El silencio cayó sobre nosotros, envolviéndonos como una manta. Hundí la nariz en el pelo de Frank y traté de buscar una respuesta que lo aliviara, que lo tranquilizara, que no lo pusiera nervioso. No encontré ninguna.
-No lo sé – dije por fin – De verdad que no lo sé. Quizá la contactaron, quizá ella los contactó. Si estaba buscando a los vampiros, quizá se topó con ellos y la reclutaron. En verdad, no tengo idea.
Frank permaneció en silencio, acurrucándose más cerca de mí. En su mente reinaba la confusión. Comprendí que no necesitaba caricias ni besos. Simplemente necesitaba saber que estaba ahí. Cuidándolo.
-Ahora somos enemigos – murmuró, como pensando en voz alta – Somos enemigos, ella es una Cazadora…
-No… no tiene que ser así…
No podía creer que esas palabras se me acabaran de escapar de la boca, pero lo hicieron. Estaba tan desesperado por reconfortarlo, habría dicho cualquier cosa. Pero en cuanto las pronuncié, supe de cierta forma que podían llegar a ser verdad.
-Ella no sabe que eres un vampiro. Te vio y no se dio cuenta de lo que eras. Pensó que… pensó que ibas a ser mi presa esa noche…
-¿Qué tiene que ver eso con nada, Gerard? – preguntó Frank, algo fastidiado.
-¿No lo entiendes? ¡Podemos usar eso! – la idea tomó forma con más fuerza en mi cabeza, pero traté de no entusiasmarme con ella. Frank todavía podía negarse.
-¿Qué quieres decir?
-Lo que ella vio esta noche fue a un vampiro secuestrando a un joven humano – expliqué – Creerá que quizá sigues vivo. Creerá que te tengo como rehén.
-Pero te vio mordiéndome – argumentó él.
-Una mordida no convierte a alguien en vampiro, tienes que intercambiar sangre – le recordé – Jamia debe saber eso, si está con los Cazadores, no puede no saberlo.
-Gerard, ¿qué estás…?
-¿No lo ves? ¡Frankie, es una oportunidad única! – muy a mi pesar, la idea terminó de tomar forma – Podemos usar esta situación a nuestro favor. Podemos convencer a Jamia de que nos pase información. Podemos…
-No.
La palabra sonó como un latigazo y mató mi idea antes de que llegara a madurar por completo. Frank se apartó de mí para mirarme a la cara, y lo que vi en sus ojos me intimidó y me sobrecogió a partes iguales.
-No voy a hacer eso, ¿me escuchas? – soltó, enojado – No voy a usar a una vieja amiga como fuente de información en esta guerra, o lo que sea. Quiero a Jamia demasiado para hacer eso.
-Ella ya no es tu vieja amiga, Frank – señalé – Es una Cazadora, y tú eres un vampiro…
-¡Sigue siendo Jamia! – exclamó, en el colmo de la frustración – ¡Y yo sigo siendo yo! ¡Nada ha cambiado!
-¡Todo ha cambiado, Frankie! – repliqué. No tenía intención de gritarle, pero me di cuenta que mi voz no estaba precisamente calmada – ¡Todo ha cambiado! ¿Por qué no quieres entenderlo?
Las pupilas de Frank temblaban en sus ojos, conteniendo las lágrimas. Entonces lo entendí, y fue como si un rayo hubiera caído sobre el pequeño y confortable mundo que me había creado en mi cabeza, un mundo en el que solamente cabíamos mi muchacho precioso y yo, y todo lo demás quedaba afuera.
-Todavía sientes algo por ella.
No era una pregunta, era una simple afirmación. Pero se sentía como veneno en la punta de mi lengua, como la sangre infectada y amarga de una persona enferma. Frank no contestó pero desvió la mirada. Yo me aparté lentamente y rodé hacia el otro lado de la cama, dándole la espalda.
-¿Sabes? Creo que… debería salir a cazar… tengo mucha sed – balbuceé, preparándome para levantarme.
-Gerard, no… no hagas esto – me rogó él, pero yo estaba demasiado herido para contestar.
-¿Estarás bien si te dejo por una hora? – pregunté tratando de mantener la calma y hacer que mis manos dejaran de temblar.
-¡No, no voy a estar bien! ¡Escúchame…!
-Solamente… solamente será una hora… quizá menos… depende de qué tan lejos tenga que ir… y…
Frank se arrodilló en la cama, me pasó un brazo por encima del pecho y tiró de mí para hacerme caer sobre los almohadones.
-¡Escúchame, tonto vampiro senil! – exigió furioso, mientras se subía a horcajadas sobre mí, decidido a mantenerme quieto solo con el peso de su cuerpo – ¡Escúchame! ¿Vas a escucharme?
Intenté resistirme, pero Frank aprisionó mis muñecas entre sus manos y las sostuvo firmemente por encima de mi cabeza. No estaba dispuesto a dejarme ir, aunque estaba seguro que esa posición no podía ser buena para su rodilla herida.
