Frank contemplaba la oscuridad con una fascinación casi insana. Tendido en mi cama con los ojos muy abiertos, el cuello y la boca aún manchados de sangre, no parecía tener la intención de moverse, ni de mirarme. Yo sabía que estaba descubriendo demasiadas cosas a la vez, colores, sensaciones; que como humano jamás habría podido distinguir. Por eso lo dejé en paz.
Tendido a su lado, yo solo esperaba, mientras acariciaba a Edgar distraídamente. El gato ronroneaba y se acurrucaba contra mi pecho, transmitiendo una cierta clase de calor que yo no podría recibir de nadie. Ni siquiera de mi nuevo compañero. Su piel ahora era tan fría como la mía.
Finalmente, lo vi sonreír. Sus nuevos colmillos se replegaron.
-Entonces… así se siente.
-Sí. Así se siente – contesté, y me miró sobresaltado, como si hubiera olvidado que estaba allí. Pero volvió a sonreír al segundo.
-¿Cómo funciona esto? – preguntó – ¿Cada cuánto debo beber sangre? ¿Soy súper fuerte ahora? ¿Puedo cambiar de forma? ¿Tengo que dormir en un ataúd? ¿Me desharé en cenizas si salgo al sol?
-Una cosa por vez – lo corté, divertido por su entusiasmo – El sol te debilitará, pero no te matará. Lo mismo si te clavan una estaca en el corazón. Sólo morirás de forma permanente si te decapitan y te queman. De todos modos, es preferible que te manejes de noche. En cuanto a tu sed, se irá adecuando a medida que pase el tiempo –pasé un brazo por encima de él y lo miré a los ojos – ¿Y esto luce como un ataúd para ti?
Volvió a sonreír. Me puso las manos en la cara y me acercó a él con mucha lentitud.
-¿Pueden hacer el amor los vampiros? – inquirió con una risilla descarada.
-¿Quieres que te lo muestre? – pregunté, apretándome más contra él. De pronto, pareció nervioso.
-Está bien, entendí – murmuró, e intentó a apartarse, pero no lo dejé.
-No me tientes – lo amenacé, colocando la boca de su oreja para que me escuchara bien – Ahora mismo no eres más que un humano con los sentidos más desarrollados. Y todavía me debes algo por haberte convertido en vampiro, recuérdalo bien – metí la mano debajo de su camiseta para alcanzar su piel. Lo sentí estremecerse. Reí y me aparté de él – Todo a su tiempo. Quizá ahora mismo sea mejor que bebas algo.
-Son más de las cuatro – señaló – Todos los bares y discos ya deben estar cerradas…
-Eres tan ingenuo – dije mientras me incorporaba – Sí, son un buen campo de caza… pero si sabes buscar, encontrarás presas en todos lados.
Frank pareció dudar. Estiré la mano hacia él.
-A menos, claro, que prefieras quedarte aquí – ofrecí con mi voz más sugerente. Eso fue suficiente para que se pusiera de pie raudamente.
-Cuando muerdes a alguien – lo instruí mientras nos deslizábamos por los callejones oscuros de Newark – no muere a menos que le extraigas toda la sangre. Tampoco se convertirá en vampiro.
-¿Entonces, no es necesario matar? – inquirió, con los ojos bien abiertos, ansioso por aprender.
-No siempre – repuse – Pero una vez que has empezado… se hace muy difícil parar. Además, no querrás dejar testigos vivos.
-Bueno, ¿y por qué no?
Por un segundo pensé que bromeaba, pero me di cuenta de inmediato que hablaba en serio. Me mordí los labios, pensando en la mejor manera de explicar lo grave que era aquello.
-Nunca hagas eso, Frank – le advertí – La gente que ha sido mordida por vampiros y sobrevive no siempre queda en control de todas sus facultades. Pierden la cordura en cuestión de tiempo si no los conviertes.
-¿De verdad?
-No – repliqué – Nos recuerdan. Comienzan a hablar de nosotros. La gente suele pensar que están locos. Pero a veces… los escuchan.
-Entonces… ¿no los podemos dejar vivos porque nos reconocerían? – me sorprendió la rapidez con la que había adoptado el plural – ¿Porque nos descubrirían?
-Esa es la razón por la que tuve que hacer algo contigo – expliqué – No podemos ser descubiertos. Jamás.
El rostro de Frank se deformó un momento en una mueca que no supe reconocer del todo. Sus ojos, de pronto, se opacaron.
-Pudiste matarme… - murmuró, como si acabara de darse de ello.
-Oh, claro que pude – recalqué – Iba a hacerlo.
-Pero no lo hiciste – remató – ¿Por qué?
Era una pregunta excelente sobre la que no me había detenido a pensar demasiado. Ni tampoco lo haría ahora. Quizá no lo hiciera nunca.
-No lo hice – rematé – Es lo que importa.
