lunes, 14 de marzo de 2011

Capítulo VI

William me llevó a una taberna que yo ni siquiera conocía. Pidió el mejor plato de la casa, con la mejor cerveza de todas, y dejó que el mesonero desplegara todo frente a mí como si fuera alguna clase de espectáculo. Yo ya estaba devorando la comida con los ojos.

-Buen provecho – me deseó William, con aquella sonrisa extraña.

-¿Tú no…?

-Ya he cenado esta noche – aclaró, encogiéndose de hombros – y jamás bebo. Alcohol.

Ni siquiera me detuvo a considerar aquella afirmación. Me lancé sobre el bistec bien cocido que tenía frente a mí y lo bajé con abundante cerveza. Jamás había comido hasta quedar satisfecho en mi vida, y pensaba aprovecharlo al máximo.

-Cuéntame de ti, Gerard – pidió Wiliam, apoyando el mentón sobre su mano de forma casi aristocrática.

-¿Qué hay que contar? – pregunté, sombrío.

-Tus sueños, tus esperanzas – me animó William – Puedo ver la pasión que arde dentro de ti ¿A qué se debe? – me inspeccionó casi con curiosidad – ¿Hay algún secreto que te corroe la mente por las noches? ¿O quizá es un deseo? – preguntó, su voz era cantarina y dulce – ¿Quizá… una dama fuera de tu alcance?

Me atraganté con la cerveza y William se echó a reír inconteniblemente.

-¿He dado en el clavo? – quiso saber.

-No – repliqué con sinceridad – Yo jamás… yo nunca…

No tenía idea de cómo expresar aquello, pero William entendió. Alzó sus bien dibujadas cejas, lo que lo hizo ver admirablemente cómico.

-Jamás… has estado con una mujer, ¿verdad?

-Es… está mal – mascullé, bajando la vista y deseando no estarme sonrojando – Es algo que sólo las parejas casadas hacen y…

-¿Qué edad tienes? – William interrumpió mi soliloquio con una pregunta que fui feliz de poder responder.

-Cumpliré veinte esta primavera…

William apoyó los codos en la mesa y sus ojos viperinos se clavaron en mí sin piedad.

-Entonces… me parece que es tiempo…

Lo que William me enseñó esa noche, no podría haberlo imaginado ni en mis sueños más salvajes. Sí, mis instintos de hombre se habían despertado hacía tiempo. Sí, a veces amanecía estremecido de calor en un lecho frío, a veces la curiosidad me había llevado a observar el talle de las mujeres con las que me cruzaba en el mercado. Pero nunca pensé, nunca imaginé siquiera, que llegaría alguna vez a tener esa clase de compañía.

No estoy hablando solamente de sexo. No, no. Aquella noche, algo más grande que eso se abrió ante mí. Aquella noche conocí a Lily.

Ella era pura y blanca, como una luna llena en medio de una noche oscura, como la espuma del mar. Con ella aprendí lo infinito que puede ser el deseo, lo dulce que puede ser el amor.

Me estoy adelantando a mi historia. Al salir de la taberna, William me guió por un laberinto de corredores oscuros de los que jamás habría conseguido salir si él no me hubiera guiado. En determinado momento, se detuvo frente a una puerta frente a la que todos parecía pasar sin prestar atención y llamó. Hubo un momento de espera. Luego la puerta se abrió y nos dio la bienvenida a un mundo de luces bajas y aromas sensuales.

-Señor William – nos recibió una mujer entrada en años y en carnes, con un demasiado vestido ajustado para ser decente – Me alegra muchísimo que haya decidido volver por nuestros servicios…

-Como no hacerlo, madame – replicó William, inclinándose para besarle la mano de forma casi cínica – Un hombre tiende a sentirse solo muy a menudo…

-Por supuesto que sí… pase, adelante… su amigo y usted podrán elegir entre las chicas…

-De hecho, madame… estaba pensando si no podríamos… hacer un negocio especial esta noche.

Incluso yo me di cuenta que el ambiente había cambiado. William había hecho, no sé qué, había impregnado todo con su presencia. Su figura parecía haberse alzado varios centímetros más de lo que era antes. Había dominado la estancia, y habría sido hasta imprudente negarle cualquier cosa que pidiera.

-Por supuesto – asintió “madame” – Pasen a mi saloncito.

El saloncito privado estaba mejor iluminado que el resto del lugar. Ostentaba unos horrorosos sillones de madera ajada, y un ventanal deslucido donde una gata blanca y tan gorda como su dueña reposaba indolente. Me dediqué a acariciarla. De pronto, todo pensamiento de vergüenza o temor que pudiera haber tenido me había abandonado, reemplazado por una intensa… curiosidad.