-¡Sé que todo ha cambiado! ¡No soy tan ingenuo! ¡No soy el niño que crees que soy! – me soltó – ¡Tú eres el que no entiende! Solo tengo dos cosas, Gerard ¡Sólo dos malditas cosas en este mundo! Una de ellas son mis recuerdos, los recuerdos de la vida que me hacen quien soy. Y la otra cosa que tengo eres tú ¡Tú, maldita sea! ¡No tengo nada más que eso! ¡Y a veces, ni siquiera estoy seguro de eso!
Me sentí vencido, no por la presión con la que me retenía, sino por la vehemencia de su reclamo. Sus ojos, por lo general claros, estaban nublados, intranquilos. Comprendí que venía callándose esas cosas desde hacía muchísimo tiempo.
-¡No quiero dejarte, no quiero! – siguió – ¡Pero lo haré! ¡Te aseguro que lo haré si no me das algo a lo que aferrarme, algo que esperar! Todos estos regalos, y todas las caricias… no significan nada, ¿no lo ves? ¡No significan que me ames! ¡No significan que me necesitas tanto como yo te necesito a ti! ¡Y no puedo soportarlo, Gerard! ¡No puedo!
Quise rogarle que parara, que se callara, que no tenía idea del daño que me estaba haciendo, de lo mucho que me había aterrado solo con mencionar la posibilidad de perderlo. No sabía si era una amenaza real, pero sonaba como una, y me caló hasta lo más profundo. Frank tenía el ceño fruncido y los labios apretados, como si quisiera recalcar que iba en serio. Aún en medio de toda su rabia, lo encontraba hermoso.
-¿Me amas, Gerard? – preguntó, articulando cada sílaba, asegurándose que lo estaba escuchando – ¿Me amas?
Latigazos, eran como latigazos sobre mi cara. Cada palabra, cada frase. Y sin embargo…
-¡Dímelo! ¡Quiero escucharlo! ¿Vas a decirme que no? ¿Vas a esquivarme como siempre haces? ¡Dime qué demonios vas a hacer!
Dios, no podía. No podía negarle nada, no podía resistirme a él, no podía decirle que no ni siquiera aunque estuviera tan herido como lo estaba, ni tan sediento. Había despertado un corazón que llevaba muerto cuatrocientos años, y todos esos sentimientos se habían desbordado, como escapando de una represa rota. Y estaba desesperado. Desesperado por él, desesperado porque lo necesitaba… desesperadamente enamorado de él.
-Frank – murmuré. Su nombre tenía un sabor suave, sedoso – Frankie…
Quería abrazarlo, pero él seguía sosteniendo mis brazos con fuerza. Su rostro de rabia había sido reemplazado por uno de ansiosa expectativa.
-¿Me amas? – insistió.
-Sí – contesté en un suspiro – Sí, por supuesto que sí. Por supuesto que te amo, Frankie ¿Cómo podría no amarte? Tú hiciste que todo tuviera sentido otra vez. Tú me hiciste sentir vivo de nuevo. Todo acerca de ti, todo lo encuentro interesante, bello, seductor… te amo, claro que te amo. Y no… no podría soportar la idea de que te marcharas.
Frank respiró profundamente y comprendí que estaba conteniendo las lágrimas. Aproveché su debilidad para liberarme de su presa y rodear su cintura con mis brazos. Él se inclinó y ocultó el rostro en mi hombro. Sentí la humedad de un par de gruesas lágrimas de sangre mojándome el pelo.
-Lo siento – murmuré – Debí decírtelo mucho antes…
Frank no contestó nada por un momento. Luego, dijo algo que sonó ligeramente a un ronroneo:
-Imbécil.
-Es cierto – acepté – Lo soy.
-Eres un completo imbécil.
-Lo sé.
-¿Por qué diablos tengo que quererte tanto?
Luego sus labios chocaron contra mí.
Me gustaba así. Me gustaba cuando me besaba de esa manera tan lenta, tan perfecta, como si intentara retener ese momento siempre, enloqueciéndome, provocándome. Y eso era solamente el beso. Cuando sus manos se hundían en mi pelo o jugueteaban con los botones de mi camisa, eso me hacía perder por completo la cabeza. Lo deseaba tanto, tanto que me parecía que iba a explotar. Y lo amaba. Y esos momentos que teníamos juntos, eran perfectos, cada segundo de ellos.
Volteé para quedar encima de él, depositando besos suaves sobre su frente, sus párpados, su nariz, sus mejillas, sus labios y su cuello. Quería memorizar con mis labios y con mis manos cada detalle de su cuerpo, de su rostro, como si fuera a desvanecerse en el aire en cualquier momento, y entonces lo único que me quedaría sería lo que hubiera conseguido atrapar en esas caricias que se habían vuelto inseguras, vacilantes de pronto.
-¿Qué pasa? – preguntó cuando me detuve.
-Tu rodilla – repliqué – ¿Estás bien? ¿No te haré daño?
Frank emitió un sonido que no reconocí al principio, pero luego fui cayendo en la cuenta: estaba tratando de ahogar su risa.
-En verdad que eres un imbécil – dijo, y luego tiró de mi remera para besarme otra vez.
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