-¿Wi… William…?
Wiliam estaba arrodillado junto a mí. Tenía el rostro contraído en una mueca de miedo que se relajó en cuanto pronuncié su nombre.
-¿Qué ocurrió? – pregunté – ¿Dónde está Lily?
-Tú estás a salvo – contestó William, evadiendo mi pregunta – Es todo lo que importa.
Miré mis propias manos sin encontrar rastro algunote quemaduras en ellas. Mi cuerpo tampoco estaba dolorido, ni podía sentir ninguna clase de molestia… excepto porque tenía… tanta sed.
-No… no lo entiendo – una neblina de confusión se cernía sobre mi cerebro, y no parecía querer disiparse – Atacaron el castillo y… y… William, ¿qué les pasó a Lily y a Victor…?
-Gerard, por favor – bufó William – Te salvé la vida, ¿no puedes estar agradecido al menos por eso?
-¿Tú… tú me salvaste? – repetí, desconcertado – Pero… yo… no lo entiendo – me llevé las manos a la cabeza y traté de bloquear todo el flujo de sensaciones que me invadía al mismo tiempo – William…
-Estoy aquí – contestó él, y pude sentir sus manos apoyándose firmemente en mis hombros.
-Si tú me salvaste… entonces… debiste salvarlos a ellos también – completé la oración. Mantener el hilo de mis pensamientos era demasiado difícil. Si tan solo esa sed no fuera tan acuciante…
William me puso una mano debajo de la barbilla y me obligó a levantar el rostro hacia él. Su cara no tenía la misma aura sobrenatural que había visto hacía poco menos de un año, su porte ya no era tan imponente. De pronto, era como si estuviera contemplando a una persona perfectamente normal. Como si William hubiera descendido varios peldaños en la escala de la humanidad, o lo que fuera.
-Llegué demasiado tarde, Gerard – me contó con calma – El niño estaba asfixiado, no había nada que pudiera hacer… y Lily, ella… murió en el derrumbe… tú apenas estabas vivo…
-No – murmuré, como si esa palabra pudiera llevarse todo lo que me estaba diciendo – No, no puede ser…
-Te saqué de ahí tan rápido como pude… y yo… Gerard, perdóname… era la única forma de salvarte…
-No… ¡no pueden estar muertos! – grité. Una especie de dique se derrumbó en mi interior y la rabia me inundó, cegándome por completo. Me aparté de William, de su presencia maléfica y tóxica – ¡¿Por qué?! ¡¿Por qué me salvaste?! ¡¡Mi familia está muerta!! ¡¡Ya no tengo nada por qué vivir!!
-¡Gerard, escúchame…!
-¡¡Aléjate de mí!! – bramé y lo empujé. De alguna manera, logré que se elevara en el aire y cayera ruidosamente sobre la nieve a varios metros de distancia. Me quedé paralizado otra vez. Miré mis manos, mientras la pena y la rabia se mezclaban con otro sentimiento que no me costó reconocer: miedo – ¿Qué… qué fue lo que me hiciste…?
William se incorporó de la nieve con mucha lentitud (sin los movimientos gráciles, sin la rapidez extrema que lo hacía invisible a los ojos) y volvió a acercarse con pasos torpes.
-No podía dejar que murieras… y ahora no vas a morir nunca…
Entonces lo comprendí. William no había perdido su gracia ni su aura. No había descendido a la humanidad. Yo me había elevado encima de ella, y ya no era… ya no era hombre. Veía a William como un igual, porque ahora yo era igual a él.
Caí de rodillas, y lloré. La nieve debajo de mí se tiñó de rojo.
Tuve muchos problemas para adaptarme a mi nuevo estado. Cuando la pena por la pérdida de mi familia remitió, cuando conseguí poner mi cabeza en orden, empezaron a surgir demasiadas preguntas, y William jamás respondió a la mitad de ellas. La mayor parte del tiempo, se dedicaba únicamente a actuar, y dejaba que yo lo siguiera y lo imitara sin explicarme nada.
Como la primera vez… que probé sangre humana.
Había estado alimentándome de ratas y pequeñas alimañas instintivamente, demasiado derrotado y temeroso de salir de la granja abandonada a la que William me había llevado. Me dijo que no debía salir de allí, especialmente durante el día, que corría un peligro demasiado grande, sin explicarme por qué o quién se encontraba detrás de ese peligro.