La meretriz (de pronto entendí bien lo que era) nos ofreció un té que olía demasiado dulce, que William rechazó por los dos.

-Estoy buscando algo muy especial para mi amigo – comenzó William con voz melosa – No tiene mucha experiencia con esta clase de asuntos, ¿sabe?

-Entiendo, entiendo – dijo madame, mientras se servía una taza de té para ella misma – Bueno, puedo enviarla con Sable. Es una esclava africana que conoce los trucos más variados…

-No es lo que tenía en mente – la interrumpió William.

-Entonces, Jinx. Es una preciosa pelirroja capaz de complacer a…

-Madame – la volvió a cortar William – Usted sabe a qué me refiero.

Madame tomó un largo sorbo de té y dejó la taza a un lado.

-Sí, lo entiendo – admitió por fin – Tengo precisamente lo que usted desea. Pero la estaba salvando para una ocasión especial…

-Madame, esta es una ocasión especial – aclaró William – Y pagaré el doble de lo que sea que le hayan ofrecido.

Los ojos de la mujer brillaron con codicia.

-No puedo negarle nada a usted, señor William…

-Está arreglado, entonces – William se echó hacia atrás con una carcajada de placer y se volvió hacia mí con una sonrisa – Por favor, guíe a mi amigo, madame. Y mientras él está ocupado, yo quizá visite a la portentosa Jinx. Tengo una debilidad por las pelirrojas.

“Madame” me llevó escaleras arriba, trayendo un candelabro para iluminarse. Pasamos varias puertas herméticamente cerradas, hasta que por fin llegamos a una ante la cual se detuvo, rebuscó dentro de su corsé, y saco una gruesa llave de hierro.

-Es un poco terca – me advirtió mientras la hacía girar – Pero… confío en que no será un problema – me guiñó un ojo y abrió la puerta. Avancé unos pasos. Y la escuché cerrarse detrás de mí con un chasquido.

El cuarto en que estaba ahora destilaba melancolía. Las paredes estaban descascaradas y la única luz que entraba por la ventana no daba para ver más allá de mi propia nariz. Sin embargo, conseguí ver sobre la cama la visión más hermosa que hubiera tenido jamás.

Estaba dormida, tapada apenas con las sábanas. Su cabello de un rubio demasiado oscuro yacía desparramado por toda la almohada. Su cuerpo, delicado, frágil, se figuraba apenas en un camisón nada discreto. Lucía una expresión de infinita tristeza, y en el borde de sus ojos cerrados todavía brillaba una lágrima. Era una visión, un sueño. Me consumió un sentimiento de ternura completamente nuevo para mí.

Me acerqué lentamente. Quería besarla, justo junto a la curva de sus labios, pero no llegué a hacerlo. Ella alzó la cabeza. Cuando se percató de mi presencia, se echó hacia atrás. Sus ojos tenían la expresión de un cervatillo asustado que ve un cazador. No supe que decir. Aquella situación me desbordaba.

-Perdóname – di un paso atrás – No pretendía asustarte.

Ella tomó las sábanas y trató de cubrirse con rapidez. Luego inclinó la cabeza, con temor.

-Mi… mi lord – comenzó – Disculpe, no, no esperaba…

-¿Mi lord? – repetí, confundido. Sus enormes ojos azules se clavaron en mí.

-¿No es usted el hijo del conde McFarlaine? – inquirió con voz temblorosa. Apreté los puños con fuerza.

-Sí – respondí, no muy orgulloso de lo que decía – Lo soy.

-Madame me dijo que estaba guardándome para usted – notificó ella, bajando la cabeza. Me senté a su lado y puse una mano debajo de su mentón, para que me mirara.

-¿Cómo te llamas?

-Lily – respondió en un murmullo.

-Lily – repetí – Eres hermosa.

Bajó la vista mientras sus mejillas se teñían del más adorable rubor. En ese momento, la deseé como nunca antes había deseado nada. Deseé tenerla entre mis brazos, cubrirla de besos por entero. Esa sensación era tan nueva… tan pura… la besé. Se estremeció.

-Por favor… ten cuidado… - me rogó a media voz.

-Está bien – murmuré, atrayéndole hacia mí – También soy nuevo en esto.

No puedo describir la intensidad de la sensación de su piel contra la mía. El éxtasis de aquella noche, no lo volví a sentir jamás. Ella es mi memoria más preciada, el único rayo de sol de aquel miserable momento de mi vida, la única belleza real que conocí. Recuerdo cada precioso centímetro de su cuerpo adolescente, cada una de las curvas entre las cuales yo me convertí en un hombre, y la hice a ella una mujer.

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