No llegamos a casa en quince minutos. En el camino nos detuvimos a tomar un bocadillo. O mejor dicho, a atraerlo a nuestro auto haciendo desfilar un billete delante de sus ojos.
Las prostitutas junto a las que pasamos no podían tener más de unos veinte años. Había algo casi antinatural en sus rostros demasiado maquillados, sus faldas demasiado cortas y sus blusas demasiado ajustadas. No me gustaban aquella clase de mujeres, pero Frank me desarmó con el argumento de que todas las mujeres que yo seducía cada noche se les parecían bastante. Con la diferencia que aquellas “trabajadoras” eran más honestas al respecto.
De todos modos, lo dejé elegir. Seleccionó una rubia teñida, con los labios pintados de un rojo furioso y medias de red que se apoyó en la ventanilla de nuestro auto descaradamente. Sus ojitos delineados brillaron cuando vieron el billete de cincuenta que hice pasar ante ellos. Pero luego vio a Frank en el asiento de atrás.
-Te costará el doble por los dos, amigo – me notificó.
-No te preocupes por eso. Sólo sube aquí conmigo – la animó él, palpando el vacío a su lado. La chica pareció dudar que dijéramos la verdad, así que saqué otro billete de cincuenta. Eso la convenció.
Se subió al asiento de atrás y cerró la puerta. Aceleré de inmediato.
-Entonces, ¿tienen a donde ir, chicos, o puedo sugerir un lugar bonito y discreto? – preguntó, echando su melena hacia atrás de manera sugerente.
En ese momento, la mano de Frank se posó directamente sobre el muslo que su falda tableada dejaba al descubierto, al mismo tiempo que sus labios caían sobre el escote que quedaba a la vista. La chica echó la cabeza hacia atrás y dejó escapar un gemido, obviamente fingido.
-Mmm… vas a tener que esforzarte un poco más, cariño – murmuró Frank, deshaciendo sin ningún pudor los botones de su blusa – No me engañarás tan fácilmente.
Ella esbozó una expresión aburrida que conseguí vislumbrar en el espejo retrovisor, solo un segundo antes de volver a su cara juguetona estándar.
-¿Y tu amigo? ¿Se unirá a la fiesta o sólo le gusta mirar?
-Esa es una buena pregunta – Frank alzó los ojos de donde estaba y se encontró con los míos. Había una sonrisa floreciendo en la comisura de sus labios – ¿Gerard?
-Puedes quedarte con el primer mordisco – le permití, encogiéndome de hombros. Aunque no estaba tan indiferente al espectáculo como pretendía.
La chica era bastante bonita, tenía que admitirlo, la clase de mujer con curvas sugerentes y robustas que me gustaba. Sus senos generosos, apenas retenidos por el sostén de encaje, se perfilaban ante mi mirada hambrienta como un perfecto lugar para depositar un beso… o algo más. Y ver a Frank con los labios entreabiertos y la piel sonrojada era siempre algo digno de contemplación, por supuesto. Aunque no fuera yo el que lo estaba causando.
Los dedos de la prostituta alcanzaron hábilmente la bragueta de Frank, pero él no la dejó deshacerla. En lugar de eso, la obligó a recostarse contra el asiento, atrapándola entre sus rodillas, y siguió depositando ligeros besos de un lado a otro de su cuello y acariciando suavemente por debajo de su falda. Entendí lo que intentaba hacer. La quería excitada, quería su sangre hirviendo y corriendo descontroladamente, cargada de adrenalina y deliciosas endorfinas. Pero no le sería fácil: a pesar de su corta edad, la chica era una profesional. Se detuvo, frustrado.
-Ayúdame un poco, ¿quieres? – me pidió molesto.
-Oh, Frankie, pero si tú eres capaz de despertar los instintos más bajos en cualquiera…
-¿A cualquiera o sólo a ti? – la sonrisa diabólico estaba de vuelta en sus labios.
-Ya sabes que soy débil cuando se trata de ti…
La chica abrió los ojos y frunció el ceño.
-¿De qué demonios están hablando…?
-Relájate, cariño – le pedí mientras estacionaba el auto junto a un callejón en el que sabía que nadie nos molestaría – y disfrútalo. Va a ser el paseo de tu vida, te lo garantizo…
Sin mucho esfuerzo, derribé sus barreras mentales e hice desaparecer todo signo de raciocinio, toda cosa que le dijera que aquello era estrictamente un negocio. Frank volvió a trabajar en ella, con redoblados esfuerzos esta vez. La despojó de su mínima ropa mientras ella todavía oponía un poco de resistencia al placer que me encargué de multiplicar cuidadosamente en su cabeza. No fue tan difícil. Cuando Frank le acarició el cuello con sus largos dedos juguetones, ella ya estaba entregada del todo. Gimió con fuerza.
-Eso está mejor ¿No crees que está mejor, Gerard?
-Mucho mejor – repliqué. Estiré la mano para atrapar el brazo de la prostituta y la besé delicadamente sobre la muñeca – ¿Todavía quieres el primer mordisco?
