Después que mi madre murió, se acabaron los días de sol para mí. Dejábamos la casa sola por varias horas durante el día, trabajando infatigablemente, pescando, yendo al mercado. La pérdida de su esposa convirtió a Jack en un ser amargado, distante y propenso a la bebida. Controlaba cada uno de mis movimientos, me obligaba a hacer todo de nuevo si no hacía las cosas bien. Si me encontraba leyendo alguno de los pocos libros que teníamos en casa, o dibujando sobre la arena, me gritaba para que dejara de hacer cosas inútiles. A veces, incluso, recurrió al castigo físico, cosa que jamás había hecho antes.
-¿Qué estás haciendo? – me preguntó de mal modo una vez, en que me encontró sentado en la playa, dibujando en la arena como solía hacer – ¿Por qué no empezaste a pescar?
-Estaba esperando que trajeras las redes – contesté con toda calma.
-¡Perezoso! – me gritó, y me lanzó una bofetada – ¡Por cosas como esa es por las que terminaste matando a tu madre!
No me gusta recordar estas cosas. Simplemente dejaron de importarme. Cuando tenía aquellos arranques, yo lo miraba, lo inspeccionaba con curiosidad. Incluso cuando me gritaba en medio de sus borracheras, incluso cuando decía las cosas más hirientes, había un pensamiento que rondaba en mi cabeza, consolador: “Tú no eres mi padre.”
Una de esas noches en que regresamos del mercado y él se puso inmediatamente a beber el vino y el whiskey barato que había conseguido, yo salí al exterior. La noche estaba fría, pero era mejor que quedarse adentro y arriesgarme a someterme a su ira alcoholizada. Alcé el rostro hacia las estrellas y dejé que todas ellas se me metieran en los ojos, que me cegaran, tratando de olvidar y de entender al mismo tiempo cuál era mi lugar entre ellas. No era un muchacho, y tampoco aún un hombre. No era pescador. No era un noble.
Fue en ese momento que sentí un quejido lastimero. Me sobresalté, pensando que podría ser alguna clase de animal salvaje herido, pero cuando el quejido volvió a escucharse, reconocí algo intrínsecamente humano en él. Caminé en dirección a él, y para mi sorpresa, encontré a un hombre, yaciendo debajo de un árbol. Estaba apoyado en él y a simple vista no estaba herido, pero tenía un gesto de dolor infinito que deformaba sus facciones.
Me acerqué con lentitud. Sus oscuras ropas de viaje se confundían en el césped. Levantó la cabeza con rapidez y clavó sus ojos en mí. Eran de un extraño color verde brillante. Refulgían de manera inquietante mientras me acercaba a él.
-¿Se encuentra herido? – pregunté, cauteloso. Él se limitó a quedarse tan inmóvil que no parecía humano – Puedo ayudarlo… lo acompañaré hasta el pueblo…
Finalmente reaccionó. Se incorporó un poco.
-Gracias – dijo, con un acento extraño y seseante – Sólo necesito un lugar donde pasar la noche… si no es mucha molestia…
Reflexioné al respecto. Jack estaba probablemente bastante borracho para ese momento. De todos modos, sería mejor no arriesgarme a llevar al extraño donde pudiera verlo.
-Puede dormir en los establos – le propuse – No es el mejor lugar, pero es… todo lo que puedo ofrecerle…
El extraño sonrió. El blanco de sus dientes destacó en la negrura reinante alrededor.
-El establo… es perfecto – susurró, de forma que me hizo recordar ligeramente a una serpiente. Me estremecí, pero aún así me arrimé a socorrerlo cuando lo vi intentando levantarse débilmente. Dejé que se apoyará en mi hombro y empecé a conducirlo a la casa – Eres un muchacho muy amable – comentó el hombre.
No contesté. No supe qué contestar. Su ropa estaba húmeda y los dedos que apoyó sobre mi cuello, fríos… como si aquella persona no fuera capaz de producir calor.
-¿Cómo te llamas?
-Gerard – contesté, de pronto comenzando a arrepentirme por aquel gesto cortés.
-Gerard – repitió con un silbido – Mi nombre es Willian. He hecho un largo viaje desde Transilvania…
-¿De verdad? – torcí la cabeza para mirar su rostro otra vez. Quizá no debía hacerlo. Aquella sonrisa inquietante no había huido de sus labios.
-¿Te gustaría viajar? – preguntó – ¿Te gustaría irte muy lejos de aquí y nunca regresar?
Tragué saliva mientras nos acercábamos a la puerta del establo ¿Cómo era posible que hubiera puesto palabras a mis pensamientos confusos de forma tan sencilla?
-Estoy seguro que serías un buen compañero de viaje – siguió diciendo – Estoy seguro que lo serías.
