No recuerdo demasiado de lo que siguió. Recuerdo ráfagas de dolor seguidas por ciertos periodos de alivio. Recuerdo manos cálidas alrededor de las mías, manos que se hacían cargo de mis heridas. Recuerdo voces que me llamaban por mi nombre y recuerdo destellos de luz seguidos de una completa e impenetrable oscuridad.
En algún punto, me encontré en el valle, en mi valle, el valle rodeado de despeñaderos escarpados y playas ricas en peces y pasto verde que se extendía en todas direcciones, rodeando las plantaciones de trigo y las casas de la aldea. Contra el cielo turquesa, se alzaba el castillo, intacto.
Yo estaba tendido en medio de un montón de flores fragantes, debajo de un sol cálido y luminoso que me acariciaba, la piel. Debí saber que era un sueño, yo nunca podría volver a soportar un sol así sin quedarme ciego o sufrir alguna clase de quemadura. Pero no lo pensé en ese momento, ahora mismo solo sabía que estaba allí, y que estaba tranquilo. De hecho, no recordaba por qué no tendría que estar tranquilo. Cerré los ojos.
Tenía la cabeza apoyada en algo muy suave, algo muy cálido y maternal, algo que olía a rosas, y a sedas conservadas mucho tiempo en un baúl, y a algo más, algo más natural, más salvaje, más dulce. El olor de una mujer. Sus dedos satinados empezaron a acariciarme el rostro dulcemente, mientras cantaba una antigua nana en gaélico. Reconocí la voz de inmediato. Era la voz que a veces resonaba en mi cabeza en los momentos más inoportunos, la voz que me atormentaba en sueños.
-¿Lily?
El rostro de Lily, tan perfecto y tan pálido como lo recordaba, con sus ojos azul zafiro, grandes y brillantes como siempre, se perfiló ante mí. Su boquita pintada con los cosméticos que le había hecho traer desde París se curvaba en una sonrisa.
-Bueno, dormilón, ¡ya no sabía qué más hacer para despertarte! – rió ella, agitando su cabellera rubia y brillante. Estiré los dedos para enredarlos entre sus mechones. Era como si una colonia de abejas hubiera tejido una deliciosa cascada de miel alrededor de su rostro.
-Lily, te ves hermosa – murmuré, mientras el viejo sentimiento de ternura me volvía a invadir, inundándome, paralizándome. No había pasado ni un solo día desde que la había perdido, nada había cambiado. O eso quería creer.
-Tú no te ves nada mal tampoco, amor mío – contestó ella, depositando un beso de mariposa en el costado de mi frente.
-¿Cómo es que estás aquí? – pregunté, sin sorpresa, sin inquietud. Esos sentimientos no podían existir en mi valle, no junto a mi Lily – ¿Estoy muerto?
-¿Qué piensas tú?
-No puedo estar muerto – concluí con un suspiro – No podría estar contigo si estuviera muerto.
-¿Cómo es eso? ¡Explícate! – exigió ella con una risa que me recordó al tañido de miles de campanillas.
-Tú eras un ángel. Cuando moriste, fuiste al Cielo. Yo no puedo ir al Cielo – intentaba hilvanar cierta lógica en mis ideas, pero esta parecía escaparse, burlarse – He hecho… cosas tan terribles, Lily…
-Ya lo sé, Gerard – sus dedos se posaron en mis labios, obligándome a callar – Ya lo sé. No tienes que confesarte y pedirme perdón. Ya lo sé todo, y nunca te juzgaré por ello.
-Cuánto me alegro escucharlo – oculté la cara en su regazo y lloré. Y de mis ojos salía agua, lágrimas reales. Lily me acarició el cabello y volvió a entonar esa nana que la había escuchado tararear varias veces junto a la cuna de Víctor. Decidí que, aún si aquello era nada más que un sueño extremadamente realista, me gustaba.
No sé cuánto tiempo permanecí en aquel delirio, dejando que Lily me consintiera y me acariciara, mientras el encanto del valle nos envolvía como una manta suave y acogedora. Quizá me dormí (¿Dormirse dentro de un sueño? ¿Es eso posible?) o quizá se me escaparon las horas contemplando el rostro de mi esposa, pero de pronto Lily alzó la vista hacia el horizonte y suspiró.
-La noche se acerca.
-No importa. William se ha ido. La noche ya no hace diferencia para nosotros – repliqué, aún en medio del ensueño. Lily negó con la cabeza.
-Gerard, te amo. Pero tienes que regresar. Te están esperando.
-No. No tengo que regresar – protesté, testarudamente – Me quedaré aquí. Contigo. Para siempre.
-No puedes hacer eso – sentenció ella – ¿Qué hay de Elenor? Ella confía en ti para que la ayudes a solucionar esta crisis…
-Elenor ha salido de peores aprietos sin ayuda de nadie – contesté, molesto.
