El departamento de Brooklyn tenía un aroma a cerrado, pero eso se solucionó fácilmente solamente con abrir las ventanas al otoño neoyorquino. No era tan grande como el que acabábamos de dejar, pero bastaría para nosotros dos.
-¿Cuántos departamentos tienes, exactamente? – quiso saber Frank, mientras Carmen y Maxwell me ayudaban a tender la cama y comprobaban que las luces y el teléfono funcionaban perfectamente.
-Veamos… está el de la Avenida, el de Jersey, este de aquí…
-El de Londres – apuntó Elenor.
-Cierto – comenté – Más uno que le alquilo a una familia humana. Cinco en total.
El rostro de incredulidad de Frank fue demasiado precioso para evitar una carcajada.
-Hubo una época en que tenía ocho o nueve, pero me fui deshaciendo de ellos – le conté.
-¿Por qué?
-Porque dejé de moverme tanto – expliqué – Quizá fue una mala idea.
-Quizá – Elenor echó una hojeada a las paredes blancas y vacías de mi pequeño refugio – ¿Estarán bien aquí?
-Estaremos perfectamente – garanticé. Ella asintió y con un gesto de su cabeza, Carmen y Maxwell desaparecieron camino a la puerta.
Dejé a Frank en el sillón y la acompañé hacia el pasillo para hablar con más privacidad.
-Si hay algo que pueda hacer por ti, lo que sea…
-De hecho, lo hay – la interrumpí – Si voy a estar contigo todo este tiempo para continuar la investigación de William, necesito alguien que ayude a cazar a Frank.
Elenor vaciló.
-Tres vampiros cazando juntos… - murmuró.
-Dijiste lo que sea – le recordé – Y si no estás convencida, pueden turnarse entre Carmen y Maxwell.
Por favor, agregué en mi cabeza. Frank necesitaba cazar, y necesitaba hacerlo de una forma mucho más regular de lo que veníamos haciendo hasta ahora. Si no, jamás comenzaría a recuperarse. Elenor lo comprendió.
-Está bien. Los mandaré a que vengan a ayudarlos.
-Necesitaré documentos falsos para comprar un auto nuevo. Y – tomé aire antes de agregar lo siguiente, porque sabía que Elenor me tomaría el pelo a raíz de esto – una computadora.
Elenor esbozó una sonrisa sardónica, pero no dijo nada al respecto. Únicamente prometió contactar a Raymond y hacerle llegar mi pedido. Luego, se despidió de mí con un beso en mi mejilla.
Regresé al salón. Me recibió una serie de notas azarosas e inseguras que Frank le arrancaba a la guitarra, con dedos temblorosos, deteniéndose a menudo como si tratara de recordar la melodía. Yo supe que lo que en realidad intentaba recordar era la ubicación de las notas sin necesidad de mirarlas, solamente sintiéndolas. No se detuvo cuando me escuchó entrar, ni cuando me senté frente a él para observarlo.
La cicatriz empezaba justo en la mitad de su frente, bajaba por el puente de su nariz y caía justo al lado de la comisura izquierda de sus labios, para continuar por su clavícula y hasta acabar en su cuello, justo donde la remera lo cubría. Imaginé que Frank habría volteado la cabeza hacia la derecha cuando el sol empezó a pegarle, o que había conducido con el sol a su izquierda, porque todo ese costado de su cara se encontraba enrojecido, y el área alrededor de su oído se veía hundida y supurante, donde el sol le había dado de lleno. El lado exterior de su antebrazo izquierdo ofrecía el mismo aspecto.
Encendí un cigarrillo y lo escuché hilvanar un poco más de música, más seguro a medida que sus dedos se acostumbraban a la vibración de las cuerdas. Sus ojos se habrían quemado seguramente cuando intentó enfocar la vista en medio de la luz, o quizá habría levantado la vista para tratar de determinar cuánto tiempo tenía. No lo sabía, y no quería presionarlo para que me hablara de ello.
Frank dejó que las últimas notas se desvanecieran en el aire, pero no apartó la guitarra.
-Llamé a Elenor cuando estábamos en el auto – dijo, levantando su mano derecha para que le viera los dedos chamuscados – Así me quemé los dedos, tratando de buscar tu celular en tu bolsillo.
-Frank, no tienes que…
-Te lo estás preguntando – sentenció Frankie – Quiero que lo sepas.
Nos quedamos en silencio un rato. Frank trataba de decidir cómo seguir y yo no tenía ningún interés en apresurarlo.