-Adelante – me invitó él antes de volver a concentrarse sobre el precioso espacio su cuello y sus pechos.
Pasé la lengua sobre el lugar que pensaba perforar. Luego clavé los colmillos con mucha delicadeza. La sangre surgió en un chorro abundante, deslizándose delicadamente hacia mi garganta sin necesidad de que yo hiciera nada más. Ella ni siquiera se dio cuenta, parecía estar alcanzando los picos más altos de alguna clase de extraño éxtasis.
-¿Lo estás disfrutando, belleza? – le preguntó Frank. La prostituta asintió, y de sus labios escapó otro gemido cuando di vuelta la cabeza para encontrar un ángulo mejor – ¿Sí? Te dijimos que lo ibas a disfrutar – bajó la cabeza, como un lince que se inclina majestuosamente para beber agua, y mordió suavemente justo debajo de su barbilla. La chica parecía a punto de explotar.
-Qui… quiero… - murmuró confundida. Frank se levantó para mirarla.
-¿Sí, preciosa? ¿Qué es lo que quieres? – puso una mano bajo su nuca y el cuerpo de ella se arqueó debajo de sus piernas – ¿Qué quieres? No te entiendo… tendrás que ser más clara…
La chica, en el colmo de la desesperación, separó las piernas todo lo que podía en semejante posición y trató de frotarse contra Frank, quién se rió descaradamente.
-Oh, ya veo… así que eso es lo que quieres, ¿no…?
Dejé lo que estaba haciendo para mirarlo severamente.
-Frank… ¿qué te he dicho sobre jugar con tu comida…?
-Por favor… como si no lo estuvieras disfrutando – me sonrió de forma irónica.
Sus colmillos estaban desplegados por completo. Se veía perverso y seductor, como alguna clase de retorcido ángel de la muerte. No podía contra él. Negué con la cabeza.
-Haz lo que quieras – le concedí.
Busqué otro punto en la muñeca de la chica y la mordí otra vez. El perezoso arroyo de sangre que salió esta vez era más pesado, y tuve que succionar para sacar un poco más. Comprendí que la chica estaba a punto de desmayarse, sino por el éxtasis, sí por la pérdida de sangre. Lo que sea que Frank tuviera planeado hacer con ella, sería mejor que lo hiciera rápido. Él también se dio cuenta.
-Así que, bonita… ¿me deseas? – preguntó. Ella asintió dolorosamente con la cabeza – ¿De verdad, de verdad me deseas?
-¡Sí! – gritó ella, desesperada.
-Bueno, eso es una lástima – suspiró Frank – Me temo que no eres mi tipo – se inclinó hacia el oído de ella y le susurró, pero aún así pude oírlo – Me van los sujetos de ojos verdes mucho mayores que yo…
Luego la mordió sin piedad justo sobre la yugular. La chica gritó una última vez, un estertor atormentado de algo entre el dolor y el placer. Cerró los ojos y comprendí, por su mente completamente nublada, que había alcanzando un clímax exquisito. Luego su corazón se desmayó y ella dejó de respirar. Agonizó unos segundos más después de que Frank dejara de morderla.
-No ha estado mal – comentó, limpiándose un hilillo de sangre del costado de la boca.
-No tienes ninguna clase de límites, ¿no es cierto? – murmuré, dejando la mano de la chica sobre su cuerpo inerte. Frank se acercó a centímetros de mi rostro.
-¿Por qué habría de tenerlos? – preguntó – ¿Te molesta?
-No. A decir verdad… me excita.
No había una forma más delicada de ponerlo, y de todas maneras, era cierto: Frank había convertido la aburrida rutina del acecho y la caza en un juego emocionante y atrevido. Me había sacado por completo de todos mis viejos patrones, del automatismo que empezaba a acabar con mis ansias de seguir vivo. Y me encantaba.
-Entonces… ¿siempre te gustaron los tipos de ojos verdes mayores que tú? – le pregunté. Frank esbozó una amplia sonrisa.
-No. Es un gusto que adquirí hace poco – chocó su nariz con la mía y me dejó hacer el resto.
Lo besé brusca, ansiosamente. Tenía ganas de estrecharlo, pero él seguía en el asiento trasero, lejos de mi alcance. Así que me limité a jugar con su lengua y dejar que enredara sus dedos en mi cabello y tirara de él, tan violentamente que me dolió.
-¿Podemos ir a casa ahora? – preguntó, ansioso.
-Por supuesto – miré el cadáver sobre el asiento trasero – Tan pronto como limpiemos un poco aquí…
-De acuerdo – suspiró él con tristeza fingida. Luego volvió a sonreír – Oye, Gerard… y cuando lleguemos, ¿podemos jugar un juego?
-¿Un juego? – repetí alzando una ceja.
-Sí… jugaremos a que yo soy la prostituta muerta, y tú eres yo…
No hace falta decir cuánto me apresuré en dejar todo impecable.
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