Me di vuelta para escapar su mirada inquisitiva y oteé el horizonte. Percibí de inmediato el aroma débil de la sangre flotando a nosotros desde un callejón cercano. Era un aroma penetrante, pesado, mezclado con el hedor de la basura y la orina. Supe de inmediato que pertenecía a uno de aquellos vagabundos cuyas identidades ni ellos mismos recordaban, que desaparecían en la noche gracias al frío, la locura o a nosotros.
No me agradó la idea de que aquella fuera la primera víctima de Frank, pero no quería arriesgarme a colarme en alguna casa y secuestrar a alguien. La curiosidad en sus ojos, además, no admitiría más reparos ni esperas.
-¿Lo hueles? – le pregunté. Frank levantó la nariz y exploró el aire.
-Sí… no es muy bueno – comentó.
-Es lo único que conseguiremos esta noche – concluí y le tendí la mano – Vamos.
Nos deslizamos en el callejón. El vagabundo estaba durmiendo acurrucado contra la pared, tapado con nada más que cartones. Me acerqué a él y lo levanté con toda la delicadeza que pude. Su piel sucia se sentía afiebrada, incluso contra mis dedos fríos. Sus ojos desorbitados se clavaron en mí.
-¿Quién eres? – preguntó casi con curiosidad.
-¿Quién crees tú que soy? – pregunté mientras le hacía señas a Frankie de que se acercara.
-Un ángel, tienes que ser un ángel – afirmó el pordiosero – ¿Viniste a llevarme?
-No somos ángeles – le repliqué – Pero no tengas miedo. Estarás con ellos muy pronto.
Frankie se había acercado lo suficiente. Estaba parado frente a mí mientras yo sostenía al hombre en brazos. Parecía indeciso.
-No sé cómo hacerlo – se excusó, nervioso. Eché la cabeza del indigente hacia atrás para que pudiera ver bien su cuello.
-Muerde con cuidado – le indiqué – Trata de atrapar lo más que puedas.
-¿Y si… si está enfermo…?
-No tienes que preocuparte por eso. Los virus nunca sobrevivirán a tu cuerpo – le indiqué y le acerqué aún más al hombre – Vamos, Frank. Tienes que hacerlo.
Frank dudó un momento más. Luego, colocó su mano alrededor del cuello del vagabundo, abrazándolo en un gesto casi fraternal. Arqueó la espalda y enterró la cabeza en su cuello mugriento. Finalmente, tomó valor y lo hizo.
La primera mordida fue desastrosa. No le acertó a ninguna arteria, así que el flujo de sangre que manó fue corto y nada satisfactorio. Frank levantó la cabeza, frustrado, mientras el indigente se removía incómodo en mis brazos. Mi compañero puso la mano bajo su mentón e intentó de nuevo. Esta vez lo hizo bien. A pesar de que no era la mejor sangre que podría conseguir, ni la mejor que probaría en su vida, escuché los gemidos de placer que se le escaparon mientras los tragos se hacían más cortos y frenéticos. Aquello me provocó una extraña satisfacción que no conseguí entender.
El corazón del vagabundo empezó a fallar pronto. Frank no tenía intenciones de dejarlo ir, sin embargo. Se había tomado mis instrucciones muy en serio. No se detuvo hasta que el último latido se hubo apagado en su pecho. Sólo entonces se retiró respirando agitadamente y se limpió el único hilillo de sangre que se había deslizado por la barbilla. Sus primeras dudas se habían desvanecido, y acababa de recuperar aquel ánimo optimista que yo empezaba a conocer.
-¿Lo hice bien? – preguntó, sonriente. Dejé el cuerpo del hombre a un lado y me acerqué a él para tocarle la cara. Se sentía cálida, suave, viva.
-Perfecto – sentencié.
Él me echó los brazos al cuello y se pegó a mí, riendo de puro placer. Hundí la nariz entre su cabello revuelto y pasé las manos por su espalda para levantarlo y elevarlo sobre mí antes de apoyarlo contra la pared del callejón. Encajé mis caderas con las suyas, obligándolo a rodearme con su piernas para mantener el equilibro. Sólo entonces lo besé. No fue un beso de puro deseo como el primero, no tenía intenciones de tomar nada más de él esa noche. Solamente quería que comprendiera… que no te nía ninguna intención de dejarlo ir…
Frank se apartó de mí pronto, respirando con dificultad. Puso las manos en mi rostro, y de nuevo me encontré hundido en la claridad dorada de su mirada.
-Eres tan… hermoso – murmuró entre jadeos – Jamás… jamás había sentido esto por esto alguien…
Volví a besarlo, sólo un roce esta vez y lo bajé con mucha lentitud.
-Vamos a casa – lo animé – Pronto va a amanecer.
Frank asintió con levedad, aparentemente abrumado por aquel mundo de sensaciones nuevas. No nos volvimos a tocar ese día.
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