martes, 15 de marzo de 2011

Capítulo XX

-Quiero que vigilen el castillo, las veinticuatro horas – le ordené a mi guardia – No quiero que nada ni nadie se mueva aquí dentro sin mi consentimiento. Y por favor – agregué volviéndome al ama de llaves – Quiero que consiga una nueva nodriza para guardar a mi hijo por las noches…

-Sí, señor – contestó la mujer, con una respetuosa inclinación de cabeza.

-Cariño, estás reaccionando exageradamente… - intentó razonar Lily, pero la frase quedó a medio camino cuando mi puño se estampó contra la pared.

-¡Reaccionando exageradamente! ¡No si se trata de proteger a mi familia, Lily! – exclamé. Lily retrocedió dos pasos, con los ojos abiertos de par en par.

Respiré profundo un par de veces y me pasé las manos por la cara ¿Qué demonios me pasaba? Antes, jamás se me habría ocurrido siquiera gritarle a Lily. De todos mis tesoros, ella era para mí lo más preciado e importante.

-Perdóname – susurré, tendiendo los brazos hacia ella – Lily, lo siento. No fue mi intención.

Por un momento, mi mente se revolcó en la idea que ella no vendría. Lentamente, como un cachorro que busca a su amo luego de haber sido castigado, se acercó a mí y dejó que la abrazara. Hundí el rostro entre su pelo y traté por todos los medios de mantener la calma.

-¿Qué pasa, Gerard? – preguntó a media voz – ¿Qué es lo que te preocupa?

Quise decirle tantas cosas. Quise decirle que sentía una garra maligna cerrando su presa sobre nosotros, que el sentimiento que nuestros días felices llegaban a su fin había hecho mella en mí y me intoxicaba como un veneno corrosivo. Que no sabía lo que William era, pero que era malvado, y que si le había concedido ese poder a Michael, estábamos en peligro, y yo no sabría como defenderlos. Que me sentía impotente, y asustado, y la necesitaba más que nunca.

-Nada, mi amor – mentí – Nada. Todo está bien, todo va a estar bien. Lo prometo. No dejaré que nada les pase.

¿Cómo puede un hombre mantener su palabra cuando lo que enfrenta va más allá de su comprensión? Mis paseos por el condado dejaron de ser agradables para mí cuando las historias comenzaban a llegar. Escuchaba los murmullos que se acallaban en el momento en que me acercaba, y cuando los obligaba a repetirlos, deseaba no haberlo hecho.

-En-en-encontraron otra chica m-m-muerta, señor – me informó un nerviosos campesino cuando lo interrogué sobre los rumores – Una de… de las chicas de Madame… es la-la-la cuarta este mes…

-Haré que mi guardia investigue el asunto lo antes posible – sentencié. El hombre se puso más nervioso aún e hizo girar su sombrero entre las manos – ¿Qué pasa? – lo interrogué bruscamente. El hombre dio un respingo y vaciló – Habla, di lo que tengas que decir…

-La-la-la vieron s-s-salir de allí c-c-con un caballero – tartamudeó – Un… hombre alto que-que… perdóneme, Señoría… d-d-d-decían que se parecía a… a usted.

Apreté las riendas de Babieca hasta que la presión me hizo daño. Hice todo lo posible por no dejar que la furia y el horror que sentía se traslucieran en mi cara. No era necesario asustar a la gente.

-Eso es ridículo – contesté, con altivez – Le sugeriría que no propague esos sinsentidos, señor.

-N-n-n-no, señor – el hombre bajó la vista – Yo sólo repito lo que escuché…

-Mantenga los oídos abiertos y la boca cerrada – le advertí antes de lanzarle una moneda de oro que él atrapó torpemente – Puede que vuelva a hacerle una pregunta o dos…

-S-s-s-sí, señor. Gra-gra-gracias, señor.

Espoleé el purasangre de vuelta al castillo, dando mis visitas por concluidas. En lugar de llamar a Lily e ir a ver Victor como hacía siempre, subí directamente al estudio y me hundí en el sillón frente a la chimenea, dejando que el fuego perennemente encendido derritiera la poca escarcha que se había acumulado entre los pliegues de mi capa.

-Michael, sé que eres tú – le susurré a la habitación vacía – ¿Qué es lo que has hecho? ¿Qué tramas?

Ojala hubiera sido una pregunta sin respuesta.

