lunes, 14 de marzo de 2011

Capítulo I

Me había estado mirando por un espacio de quince minutos.

No podía culparlo, todos en la disco hicieron lo mismo cuando entré, pero habían desviado la mirada casi inmediatamente. Él había sido el único que había seguido mirando. No le di importancia y seleccioné a mi víctima (alguna chica con un bronceado falso y una falda demasiado corta). Ya había comenzado a trabajar en ella cuando me di cuenta que seguía mirándome.

La verdad es que no sé por qué me molestaba tanto. Ocurría de vez en cuando. Algún humano con una percepción ligeramente superior a la normal podría llegar a darse cuenta de lo que yo era. En general, huían con el nombre que me correspondía en la punta de la lengua, se alejaban tan rápido como podían, cerrando los ojos a lo eminentemente obvio: que cada vez que aparecíamos, alguien iba a morir.

El resto de los humanos (como esta chica sentada a mi lado, bebiendo su trago y sacudiendo su cabello de una manera bastante lejos de ser seductora) se sentían inmediatamente atraídos hacia nosotros, lo que facilitaba nuestra caza de una manera espeluznante. Ah, los viejos días en los que había que acosarlos, los días en que tomaban antorchas y se manifestaban delante de nuestros castillos como si de hecho pudieran hacer algo… mis congéneres consideraban una bendición que aquellos siglos hubieran acabado. Yo, por el contrario, encontraba nuestro nuevo anonimato bastante aburrido.

Y aquel chico seguía mirándome.

Aquello me resultó enojoso hasta la desesperación. No había huido. Tampoco había tratado de acercarse a mí. Lo que había en sus ojos (dorados, de un dorado líquido muy poco común) era, más que otra cosa, curiosidad. Llegué a la aterradora conclusión de que lo sabía. Y que no tenía miedo.

Siglos de causar terror para que este niño sintiera sólo curiosidad. Eso no era bueno. Gran parte de nuestra supervivencia residía en las dos emociones que acabo de nombrar: miedo y deseo. El hecho de no encontrar ninguna era sumamente inquietante. Bueno, quizá lo mejor sería darle un mensaje. Ejecutaría a aquella chica lo suficientemente cerca para que él supiera que había sido yo. Y asunto arreglado. Redoblé mis esfuerzos por llamar su atención y tuve un éxito tan tristemente fácil que ni siquiera valdría la pena mencionarlo de no ser porque esa noche lo conocí a él.

Entrecerró los ojos y se inclinó hacia mí, ofreciéndome una visión bastante amplia de su escote.

-¿Mi casa o tu casa? – preguntó con voz susurrante. Sonreí por cortesía, por costumbre. Fácil, demasiado fácil.

Salí del lugar con el brazo alrededor de la bamboleante cintura de mi presa. Hubo bastantes miradas de envidia alrededor y muchos pensamientos sulfurados de todas las mujeres que se habían fijado en mí: cómo podía, aquella perra… cuando en realidad no hubieran deseado otra cosa más que estar en su lugar.

Bueno, en cinco minutos más, sería ella la que desearía que alguien más estuviera en su lugar.

Había un callejón a una cuadra de la disco. Perfecto. Llevé a mi víctima hacia allí, la empujé contra la pared y la besé con violencia. Sentí su cuerpo encenderse de inmediato y sus pensamientos pasar de la diversión a la pura lujuria.

-Aquí no – trató de rechazarme juguetonamente, aunque en realidad fue sólo molesto.

-¿Y por qué no? – pregunté, insuflando una dosis extra de atracción en mi voz.

La chica se derritió ante mis encantos, aunque todavía guardó un pensamiento de resistencia en su mente. Protección. Suspiré con resignación. Éstas mujeres modernas…

-Confía en mí – le ordené, apretando mi cuerpo contra ella. Estaba reaccionando por deseo… pero no la deseaba a ella, no…

Mis manos se deslizaron bajo su diminuta falda hacia su centro de placer. Ella gimió y curvó su cuerpo… ofreciéndome una magnífica vista de su cuello. Me hubiera gustado prolongarlo más, pero… hacía dos noches que no bebía…

Incliné la cabeza y pasé la lengua justo encima de la arteria que pensaba perforar.

-Me haces cosquillas – rió ella.

Ni siquiera me molesté en contestarle. Abrí la boca y le clavé los dientes sin demasiada gentileza.

La sangre que fluyó hacia mí lengua y se deslizó a mi garganta tenía el sabor dulzón del alcohol y la adrenalina. Sus manos se clavaron en mi espalda con un gemido de dolor, lo que solo me provocó intensificar la fuerza de mi mordida. Bebí con avidez, sintiendo como aquella sangre joven y achispada se expandía desde mi boca hacia la punta de mis pies, y como mi piel adquiría color y tibieza a medida que la suya se marchitaba. Ah, esto sí que era éxtasis. El único placer que alguien tan banal como ella podría haberme proporcionado.