-Era como… sentía como si me hubieran puesto hierro caliente en la cara. Era una tortura.
-¿Por qué no te detuviste? – pregunté acongojado.
-No podía detenerme – replicó él – Tenía miedo de que tú… que te infectaras o… había tanta sangre…
-Frankie – se veía demasiado alterado para seguir, y yo tenía miedo de que reaccionara mal si lo tocaba. Así que esperé.
-Las cosas empezaron a desdibujarse cuando llegué a lo de Elenor. Había abierto la cochera para esperarnos – contó – Les dije que estaba bien, que se ocuparan de ti… pero me ardía la cara…
-Te ayudaron de todas maneras – adiviné. Nadie lo habría dejado de lado. Eso era seguro.
-Me pusieron hielo en la cara. Me preguntaron si estaba bien. No quise decirles que apenas distinguía una forma de otra.
Otra pausa. Frank abrazó su guitarra. De nuevo tenía un aspecto de niño perdido y desvalido.
-Estaba convencido que todo volvería a la normalidad cuando despertara – continuó – Pero entonces… al día siguiente, cuando abrí los ojos… solamente había… oscuridad.
Asentí con la cabeza, y luego me di cuenta que él no podía ver lo que hacía. Para los vampiros, la oscuridad nunca era total. Podíamos distinguir formas y hasta diferentes tonos de gris en lo que para los humanos no era más que una caótica negrura. Así que no pude imaginar lo desesperante que debía ser para un vampiro, para mi Frank. Él sencillamente negó con la cabeza, como respondiendo a mis pensamientos.
-Llévame al cuarto, Gerard – me pidió – Quiero saber cuál es la distancia.
-¿Estás seguro?
-Sí. Aprenderé a moverme sin ayuda, lo prometo.
Quise decir que no era necesario, que yo lo ayudaría, o que conseguiría a alguien que lo hiciera, que no se esforzara de más. Pero comprendí que él si lo creía necesario. Creía que eso ayudaría, de alguna manera, a su recuperación. Me levanté y con cuidado, le quité la guitarra de las manos y la coloqué de vuelta en su soporte. Luego, tomé la mano de Frank y lo ayudé a incorporarse. Avanzamos un poco y luego él se detuvo.
-¿Qué ocurre?
-No puedo escuchar bien las pisadas – explicó – Están… amortiguadas.
Bajé la vista y la clavé en el suelo, que había mandado a alfombrar en un ataque de vanidad. Maldije para mis adentros.
-Haré quitar la alfombra, mañana mismo – decidí, y seguí guiando a Frank.
El suelo del cuarto estaba desnudo, así que fue más fácil para Frank moverse. Estiró la mano libre hasta que sus dedos alcanzaron la cabecera de la cama.
-Veinte pasos del sillón a la puerta, cinco pasos de la puerta a la cama – comentó, orgulloso – ¿Ves? Puedo hacerlo.
-Por supuesto que puedes hacerlo – asentí.
-¿Estás sonriendo? – quiso saber.
-Sí, lo estoy – le mentí.
Frank estaba despierto, aunque tenía los ojos cerrados. Yo llevaba un largo rato observando sus intentos de dormir, sus idas y vueltas, su revolcarse entre las sábanas que me mantenía despierto a mí, a pesar de que mi reloj interno me indicaba que ya había pasado un largo rato desde el amanecer. Finalmente, suspiró rendido.
-No puedo. Hay algo diferente.
-Conseguiré un colchón como el que teníamos – le ofrecí.
-No, no es eso – aseguró Frankie.
Se quedó pensativo un largo rato. Luego, estiró la mano, tanteando hacia donde yo estaba.
-¿Puedes abrazarme? – pidió.
Automáticamente, me acerqué a él y lo rodeé con mis brazos. Frank dejó escapar un largo suspiro contra mi pecho y acomodó su cuerpo para amoldarse al mío.
-Mucho mejor – comentó. Al cabo de unos momentos, su respiración acompasada me hacía cosquillas en el cuello. Lo besé en la frente, tratando de no despertarlo.
“Voy a cuidar de ti” le prometí en silencio. “Te debo la vida. Te cuidaré hasta que te repongas, te cuidaré siempre”.
-Te amo – murmuró Frankie entre sueños. Hundí la nariz entre su pelo, y cerré los ojos sin responder.
No hay comentarios:
Publicar un comentario