Los días empezaron a transcurrir de forma lenta y tortuosa aquel invierno. Dormía poco y mal debido al frío y al miedo. Lily tenía el sueño pesado por el embarazo y la nueva nodriza de Victor hacía bien su trabajo, pero yo no conseguía mantener los ojos cerrados durante más de una hora por las noches. Terribles pensamientos me asaltaban, y cuando no, sueños de sangre y el rostro de Michael acechando en los rincones oscuros de mi propio cuarto.

En consecuencia, estaba siempre cansando e irritado, siempre sintiendo como si el mundo que me rodeaba fuera una pesadilla gelatinosa de la que no podía escapar. Mi salud resintió y tuve que recluirme en el castillo, sin ser consciente apenas de la presencia de Lily y de los doctores que inútilmente mandaba a llamar desde la capital.

Los rumores que se extendían por el pueblo eran cada vez más grotescos e impertinentes. En el transcurso de dos semanas, tres personas más fueron encontradas muertas, y varias más habían desaparecido. El retrato del “misterioso caballero” iba ganando detalles, como que era capaz de desvanecerse entre la niebla en un parpadeo, y que dejaba a sus víctimas vacías de sangre. El miedo y la paranoia cundían entre el vulgo, de la misma forma que se arrastraba entre las paredes y se filtraba por las ventanas de mi castillo.

Y sin embargo, nada podía hacer al respecto. Mis guardias recorrían la ciudad recavando información, los toques de queda eran respetados rigurosamente. Pero la gente seguía muriendo. Y los vivos seguían murmurando.

-La Navidad se acerca – me comentó mi esposa un día mientras ambos nos encontrábamos frente al fuego de la sala.

-Así es – respondí, absorto en la contemplación de las llamas.

-He pensado en pedirle al párroco que venga a dar la misa aquí – continuó. Aquello me sacó (sólo un poco) de mi apatía.

-¿Por qué es eso? – pregunté, volteando perezosamente a mirarla.

-Bueno, en tu estado y con este clima… no pensaba que fuera conveniente que saliéramos a la iglesia. Además, tranquilizaría a… a los servidores, ¿sabes?

-¿Tranquilizarlos? – repetí.

-Están… inquietos. Una de las chicas que desapareció este mes trabajaba aquí – comentó – Hanna. La pelirroja.

Traté de ubicar a la mujer de la que me hablaba, pero mi mente confusa no fue capaz de concentrar el esfuerzo necesario para ello.

-Entonces, ¿estás de acuerdo?

-¿Con qué?

-La misa, Gerard – me recordó – ¿Está bien si la celebramos aquí?

-Por supuesto – accedí – Lo que tú quieras.

Lily suspiró y no dijo nada. Dejó el libro que había estado reposando ocioso en sus manos desde hacía demasiado tiempo, se levantó y me dio un beso distante en la mejilla.

-Me voy a dormir, ¿está bien? – me anunció – Te enviaré al ayuda de cámara para que te acompañe…

-Bueno. Me quedaré un rato más aquí.

Ella asintió silenciosamente y se retiró. Mientras veía su silueta desvanecerse por la puerta, supe que debí haber dicho algo más. Repetir que la amaba, recordar que era lo más valioso para mí, reiterarle mi promesa que todo iría bien. Algo. Pero me sentía demasiado aletargado para hacerlo. En lugar de eso, volví mi vista al fuego, y me absorbí otra vez en mi semidormida contemplación.

No sé en que momento mi cabeza se deslizó hacia un costado, en que momento mi cuerpo quedó definitivamente hundido en el sillón. Sé que desperté más sobresaltado y alerta de lo que había estado en mucho tiempo. Estiré la mano hacia el atizador y me aferré a él con todo mi miedo y la obsesionante consciencia que Lily y Victor estaban fuera de mi vista en ese momento.

-¿Dónde estás? – le pregunté a las sombras – ¡Sal de una vez, maldita sea!

La habitación estaba tan vacía como antes. Miré las cortinas con suspicacia. Tratando de hacer el menor ruido posible, me deslicé hacia ellas en puntas de pie, listo para levantar mi improvisada arma y usarla contra lo que fuera que encontrara al levantarlas… que fue únicamente el vidrio del ventanal. Con un suspiro de resignación, lo bajé y me apoyé contra el frío del vidrio, cuestionando mi cordura por enésima vez.

Entonces, una mano de hierro se aferró a mi hombro, apretándolo como para romperme los huesos, y me hizo girar como si yo no fuera más que una marioneta con los hilos cortados. Mi espalda chocó contra la pared dolorosamente, y mis ojos desenfocados tardaron varios segundos en entender lo que estaba viendo.

-Feliz Navidad, hermano – me saludó Michael, con una sonrisa sádica en la que relucían un par de descomunales colmillos.

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