuve que apoyarme en la pared para mantener el equilibrio. Ella se llevó la mano al cinturón y sacó la pistola que todavía llevaba allí. Yo negué con la cabeza – No seas una tonta – le dije – Tienes armas más poderosas que esa ahora…
-Tal vez – Jamia siguió cargando la pistola, haciendo caso omiso de lo que le decía – Pero ellos también tienen sangre de vampiro en las venas. La plata les hace tanto daño como a nosotros.
Noté apenas lo natural que había sido para ella decir “nosotros”, y el mucho sentido que tenía lo que acababa de decir ¿Por qué nunca se nos había ocurrido? Jamia levantó la pistola con gesto profesional y encaró un pasillo. A lo lejos, escuché como unas botas se acercaban apresuradamente hacia donde estábamos nosotros.
-¡Jamia! – dijo una voz, que deduje debía pertenecer a alguien casi tan joven como ella – Jamia, ¿no escuchaste el alerta roja? ¡Los prisioneros han escapado!
Se acercaron aún más y su olor invadió mi nariz de forma casi agresiva. Eran jóvenes, muy jóvenes. Olían más como humanos que como los monstruosos híbridos en que se convertían cuando bebían suficiente sangre de vampiro. Podrían… podrían ser una buena cena. Levanté los ojos tratando de moverme lo menos posible y contemplé sus cuellos, carnosos, lozanos. Lo único que se interponía entre ellos y yo eran Jamia y su pistola, como un recordatorio de la cordura que debía mantener en ese momento.
-Sé que escaparon – dijo Jamia, para nada dispuesta a ocultar su condición.
-¿Qué diablos estás haciendo…? – preguntó otro de sus compañeros. Jamia sonrió ampliamente, enseñando sus colmillos.
-Yo los liberé.
A continuación, el caos. Los disparos volaron alrededor de nosotros, pero les presté muy poca atención. Una bala de Jamia acababa de impactar contra el hombro de uno de los jóvenes cazadores y el perfuma de su sangre consiguió enloquecerme. Me lancé sin ninguna clase de prudencia contra él, lo acorralé contra la pared y le desgarré la garganta, abrí sus venas con fiereza y sorbí, sorbí olvidándome de todo, del tiroteo detrás de mí, del humo y la muerte que se cernía alrededor. Todo lo que importaba era aquel joven, su cuello terso y la sangre que me daría vida…
Cuando me aparté de él, todo había terminado. Jamia estaba inclinada sobre uno de los cadáveres, pero, para mi sorpresa, no estaba bebiendo de él. Supuse que no debía estar tan sedienta como yo gracias a toda la sangre que había tomado de mí. Cuando se dio cuenta que la miraba, se incorporó con rapidez.
-¿Te encuentras bien, Maestro?
-Estoy… estoy bien – di un paso hacia ella, pero el pasillo pareció cerrarse sobre mí, y una sensación de claustrofobia me atenazó el pecho – Estoy… mareado… ¿qué está ocurriendo?
-Demonio Azul – explicó ella – Nos obligan a tomarlo en caso de que un vampiro nos muerda. Tuviste suerte de que yo me había saltado mi dosis esta noche.
Jamia me agarró del brazo y yo cerré los ojos, porque tenerlos abierto era demasiado confuso .todo parecía como si se moviera, todas las cosas eran amenazantes y horribles.
-Pensé que… se suponía que era un droga recreativa – repliqué, mientras me dejaba arrastrar por ella.
-No este lote – contestó crípticamente – Resiste, Maestro. Casi estamos ahí.
No sé cuánto tiempo pasó desde que dijo esas palabras, hasta que sentí el sonido de otra de esas odiosas puertas de metal abrirse delante de nosotros. Pareció una eternidad. Luego, ella tiró de mí hacia fuera y una brisa fría me golpeó el rostro y acarició mi piel enfebrecida. Luego, con horror, percibí un atisbo de luz a través de mis ojos cerrados.
-¡Jamia! – grité en cuenta sentí el calor detrás de nosotros – ¡El sol!
-No es el sol, Maestro – contestó Jamia, y yo abrí los ojos sin pode creerlo. El cielo nocturno se extendía sobre nosotros aún, protector, infinito – Es la fortaleza. Se está quemando.
Y así era. Las llamas casi habían trepado hacia la cima del domo, y no tardaría mucho en llegar a donde estábamos. Con mi último atisbo de lucidez, pasé el brazo alrededor de los hombros de Jamia y ambos echamos a correr.
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