Ya estaba satisfecho cuando su corazón empezó a debilitarse. Podría haberme apartado entonces, pero ella estaba más muerta que viva, y consideré cruel dejarla a su suerte en esas condiciones. Así que consumí hasta la última gota, hasta el último aliento de su insignificante vida.

Dejé caer su cuerpo inerte junto a la sucia pared y levanté la cara hacia las luces de la noche. Hacía bastante tiempo que no me permitía acabar así con la vida de un humano… casi había olvidado lo bien que se sentía… y también había olvidado el rostro de aquel chico cuando…

-¡Lo sabía! – exclamó una voz triunfante, resonando en el callejón de manera casi profana.

Sufrí un sobresalto cuando lo vi allí. Estaba parado en la entrada al callejón, con los ojos abiertos de par en par, la boca extendida en una sonrisa incomprensible. No había nada en su gesto ni en sus pensamientos que expresara la más mínima gota de miedo.

-¡Lo sabía! – repitió – ¡Sabía que eras un vampiro! – se acercó a mí con rapidez, sacudiendo su desgreñado cabello – Oh, por favor, por favor… ¡conviérteme!

Nunca, en mis trescientos setenta y ocho años de vida, me he sentido tan hondamente desconcertado. Aquel niño (¡no podía tener más de dieciocho años, por todos los demonios del infierno!) se había dado cuenta de lo que yo era, y no estaba asustado sino… ansioso.

Di un paso hacia atrás.

-Debería matarte…

-Si tienes que hacerlo – replicó él – Pero no me importa, ¿sabes? Esperé tantos años para verte… para ver a uno de ustedes…

Se acercó aún más, lo suficiente para echarse en mis brazos.

-Por favor – rogó – Si tienes que matarme, no me interesa… pero… si no… te lo suplico… ¡conviérteme!

Del desconcierto pasé a la rabia. O quizá fue el hecho de estar desconcertado el que me puso furioso. Lo levanté por las solapas de la camisa y lo golpeé contra la pared, con suficiente fuerza para que se desmayara. El chico, sin embargo, solo me miró con la misma ansiedad de antes.

-Ya has matado esta noche…

-¡¿Y qué te hace pensar que eso me detendrá de beberme tu sangre también?!

-Tu piel todavía está cálida – contestó, poniendo su mano sobre la mía – No tienes sed.

Aquella afirmación tan sencilla, tan desprovista del menor temor sofocó por un momento la ira venenosa que de pronto sentía hacia él y la reemplazó momentáneamente por una curiosidad picante.

-¿Quién eres? – le exigí, clavando mis ojos en la profundidad dorada de los suyos.

-Soy alguien que te conoce – contestó él con mucha calma – Y que está feliz de haberte visto… y saber que eres real…

Un hilo de sangre se deslizó por su frente, distrayéndome de nuestra absurda conversación.

-Estás herido – señalé, bajándolo. Me sorprendí de lo pequeño que era. Su cabeza quedaba varios centímetros por debajo de mi barbilla.

-Bueno… eso es lo que nos pasa a los humanos cuando nos golpean contra una pared – repuso él alegremente.

Incliné el rostro y olfateé la herida. La sangre que manaba era abundante… salada, deliciosa… la probé con la punta de la lengua. El chico tembló en mis brazos.

-Por favor – pidió – Hazlo…

-¿Por qué estás tan ansioso por morir? – quise saber, poniendo mi mano sobre su pecho. Su corazón latía con ansia acelerada.

-No quiero morir… - replicó él débilmente. Estaba a punto de caer por la sangre perdida – Pero quiero… quiero vivir contigo… ser como tú… sí, eso quiero…

Niño tonto. Su cabeza estaba llena de sueños, de ideas equivocadas sobre lo que era ser como yo ¿Acaso no me había visto matar a una chica sin mucha más experiencia que él hacía apenas un momento?

-Quiero… ser… como tú… - repitió él. Su voz era un susurro decidido.

Estaba muriendo. Podría dejarlo allí, podría dejarlo morir. No tardaría mucho… sin embargo… tampoco estaba bien desperdiciar la comida…

Un pensamiento extraño cruzó por mi mente en aquel momento: ¿Y qué tal si accedía a su pedido? ¿Qué tal si lo iniciaba en la vida nocturna, si lo conservaba a mi lado durante todos esos años? Era un chico muy hermoso… tenía un rostro seductor, y su cuerpo estaba fortalecido por horas de ejercicio… había un tatuaje sobre su cuello, lo que lo hacía de cierta forma aún más atractivo. Sí, podría conservarlo. Podría ser mi compañero… pero…

No tenía mucho tiempo para decidirlo. Su vida se escurría de mis manos como el agua. Sin estar muy seguro de lo que iba a hacer aún, abrí la boca y le clavé los dientes.

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