Yo me limité a hacerle caso, y permanecí allí varias noches, durmiendo a ratos irregulares y acechando a las pequeñas ratas que pasaban junto a mí. Las atrapaba por la cola y luego hundía los colmillos en sus pequeños vientres hinchados, bebiendo hasta que se convertía en una pequeña masa de pelos y carne seca. Había algo de animal y también mucho de locura en mi comportamiento. Pero si me permitía pensar con cordura, si me permitía recordar a Lily, mi calma desaparecía y quería destrozar los muros y gritar hasta caer agotado.
Una de esas noches, William apareció trayendo un bulto blanco echado al hombro que depositó delante de mí sin miramientos. Yo me dediqué a mirarlo a él.
-Tengo que salir de aquí – murmuré.
-No puedes.
-¿Por qué no?
-Es peligroso, Gerard – replicó.
-No lo soporto más…
De pronto, él tenía su cara pegada a la mía. Sus movimientos ya no eran tan deslumbrantes como antes, pero de todas maneras me sorprendí. Puso su mano bajo mi barbilla otra vez.
-Cuando sea el momento, saldrás de aquí – me dijo, su aliento acariciando mis labios – Y nos iremos. Tú y yo. Lo más lejos posible.
-¿Lo más lejos posible de qué? – murmuré, pero él se limitó a apartarse y volver hacia el bulto que se removía sobre el suelo.
-Te traje algo – murmuró, y corrió el velo que la cubría.
Una muchacha semi inconsciente, con su cabello negro y lustroso, se perfiló ante mis ojos desorbitados. Miré William, no muy seguro de qué se suponía que hiciera.
-Tómala – me ordenó – Tómala como tomas a las ratas.
El perfume de su sangre inundó el granero. Era un aroma salvaje, floral, como a madreselva, como la hierba después de la lluvia. Todo mi cuerpo se vio de inmediato atraído hacia ella. Sentí mis colmillos crecer en mi boca dolorosamente. Traté de resistirme, traté de no mirar. Pero había una gruesa vena que bajaba delicadamente por el contorno de su cuello. Sabía que si apoyaba mi boca contra ella, aquel delicioso aroma estaría en mí, entraría en mi torrente sanguíneo y me invadiría, y ya nunca más lo perdería…
-No seas necio, Gerard. Sabes que lo deseas – me animó la voz de William – ¿Por qué te niegas?
La chica movió la cabeza, despertándose, pero William puso suavemente una mano sobre su pecho y ella volvió a caer en el sopor de ese sueño artificial. A continuación, se apartó, dejándome vía libre para hacer lo que yo quisiera.
Yo sabía muy bien lo que tenía que hacer. Me coloqué encima de ella y con mucha delicadeza, la levanté hasta que estuvo a mi altura. El hueco entre su cuello y su hombro tenía una tentadora, delicada curvatura por la que pasé los dedos, como un escultor que busca el ángulo perfecto para empezar a modelar el mármol. Finalmente, me incliné hacia ella y la mordí.
Su sangre era cálida, espesa, e infinitamente mejor que la de las ratas. Se deslizó hacia mi garganta y de allí hacia cada centímetro de mi fría piel. Los gemidos que escaparon de su boca no hicieron sino incrementar mi éxtasis. Pasé la lengua por la herida codiciosamente, sin querer dejar que ninguna gota se escapara de mi boca. Calvé las uñas en su espalda, y la apreté contra mí.
Era abrumador. No había nada que se comprara con esto. Nada… absolutamente nada… era como… el paraíso… se sentía como… el primer día de verano debajo de sol… el brillo del mar deslumbrante… como… como la primera vez que hice el amor con Lily…
Ni bien aquel pensamiento cruzó mi mente, solté a la chica con brusquedad. Ella rebotó contra el suelo frío y dejó escapar un último gemido antes de morir. Me miré las manos, cubiertas de rojo. Mis sienes se pusieron a latir, como si mi cabeza fuera a explotar en cualquier momento.
-Nada mal – murmuró William, acercándose – Nada mal para la primera vez…
-Lily…
-¿Qué? – William se volvió a mí sorpresa – ¿Qué fue lo que dijiste?
Me abracé a mí mismo, sintiendo que toda mi piel ardía por la sangre recién consumida, el anhelo de mi esposa golpeando mi corazón sin piedad…
-Lily – murmuré otra vez – Lily, perdóname…
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