Abrí la puerta, todavía no muy seguro que contestar. Babieca, nuestro caballo, levantó la cabeza, como reclamando por interrumpir su sueño. William se dejó caer sobre un montón de paja con un algo a mitad de camino entre un suspiro y otro quejido.
-¿Seguro que se encuentra bien? – volví a preguntar.
-Sí… no te preocupes – contestó William – Recobraré mis fuerzas en seguida.
Empecé a retirarme cuando me llamó por mi nombre.
-No olvidaré esto – prometió – No olvidaré tu amabilidad. Espero poder retribuírtelo… muy pronto.
Un escalofrío me recorrió la espalda. Salí del establo con rapidez, no muy seguro de que querer que Williams mantuviera su promesa.
A la mañana siguiente, escuché Jack removiéndose en su borrachera poco antes del amanecer. Me levanté y me dirigí con rapidez al establo. Pronto iría hacia allí para ensillar a Babieca, y no quería que encontrara a Williams, porque probablemente aquello sería motivo de gritos y golpes para mí. Le iba a pedir amablemente que se fuera. Y con un poco de suerte, nuestros caminos no se volverían a cruzar.
No tuve que hacerlo. Williams se había ido. Y también Babieca.
Por un momento, me debatí entre el alivio y el remordimiento. Me alegraba que aquel hombre tan extraño se hubiera marchado, pero, ¿cómo le explicaría a mi padre la desaparición del caballo que nos llevaba al mercado, que era nuestro sustento? ¡No podría decirle que había alojado un ladrón de caballos en nuestro establo! ¡Me mataría a golpes!
Tampoco tuve que explicar eso, sin embargo. De pronto lo escuché soltando una maldición.
-¡Babieca! ¿Qué te hicieron, viejo amigo? – murmuró en su media lengua cargada de resaca. Corrí hacia donde él estaba.
Con la luz de la mañana, no había visto las manchas de sangre que se extendían largamente alrededor de todo el establo. No había visto las marcas en la tierra, como si hubieran arrastrado algo pesado a través de ellas. No había visto el cadáver de Babieca, con el cuello casi cortado, convertido en una masa informe de pelos, moscas y sangre coagulada. Jack lo contemplaba en un silencio vacío, pero aún así respetuoso.
-Yo no lo hice – fueron las primeras palabras que se me ocurrió soltar cuando volteó a verme.
-¡Por supuesto que no, idiota! – contestó, enojado – ¿Cómo vas a hacerlo tú? Debieron ser varios que intentaron robarlo… y el pobre Babieca se les resistió…
Yo estaba seguro que esa no era la explicación, pero decidí ayudar a limpiar el desastre calladamente.
Aquella tarde, Jack bajó al pueblo a averiguar si había alguien a quien le interesara vender un caballo. Dijo que no volvería hasta tarde. Sospeché que de vuelta, o quizá de ida, se quedaría en la taberna para beber hasta desmayarse. Me senté solo en nuestra vieja y astillada mesa, contemplando el pedazo de carne salada que habíamos conseguido hacia unos días. Sabía que no debía comerla y que tendría problemas si lo hacía, pero tenía tanta hambre…
Yo meditaba sobre esto y el sol estaba a mitad de camino de ocultarse cuando William regresó. Apareció en la cocina, sentado sobre una butaca envejecida por el uso y yo me sobresalté lo suficiente para pararme y alejarme de mi silla.
-¿Cómo entró? – pregunté.
-Por la puerta – replicó él alegremente y se incorporó – Así que… ¿tienes hambre?
La tenía, pero muchas otras cosas cruzaron por mi mente en ese momento.
-¿Qué le hizo a Babieca? – pregunté, receloso.
-¿Te refieres a aquel viejo caballo cuyas articulaciones estaban a punto de vencerse para siempre? – avanzó con mucha lentitud hacia mí – Era un caballo de carrera en su juventud, ¿verdad? Era una humillación que lo trataran como una simple bestia de carga…
-¿Cómo sabe esas cosas? – pregunté. Estaba paralizado de terror. Tanto que no pude reaccionar cuando se acercó a mí y me tomó el rostro entre las manos. Sus dedos, de nuevo, estaban helados.
-Yo sé muchas cosas – contestó, sonriendo de nuevo – Babieca era mucho más de lo que aparentaba ser… más o menos como tú, ¿verdad?
Tuve ganas de apartar la vista, pero no conseguí hacerlo. Los ojos de William de pronto tenían un efecto hipnótico sobre mí.
-Confía en mí – me ordenó, de nuevo con aquel acento que me hacía pensar en serpientes – ¿Tienes hambre? – volvió a preguntar. No muy seguro qué saldría de ello, asentí levemente.
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