-¿Y Michael? ¿No vas a matarlo, no vas a vengar mi muerte?
-No lo sé, Lily. Cada año que pasa, siento que las cuentas entre Michael y yo nunca quedarán saldadas. Siento que nuestro odio nos mantiene vivos tanto como la sangre que nos corre en las venas – confesé. Lily hizo un mohín y jugó su última carta.
-¿Y qué pasa con Frank?
Solamente su nombre evocó un montón de sensaciones juntas que me dejaron mareado. El brillo juguetón en sus ojos dorados, el sonido ronco de su risa, su piel ardiendo y moldeándose bajo mis dedos… bajé los ojos, avergonzado. No podía tener esa clase de pensamientos frente a la mujer que era mi esposa. Pero Lily siguió atacándome, impasible.
-Él te ama. Arriesgó su vida para salvarte. Hay tantos hombres y mujeres que podrían darle el amor por el que desespera, y sin embargo, solamente te quiere a ti…
-Ya lo sé – suspiré, conmovido.
-Y tú lo amas también. Se ha vuelto una parte indispensable de tu vida. Él te dio un motivo para seguir existiendo cuando habías perdido el encanto por la vida.
-Es cierto – asentí, con un nuevo nudo en la garganta – Lo siento.
-No hay nada que disculpar – Lily me obligó a mirarla a los ojos y esbozó una sonrisa dulce que provocó una descarga eléctrica a lo largo de mi espina dorsal – No podías seguir amando a un fantasma para siempre.
-Solamente cuatrocientos años – puntualicé y ella rió de nuevo.
-Vas a estar bien – me aseguró – ¿Sabes como lo sé? Porque tú eres la clase de persona que se enamora raramente, pero con tanta pasión…
-Frank es… bueno, Lily. A pesar de todo, yo sé que es bueno. Inocente – agregué, sin saber muy bien como explicarlo. Lily asintió.
-Es hora, Gerard…
-No. No, solo un minuto más.
-Lo siento. Se nos acaba el tiempo a los dos – Lily me besó en los labios. Fue un beso casto, pero firme – ¿Recuerdas esa obra? ¿Esa obra que me llevaste a ver en la capital a ver una vez? ¿Sobre ese príncipe que veía el fantasma de su padre?
-Sí. Por supuesto que lo recuerdo.
-¿Cómo se despedía el fantasma, Gerard? No recuerdo las palabras… recítamelas…
Suspiré. Tenía unas inmensas ganas de llorar otra vez.
-“La luciérnaga anuncia la mañana: su llama mortecina palidece. Adiós.”
-¡Adiós!
-“Adiós. Recuérdame.”
-¡Adiós!
-No – la voz se me quebró – No, no…
-¡Adiós, adiós! ¡Recuérdame! – Lily se levantó con un susurro de telas y más risas cristalinas. Yo me quedé tendido entre las flores y la vi correr, correr hacia el crepúsculo, hacia la luz lánguida que daba el sol.
-¡Lily! – grité, pero sus vestiduras blancas ya se perdían entre el color apagado, moribundo, del valle. Ya estaba tan lejos que no podía ir su voz, y no tenía fuerzas para levantarme e ir tras ella. Las flores se marchitaban.
“Recita las palabras, Gerard. Recítalas.” Obedecí como un ciego, como un tonto sin voluntad propia.
-“¡Ah, legiones celestiales! ¡Ah, tierra! ¿Qué más…?”
“Sigue, Gerard, sigue. Di las palabras.” Esa voz… era dulce, estaba cargada de preocupación. Pero era grave, era autoritaria, estaba acostumbrada a ser obedecida. No era una voz para cantar nanas en un idioma antiguo. No era Lily.
-“… resiste, corazón, y vosotras, mis fibras, no envejezcáis, y mantenedme firme…”
-¡Vamos, Gerard! – se oía más cerca. El valle quedó a oscuras.
-“¿Acordarme de ti? ¡Sí, pobre ánima, mientras resida memoria en mi turbada cabeza…!”
-Gerard, mírame…
La miré ¿Mis ojos estaban abiertos? Estaba viendo algo, pero no comprendía lo que veía. Tenía que… tenía que seguir recitando…
-“Y ahora, mi consigna: ‘Adiós, adiós. Recuérdame.’ Lo he jurado.”
Era… una lámpara. Una lámpara moderna, que expedía una suave luz dorada que bañaba el cuarto en penumbras. Estaba tendido, tendido en un colchón que no era mío, en una casa que no era mía. La voz me increpaba cosas que comprendía de a retazos.
-Gerard, ¿me ves? ¿Sabes quién soy?
La miré. Unos ojos oscuros, fríos, pero llenos de inquietud. El cabello negro en un rodete. La mandíbula firme, apretada. Yo la conocía.
-¿Elenor? – probé, inseguro. Los labios de ella expulsaron una ráfaga de aire.
-Sí. Bienvenido de vuelta.
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